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Me he convertido en la clase de persona que más odio en el mundo, un hombre que espera, un cuerpo inútil ansiando el fin de semana como quien no puede dormir por la desesperación de una deuda terrible imposible de solucionar.

Ya tengo 24, y 24 años de puros fracasos. La vida tal y como la conozco es un genocidio mental interminable, dentro, en mi cabeza, donde todo huele a mierda y tristeza. Soñé con mi familia y desperté angustiado, extraño y perturbado, irritante y difícil. Conciliar la idea del tiempo desperdiciado y una juventud carente de sentido estaba resultando más cruel y violento que hacerse vegetariano. Son las expectativas de futuro, la verdadera lucha de clases. Y puedo sentirlo. No soy especial, y no quiero convivir con ello como si fuese poca cosa, algo ordinario, y todavía tener que continuar respirando y procreando, por algún instinto de legado y continuidad que no puedo entender y no quiero aceptar, en una ciudad donde ya hay nuevamente un sol encima nuestro y no más techos nublados y lluvias torrenciales. Después de largo rato de invierno y frio extremo, y ya en con la primavera, lo primero que hace la gente es sentirse menos indiferentes de lo que realmente son, y nadie puede cuestionarlo, porque viene la mejor parte del año, y sólo eso desean los buenos de corazón. Con un poco de luz ya hay el derecho para a usar ropa ligera, caminar como enamorados de la vida, con los auriculares bien puestos y pasar de página, ya que el año ya está por terminar. Y yo odio los shorts, pero definitivamente aún más el calor.

¿Cómo desparecer? Pienso en ello todo el tiempo, desaparecer por completo, cuando no puedo concentrarme en otra clase de atrocidades extracurriculares. Como una canción rock noventera interminable, flirteando entre tiempos hard y pop, todo se fue al diablo. En un principio teníamos las mismas oportunidad de sobresalir que todos, y, sin embargo, todo se fue al diablo. Como peso muerto. ¿Sera porque no puedo dejar de hilar recuerdos incompletos como alguna clase de maniático nostálgico fuera de contexto? Incluso con un delicioso jugo de naranja recién exprimido y un viernes por la mañana de inicio de primavera, después de una semana bien de mierda. Ese es el día a día, es decir, una maratón de resistencia indefinida de horrible naturaleza que nadie quiere reconocer, o no pueden, porque la realidad no es tan obvia como nos prometieron, sino una contrariedad no lineal difícil de aceptar, todo es abstracto, difícil, indefinido, inclasificable e inabarcable. Y los que dicen lo contrario, venden. Porque parece que todo lo que importa es poseer algo, para, en consecuencia, vender y comprar más, consumir es prioridad, ya sea porque deseas hacerlo, por necesidad o por puro entretenimiento, porque todos quieren creer, creer que pueden comprar algo sustancial, para después asociarlo con alguna idea atrofiada de emprendimiento, cada quien como pueda, como le da la cabeza, porque la idea es progresar, y progresar es sinónimo de éxito, y ello al menos ya es un destino, una meta. Todo lo demás y diferente es inaceptable. Todo lo demás son dramas tangenciales. Y la coyuntura es nuestro dios.

Tardamos una vida en concluirnos sólo personas, pensando en el pasado, revolcándonos en la mierda, como pseudo mártires anónimos en nuestras vidas y aventuras, y calabozos mentales, en términos metafóricos, independientemente del instinto primario de supervivencia animal, resistiendo el impulso asesino con gran esfuerzo y sacrificio, imaginando, frustrados, segundas oportunidades no desperdiciadas, desinhibidos y todavía jóvenes. Y todo por un poco más de tiempo. Y es que es muy fácil sentirse un ganador cuando se ha vendido aquello importante por lo cual sufrir. Sobre todo cuando lo importante es pertenecer. Aprendemos a odiar esa sensación de incomodidad que nos obliga a movilizar nuestras ideas hasta volverlas decisiones, como animales de laboratorio, conjeturamos, en la caverna, teorías benevolentes respecto de nosotros mismos como centros del universo, y no un accidente evolutivo. Como el intelecto despreciando la sabiduría, porque invento el conocimiento y no la espiritualidad, finalmente nos reencontramos, sinceros y desnudos, y nuestro personaje, desamparado cual canción pop de una adolescencia nada  memorable, cuando las interrogantes respecto al futuro iban más en plan mediático de incertidumbre vocacional, en lugar de palabras mayores como amor y libertad. Sería porque la cordura aún estaba en fase de pruebas, desarrollando su propia lucha frente a ideales todavía sinceros, y la ansiedad era tan solo un potencial enemigo futuro, y bien a la distancia. Sin embargo, hay realidades que no podemos vislumbrar con facilidad, en vida y con la suficiente autoestima como para tolerar tanto dolor en carne. Y, quizá, si el mundo no debe tener final feliz, no tendrá final feliz. Las probabilidades siempre están en contra. Y, de todos modos, a nadie le importa.

Ha pasado tiempo desde que hablamos, ¿Verdad? Lo siento, trate de guardarme cosas para mí y puede que de ese modo haya terminado haciéndote a un lado. Innecesariamente, puede ser, pero ya sabes cómo son las cosas cuando te distraes con las personas y la ciudad. No entender a las mujeres, y no entender a los hombres, ese es un problema de verdad. Y la verdad es que no sé cuál es la lección aprendida de todo esto, de hecho, ya ni si quiera contemplo la necesidad de recuperar algo concreto de lo ocurrido. El que te hable creo que ya es muestra de que no puedo con todo esto por mi cuenta, y lo odio, pero aún más odio verte sufrir.

De haber sido completamente sincero, quizá no habríamos fracasado. Al menos no tan contundentemente. Como toda mi vida hasta el presente inmediato, si tengo que ser de verdad sincero conmigo, no podría vivir un día más. Aun así, me pregunto si puedes sentir todo el odio de la ciudad cuando caminamos en direcciones paralelas. El frio me hizo mierda, el calor me hizo mierda y ahora con el corazón abierto y oliendo a pura mierda. Con la batería del celular casi muerta y esperando una llamada. Como alguna clase de niño antorcha abandonado buscando a su madre durante una noche de otoño interminable, cruel y violenta, y no precisamente luna llena. Extrañándola como un maniaco depresivo con un animal en la cabeza y una granada de guerra entre los pulmones. Sin corazón, con miedo y muchas horas muertas. Padeciendo todo inútil, hecho una parodia de mi pasado y futuro, como una mediocre conjunción de sentimientos intratables. Descalzo, en la ciudad, quemando milagros mal intencionados, con el clima en plan idiota, gracias a una sensación térmica diaria de casi veinte grados de día y menos de diez por la noche. Y descalzo porque no puedo conciliar la idea de despertar en dios sabe dónde y aparentar que tengo el control de la situación. Sobre todo en un lugar donde las zapatillas desaparecen al amanecer.

