You are currently browsing the category archive for the ‘Uncategorized’ category.

Fuera de contexto,
como quien vuelve
y muere,
todo intrascendente,
inestable y
colateral.

Como metáforas
incoherentes
distorsionando
sentimientos reales,
entre interrupciones
prematuras
mordiéndonos cerca,
cuando no estas,
como todos,
todas y
más o
menos
por terminar.

Alrededor nuestro,
como todo lo malo
adicional
dentro.

Entre paréntesis y
escupiendo
fuego.

Porque somos cáncer
incluso
luego de pasado el temblor,
con dientes amarillos,
la nariz rota y
hambriento como
milagros
inoportunos.

Entre semana,
como verdades
incompletas y
canciones románticas
paridas
a medianeras.

Como mi nombre
y apellido,
sumando incomprendidos
como todas y
todo
lo intolerable
cerca,
fuera y
nuestro.

Entre Paréntesis.

Dekker 16

Hemos terminado y casi muero. Sabrina se acomoda en la mecedora de su abuela -según tengo entendido- junto a la ventana con vista a la calle, haciendo ruido y evitando contacto visual conmigo. Fuera todo es como siempre cerca el atardecer, sequedad y La Mercaderes siempre altamente transitada, peatonal y no precisamente sucia como el resto de la ciudad. Abarrotada de toda clase de gentes, uniformadas y también informales, todos en direcciones opuestas, evitando miradas juiciosas y señales divinas. Por estrés acumulado y todo lo demás relacionado al tedio de seguirle el paso a la colmena.
Dentro, donde casi siempre creo me encuentro, juntos y separados en el plano real, nada puntual sucede de verdad, salvo la tensión creciente, consecuente al miedo y adrenalina del momento exacto vivido y sufrido. Porque no se trata de un big bang de revelaciones nuevas, no cuando la cobardía logro oxidar cualquier intento de coraje interno dentro mío, entre melancolía y pseudo bipolaridad de días muertos por fuerzas colaterales a nuestro actuar. Cosa que más que excusa funge de epitafio preciso para una vida desperdiciada como la nuestra y Sabrina que no sabe de vivir en caída libre. Por cuerda y con la cuota necesaria de vida para completar cualquier clase de día.
Saldría al balcón a observar el movimiento de la ciudad y el supuesto mundo alrededor, como quien reflexiona al respecto del sentido de su vida, en plan adulto y con la seriedad necesaria, pero hace calor y todavía he de decidir si continuar ocupando un lugar en su cama o largarme a casa de mis padres con la derrota afianzada en esta sensación interminable de desubicado y fuera de lugar. Como alguna clase de improvisado diablo amateur separado de su madre, por alineación tardía y desarraigo  frustrado. Sin embargo, algo que aprendí junto a Sabrina todos estos meses juntos es precisamente el placer de cobijarse en ambientes silenciosos y benevolentes para con los pensamientos propios. Como desarmando laberintos traidores heredados por medio de pura voluntad y terquedad, más allá de toda clase de saturación superficial. Superando como dueño de un interludio propio, pasado el caos y volatilidad clásica de tiempos desesperados. De modo que sería prácticamente una falta grave de respeto el irme de su piso sin antes haber solucionado algo de lo que la traía toda en trance y distante.  Cosa imposible de concluir de verdad, pero la consideración es cosa última en perderse cuando existe cariño verdadero.
Porque condescendiente, conmigo mismo y consiente de lo jodidamente absurdo que es todo ello, no encuentro movida próxima coherente alguna para dejar de existir cerca, ahora como un perro callejero, viejo y muerto, cerca nuestro y apestando a tristeza y denigración. Así que decido poner música, y algo distinto al blues destructivo de los últimos días, aleatorio y porque no hice mis maletas y ya no sé cómo hablar, con Sabrina y más allá de este monologo de fuck. Como algo clásico, viejo y fácil de ubicar, aunque no te sepas donde te reconociste por vez primera, parte de un todo y entusiasta en la dosis tolerable. Como empaparte en amor reconfortante y placentero, como suele catalogársele ha dicho sentimiento motor, y tanto como un intento de coalición con un sentir imposible de desterrar. Ahora y como la eutanasia tan ansiada y soñada, cuando sangrar en primera persona va de puro dolor y enajenación, masticando en simultaneo, odio y culpa dentro de un universo distorsionado donde se sobrevive y muere a partes iguales como canciones incompletas mal interpretadas.
Como cuando se trataba de continuar constante alrededor de una idea, la última vez que cogimos y recordamos quien coño era el de al lado, siempre sin tiempo para ponerse en plan nostálgico y con el daño aun jodiendonos el cuerpo. Aun ahora, desintegrando el tiempo en pequeños instantes de infinita apreciación, improvisando elocuencia dentro de un todo cruel, y con Sabrina dentro mío como un milagro mal-intencionado buscando su lugar entre reunías y cadáveres mal conservados. Porque lo que es no puede dejar de ser, incluso mis sentimientos y yo, como rimas de segunda categoría pululando alrededor. Cosa que se nota, aun ahora y como cuando la sentía a kilómetros de diferencia, en la calle y ahora a metros de asesinar mi cabeza. Tanto como la presencia enquistada en cada quien de lo bueno y malo de todo lo vivido y compartido. Mientras resistamos al silencio, porque no doy para otra canción y comienzo a creer que puede valer decir definitivamente tal vez. Porque largarse en plan pasivo-distante no es precisamente una salida en buenos términos, como la eternidad actual mutando en toda clase de problemas y posibilidades. Como no saber quién de los dos desea más un quiebre definitivo indestructible, ahora y por no sentirme mañana nuevamente odio propio y rencor, como planetas en extinción y con Sabrina mi único satélite entre tanto odio y dolor.
Entonces, frustrando diálogos inconclusos, porque no se trata de seguirle el ritmo a las canciones cuando tantas malas ideas te agarran de encuentro, como lluvia de granadas en otoño y porque todas las hojas son amigas del viento, menos la luz del sol. Y tanto como esa ternura particular suya, sutilmente y como quien espera alguna clase de impacto, encontrándome ahora y con un “vuelve, que te pierdes.”
-¿Por qué sigues aquí?
-No sé. ¿Eso quieres?
-No exactamente.
-Tampoco yo.
-No es lo mismo.
-No entiendo.
-Tú nunca sabes nada de nada.
-Eso es injusto.
-Pero cierto. Al menos reconócelo Pascal.
-Solo si ahora estas segura.
-Eso es trampa.
-Pero Sabrina, sabes todo es trampa cuando se trata de tomar decisiones definitivas. Pues no hay lugar para arrepentimiento alguno que se vuelva en algo más que remordimientos.
-Lo sé, ¿Por qué crees entonces que aún no te mande a la mierda?
-¿Aún?
-Ajam.
-¿Y eso cómo funciona?
-Fácil, yo poniéndome seria, digamos como en plan de histérica, y tu recibiendo la paliza de tu vida, por egoísta hijo de punta.
-No suena tolerable.
-Tolerable dices, carajo, mira que eres difícil de tratar.
-Y tú.
-Pero yo no soy quien no sabe qué hacer con su vida.
-Eso es cosa de estadística y probabilidades. Cualquiera puede sucederle y ello no como una maravilla de deducción.
-No trates de sonar inteligente conmigo. No sirve.
Es obvio, sigue molesta, y ya no hay más argumentos para continuar. Además, uno no puede indignarse con ella, no con esa habilidad suya para sobredimensionar un movimiento en falso tan básico como humano sin sensación de falta alguna en su desarrollo. Menos conmigo hecho un error humano, entre buenas intenciones y falta de coraje adicional. Cambiando de facultad y ciudad, porque no me hallaba del todo entre el sol abrumador de a diario y la desconfianza típica de urbes sobrepobladas. Y no Sabrina, pues el hogar es el mismo donde sea, una idea de calor y seguridad. Como cuando niños y vagando por la playa luego de la escuela, en verano y de regreso a nuestras respectivas cuevas. De igual modo luego, adolescentes y aprendiendo en constante movimiento, cogiendo y entre humo y tragos, durante el verano y hasta llegado el Otoño. Con la neblina sobre la ciudad sugestionando a las gentes hasta reducirlos a simples presencias sin alma ni vitalidad.
Cosa que resulta aún interesante, pues por más viejo que te hagas, la realidad es la misma puta chantajista que tus padres no supieron matar, y contigo y nosotros violándonos desde lo ineludible y hasta el hartazgo y aburrimiento. Algo que por momentos creímos saber dejar de manipular, como recién y antes, Sabrina interpretándose ella misma con una continuidad maravillosa y trascendente de años prematuros.  Extraña, hermana, amiga, siempre cada vez mejor, y conmigo como habitual enganchado suyo, y todo antes de los veinte y el primer adiós hasta recién. Porque es evidente, no hay más de dónde tirar, y ya no sé cómo volver sin dejarla atrás.

