Hemos terminado y casi muero. Sabrina se acomoda en la mecedora de su abuela -según tengo entendido- junto a la ventana con vista a la calle, haciendo ruido y evitando contacto visual conmigo. Fuera todo es como siempre cerca el atardecer, sequedad y La Mercaderes siempre altamente transitada, peatonal y no precisamente sucia como el resto de la ciudad. Abarrotada de toda clase de gentes, uniformadas y también informales, todos en direcciones opuestas, evitando miradas juiciosas y señales divinas. Por estrés acumulado y todo lo demás relacionado al tedio de seguirle el paso a la colmena.
Dentro, donde casi siempre creo me encuentro, juntos y separados en el plano real, nada puntual sucede de verdad, salvo la tensión creciente, consecuente al miedo y adrenalina del momento exacto vivido y sufrido. Porque no se trata de un big bang de revelaciones nuevas, no cuando la cobardía logro oxidar cualquier intento de coraje interno dentro mío, entre melancolía y pseudo bipolaridad de días muertos por fuerzas colaterales a nuestro actuar. Cosa que más que excusa funge de epitafio preciso para una vida desperdiciada como la nuestra y Sabrina que no sabe de vivir en caída libre. Por cuerda y con la cuota necesaria de vida para completar cualquier clase de día.
Saldría al balcón a observar el movimiento de la ciudad y el supuesto mundo alrededor, como quien reflexiona al respecto del sentido de su vida, en plan adulto y con la seriedad necesaria, pero hace calor y todavía he de decidir si continuar ocupando un lugar en su cama o largarme a casa de mis padres con la derrota afianzada en esta sensación interminable de desubicado y fuera de lugar. Como alguna clase de improvisado diablo amateur separado de su madre, por alineación tardía y desarraigo  frustrado. Sin embargo, algo que aprendí junto a Sabrina todos estos meses juntos es precisamente el placer de cobijarse en ambientes silenciosos y benevolentes para con los pensamientos propios. Como desarmando laberintos traidores heredados por medio de pura voluntad y terquedad, más allá de toda clase de saturación superficial. Superando como dueño de un interludio propio, pasado el caos y volatilidad clásica de tiempos desesperados. De modo que sería prácticamente una falta grave de respeto el irme de su piso sin antes haber solucionado algo de lo que la traía toda en trance y distante.  Cosa imposible de concluir de verdad, pero la consideración es cosa última en perderse cuando existe cariño verdadero.
Porque condescendiente, conmigo mismo y consiente de lo jodidamente absurdo que es todo ello, no encuentro movida próxima coherente alguna para dejar de existir cerca, ahora como un perro callejero, viejo y muerto, cerca nuestro y apestando a tristeza y denigración. Así que decido poner música, y algo distinto al blues destructivo de los últimos días, aleatorio y porque no hice mis maletas y ya no sé cómo hablar, con Sabrina y más allá de este monologo de fuck. Como algo clásico, viejo y fácil de ubicar, aunque no te sepas donde te reconociste por vez primera, parte de un todo y entusiasta en la dosis tolerable. Como empaparte en amor reconfortante y placentero, como suele catalogársele ha dicho sentimiento motor, y tanto como un intento de coalición con un sentir imposible de desterrar. Ahora y como la eutanasia tan ansiada y soñada, cuando sangrar en primera persona va de puro dolor y enajenación, masticando en simultaneo, odio y culpa dentro de un universo distorsionado donde se sobrevive y muere a partes iguales como canciones incompletas mal interpretadas.