-Sabes, no tienes por qué actuar raro cada que despiertes con resaca, puedes ser más analítico y limitarte a observar el lugar. ¿Reconoces algo?

De repente, prácticamente de la nada, y apoyada en el marco de la puerta, una proyección fantástica, mina bastante alta, en corpiño azul y pollera floreada, pollera color amarillo y con aves bordadas y diferentes entre sí. Una genialidad. Y también descalza.

-No te conozco. ¿Quién eres?

-Primero deberías preguntar dónde estás, ¿No crees? Tener idea clara de donde despertas es básico para iniciar el día de buena manera.

-Despertar en el suelo no lo es.

-Eso es un detalle. Lo vimos en una serie, y, además, lo concebimos como un ejercicio espiritual para ejercitar eso conocido como austeridad. ¿Conoces el significado de esa palabra?

Lleva las uñas de los pies pintadas de diferentes colores, colores claros. Y, una canillera en el pie derecho, y tiene algo de razón, esto no me pasa nunca. Despertar en lugares desconocidos. Y sobre todo hacerlo tirado en el suelo, sobre un colchón, con un espejo de pie enfrente, y con pesadez, porque resaca no me pasa nunca, porque nunca bebo hasta morir. Además, ¿Por qué lo primero que tengo que ver es tu feo rostro? Quiero decir, que recuerde, tengo una cama, y mi cuerpo sabe reconocer la diferencia. Y, la verdad, no me gusta la situación, no reconozco a esta mujer. Y no parece amable.

-Sí.

-Bien. Mi nombre es Romina. Y si, ya sé que no me conoces, pero yo a ti si, al menos de cara. Eso cuenta, ¿Verdad? Bueno, no importa, ¿Recuerdas una rubia, digamos, de un metro sesenta, fascinada por Nietzsche y Radiohead?

-¿Esa es toda la información?

-Así es. ¿Recuerdas o no?

-Florencia, supongo.

-¿Y cuántas rubias se supone que conoces?

-Dos.

-Y bueno, era mucha data. Otra cosa, ¿Acaso no habías estado acá antes?

-¿Por qué debería conocer su habitación?

-También es mi habitación.

-Da igual, no cambia nada. ¿Por qué debería?

-¿No cogieron nunca?

-Es sólo una amiga. Y tengo novia.

-No, no tienes novia. Ayer nos dijiste que habían terminado hace ya varios meses. Creo que 11 meses. ¿O dijiste 11 meses? Digamos un año.

-¿Importa?

-Florencia ya sabía de ello, y yo no, pero igual tuviste el tacto de reformular tu relato, y darle un trasfondo inclusivo. Eso fue un buen gesto. Me gusto. Sólo por eso dormiste en la pieza principal del palacio.

-Gracias. Romina, veras…

-De todos modos no estaba de más una señal de vida de vez en cuando. Según Flor, casi un mes que no sabe nada de vos. Y no solo en clases, al parecer no estabas online ya buen rato. Y eso que incluso fue a buscarte, pero ya solo encontró a Fernanda. ¿Puedo saber qué hacías? ¿Estabas debajo de un puente con un libro, fumando cigarrillos y un block de notas? O, ¿Será que te sumergiste en un pozo de basura melancólica y música autodestructiva, en tu rol de estudiante extranjero en una ciudad inherente a tus delicados sentimientos?

-…

-Flor es tu única amiga confiable, y con esto prácticamente te estoy citando. Y no dices nada. Eso es bajo. Ya sabes cómo es, es buena piba.

-Es buena amiga. Lo sé.

-Una amiga que se preocupa. Así que solo no seas idiota con ella.

-Bien.

-¿Eso es todo? ¿En serio? Sabía que no tenías buenos reflejos, pero esto es el colmo. Como si te chupase un huevo todo.

-No.

-¿Entonces?

-Veras, Romina, no te conozco bien, ¿Si? Pero igual agradezco la información y la amabilidad. Y ya sé que siempre es preferible dormir en el suelo, pero con calor y bajo un techo familiar que con frio y en la calle. Pero recién despierto y no solo no me lave la boca, ni la cara, sino que también tengo ganas de mear, y, aunque pueda no parecerlo, también tengo ganas de incorporarme al día, a la vida.

-…

Y aquí algo que no había notado en Romina. Sus ojos eran color pardo, como los míos. Y trigueña. Y, al parecer, recuperó instantáneamente su concepción del decoro. Se sonrojo, y fue directo a lo que era preciso. Fue hermoso. Nunca me lo pierdo, como cambia la tonalidad sanguínea en la cara de la gente según que estimulo. Ya sea para bien o para mal, el primer síntoma de cambio es difícil de simular, lo que hace de la impostura estandarizada un acto cómico en primera instancia.

-Dale, el baño esta escalera abajo, y…Claro, verdad que ya conoces el lugar. Bueno, dale, puedes usar el cepillo naranja. Es mío, así que descuida. Estudio enfermería, así que cambio cada dos meses.

Y se fue, y, aunque no creo que se trate de amnesia, el desasosiego es sostenido y fuerte,  desde que desperté y ya me quiero largar. Tenía que recordar que había hecho ayer, tratar con Florencia, y encontrar mis zapatillas. Y resolver que hacer con toda esa información.