Rimar con Sabrina.

Dekker 02

Como una expresión de fe incompleta, ese facilismo que preferimos adoptar en lugar de  reconsiderar nuestras razones verdaderas, cada que toca cuestionar lo externo e interno, tanto en singular como desde la perspectiva conveniente, por oportuna y necesaria. Como todas las cosas que no se ganaron con verdadero esfuerzo terminan finalmente por matarnos en idiota sedentarismo, todo y cada que recuerdo como perdimos y caímos en una clase de utopía incompleta, Melisa y Korina destripando ilusiones como negando las propias ingenuidades personales.
Tanto como cambiar hacia una tercera presencia, por comodidad y hábito, cuando sangrar en primera persona se torna más insoportable y doloroso que una noche de soledad absoluta. Como el ayer destruyendo mi corazón, por egoísta y poco considerado, cuando cambie la nostalgia corrosiva por otra conocida presencia de características avasalladoramente ineludibles, Korina y su bella silueta completando una hermosa noche de luna llena.
Sin embargo, aun buscando el origen de por qué mierda nunca logre concluir un momento de absoluta decisión, todo más allá de la fractura anterior al instante real donde solo hay espacio para uno y sus pensamientos divorciándose entre sí como polos prematuramente inaceptables, puedo seguir continuo y en caída libre, y tanto como antes de nosotros y todas las canciones desperdiciadas. Lo curioso, sin embargo, es que aun ahora y con la muerte como doble de riesgo detrás, puedo acariciar algo de lo compartido y perdido, Melisa y Korina alimentando mis espacios como locura transitoria sosteniendo y resistiendo todos mis huesos rotos.
Pero, ¿Cómo viajar en el tiempo sin fraguarse en el sentir de dimensiones alternativas, cuando lo único perpetuo que se tiene es ese dolor, inconmensurable e inherente al exterior y a uno mismo y su necesidad de reagrupación? No sé, ni Melisa y tampoco Korina. Entonces, ¿Qué hacer? Pues dejarse asesinar, como una canción parida en puro caos y locura, como romance y melancolía luchando y mutando, constantes como días soleados contaminándose imparable, como la nostalgia y desilusión posterior al último adiós. Porque es preferible morir hecho explosión a desvanecerse entre idiosincrasia y poca autoestima colectiva, y tanto como sobrevivir hechos tristeza y desgracia, todos nosotros y también la lluvia.
En tanto duren las palabras y canciones, más allá de la eterna locura transitoria de vivir de a dos, dentro y en lo irreconciliable, por algo más que morder y Melisa rechazándome sin abandonarme. Tergiversando juntos el contraste ineludible entre nosotros dos, extraño y familiar, como Korina alineando mi dolor, entre sus piernas y corazón. Mientras yo, perro hasta los huesos, sobreviviendo entre canciones y cartas incompletas, como un sadomasoquista hundiéndose en pura mala poesía de entre tiempos insufribles pero reales. Por no entumecernos en confusión y dolor, porque morir congelado es peor que arder en cualquier clase de infierno personal, pues el frio es rechazo y discriminación, y no quiero a Melisa compartiendo sus demonios con otros además de nosotros y yo. Porque Melisa es un diamante contrastando un despropósito de existencia más que ignorar, y tanto como paralelos continuos alrededor, Korina junto a mi poca tenacidad para con la vida real y su supuesto enfoque sacrificado con respecto a todo lo relacionado a la felicidad.
Como la tarde siempre incompleta del presente, corroyendo mis entrañas y energías, fuera de esta caja de zapatos, miserable pero austeramente reconfortante, como el tener un techo sobre tu cabeza mientras fuera todo es aún más miseria y suciedad que lo que uno está dispuesto a aceptar y tolerar. Tanto como el ayer, cuando saturado de alguna clase de apatía subversiva, pues la culpa había entumecido cualquier síntoma de ensimismacion con no pocas sacudidas repentinas, y el no saber cómo lidiar con un problema de solución factible. Ayer metafórico, con Melisa golpeando mi corazón, largándome de su vida por y como un error, como una vergüenza más que tratar de enterrar y no olvidar.
-Solo no entiendo porque no haces nada al respecto. Es decir, tienes todas estas ideas sobre la muerte y lo absurdo de la vida, pero no los huevos para ponerle fin.
-¿Fin? ¿Y cómo se supone que se hace eso?
-No sé, escribe un libro, vete a Machu Picchu, al Himalaya, Paris, Grecia y reencuéntrate y toda esa mierda relacionada a conocerse y demás.
-Todo eso es de credibilidad dudosa, Mel, lo sabes.
-Mejor aún, y a la vieja escuela.
-¿Qué cosa?
-Una bala en la cabeza.
-Suena mejor, no coherente, pero factible.
-Exacto, eso es de lejos más efectivo que tratar de buscar la respuesta a tu existencia en culos y coños ajenos a tu sentir. ¿Verdad?
-Bastante.
-¿Tenemos un acuerdo entonces?
-Eso parece.
-Ok, bueno, buenas noches y buena suerte.
-Recién muere el atardecer.
-Lo sé, pero no quiero estar más cerca de ti.
-Perdón.
-¿Perdón porque?
-No sé, por ponerte incomoda.
-Incomoda me siento con la vida alrededor, pero contigo siento dolor y desesperación, y tanto como no puedo expresarlo.
-Perdón por eso entonces.
-No.
-¿No qué?
-…