Como cuando se trataba de continuar constante alrededor de una idea, la última vez que cogimos y recordamos quien coño era el de al lado, siempre sin tiempo para ponerse en plan nostálgico y con el daño aun jodiendonos el cuerpo. Aun ahora, desintegrando el tiempo en pequeños instantes de infinita apreciación, improvisando elocuencia dentro de un todo cruel, y con Sabrina dentro mío como un milagro mal-intencionado buscando su lugar entre reunías y cadáveres mal conservados. Porque lo que es no puede dejar de ser, incluso mis sentimientos y yo, como rimas de segunda categoría pululando alrededor. Cosa que se nota, aun ahora y como cuando la sentía a kilómetros de diferencia, en la calle y ahora a metros de asesinar mi cabeza. Tanto como la presencia enquistada en cada quien de lo bueno y malo de todo lo vivido y compartido. Mientras resistamos al silencio, porque no doy para otra canción y comienzo a creer que puede valer decir definitivamente tal vez. Porque largarse en plan pasivo-distante no es precisamente una salida en buenos términos, como la eternidad actual mutando en toda clase de problemas y posibilidades. Como no saber quién de los dos desea más un quiebre definitivo indestructible, ahora y por no sentirme mañana nuevamente odio propio y rencor, como planetas en extinción y con Sabrina mi único satélite entre tanto odio y dolor.
Entonces, frustrando diálogos inconclusos, porque no se trata de seguirle el ritmo a las canciones cuando tantas malas ideas te agarran de encuentro, como lluvia de granadas en otoño y porque todas las hojas son amigas del viento, menos la luz del sol. Y tanto como esa ternura particular suya, sutilmente y como quien espera alguna clase de impacto, encontrándome ahora y con un “vuelve, que te pierdes.”
-¿Por qué sigues aquí?
-No sé. ¿Eso quieres?
-No exactamente.
-Tampoco yo.
-No es lo mismo.
-No entiendo.
-Tú nunca sabes nada de nada.
-Eso es injusto.
-Pero cierto. Al menos reconócelo Pascal.
-Solo si ahora estas segura.
-Eso es trampa.
-Pero Sabrina, sabes todo es trampa cuando se trata de tomar decisiones definitivas. Pues no hay lugar para arrepentimiento alguno que se vuelva en algo más que remordimientos.
-Lo sé, ¿Por qué crees entonces que aún no te mande a la mierda?
-¿Aún?
-Ajam.
-¿Y eso cómo funciona?
-Fácil, yo poniéndome seria, digamos como en plan de histérica, y tu recibiendo la paliza de tu vida, por egoísta hijo de punta.
-No suena tolerable.
-Tolerable dices, carajo, mira que eres difícil de tratar.
-Y tú.
-Pero yo no soy quien no sabe qué hacer con su vida.
-Eso es cosa de estadística y probabilidades. Cualquiera puede sucederle y ello no como una maravilla de deducción.
-No trates de sonar inteligente conmigo. No sirve.
Es obvio, sigue molesta, y ya no hay más argumentos para continuar. Además, uno no puede indignarse con ella, no con esa habilidad suya para sobredimensionar un movimiento en falso tan básico como humano sin sensación de falta alguna en su desarrollo. Menos conmigo hecho un error humano, entre buenas intenciones y falta de coraje adicional. Cambiando de facultad y ciudad, porque no me hallaba del todo entre el sol abrumador de a diario y la desconfianza típica de urbes sobrepobladas. Y no Sabrina, pues el hogar es el mismo donde sea, una idea de calor y seguridad. Como cuando niños y vagando por la playa luego de la escuela, en verano y de regreso a nuestras respectivas cuevas. De igual modo luego, adolescentes y aprendiendo en constante movimiento, cogiendo y entre humo y tragos, durante el verano y hasta llegado el Otoño. Con la neblina sobre la ciudad sugestionando a las gentes hasta reducirlos a simples presencias sin alma ni vitalidad.
Cosa que resulta aún interesante, pues por más viejo que te hagas, la realidad es la misma puta chantajista que tus padres no supieron matar, y contigo y nosotros violándonos desde lo ineludible y hasta el hartazgo y aburrimiento. Algo que por momentos creímos saber dejar de manipular, como recién y antes, Sabrina interpretándose ella misma con una continuidad maravillosa y trascendente de años prematuros.  Extraña, hermana, amiga, siempre cada vez mejor, y conmigo como habitual enganchado suyo, y todo antes de los veinte y el primer adiós hasta recién. Porque es evidente, no hay más de dónde tirar, y ya no sé cómo volver sin dejarla atrás.

Rimar con Sabrina.

Dekker 02

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