Siguen hablando. No paran. Murmuran y no precisamente con delicadeza ni sigilo. Rajan a mis espaldas o a mí delante. Me miran y luego, y con desprecio, vuelven a meterse en mis pensamientos. Como si no fuese cosa mía todo lo relacionado a mis malas ideas y sentimientos.

Por Daniela cambiando mis labios por otros, como quien cambia de ideas por algún deseo de aventura, importunando la tranquilidad de su vida diaria. Nuestra vida, futuro y realización.

Pero no pasa nada, pues igual es continuo, sus putos diálogos. Ya sea con argumentos poderosos, ciertamente, pero también suelen caer en diatribas incoherentes. Sin embargo, algo único en ellos es que siempre, y con fuerza, pueden arrancarme la cabeza de mi propia conciencia. Asesinando mi autoestima y fusilando todas mis ilusiones. Todo y sin anestesia, y todo para regresarme real y hecho una unidad.

Mientras, solo puedo limitarme a preguntarme el porqué de tanta contradicción, a la vez que libero tensión, estrangulando mis nervios y miedos. Tanto como el cuello de Daniela perdiendo su no –taaan- nueva resistencia revolucionaria.

Mi Daniela intrépida perdiendo su brillo, entre mis brazos y con no poco rencor alrededor. Con miedo y dolor, como cuando joven y sin dirección, ahora y diciéndome adiós.

Sin novedad para Daniela

a veces se recordar

a veces, saber recordar

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