-No entiendo.
-No pidas perdón, no sirve, como tampoco sirve de nada esta conversación, además del rojo detrás como fondo de película agridulce, pues igual la cagaste todo y no tienes los huevos para hacernos un lado.
-¿Y tú?
-Yo digo adiós.
Sin embargo, y fuera de contraste alguno, pues el daño hecho ya se ha consumado con sus correspondientes lágrimas derramadas, he de aceptar que incluso ahora nos acabaría violentamente y por no volver muerto en vida a esta extraña condición de austera inconformidad. Porque soy consciente que mi control es posible solo cuando mis impulsos y tendencias se ven aplacadas por influencias externas, como Melisa y Korina, y tanto como puedo sentir el último de mis extremos, mientras sea dueño de mis extremidades y sentimientos.
Entonces los minutos de impresión eterna se vuelven días y semanas, y el presente una idea distorsionada. Como la idea de compromiso y vida compartida de Korina, y tanto como desear de verdad y dejarse arrastrar, cuando nuestros sentimientos se tornan imparables y sobrecogedores, juntos y en caída libre, cruzando y mutilados, entre ratos melancólicos pero contradictoriamente desconcertantes, cuando hay alguien y todo lo demás solo es consecuencia. Y se llama monologo interno, si, cuando no se puede frenar la verborrea mental.
Mientras, Korina comiéndomela en la cama, como una puta desgracia real violándome las ideas y metáforas, mi chica de camiseta sucia terrorista de tertulias.Cosa interesante por ancla a tierra, y tanto como lo extraordinario al respecto y el contraste enfermo posible de hallar aun en la basura y eso llamado placer. Supongo entonces que ella también nació lastimada, como la tragedia de encontrarme y abrazarme, Korina, trigueña y hermosa, aun con Melisa fuera de mi rango y conmigo fuera de tiempo y lugar. Porque no hay nada tangible cuando se deja el plano inmediato, y menos con ideas incompletas sumando en contra, ahora y sin nada alrededor, en silencio y con sutil delicadeza.
Y tanto como abandonar un momento infinito por miedo al fracaso ineludible de descubrirte bipartito nuevamente, el mundo a mi alrededor, vacío y frio. Como un expatriado desencadenado, y Korina asesinando a Melisa, entre metáforas y todo literal posible, mientras la canción no se muera antes del atardecer, junto al revolver de su padre policía y todas las profecías respectivas para con su hija última y su aparente locura.
-Yo soy K y te digo que en realidad no es tan difícil.
-No estoy de acuerdo.
-Pues te equivocas, y feo.
-¿Qué cosa?
-No fue difícil, no con nosotros en juego.
-¿No fue? Korina, en serio no estoy entendiendo.
-Fueron dos veces, uno en el estómago y luego en el cuello.
-¿Hablas en código porque lo que dices esta codificado o porque no puedes dejar de divertirte aun cuando se trata de temas serios?
-Creo lo segundo.
-¿Dijo algo?
-No sé, no entendí bien.
-¿Qué no entendiste?
-Solo eran sollozos, dolor y angustia.
-Duele.
-Pero ya fue todo, todo. Somos los dos otra vez. ¿Recuerdas? ¿Nos recuerdas? Como patear latas sobre tardes desperdiciadas, antes y después del atardecer, juntos y a nuestro modo. Tienes que saber recordar.
-Recuerdo a Melisa, ahora y antes, y el ahora contradictorio.
-¿Contradictorio?
-Se llama nostalgia.
-No, se llamaba melancolía.
-Cierto, Melisa Melancolía.
-No me digas que todo fue por nada.
-No nada.
-Exacto.
-…
-Ya vámonos.
Ella habla de volver y regresar, como si el presente fuese un paréntesis ya muerto y el mañana un vivir de verdad, pero nada puede ser de verdad, cuando la distancia y reciprocidad fallan. Ello entiendo, por lógica y sentido común, sin embargo, nada bueno ha surgido antes de pensar en coherente, como cuando aún masticábamos ideas de amor y libertad. Como el ahora hecho otra dimensión como una contradicción, pues no sé cómo sentir lo que no soy, aun cuando fuera existe su rostro y sus ojos, pardos y hermosos, juntos y todos,  Melisa y Korina, y yo y sin posibilidad alguna de migrar imaginariamente a alguna clase de futuro cuando el presente es más fuerte y contundente.
Pero, es verdad también que siempre existe ese sentir fácil de coger y tragar, como sumergirse en alguna clase de locura y dolor, propios y como hermanado desde nacimiento, por odio y frustración, nosotros resistiendo y moviéndonos incompletos, cada que regreso sin volver, por miedo y vergüenza. Como antes de Melisa, y Korina, y todas las mujeres reales como conexiones nerviosas funcionales perdurando en silencio y distantes. Todos hechos fragmentos, es verdad, inevitables y consientes, como las verdades detrás de nuestros rostros desfigurados a contraste del sol y su optimismo rutinario de entre semana.
Sin embargo, vamos de quiebres cuando las muñecas se rompen, como Korina deseando amar, más allá de lo psicótico y patológico, por algo mío que masticar y sangrar. Alrededor de una constante de naturaleza cruenta pero sincera, nosotros como un sentimiento inaceptable pero confiable regresándome al origen y final de juego, con Melisa fusilando mis planetas, sin culpa y con placer compartido, porque, después de todo, Melisa soy yo cuando no tengo nada que perder y todo por lo que caer.