No entender a las mujeres, y no entender a los hombres, eso es un problema de verdad. Cuando todavía controlaba mis movimientos, recuerdo pensar en no hablarte más, pero para cuando ya no lo hacía más, cuando el silencio se hizo absoluto en mi mente, y la saturación superficial, finalmente un agente externo tangible y observable, recupere mi interior número dos, y pude sentir la crueldad necesaria, alimentarme y asesinarme. Y fue único, una experiencia total, impactante, y tanto como puede serlo, morir y no morir, respectivamente. Y no buscar explicaciones en la vida real, porque no existe tal cosa, porque la vida real no está en la vida adulta, y la vida adulta no es sinónimo de madurez, y la madurez es un concepto verdaderamente idiota. Es más, recuerdo que la última vez que experimente algo parecido fue cuando finalmente me largue de casa y aborde un avión con dirección “lejos de aquí, por favor”, sabiendo que probablemente no vaya a regresar, al menos no en un futuro cercano, y pensar en mi madre con lágrimas y la nostalgia más violenta posible, y sentir mi corazón asfixiarse en agonía y claustrofobia. De ello ya cuatro años, y esta vez no pude no sangrar, al menos no sólo metafóricamente, esta vez nuestro encuentro tenía que ser presencial, colosal y más que sólo un recuerdo sensorial. Y aun así, no fue como deseaba, nada de nada. Porque nada de verdad considerable lo es, al final, supongo, como uno quiere que sea. No hubo intercambio de ideas ni nada parecido a la empatía o misericordia, solo un “No mereces morir, Dante. Todavía eres tan impuro como la mierda misma. Date prisa y vete, fuera de mi vista. Y no lo olvides, no olvides lo que es ser de verdad.” Después fue despertar, abrir los ojos y encontrarme en una cama de hospital, compartida, con suero y otros cables y líquidos, y todo muy parecido a aquella vez de la apendicitis, cuando con un año de recién llegado, agonizabas de dolor como una piltrafa en una noche de mierda, en la que no podías dormir ni recostarte, padeciendo patéticamente sentado en el suelo del baño, apoyado en la pequeña pared que separa a la ducha del resto del baño, hasta que finalmente, Fernanda hizo un acto divino de presencia y me salvo la vida llevándome a la guardia del Thompson. Sin embargo, esta vez el dolor fue feroz y agudo, como tener un bicho dentro del estómago masticándome las tripas. Envuelto en vendas y con sangre filtrándose lentamente hacia afuera, junto a un cansancio y pesadez como después de correr por más de media hora, con los músculos calientes y destruidos, no recuerdo concluir algo romántico de todo ello, pues toda era como estar al borde del colapso. Consciente, sí, pero conscientemente colapsante. Y las lágrimas me estorbaban como nunca antes, y mi odio perdía fuerza, y mi voluntad nos reclamaba un epilogo digno de tener presente, y hasta la muerte.

Fernanda es buena persona, y eso está perfecto, hasta diría que se merece el cielo y todo lo bueno en vida y en la tierra. De hecho, si tuviera que escoger un grupo limitado de personas de entre toda la humanidad para que sobrevivan a un apocalipsis zombi, no dudaría nada, y la escogería a ella y su familia. También incluiría a mi familia, por supuesto. En cambio, si tan sólo podría escoger una persona, y sólo por una vez, mi madre seria la mesías de la nueva humanidad. Tiene sentido, entonces, que Fernanda me quiera lejos de ella. Dos años de convivencia te enseñan un par de cosas de las personas, independientemente de lo perfecta que pueda ser la pareja, o por el contrario, una verdadera pesadilla de caracteres en juego, encerrados dentro de cuatro paredes y un juego de llaves, la verdad es que las personas se deben pleitesía únicamente a ellas mismas, por encima de cualquier otro paliativo romántico temporal destinado a la resistencia en conjunto respecto al agobio físico y mental de la vida después del secundario. En un mundo ideal las personas no tendrían por qué verse presionadas por que formato de “madurez” deben elegir, dado que elegir representa prescindir de alternativas de aprendizaje y realización paralelas al presente, en lugar de una serie de eventos, y no acontecimientos, en orden cronológico como certificado de normalidad valido y legal, como una pieza musical mediocremente concebida y tristemente representada. Sólo el miedo a envejecer ya desencadena un efecto dominó irónico y sádico, donde son precisamente las personas que sí supieron escoger las que sufren la muerte en vida y todo lo que ello representa en consecuencia.

-Mantienes bien este lugar. Me gusta, ¿Todavía puedo mudarme contigo? ¿Con ustedes? Aunque la ventana de la calle esta encartonada, y el televisor gigante haya desaparecido. ¿Puedo saber qué fue lo que paso?

-Un amigo de Miranda perdió los estribos, y lanzo una birra entera hacia la ventana.

-¿Por qué?

-Para después lanzar al gato.

-Carajo, ¿Y eso porque fue?

-Supongo que se trataría de una reacción anómala a lo que sea que se estuviese metiendo en el organismo. En teoría, porque a mí no me paso nada fuera de lo normal. Pero, bueno, yo sólo me fume un par de porros. Igual ya estaba bien en pedo.

-Pero, ¿Y qué le paso al gato?

-El gato no llego muy lejos. Cayó entre el balcón y las flores.

-…

-Y el televisor, bueno, mi hermano se lo llevo. Cree que le corresponde. Ya sabes, piensa que ya que tengo mi lugar propio, y mis viejos lo pagan, al menos le corresponde un televisor más grande que el suyo. Aunque olvida que solo me ayudan con el alquiler. Y según ellos es lo que me corresponde.

-¿Y no te importa?

-Un poco, pero no mucho la verdad. Sabes, es como si tuviese algún tipo de deuda con mi familia, y solo por irme de casa prematuramente. Sobre todo porque no la pasaba mal, y tenía todo lo que quería, y ni si quiera necesitaba laburar. Y si ahora tengo que hacerlo, no es porque quiera experiencia de vida o algo parecido al “hacerme un camino”. Sólo quería más privacidad. Y libertad.

-¿Prematuramente?

-Mi hermana mayor lo hizo después de los 25, y junto a su novio, para un par de años casarse con el mismo, y tener un bebe, y después otro, y así sucesivamente hasta el fin de los tiempos. Ya sabes, en síntesis, para organizar almuerzos dominicales en familia.

-No lo sabía.

-¿Hablas en serio? ¿No te hable de mi complejo de inferioridad respecto a la vida adulta como resultado clásico de la presión familiar?

-…

-Que recuerde hubo un tiempo en lo que sólo hablábamos de ello. Por eso somos amigos, ¿Recuerdas?

-¿Y cuántos años tienes?

-¿Te haces el boludo, o no lo recuerdas?

-No lo recuerdo.

-Necesitas terapia. En serio.

-Esa es una opinión.

-Y mi opinión. Y 26.

-¿Y te arrepientes?

-Seguro. Y no lo volvería a hacer. Odio despertar a las seis de la mañana, y tener que dormir no más de seis horas para evitar tener el cuerpo hecho una estupidez de cansancio al día siguiente. ¿Acaso no te suena familiar?

