Solo una vez más, si, pero completo aun. Como todos los atardeceres forzados típicos de ficciones desesperadas que nunca terminan de informarme nada nuevo. En el estéreo, que era básicamente un par de pequeños parlantes de ordenador conectados a ese móvil pasado de moda que utilizaba como celular personal, sonaba una hermosa canción. Otis Redding junto a un blues de noches desnudas haciéndome compañía. Melancólico, o depresivo, la verdad es que uno siempre puede encontrar alguna pequeña muestra de vida en las pequeñas cosas, y actitudes, que siempre acaban dando por terminado nuestros días. Abrazándonos con nuestros propios pensamientos a la par que luchamos con todas esas malas ideas que nunca terminan de largarse de nuestro alrededor.
Ello, sin mucho romance de por medio, prácticamente había hecho de mi primera noche sin Oriana, algo patética, sí, pero inolvidable. Pues dotaba de una particular majestuosidad a mi habitación independiente. (Sí. Por fin me había independizado) Como si el infierno exterior se hubiese congelado por el frió paralizante de mi corazón. Era, sencillamente, una sensación desconcertante pero apaciguadora. Pero, ello siempre en la medida de sus posibilidades, dado que, lamentablemente, no lograba aplacarme por completo. No cuando aún me era prácticamente imposible olvidarla.
Sin embargo, he de admitir que sucedió al tiempo en que comenzaba a odiar el desgobierno interno en mi cuerpo. Mis ojos se frustraron de tal forma que ni yo mismo podía arrancármelos, no esta vez, no sin gemir como niña en el proceso. Es decir, ¿Seria, acaso, consecuencia de haber tomado conciencia total del increíble alcance de mi cobardía? Puede ser. O sea, era algo factible. Además, de muy muy posible. Sobre todo teniendo en cuenta cómo iba manejando la ausencia post ruptura estos últimos tiempos. Es decir, casi como un turista sexual a puertas de una clase de apocalipsis mental imposible de anular ni mucho menos evitar.
Cosa de la que no estaba orgulloso, pero tampoco lo suficientemente avergonzado como para hacer algo al respecto. Era como si todas mis malas ideas, las de antaño y las nuevas, hubiesen tomado parte del ultimo complot romántico vivido en nuestro segundo hogar. Cuando Oriana, aún estaba dispuesta a jugarse todo a favor de nuestra suerte, vomito todo el odio interno suyo y lo transformó en una clase de dependencia enferma pero sincera. Para con nosotros y ese futuro poco provechoso en común.
Ella, Oriana, era la chica del país del norte que me enamoro y que, luego, terminaría asesinando mi razón. Pues, aunque esa mujer me salvo a mí mismo de esa bomba de relojería que tenía como órgano vital principal, la verdad es que fue precisamente por ella, en gran medida, que finalmente acabaría familiarizando el cielo nublado con tiempos de absoluta desolación. Sin embargo, es gracias a ella, también, que aprendí a anestesiar mis sueños con breves dosis de cordura y racionalidad durante los momentos de mayor radicalidad.
Esto apropósito de esas reacciones químicas llamadas sentimientos que siempre han predominado en mi único centro de gravedad. Y es que cuando se está a punto de rendirse a merced de lo imposible, todas esas pequeñas islas llenas de sensaciones añejas suelen desvanecerse entre la neblina interna, esa producida por nuestras propias maneras de interpretar las decepciones, junto a otras clases de desilusiones. Es decir, asesinar improbabilidades es como perderse en todo y nada, a voluntad y como única metáfora final posible de abrazar de verdad.
Es entonces cuando nos toca recuperar algunos pensamientos propios que prematuramente dimos por muertos, para amalgamarlos con los que ahora nos fungen de soporte principal. Como esas dos viejas malas ideas de nombres anticuados. Esas llamadas pasión y libertad. Eso era lo importante. Tanto que a ratos parece ser lo único que realmente cuenta. Pues del mismo modo que encontramos en el otro esa sobredosis de vida necesaria, estoy también a predisposición de caer en todas esas –innumerables- trampas auto impuestas características en animales heridos.
Sin embargo, es precisamente por ello que me resulta bastante improbable volver. Después de todo, yo también puedo escribir. No tan bien como Oriana, pero al menos lo intentaba. Cosa que ella jamás podrá decir. Privándose de todo el orgullo que proclamar aquello casi siempre implica. Al menos que aun te sientas aturdido y confundido por la idea del escritor. Algo que, ciertamente, nunca termina de mordernos del todo. Pues las marcas de sus dientes, salvajes e indomables, siempre permanecerán. Tanto en mi cuerpo como en mi alma. Exactamente como Oriana abrazándome luego de nuestro último “te cuidas” y su hermosa piel trigueña contrastando con los eternos rayos de luz provenientes de nuestro agonizante sol en pleno atardecer. Es decir, recordarla era algo jodidamente romántico. Además de imposible de eludir.