Cerdos y Diamantes.

Sander Dekker 75

Siguen hablando. No paran. Murmuran y no precisamente con delicadeza ni sigilo. Rajan a mis espaldas o a mí delante. Me miran y luego, y con desprecio, vuelven a meterse en mis pensamientos. Como si no fuese cosa mía todo lo relacionado a mis malas ideas y sentimientos.

Por Daniela cambiando mis labios por otros, como quien cambia de ideas por algún deseo de aventura, importunando la tranquilidad de su vida diaria. Nuestra vida, futuro y realización.

Pero no pasa nada, pues igual es continuo, sus putos diálogos. Ya sea con argumentos poderosos, ciertamente, pero también suelen caer en diatribas incoherentes. Sin embargo, algo único en ellos es que siempre, y con fuerza, pueden arrancarme la cabeza de mi propia conciencia. Asesinando mi autoestima y fusilando todas mis ilusiones. Todo y sin anestesia, y todo para regresarme real y hecho una unidad.

Mientras, solo puedo limitarme a preguntarme el porqué de tanta contradicción, a la vez que libero tensión, estrangulando mis nervios y miedos. Tanto como el cuello de Daniela perdiendo su no –taaan- nueva resistencia revolucionaria.

Mi Daniela intrépida perdiendo su brillo, entre mis brazos y con no poco rencor alrededor. Con miedo y dolor, como cuando joven y sin dirección, ahora y diciéndome adiós.