-Sí.

-De todos modos, supongo que si puedes, venirte para acá, pero tendrías que hablar con Romina. Aunque creo que no le gustas. Además, ya te ofrecí que te mudases con nosotras. ¿No lo recuerdas?

-No.

-¿Qué es lo que recuerdas? ¿Puedes? ¿Recordar?

-…

El silencio se hizo ineludible, y aunque en tiempo real fuese alrededor de dos minutos, cansado de rodear el sofá, decidí hundirme a su lado. Los cojines eran de ese material que, al dejar tu cuerpo muerto, pareciese que te absorbe y abraza al mismo tiempo. Claramente el boludeo estaba llegando a su punto muerto, y tenía que averiguar que había sucedido ayer. Porque lo que yo recuerdo no me gusta para nada. Recuerdo dejar la pensión, preparar mi mochila con lo de siempre de camino a la facultad; un cuaderno grande, uno de dibujo, y un libro de texto, y si ayer fue jueves, seguro era el diccionario de griego. Y, esta vez, juntar toda la plata. ¿Qué se suponía que iba a hacer?  ¿Qué ibas hacer de tu vida? Lo que yo quería era descubrir si mi existencia no era más que la pesadilla de un doble mío viviendo mi vida como si las consecuencias de las mismas no golpearan realmente sus espacios. Pero pensar así es irresponsable, al tiempo que contradictoria. Es decir, que yo recuerde siempre he deseado morir. Ya que ello es de lejos lo más milagroso que uno podría llegar a alcanzar en vida, además de lo más conveniente cuando no se tiene respuesta alguna para eso llamado futuro. Todo ello, sumado a las circunstancias dadas en las que sobrevivía estos últimos tiempos, no tenía mucho de dramático ni exagerado. Lo dramático son nuestras maneras de tragar odio; nosotros y yo resistiéndonos a morir producto del desgaste de la vida misma, oxidando y corroyendo cualquier rastro de optimismo alguno, para con la vida social y familiar. Porque eso es lo que pasa cuando confundimos la humildad con la pobreza de ideales: la corrupción, el verdadero enemigo.

¿O solo soy yo, pensando en voz alta ideas ingenuas y carentes de verdadera profundidad y argumentación? Espero que no, no con exámenes cerca estos días, y con la concentración tan veloz y voluptuosa, como la última vez que dios me cogió por el culo y con amor de verdad. Cuando no había llegado tan lejos con el complejo del erizo y aún conservaba las fuerzas para sonreír y asentir de manera netamente protocolar. Sin embargo, no voy a negar que si me hubiera gustado haber llegado a ser como se suponía tenía que ser. Hablo de hacer sentir orgulloso a mis padres, junto a eso de ser un buen ejemplo a seguir para mis hermanos menores, y al resto de presencias pendientes de mis logros y fracasos. Presencias que fueron disminuyendo en número según como iba creciendo, por supuesto.

-Ya no te veo en Teoría y Análisis, ni en Lenguas Latinas. ¿Dónde estás parando? ¿Otra vez recluyéndote y tratando de escribir? ¿Acaso no aprendiste nada de la última vez?

-Te equivocas. Sí que aprendí, y no planeo hacerlo en un futuro próximo. Y si no hablamos seguido es porque no coincidimos en las materias a las que si estoy asistiendo. Ahora necesito trabajar horario completo nuevamente. Sin Fernanda, el desbalance económico en mi vida cambió radicalmente.

-Bueno, tú te lo buscaste.

-La soledad es un privilegio, Flor. Y ese era el precio.

-De todos modos, todavía no me explicas porque no me escribiste ni te hiciste notar ni nada de nada.

-No estaba en mi mejor momento, de hecho, incluso ahora me siento fatal. Pero tú haces que lo relegue a un segundo plano. Me gusta esa habilidad.

-No cambies de tema. Dante, lo que hiciste fue una completa estupidez. De hecho, ya ni debería hablarte.

-De ello ya bastante rato, ¿No crees?

-Dos años no es bastante.

-El próximo 18 serán dos años.

-Y no. Dante, estuviste al borde de la muerte, y después pasaste meses en rehabilitación. Un chorro te cuadra, y tú te le opones. Entonces saca una cuchilla y te lo clava, y, como si ya estuviera predestinado, traías también lo tuyo, y se cortan entre los dos, hasta que finalmente terminas con su cuello. ¿Me estoy dejando algo fuera?

-Ya hemos hablado de ello en su momento. Y fue legítima defensa. ¿Acaso no recuerdas a la policía, los abogados y los juicios? Yo lo tengo perfectamente gravado. Hasta mis viejos vinieron para “ocuparse” de su hijo. Ya fue demasiada vergüenza, Florencia.

-No me extraña que Fernanda ya no esté con nosotros.

-Estaba solo conmigo. ¿O estuvo también contigo?

-Tu detector de sarcasmo sigue siendo tan fiable como siempre.

-Fernanda es buena persona, se merece solo cosas buenas en el futuro. Y no fue una ruptura romántica. Fue más como dejar a un antiguo paciente, o un hermano deficiente mental. Hay culpa por el acto, pero no más conflicto de intereses en el futuro, y ello es un paso bastante importante.

-Hasta como lo dices suena completamente falto de cariño, y aunque sé que no lo dices con maldad, no puedo evitar estremecerme. ¿Acaso no la extrañas?

-Claro que la extraño. Su sola presencia siempre me resulto algo positivo. Y hablaba por los dos en lo referente a dejar de estorbarnos.

-¿Te estorbaba?

-Yo la estorbaba. Y en consecuencia, ella también muto en algo similar para mí, porque ya no me gustaba estar rodeado de fantasmas.

-¿Fantasmas?

-Fernanda tiene tendencias depresivas.

-Pero, ¡Tu también!

-Pero yo puedo con ello. Ella no.

-Lo peor es que no te afecte. Si Romina se fuese de casa, y terminara conmigo, creo que me volvería como los de tu clase.

-¿Si? Y eso, ¿Qué significa?

-Un egoísta.

-Ah, ya veo. Y me gustaría contradecirte, pero no puedo. Lo que dices es de veras razonable. Es triste, ¿Verdad? Ser de la clase de persona que necesita de algún apoyo todo el tiempo debe de ser la mar de agotador. Como tolerar conversaciones triviales por el mero hecho de rellenar silencios incomodos, para con el otro y así no caer en antipatía prematura.