Por aquel entonces aún tenía yo esa fea costumbre de separarme, y a voluntad, del rebaño masivo actual. Puede que soñando despierto e ensimismándome en mis pensamientos. Cosa nada única ni especial, pero dado el clima actual de automatización mental, bueno, esto acaba siendo algo bastante particular. Durante el día y hasta apagarme, cuando llegada la noche, respirar monóxido de carbono era consigna única posible de cumplir sin caer en algún momento de “confusión existencial” en el desarrollo. Sin embargo, cuando el silencio y la locura interna se tornaban cómplices con la luna y las estrellas sobre mi cabeza, una clase de bipartición internaba lograba liberarme de tanta saturación superficial y emocional, tranquilizando, mas no aplacando, las revoluciones internas dentro. Ciertamente como dejar de ser quien odias hasta encontrarte con quien te odia.
Lo malo de todo ello, sin embargo, fue los daños colaterales visibles que si o si acaban alcanzándole a uno. Es decir, tanta era mi adicción a ese principio inicial de enajenamiento para con la realidad inmediata que con el tiempo y la práctica desmedida acabo mutando en un verdadero mal hábito harto difícil de corregir. Luego, evidentemente, acabe transformándola en una costumbre. Una muy fea, para los ojos ajenos a sus efectos.
Aun así, esto no sucedió de la noche a la mañana, no pues. Nada que ver. Esto, que finalmente acabaría matándome, me sobrevino luego de no pocos fracasos profesionales, y personales. Y es que era muchísimo más fácil lidiar con la realidad en mundos mejor condicionado para enfrentar sus horribles consecuencias que el universo real. Ese que nos resulta, casi siempre, difícil de aceptar.
Todo ello con respecto al nivel de gravedad en los distintos escenarios reales, los jodidos y contundentes, que siempre a diario toca tratar. Lo cual, en cierta manera, resultaba bastante contradictorio. Pues todo eso de seccionar partes vitales de realidad a conveniencia no solo estaba prohibido, sino que incluso era peligroso. Tanto que incluso se le catalogaba como una enfermedad terminal, sí, pero curable. ¿Cómo era eso posible? Pues muy sencillo. Para extirpar aquella carga emocional, como el mío por ejemplo, solo había que confesar y luego aceptar el reseteo. Ello no era como hacer un borrón y cuenta nueva con nuestras memorias. Pues no implicaba algún tipo de amnesia temporal, o controlada, ni mucho menos definitiva. Ya que solo se trataba de acomodar los capítulos separados para luego retocarlos hasta hacerles más llevaderos. Ello siempre en la medida de las posibilidades del paciente/cliente. Y es que, cabe decir, la capacidad de nuestro cerebro para distorsionar recuerdos es jodidamente incomparable.
Aunque lo malo de aceptar que metan mano en tu cabeza era algo tan estúpido como las leyes para estimular la lectura, junto a eso llamado comprensión lectora, y la educación sexual en las escuelas públicas. Es decir, acudir a por esa supuesta ayuda era aceptar como última esperanza ese tipo de sinceramiento de doble filo. Pues por un lado había posibilidad de que creyesen que habías caído en falta por puro instinto de supervivencia y lo único que habías hecho todo el tiempo era dejarte arrastrarte por la corriente de lo inevitable. Esto, por inverosímil que pueda parecer, cogía fuerza si realmente creías en tu mentira. Dado que aun éramos humanos completos los de clase media para abajo, sobre todo por dentro. O sea, éramos susceptibles a debilidades sentimentales y presiones externas, tanto en términos de trabajo como familiar. Ello sobre todo si el paciente-reo previsional-tenia dentro de su historial alguna que otra acción de auto sabotaje. Como eso de enamorarse sin autorización del receptor de tus sentimientos. Cosa extraordinaria, dicho sea de paso. Eso de enamorarse.
Sin embargo, de no ser lo suficientemente convincente con tu performance, lo que tocaba inmediatamente era firmar todo un papeleo aceptando culpa y demás términos burocráticos. Te curaban, sí, pero acababas marcado para siempre. Tanto como el suicida frustrado obligado a firmar donde el juzgado más cercano cada mes, y entregando ciertas pruebas de que todo iba bien; tales como como boletas de pago confirmando que estabas en capacidad de trabajar, entradas de cine y confirmando una supuesta vida social aun activa, y demás parecidos.
Es decir, en teoría, sí, pero ello era más que suficiente, junto a otras pruebas de fe. Ciertamente el asunto iba de hacer visible una serie de mea culpas a modo de catarsis documentaria como símbolo y muestra de que el arrepentimiento es la mejor forma de reconciliarse con Dios y con uno mismo. Pura mierda, es verdad, como con cada cosa del día a día. O sea, pura y estrictamente rutina.
Lo malo de todo ello, para mí, era que no estaba en capacidad de aceptar culpa alguna. Aun pensaba en Oriana, todas las noches y cada que sonaba una canción en común en la radio. Como cuando escribiendo intentos fallidos de poesía, relatos autobiográficos, patéticos y mediocres, yo aún la pensaba, todos los putos días. La imaginaba, buscándome, toda enamorada y arrepentida, y encontrándome. Ello era lamentable, lo sabía muy bien, pero también me resultaba inevitable. Sobre todo porque la extrañaba. Eso era lo importante.
Es decir, la resistencia de lo humano ante lo automático. Aunque lo real e innegable es aún más simple, y es que prefiero morir, todas las noches y como un breve impulso de sinceramiento, a despertar sin nada verdadero que odiar.

Descuartizados

VICKY

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