Sin novedad para Daniela

a veces se recordar

a veces, saber recordar

Solo una vez más, si, pero completo aun. Como todos los atardeceres forzados típicos de ficciones desesperadas que nunca terminan de informarme nada nuevo. En el estéreo, que era básicamente un par de pequeños parlantes de ordenador conectados a ese móvil pasado de moda que utilizaba como celular personal, sonaba una hermosa canción. Otis Redding junto a un blues de noches desnudas haciéndome compañía. Melancólico, o depresivo, la verdad es que uno siempre puede encontrar alguna pequeña muestra de vida en las pequeñas cosas, y actitudes, que siempre acaban dando por terminado nuestros días. Abrazándonos con nuestros propios pensamientos a la par que luchamos con todas esas malas ideas que nunca terminan de largarse de nuestro alrededor.
Ello, sin mucho romance de por medio, prácticamente había hecho de mi primera noche sin Oriana, algo patética, sí, pero inolvidable. Pues dotaba de una particular majestuosidad a mi habitación independiente. (Sí. Por fin me había independizado) Como si el infierno exterior se hubiese congelado por el frió paralizante de mi corazón. Era, sencillamente, una sensación desconcertante pero apaciguadora. Pero, ello siempre en la medida de sus posibilidades, dado que, lamentablemente, no lograba aplacarme por completo. No cuando aún me era prácticamente imposible olvidarla.
Sin embargo, he de admitir que sucedió al tiempo en que comenzaba a odiar el desgobierno interno en mi cuerpo. Mis ojos se frustraron de tal forma que ni yo mismo podía arrancármelos, no esta vez, no sin gemir como niña en el proceso. Es decir, ¿Seria, acaso, consecuencia de haber tomado conciencia total del increíble alcance de mi cobardía? Puede ser. O sea, era algo factible. Además, de muy muy posible. Sobre todo teniendo en cuenta cómo iba manejando la ausencia post ruptura estos últimos tiempos. Es decir, casi como un turista sexual a puertas de una clase de apocalipsis mental imposible de anular ni mucho menos evitar.
Cosa de la que no estaba orgulloso, pero tampoco lo suficientemente avergonzado como para hacer algo al respecto. Era como si todas mis malas ideas, las de antaño y las nuevas, hubiesen tomado parte del ultimo complot romántico vivido en nuestro segundo hogar. Cuando Oriana, aún estaba dispuesta a jugarse todo a favor de nuestra suerte, vomito todo el odio interno suyo y lo transformó en una clase de dependencia enferma pero sincera. Para con nosotros y ese futuro poco provechoso en común.
Ella, Oriana, era la chica del país del norte que me enamoro y que, luego, terminaría asesinando mi razón. Pues, aunque esa mujer me salvo a mí mismo de esa bomba de relojería que tenía como órgano vital principal, la verdad es que fue precisamente por ella, en gran medida, que finalmente acabaría familiarizando el cielo nublado con tiempos de absoluta desolación. Sin embargo, es gracias a ella, también, que aprendí a anestesiar mis sueños con breves dosis de cordura y racionalidad durante los momentos de mayor radicalidad.
Esto apropósito de esas reacciones químicas llamadas sentimientos que siempre han predominado en mi único centro de gravedad. Y es que cuando se está a punto de rendirse a merced de lo imposible, todas esas pequeñas islas llenas de sensaciones añejas suelen desvanecerse entre la neblina interna, esa producida por nuestras propias maneras de interpretar las decepciones, junto a otras clases de desilusiones. Es decir, asesinar improbabilidades es como perderse en todo y nada, a voluntad y como única metáfora final posible de abrazar de verdad.
Es entonces cuando nos toca recuperar algunos pensamientos propios que prematuramente dimos por muertos, para amalgamarlos con los que ahora nos fungen de soporte principal. Como esas dos viejas malas ideas de nombres anticuados. Esas llamadas pasión y libertad. Eso era lo importante. Tanto que a ratos parece ser lo único que realmente cuenta. Pues del mismo modo que encontramos en el otro esa sobredosis de vida necesaria, estoy también a predisposición de caer en todas esas –innumerables- trampas auto impuestas características en animales heridos.
Sin embargo, es precisamente por ello que me resulta bastante improbable volver. Después de todo, yo también puedo escribir. No tan bien como Oriana, pero al menos lo intentaba. Cosa que ella jamás podrá decir. Privándose de todo el orgullo que proclamar aquello casi siempre implica. Al menos que aun te sientas aturdido y confundido por la idea del escritor. Algo que, ciertamente, nunca termina de mordernos del todo. Pues las marcas de sus dientes, salvajes e indomables, siempre permanecerán. Tanto en mi cuerpo como en mi alma. Exactamente como Oriana abrazándome luego de nuestro último “te cuidas” y su hermosa piel trigueña contrastando con los eternos rayos de luz provenientes de nuestro agonizante sol en pleno atardecer. Es decir, recordarla era algo jodidamente romántico. Además de imposible de eludir.