-No tienes remedio.

-¿Te resulto un idiota? ¿Desagradable? ¿Antipático?

-Me resultas sincero, sincero como una patada en los huevos. Y no creo que se trate de una virtud, porque claramente no eres buena persona. Pero por lo menos eres sincero, aunque no te esfuerces mucho en disimularlo. Se comprender el esfuerzo en pretender, y dejar de hacerlo. Es enfermizo concebir un día a día en estado autómata e hipócrita.

-Por eso me gustas, Flor.

-Y ya que estamos con las declaraciones comprometedoras, tú también eres mi único amigo confiable, Dante.

-¿En serio dije algo así? No lo recuerdo. Y mira que no está bueno inventar cosas comprometedoras. Y, que yo sepa, soy bien bien tímido.

-Alcoholizado si dices cosas comprometedoras. Al menos con las caras conocidas.

-Bueno. ¿Me dices que fue lo que sucedió ayer? Y que sea todo.

En la muerte no hay respuestas. Solo sangre, y cero misericordia. Como esta mugrosa habitación, una ridiculez de no más de quince metros cuadrados. Donde el espacio es suficiente y la tristeza es absoluta. Puedes comprimir toda la oscuridad de la ciudad en una cajonera diminuta, y dejarte influenciar por la melancolía con una facilidad extraordinaria, y conspirar con un pasado miserable con la facilidad característica del anónimo y cobarde. Fuera de aquí a nadie le importas, y si existe alguien a quien sí, seguro es tu madre, pero como no la tienes cerca, bien puedes darte por olvidado. La verdad es que te encuentras realmente en estado de abandono, y tu mediocridad es prueba determinante de ello. Y todo por culpa del hombre. O sea, por nuestra culpa. Y si desglosamos, por culpa mía también. Un día estoy en clases, en la escuela, y el profesor relatando como será nuestra vida universitaria y profesional si hacíamos lo correcto, estudiar, estudiar, y olvidarse de todo lo demás. Años después estoy otra vez en clases, en la universidad, rompiéndome la cabeza con integrales y matemáticas complejas, y deseando no haber nacido, cuestionando mi vocación y mis principios. ¿Los tengo? ¿Al menos tengo eso? Éramos adolescentes, y ya no lo somos más, y eso está bien, porque lo odiaba en un grado altísimo, el problema, y nueva cuestión importante, ¿Qué hacer ahora con tanto poder de decisión y libre albedrio? Vivir, esa fue la respuesta. Vivir hasta morir. Y después fracasamos. ¿Fracasamos?

Recuerdo por capítulos, ¿Puedes recordar conmigo? Seguro que no. No sabes hablar, solo juzgar. Siempre cerca, pero nunca determinante, como una jodida vos en off. Al despertar, seis de la mañana y resaltando mi necesidad de café, en el laburo, repitiéndome una y otra vez como desperdicio mi tiempo, matando los pocos años de potencial creativo con un trabajo monótono, y nada productivo, y, en la facultad, con declaraciones tipo “¿En serio? No ves que ya estas viejo para estar disfrazado de estudiante”, “Déjalo de una vez, no seas lamentable, ¿No vez que nos observan y se mueren de risa?”, “¿Por qué no esta vez te lanzas a las vías del tren y les jodes el día a estos idiotas?, al menos sería divertido verlo, ¿No? ¿No?” Como si todo fuese una apuesta mortal, una ruleta rusa de la muerte emocional, en serio que no creo que vaya a quedarme ciego por desobedecer una directriz con la que no estoy de acuerdo. Se suponía que conquistaríamos nuestro intelecto, dominaríamos nuestros deseos y podríamos finalmente aprender a morir como corresponde. Como Sócrates, Platón, Demian, Rodión y toda esa gente loca de vida que comprendió como ser de verdad y serlo indeterminadamente. ¿Pero que hice? No lo sé. Pero seguro nada bueno. ¿Será que la senda del perdedor no es para cobardes? Entonces, ¿Soy un cobarde? Claro que no, no puedo serlo, porque no quiero, y prefiero morir antes. Por más que mamá se pasase siempre castigando a los suicidas como vulgares y cobardes. Y yo estoy vivo, y quiero sentirlo. Entonces recuerda, dalo todo, y no estarás solo nunca más. Porque una persona que recuerda, es una persona viviendo por dos, en el dolor de lo ya traumatizado, reconociendo lo inevitable, y aprendiendo. Eso es recordar. ¿Puedes?

-¿Y que hacías en casa de Fernanda? Si no recuerdo mal, según tus palabras, y estando sobrio, ya no comparten vínculos.

¿Alguna vez fuiste auténticamente feliz? ¿Eres realmente sincero contigo mismo? ¿Puedes dormir sin llorar todo patético por dentro? Ya puedes desconfiar del mundo. No es tan difícil. Es como escuchar tu canción himno de guerra en el momento oportuno. Como una cara familiar reconociendo tu existencia, eso es alejarse de la humanidad.

Pero, “¿Y qué hacías en casa de Fernanda?”, ¿Fernanda? Fernanda es mi ex, mi amiga, testigo y fantasma. Fernanda es la persona más buena que he conocido. Tiene el cabello rojo castaño como nadie, y sabe brillar cuando con la luz del sol se forma un contraste espectacular. Como ver directamente hacia el sol y no quedarte ciego, sino todo lo contrario. Entusiasmado. Es un año menor que yo, y la quise como quien ha encontrado a su hermana después de años de distanciamiento. Ella hablaba de cosas como la libertad, el camino, el amor y la filosofía, y yo encontraba embriagador esa hambre de conocimientos. Un sentimiento parecido a mi inconformismo. La mediocridad era nuestro padre y lo odiábamos. La mediocridad, y la corrupción. Sin embargo, ¿Cómo podíamos avanzar como deseábamos cuando en lugar de aprender teníamos que trabajar? Era ridículo. Ridículo como pretender comprender el corazón de las personas. ¿Dónde nos conocimos? Eso no importa. Importan los sentimientos y los hechos y acciones consecuentes a los sentimientos. Tengo buenos recuerdos. Fue de lo más destacable, recuerdo que entonces éramos dos, nosotros intentando volver constantemente en el tiempo, para, y hasta, colisionar y explotar, todo el tiempo y hasta hacernos una unidad. Pero ya tres capítulos después, fragmentados cada quien, muerto el adolescente, y no la curiosidad y lo perturbador de las preguntas sin respuestas, probablemente no había realmente mucho de lo que vivir, como siempre cuando la ausencia de un “después” se transforma en un factor determinante de decisión. Lo frustrante no es tener las experiencias grabadas internamente, imborrables y dolientes, sino, dejar de necesitarlas. Fernanda sabe de ello, como yo sé que vivir más de 25 años es prácticamente algo deshonesto. Lo importante debe ser la conclusión, y el después, porque cuando el camino es uno mismo dando vueltas circunferenciales alrededor de su personaje central.