Por aquel entonces aún tenía yo esa fea costumbre de separarme, y a voluntad, del rebaño masivo actual. Puede que soñando despierto e ensimismándome en mis pensamientos. Cosa nada única ni especial, pero dado el clima actual de automatización mental, bueno, esto acaba siendo algo bastante particular. Durante el día y hasta apagarme, cuando llegada la noche, respirar monóxido de carbono era consigna única posible de cumplir sin caer en algún momento de “confusión existencial” en el desarrollo. Sin embargo, cuando el silencio y la locura interna se tornaban cómplices con la luna y las estrellas sobre mi cabeza, una clase de bipartición internaba lograba liberarme de tanta saturación superficial y emocional, tranquilizando, mas no aplacando, las revoluciones internas dentro. Ciertamente como dejar de ser quien odias hasta encontrarte con quien te odia.
Lo malo de todo ello, sin embargo, fue los daños colaterales visibles que si o si acaban alcanzándole a uno. Es decir, tanta era mi adicción a ese principio inicial de enajenamiento para con la realidad inmediata que con el tiempo y la práctica desmedida acabo mutando en un verdadero mal hábito harto difícil de corregir. Luego, evidentemente, acabe transformándola en una costumbre. Una muy fea, para los ojos ajenos a sus efectos.
Aun así, esto no sucedió de la noche a la mañana, no pues. Nada que ver. Esto, que finalmente acabaría matándome, me sobrevino luego de no pocos fracasos profesionales, y personales. Y es que era muchísimo más fácil lidiar con la realidad en mundos mejor condicionado para enfrentar sus horribles consecuencias que el universo real. Ese que nos resulta, casi siempre, difícil de aceptar.
Todo ello con respecto al nivel de gravedad en los distintos escenarios reales, los jodidos y contundentes, que siempre a diario toca tratar. Lo cual, en cierta manera, resultaba bastante contradictorio. Pues todo eso de seccionar partes vitales de realidad a conveniencia no solo estaba prohibido, sino que incluso era peligroso. Tanto que incluso se le catalogaba como una enfermedad terminal, sí, pero curable. ¿Cómo era eso posible? Pues muy sencillo. Para extirpar aquella carga emocional, como el mío por ejemplo, solo había que confesar y luego aceptar el reseteo. Ello no era como hacer un borrón y cuenta nueva con nuestras memorias. Pues no implicaba algún tipo de amnesia temporal, o controlada, ni mucho menos definitiva. Ya que solo se trataba de acomodar los capítulos separados para luego retocarlos hasta hacerles más llevaderos. Ello siempre en la medida de las posibilidades del paciente/cliente. Y es que, cabe decir, la capacidad de nuestro cerebro para distorsionar recuerdos es jodidamente incomparable.
Aunque lo malo de aceptar que metan mano en tu cabeza era algo tan estúpido como las leyes para estimular la lectura, junto a eso llamado comprensión lectora, y la educación sexual en las escuelas públicas. Es decir, acudir a por esa supuesta ayuda era aceptar como última esperanza ese tipo de sinceramiento de doble filo. Pues por un lado había posibilidad de que creyesen que habías caído en falta por puro instinto de supervivencia y lo único que habías hecho todo el tiempo era dejarte arrastrarte por la corriente de lo inevitable. Esto, por inverosímil que pueda parecer, cogía fuerza si realmente creías en tu mentira. Dado que aun éramos humanos completos los de clase media para abajo, sobre todo por dentro. O sea, éramos susceptibles a debilidades sentimentales y presiones externas, tanto en términos de trabajo como familiar. Ello sobre todo si el paciente-reo previsional-tenia dentro de su historial alguna que otra acción de auto sabotaje. Como eso de enamorarse sin autorización del receptor de tus sentimientos. Cosa extraordinaria, dicho sea de paso. Eso de enamorarse.
Sin embargo, de no ser lo suficientemente convincente con tu performance, lo que tocaba inmediatamente era firmar todo un papeleo aceptando culpa y demás términos burocráticos. Te curaban, sí, pero acababas marcado para siempre. Tanto como el suicida frustrado obligado a firmar donde el juzgado más cercano cada mes, y entregando ciertas pruebas de que todo iba bien; tales como como boletas de pago confirmando que estabas en capacidad de trabajar, entradas de cine y confirmando una supuesta vida social aun activa, y demás parecidos.
Es decir, en teoría, sí, pero ello era más que suficiente, junto a otras pruebas de fe. Ciertamente el asunto iba de hacer visible una serie de mea culpas a modo de catarsis documentaria como símbolo y muestra de que el arrepentimiento es la mejor forma de reconciliarse con Dios y con uno mismo. Pura mierda, es verdad, como con cada cosa del día a día. O sea, pura y estrictamente rutina.
Lo malo de todo ello, para mí, era que no estaba en capacidad de aceptar culpa alguna. Aun pensaba en Oriana, todas las noches y cada que sonaba una canción en común en la radio. Como cuando escribiendo intentos fallidos de poesía, relatos autobiográficos, patéticos y mediocres, yo aún la pensaba, todos los putos días. La imaginaba, buscándome, toda enamorada y arrepentida, y encontrándome. Ello era lamentable, lo sabía muy bien, pero también me resultaba inevitable. Sobre todo porque la extrañaba. Eso era lo importante.
Es decir, la resistencia de lo humano ante lo automático. Aunque lo real e innegable es aún más simple, y es que prefiero morir, todas las noches y como un breve impulso de sinceramiento, a despertar sin nada verdadero que odiar.