Entonces, ¿Puedes recordar? Puedo, y podemos. Un día Fernanda nos necesitó más que nunca antes, y no podíamos fallar. Fernanda estaba embarazada, y el pibe no era tuyo, ni mío. Sólo un polvo y una concepción. La diferencia fundamental, sin embargo, reside en comprender cómo es posible encontrar una respuesta sin pretender saber cómo formular la pregunta. Con 23 años puedes haber pasado por mucho, como no haber vivido una mierda. Sobre todo en una ciudad como esta, un verdadero antro de muerte y oportunidades. Buenos Aires, la denominada ciudad de la furia, esta ciudad, es como una pequeña y mediocre Paris, una gran burbuja irónica: toda una coalición de enfermos terminales en éxtasis y caídas depresivas brutales. Como en el interior de la panza de un gigante con diarrea, todos caminan como esperando una señal del cielo, un cambio de dirección, algo fuera de lo normal, algo no aburrido. Y es triste, realmente triste. Porque como no sucede nada verdaderamente sustancial, solo experiencias placebo, no hay nada bueno ni malo, ni nada al alcance. Como nuestros inicios buscando vivir, y dejar las explicaciones para después. En el camino hacia la muerte, ansiando experiencias vitales y sinceras,  despreciando lo normal y ordinario, aprendiendo a morir, esta ciudad es un organismo aparte, un ente vivo dispuesto a violarte y amarte al mismo tiempo. Y Fernanda había tenido su correspondiente dosis de violencia.

-Todo esto es un cerebro inmenso en estado de putrefacción, la humanidad y cada uno de nosotros respirando y transpirando, como animales. Esa es una verdad, y, al mismo tiempo, también una conclusión. Esa es la parte fea. La no tan fea, podría ser que no seamos más que un sueño bien elaborado diseñado exclusivamente para el divertimiento de algún dios sádico hijo de puta.

-¿De qué hablas? Estamos aquí, juntos otra vez. Yo no te juzgo. Romina no te juzga. Nadie juega contigo. Piénsalo un poco, Dante, no te dejes arrastrar por ideas radicales. Ya sabes cómo es.

-Responde, ¿Qué hacías en el piso de Fernanda? –Romina no se distrae con facilidad. Romina es fuerte, sabe cómo concluir una conversación sin divagar absurdamente. Y más importante, a Romina no le importo.

-Puedo contemplarlo finalmente. Nuestros lazos no son más especiales que conexiones neuronales. Así como a la gente le gusta hablar del amor como si fuese el opuesto del odio cuando ello no es verdad, pues es evidente que solo la felicidad puede fungir de opuesto legítimo, y ello no necesariamente como consecuencia del acto de amar. Sin embargo, es porque soy precisamente lo peor que me ha pasado en la vida, que ni aun tratando de terminar este imbécil monologo puedo dejarme morir en la suciedad.

-Dices cosas horribles. No estás solo, Dante. Tienes mucho por delante, tienes una familia, y Fernanda, y todavía me tienes a mí. Y puede que no signifique demasiado…Carajo, puede que no signifique nada respecto al peso del camino del hombre desde la teoría de la caverna hasta la teoría de la relatividad, pero hay algo invisible que une a la gente, y eso se puede sentir, y ello no tiene que ser precisamente malo. Dime, ¿Acaso eso no era lo que te importaba más? ¿Sentir?

-Si tanto te duele sentir. ¿Porque no mejor te mueres? Si es por tu familia, que sepamos no se hablan desde el inicio de los tiempos, o, si es por Fernanda, bueno, ya no son pareja, y seguro seguirá adelante. Las personas hacen eso con más frecuencia de lo que crees. Y no hay culpa en ello, es jodidamente natural, y lo mismo puede aplicarse a Flor, además, ella me tiene a mí, que me preocupo, y ello es cien veces mejor que un egoísta melancólico. ¿No estás de acuerdo?

Es coherente, y todos son tan coherentes como sacrificios humanos bailando alrededor de una fogata dentro de un centro comercial. Y tanto que duele el aferrarse a la vida, violentando nuestra cordura como alguna especie de yonqui en éxtasis y al borde de la extinción, sobre todo porque el camino hacia el olvido absoluto no lo es, dado que no todo progreso puede ser lineal, y lo coherente se debe exclusivamente a lo que es correcto, y odia todo tipo de contrariedad. El problema con la cordura no es tanto su carácter estatalizador, dado que ello responde a interpretaciones totalmente subjetivas ligadas a los diferentes contextos socioculturales en occidente, y países occidentalizados, el problema son los parámetros limitantes que impone, y como terminamos convenciéndonos que no puede haber diferencias, porque de ser el caso, ello representaría una anomalía, y las anomalías cuestan demasiado dinero en tiempos de guerra psicológica y espiritual. Y el dinero no puede esperar.