Descuartizados

VICKY

Ellas confabularon en secreto durante todo el viaje y nunca me di cuenta. Por ingenua tal vez, aunque puede también por no comprometerme por completo con la causa que ahora nos movilizaba. Aun así, el viaje iba siendo relativamente placentero. Pero ello en su propio sentido. Después de todo, ya ningún viaje lo es de cualquier forma.  Me gustaba, por lo menos, pues había silencio y podía ver los distintos paisajes pasar por la ventanilla. Como si por viajar de un lugar a otro pudiésemos cambiar algo nuestro más allá de lo inevitable, el malestar por seguir siendo el mismo espacio ocupado de siempre y la eterna curiosidad por visualizar como será nuestro final.

Duermen, sí, pero sé muy bien que aun así pueden observarme. Lo intuyen, como si mis pensamientos fuesen migajas con las cuales ellas me rastrearían y regresarían de nuevo al campo de acción inmediato. Ósea, a esta perra realidad. Lugar al cual no puedo acostumbrarme, y ello por más segura que me sienta, por instantes y cuando las sonrisas momentáneas logran atenuar algo de tanta miseria familiar,  siempre acaba expulsándome como a un electrón sin dirección y fuera de su átomo madre.

Ellas, Viviana y Virginia, mis hermanas y mellizas de nacimiento, lo sabían y aceptaban. Tanto que me toleraban aun cuando lo único vínculo verdadero, más allá de la sangre compartida, era el recuerdo palpable que nuestros padres habían dejado en casa. Hablo del rostro de madre en el mío junto a los defectos de papá en mi mediocre actitud. Cosa que aunque no despierta ni compasión ni cariño alguno, si una desagradable atracción difícil de matar. Ciertamente hermanas, como tres piezas de a dos jugadas y unidas por su propia maldad.

Cosa que no es mala ni buena, pues es gracias a ello, precisamente, que se entienden tan bien. Prueba de ello fue la rapidez con la que encontraron la salida al problema que hace poco más de nueve meses toco nuestra puerta. Es decir, les resulto bastante sencillo. Aun así, nadie dijo nada aun al respecto. Solo actuábamos. Justo como debía de ser, pues no había tiempo que perder. No cuando los sentimientos que dejamos en casa no se rendían en su cruzada. Eso de alcanzarme y retenerme.

Sin embargo, es casi improbable enajenarse por completo, no cuando aún lograba sentir cierta nostalgia por lo perdido y melancolía por nuestro camino ya consumido. Como si me mordiesen lentamente la espalda para luego soltarme para que me tome ese tiempo prudencial que si o si hay que tomar antes de meterse a la cama con alguien. Yo lo sabía, pero mi corazón no. Fue así, pues, que la cague todita. Pero eso es una historia aparte. Una de errores pasados con consecuencias futuras bastante graves. Una que tangencialmente acabo involucrando mi corazón con otro kamikaze fuera de lugar.

Todo comenzó con el frio en mis huesos luego de la ruptura. Cuando encontré, aunque sin buscarlo, ese rostro inaceptable que se apropiaría de todas mis canciones. Hace dos años y luego de fallar en el examen de admisión. Pero, ¿Porque medicina? No sé. Era algo necesario y practico, supongo. Papá había sido psicólogo y había salvado vidas. Pero también había muerto a causa de una de esas vidas echadas a perder que no pudo salvar. Como una venganza desde el más allá, cuando la depresión y el desasosiego aniquilaron sus nervios y resistencia. Así que, ciertamente, se trata de una profesión con alto grado de toxicidad mental. Además, hay que ser más racional que emocional, y no como Papá, sino más tirando como Mamá.

De ahí que no puedo soportar esa atracción enferma que siento por los hombres con la mirada retraída y con una forma vaga de ser. Desprendidos, mas no enajenados. Inteligentes e interesantes, pero no por ello, necesariamente, cuerdos y sensatos. Edipo o no, sucede que cada que puedo trato de describir el máximo número de defectos y virtudes. Ya sea en el otro o conmigo misma. Tratar de ser algo más analítica que potencialmente analítica. Como Padre solía llamarme. Pero que Arden, lamentablemente, nunca pudo aprender del todo. No como Papá, ni como Violeta ni Virginia. Cosa bastante entendible, pues no es suficiente ser inteligente e interesante, sino que hay que aparentarlo, pero sin pasarte de sobrado y arrogante. Como Arden. Ese ex enamorado/pareja/novio/etcétera, que decidió desaparecer de mi radar hace medio año de forma casi permanente. Ya que es evidente, aun no termino de odiarlo ni amarlo del todo. Pues no olvido.

Sin embargo, cuando esas características, atractivas e insoportables al mismo tiempo, son más un rasgo involuntario que pretendido, según la norma social aceptada del momento, pasa que el magnetismo te captura y difícilmente vuelve a soltarte. Eso era Arden para mí. Lo cual, he de aceptar, me hacía bastante feliz. Eso de saber que existía alguien en el mundo que verdaderamente me entendía y comprendía. Sobre todo cuando aún ni el mismo se entendía del todo. Cosa que me resultaba bastante encantador. Esa capacidad suya de comprenderme aun cuando mis síntomas solían empujarlo hacia la deriva absoluta, pues era innegable que compartíamos una misma naturaleza, una distante e individual.

Después de todo, pasar de insociable atormentado a prófugo emocional, constantemente y sin clara idea de los eventos reales de cada momento, no es ni cagando un talento pero tampoco es lo suficientemente dramático como para necesitar un médico y pastillas para seguir. Sobre todo cuando existe el esfuerzo por entender cada fragmentación interna. Tanto como para descifrarlos y hasta intentar ahogarlos.

Pero no, eso nunca sucedió realmente. Por incompetente, puede ser, pues en cierta manera persistía esa necesidad dejar huella, pero lo más notable era sin duda algo mucho más sencillo que cualquier dilema interno. Hablo del asunto de trazar metas y objetivos para, y hasta, enfermarte por los malos resultados. Eso es importante. Sobre todo cuando te sientes fuera de lugar hasta en tu propio hogar.

Entonces Virginia vuelve a mirar su reloj y comienza a ponerme inquieta. Siempre lo hace. Como si por hacerlo, obsesionarse con la hora, fuese milagrosamente a acelerar el tiempo. Pero, claro, ello lo hacía desde siempre y yo aun sin acostumbrarme, como con todo y todos. Aunque si lo pienso lo suficientemente benevolente, ello, apresurarse, bien podría ser su talento principal. Pues precoz, o no, fue la primera en acabar su carrera, la primera en trabajar y en consecuencia, ganar dinero, también la primera en casarse, la primera en tener hijos, y la primera en parecerse más a Madre. Todo bien, “seguro”, pero igual y jamás lo llegue a entender. Hablo de esas ganas por completarlo todo. Y es que no tiene sentido, no cuando nadie te observa para confirmártelo como aparentemente buscas por todos medios conseguir.

Al menos no como Violeta siempre lo lograba. Eso de volverse el centro de atención casi permanente en una familia que aunque disfuncional y todo, siempre tenía tiempo y orgullo consecuente al esfuerzo ejercido. Lo curioso, sin embargo, era observar como hacía que todo ello pareciese fácil y sencillo para ella, como una especie de  broma cruel para consigo misma y la gente esmerada a su lado. Pero, bueno, tampoco se trata de novedad alguna cuando se vive de palmaditas en la espalda como combustible vital diario.

Presumo y es por esas dos brujas detrás que jamás alcance a odiar con todas mis fuerzas, cosa que necesito con urgencia últimamente. Pues pasa que cuando lo peor de todo lo tienes dentro y no es tanto como un enemigo invisible o algún fantasma del pasado, todo alcanza precipitaciones desesperantes a un nivel mental y sentimental que ni Dios ni nadie con la cordura aun en su lugar puede tolerar.

Y si, hablo de mi Némesis protagonista que jamás tendré el “placer” (nótese las comillas) de recordar como un rostro completamente definido. Pues aún encuentro en sus pequeñas y delicadas facciones las razones suficientes para perderme entre mi odio y distorsionado concepto de amor.

Es decir, exactamente como Arden jalando del gatillo del revólver de seguridad de Papá hasta perpetuar de forma ineludible, mis recuerdos y sentimientos, para siempre y con esa clase de contundencia que te hace creer en los misterios relacionados a las ficciones tangibles al anochecer y antes de dormir. Y todo por este bebe al cual no sé cómo lograre olvidar, pero al cual, al parecer, jamás podre amar.

La Confabulación

turner girl 02

Join 25 other followers

Historial de Relatos