En casa de Fernanda la situación estaba rejodida. ¿Qué hacía yo allí? Ayudar. Sí, pero, ¿Cómo? Asistiéndola. ¿Asistiéndola? Y sí, porque todos deseamos un testigo antes de morir, y el suicidio, como todo acto ceremonial, puede ser compartido, y hasta romántico. Estábamos Fernanda, Pirlo, y yo. Pirlo sabía reconocerme, obvio, lo conozco desde cachorro, y se notaba que supo extrañarme. Seguía siendo un loco de mierda, aunque estaba menos enérgico que cuando lo tenía cerca todos los días. Tiene sentido, la depresión no es contagiosa, pero si extrapolable. Y Fernanda estaba realmente al final del pasillo. Con las ojeras marcadas, piel grasa y el cabello largo y con las puntas desiguales, ello no hubiera sido raro de haberse levantado recién, siendo un fin de semana por la tarde, pero no era el caso, el caso era su actitud: una actitud moribunda. Toda ella era la imagen de una mina apaleada y sin vergüenza y poca tolerancia. Era obvio que no había dormido en días, y que apenas se alimentaba. Su aliento a cigarrillos, sin embargo, fue lo que me trajo de vuelta, e hizo que evitara sentir pena o lástima, porque ello si era de siempre, de toda la vida, y la reconocí de inmediato, lastimada pero todavía conmigo, y hasta me gusto volver a verla. Pasar de verla todos los días por dos años a ocho meses y verla cero veces, fue extraño, y difícil. De hecho, para evitar cualquier acercamiento, por mi parte, tuve que cerrar mis cuentas en redes sociales, mudarme a un barrio diferente, y recluirme en una rutina diferente, con más tiempo libre y mayor número de responsabilidades. Al principio pensaba en ella bastante seguido, y después ya no tanto, y aunque la secuencia se me hace ahora cronológica, no fue así por varios meses. Y es que se hacía evidente lo que no lo era en su momento, cuando el calor y confort eran suficientes para llenar nuestros respectivos vacíos internos,  de alguna manera, con el tiempo y todas las experiencias compartidas, Fernanda había terminado transformándose en algo más que una novia. Fernanda se volvió mi hermana. Y yo necesitaba una hermana. Supongo que será por eso que no pudo perdonarme, porque de estar en sus capacidades, perdonarme por intentar morir, probablemente lo habría hecho. Sin embargo, creo que fue también por haberla amalgamado de esa manera en mi vida que borre gradualmente lo romántico de la ecuación en lo que respecta a lo que fue nuestra relación. Aunque lo correcto sería decir que fui yo quien se sumó a la suya, pues yo carecía de antecedentes vitales en esta ciudad, y ella originalmente fue hija, amiga, hermana, y todo lo que hay que ser para que puedas afirmar que tienes, o tuviste, una vida; es decir, tenía una vida. Y yo no.

Yo estaba literalmente en solitario. Sólo un estudiante extranjero más en una ciudad con gran congruencia de seres humanos en situación parecida, algunos con familia, y otros no. Es más, tengo recuerdo de una conversación con Florencia, en la cafetería de la FADU, donde creo que me confundí con otra persona. Un ser con las ideas claras, tal como mis padres añoraron por años. Es decir, todo un hombre, y lo que es más importante, uno que si creía que futuro recompensa el esfuerzo y sacrificio. Aunque en realidad, ahora puedo observarlo con claridad, solo era yo pensando que todavía teníamos oportunidad de encontrar una forma de hacer las cosas y no acabar muertos en vida y desacreditados por las reglas de juego vigentes.

-¿Dónde estás? ¿En la tierra o en un universo paralelo?

-Con los vivos, Flor. Contigo y los de tu clase.

-¿Entonces nada interesante para informar?

-El estado perfecto es una idea y no una ilusión. La vida es consumo, y nosotros una tragedia en medio del camino.

-¿Camino hacia dónde?

-Camino hacia el olvido absoluto.

-Gracias, en serio necesitaba saberlo. No sabes lo difícil que es convivir con tanta hipocresía alrededor. Es como estar permanentemente comiendo ñoquis en un baño público de hombres.

-Los baños de mujeres también son asquerosos.

-No me consta.

-Y así será hasta que haya baño público único.

-Supongo.

-Dante, ¿Todavía sigues conviviendo entre prófugos y delincuentes en ese basurero de pensión y agujero de desesperación?

-Sí, y ya hay agua caliente.

-Bueno, ya no tienes que hacerlo. Reflexione al respecto, y al final no fue tan difícil. Quiero que traigas tus cosas y vengas a mi casa.

-¿Tu casa? ¿Con tus viejos?

-No. Al depa. Llevo un año y medio bancándomela sola, y creo que podríamos compartir gastos y todo iría mejor, ¿No?

-Gracias por pensar en mí, pero quiero estar solo. Tengo que hacer las cosas a mi manera, tengo que volver con los vivos. Es muy probable que me haya desviado demasiado, y no puedo permitir fallar nuevamente. Ya son muchos antecedentes conmigo, y no quiero morir anónimo. Supongo que tengo que graduarme, trabajar, ser útil de alguna manera, y después dejar este mundo con la mayor dignidad posible. ¿No crees? ¿Flor?

-…

-Suena a monologo bien de autoayuda, ya lo sé, pero, no creo que haya nada de malo en querer sacar la cabeza del suelo y dejar de ser avestruz. Intentarlo por lo menos

-Solo te diré una cosa, y es en lo que creo muy en lo personal. Es importante que recuerdes que cada grado de elevación exige ser conquistado, y reconquistado, y la melancolía no es útil en corazones y cuerpos débiles.

-Mejor me voy. –Puedes imaginarme con cara de idiota desconcertado, terminando con prisa y de un sorbo su café, y levantándose no bruscamente, pero si evidenciando una situación incómoda. Todo un hito reciente en lo que a cobardía mía se refiere.

– Sera Romina entonces. Malagradecido.

Pasaron unos meses y una serie de parciales lamentablemente resueltos, y la conversación era otra. Una vez le deje cien pesos a una señora mugrienta a la salida del cine, pero al instante recordé que debía cargar el 3G del teléfono, así que di media vuelta y se lo quite, y el billete volvió a mi bolsillo. En consecuencia, me sentí para el culo, como una basura de persona, y quizá lo era, pero no necesariamente por lo sucedido. Puedes ponerte en frente todas las excusas del mundo para no hacer lo que es debido para ti hacer, en un sentido más allá del deber, y aun así sentir culpa por no cumplir con tus deseos y necesidades. Eso es sumarse a un espacio particular y especial, donde únicamente hay soledad. La clase de soledad que puede convertirte en algo diferente a lo conocido y tolerable. Es la ausencia salvaje de un sentido de la verdad lo que nos enveneno como civilización, y nos mutilo como comunidad. ¿Puedes con ello? Seguro que sí. ¿Puedo yo? También. ¿Por qué? Porque estoy esperando. Esperando desaparecer. ¿Fernanda? No. Ella no. Ella quiere morir.

¿Y nadie la ayudo? Y no, porque no había nada que hacer. Porque cuando alguien no quiere darte bola, no va a hacerlo, sobre todo en estado de caída libre, y aunque Fernanda tiene familia, Fernanda sabe fingir. Y hacerlo muy bien, mucho mejor que yo y cualquiera, es una habilidad extraordinaria. Supongo que tiene que ver con el paquete de familia disfuncional que la pario, aunque ello sea subestimarla, no hay forma de negar la relación, una hija de un policía sin moral con delitos de corrupción ventilados, y huérfana temprana de madre. Eso es suficiente para cualquiera, al menos para mí lo sería. Y eso por no haber aprendido a filtrar correctamente mis pensamientos al hablar. Y ello es en extremo importante, es decir, las personas mienten, y todo el tiempo, pero en realidad no saben que mienten, cuando se mienten a sí mismos, porque así como los esquemas con los que conceptualizamos la vida son esquemas interesados, también nuestros deseos son originariamente egoístas y desagradables. No construimos puentes, porque el planeta no está vivo, y lo único que importa son los planos de construcción. En una realidad así, difícilmente podemos concebir una actitud que no confunda el mentir y fingir como una ventaja y no una necesidad. Así como preferimos no pluralizar para no enfrentar cuestionamientos que sí importan, como la diversidad cultural e igualdad de género, temas actualmente reasignados para radicales y extremistas, como si la libertad fuese un bien privatizado, hinchamos en lo singular prácticamente como alguna clase de mecanismo de defensa frente a una urgente necesidad de profundización del aparato democrático. Y tanto que el cinismo parece una característica humana hereditaria y no algo adquirido gracias al trato con otras personas.

-La naturaleza puede más que un orden preestablecido, que los escrúpulos y la decencia. Además, no existe cosa alguna como el mal, sino algo mal hecho. He aprendido que no puedes confiar en nadie, y cuando hay que traicionar, hay que hacerlo, y cuando no es prudente, hay que convencerte de lo contrario. Y, tú, Dante, no eres de confiar. -Romina es un pitbull. Es todo lo que diré de ella. Fue un placer haber conocido una mujer así. Es extraordinaria.

En casa de Fernanda las luces son amarillas y tenues, cambió los focos blancos ahorradores por los clásicos, pero de menor watts, supongo que buscando una menor intensidad. Como un presentimiento tomando forma, la casa parece saber transmitir la desesperación de mi amiga, y, para ser honesto, el miedo no es tan grande como el calor en el cuerpo, el calor nacido de la expectativa y ansiedad. Sobre la mesa principal no hay velas ni flores muertas, solo apuntes de la facultad, fotocopias y cuadernos, y un solo libro de ficción, André Guide y “El Inmoralista”, y al parecer el síndrome compartido de miedo y horror frente al fracaso académico y social, llevado al extremo, puede hacerte mierda el corazón. Y aquí la experiencia es importante, porque, siendo sinceros el uno con el otro, el fracaso no te enseña un carajo de la vida, ya que para triunfar, como se supone que es para lo que nacimos los hijos de la clase media trabajadora, la voluntad tiene que asesinar a la consciencia y solidaridad.

-Fernanda, ¿Estas segura con esto? ¿Pensaste en las consecuencias? Hay gente que va sentirse muy mal. Al principio será horrible, y después puede que lo superen, pero de todas formas no dejaras este lugar tan fácilmente. Las personas saben recuperar el dolor del pasado con más facilidad que el dolor sutil y lento del presente.

-¿Tratas de convencerme de algo? ¿Acaso no te conté la guita que me costó conseguir el fierro? Y el silenciador, y las balas. Sabías que no las venden por unidades, ¿No?

-¿No era de tu viejo?

-Sigues sin ser perceptivo al sarcasmo. No progresaste mucho por tu cuenta, al parecer. Aunque estas algo más flaco. ¿Eso es por voluntad, o por pobreza?

-Solo quiero asegurarme de que reflexionaste.

-No pierdas el tiempo y por favor abrázame. -Abrazándome, fuerte y tirándome de la mano hacia su habitación, y quizá si no fuese por este aire premonitorio de destrucción, probablemente el lugar representaría un escenario corriente como cualquier otro día.  Salvo Fernanda, y una expresión demoledora, y única, como quien finalmente se ha desposeído de todo peso material y superficial,

-No tengo miedo, pero tengo frio. No sé si será algo psicosomático, pero puedo sentirlo, mi verdadero animal no es un depredador, mi verdadero ser es un cero absoluto. Un perro y máquina.

-¿No quieres darte un duchazo?

-¿Serviría de algo? ¿Realmente lo crees?

-Desde lo profundo de mi corazón, estoy contigo, y no voy a dejarte sola. De lo contrario no somos nadie, ni mejor que antes. Y no puedes eso no puede ser.

– Desearía poder atravesar los infiernos de mi interior hasta lograr arrancarme por completo el corazón. Desintegrarme y hacerme densidad. Y dejar de estar. Pero no puedo sola, soy débil, y me jode como no puedes imaginarlo. Tú estás solo, y siempre te sentiste de ese modo, y yo no. Y ahora puedo sentirlo, y es demasiado violento. Y no quiero perderme entre tanta locura y desesperación. ¿Acaso no puedes verlo? Dante, esto es lo más sensato que puedo hacer.

-…

-Somos desesperación y cero glamour. Y hay algo maligno en todo ello, en mi cabeza, y es terrible. La vida es una basura desde antes de nacer y, sin embargo, todavía nos aferramos, como si el cerrar los ojos y gritar de angustia fuese a cambiar algo la realidad, aquello que conocemos como circunstancias y calamidad. Como el otro día, en la facultad, con una serie de preguntas irremediablemente irritantes, ya sea por el grado de dificultad o no saber cómo amagarlas. En el interior, ¿Sabes lo que encontré? Sólo dolor. Me he enamorado y vuelto a sufrir de decepción. Y lo peor, ¿Sabes qué es? No es el que me hayan utilizado, como un culo y par de tetas más. Lo peor es terminar siendo más que la escena del crimen, y darle vida a la evidencia, en mi interior, en mi panza. Hay una cosa formándose, y eso es puro odio. No lo quiero, y no quiero ser más esta mierda de circunstancias. Antes, prefiero ser un cadáver. Y no lágrimas y fealdad.

-Está bien. ¿Entonces qué debo hacer?

-Disparar.

-Y, bueno, ¿Qué vas a hacer? ¿No dirás nada? ¿O también lo olvidaste?

-Espera, ¿Qué querían saber?

-Por Dios, Dante ¿Qué hacías en lo de Fernanda?

-Bueno, Florencia, Romina, es largo de contar. Pero antes, ¿Me devuelven mis zapatillas?

Volver

Volver, dos años después, eso. Volver.

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