Cuando era más joven solía tener la loca idea de no llegar a adulto. Sin embargo, y como casi todos los sueños de cuando adolescente, no hice nada para conseguir realizar aquel sueño secreto. Al menos nada lo realmente poderoso como para concluir aquella ambición. Pasaba que cada vez que caía en alguna corriente interminable de transición desesperante, de esas llenas de golpes salvajes mal intencionados, junto al clásico auto sabotaje de inseguridad y poca autoestima, sucedía algo en mi interior que me cambiaba.

Estos casi siempre se manifestaban de forma sutil. Como espacios considerables de tiempo entre estados melancólicos y otros enfermamente desubicados. De esos que suelen acabar casi siempre mal. Ya sea con una bala en la cabeza o con algún riachuelo rojo maloliente ensuciando el seno familiar. Sin embargo, he de aclarar que toda estas guerras, irreconciliables y salvajes,  sucedían todas, constantemente, en mi interior dos. Cosa que no era suficiente. Es decir, todas esas manifestaciones no eran precisamente actos dramáticos ni exagerados. Al menos no tanto como para que me tacharan de depresivo o antisocial. Algo a lo que no le hubiera huido afrontar. Pero, bueno, menos mal nunca fue.

Aun así, lograba reincorporarme al escenario principal. El real, aun cuando cada que regresaba, lo hacía sin ninguna clase de sensación interna de éxito alguno. Es decir, de forma incompleta.

Recuerdo todo esto ahora porque hoy es mi cumpleaños número veinte y ocho. Ello no tendría nada de interesante, dado que nunca celebro mi cumpleaños ni los de otros. Al menos no en el sentido estricto de la palabra. Pues el acto de celebrar alguna fecha implica una clase de compromiso que nunca he podido adoptar por completo, aunque ello no quiere decir que no pueda fingir que lo hago. Eso sí es cosa fácil. Eso de hacer creer que uno está orgulloso del nuevo cargo en la empresa, del nuevo nivel de crediticio que tiene con el banco; pues esto suele conllevar a la pronta adquisición de algún inmueble y/o propiedad, tales como un departamento, un auto cero kilómetros y etcéteras. Además de lo más evidente de todo, el respeto por parte de los demás. Aunque esto último es bastante relativo, pues sé que en el fondo todo se trata de un miedo inconsciente, aun mayor que el que tienen para con la muerte o la vejez.

Toda esa confusión casi siempre me sumergía tan profundo en mis pensamientos que llegaba por momentos incluso hasta sentir que me asfixiaba. Era como si algo en mi interior dos, junto al fantasma torturador de turno, confabulasen en contra mía, y por mi propio bien. Y es que ciertamente no había mucho que pudiese hacer yo con toda esa presión externa alrededor. Sobre todo porque fue entre los veinte y veinte dos años que todo se intensifico. Tanto que deseaba realmente desaparecer. No tanto morir. Pues esa idea la iba masticando ya desde antes, cuando adolescente. Cosa que no me hacía especial, lo sé, pues a todo el mundo le llega eso llamado odio adolescente. Sin embargo, lo mío creo se trató más de odio puro que cualquier otra fase hormonal por el estilo, y/o de debilidad estándar. Y es que lo tenía presente todo el tiempo. Algunas veces bajo control y otras no. Al despertar y al acostarme. Despierto y durmiendo. Fue por eso que entendí que no tenía nada de raro que amase y odiase a mis padres. Aunque con esto no quiero decir que haya llegado yo a esa conclusión con poco esfuerzo. Carajo que fue bastante triste la mayor parte del tiempo. Al menos hasta que acabe encontrándome enfermo en la basura.

Aunque no literalmente. ¿Cómo decirlo? Cierto, yo, algunas veces, y cuando me siento solo, asesino gente. Hablo de personas, hombres, mujeres, es decir, seres humanos. Aunque no por diversión, ni por placer, (aunque quizá algo, como quien dice; de todo un poco) sino que creo se trata más de un tema de necesidad que cualquier otra alternativa. Cosa que, he de admitirlo, si me ha traído problemas. Tanto que algunas veces, y casi siempre cuando se trata de gente inocente, y ello a cualquier nivel ético-moral por donde quiera verse, me sobrevienen pesadillas bastante incomodas y hasta desagradables. Eso, estoy seguro, son los escrúpulos manifestándose. Y sí, creo –también- que para desaparecerlas, las pesadillas junto a esos breves interludios de desesperante incomodidad, debería arrepentirme de verdad.

Pero, mierda, que he tratado tanto y fallado tanto que ya me canse de intentarlo. He llorado, me he odiado, pero al final, cuando estoy a punto de claudicar, lo único saludable que puedo hacer para calmar el dolor y ansiedad es, precisamente, asesinar.

Algo que al principio me confundía aún más, como cuando te dedicas a eliminar improbabilidades con la saturación emocional como único norte viable. Sin embargo, con el tiempo aprendí a aceptarme tal y como mis padres no pudieron. Ni como ellos pudieron consigo mismos. Como madre suicidándose luego de intentar, fallidamente, asesinarme (no pudo ahogarme del todo cuando niño aquella vez en la bañera) y con un desempeño bastante lamentablemente. Pues la internaron en un lugar para gente tan problemática como ella, hasta enloquecer y “morir” (Se mordió la lengua hasta desangrarse), y ello, irónicamente, un día como hoy también.

Aunque, cierto es que Pá fue algo más inteligente, pues nos abandonó cuando un día cualquiera despertó de ese coma matrimonial que estaba viviendo. Al parecer una especie de sueño –pesadilla- le reveló que su vida estaba siendo una pérdida absoluta de tiempo. Así que decidió, pero no sin pocas lágrimas de por medio, vivir su vida. Pero sin nosotros, evidentemente. Lo malo, sin embargo, es que no era él precisamente un hombre de aventura. Pues es evidente no llego donde sea que fuese su objetivo final. Pues no creo que un tercer matrimonio junto a otro par de hijos –bastardos- chupándole la sangre fuese ese sueño dorado suyo. Aunque nada de ello importa ahora. Pues muerto –también suicida- ya nadie le jode, salvo los abogados, claro.

Luego Melisa, mi única hermana, pues se hizo adulta antes que yo y se fue para siempre. Fue precisamente tiempo después de su partida que madre también decidió “irse” a otro infierno. Aunque solo Dios sabe a dónde se fue. Es irónico la verdad, y gracioso también. Ahora, claro, pues en su momento solo fueron situaciones difíciles. Como desgracias ajenas que de repente me ensuciaban el uniforme. Una tras otra hasta alcanzarme. Como la herencia de odio en la sangre que compartíamos. Y es que incluso me recuerdo llamando a Melisa desde una cabina telefónica, informándole que madre ya no existía en este mundo, cuando bastante molesta me respondió que su número era únicamente para llamarle en caso de emergencia. Luego de eso terminamos.

Sin embargo, tampoco puedo ser hipócrita. Digo, Papá y Mamá, aunque perturbados y lastimados, supieron manejar el dinero del abuelo en algo más que puras visitas al psicólogo y terapias matrimoniales. Sobre todo por el combo que juntos formaban. Él, abogado, y ella economista, carajo, hicieron lo suyo con el tema de bienes raíces y construcciones inmobiliarias cuando el boom de los departamentos amoblados comenzaba a hacerse masivo en la clase media y baja ascendente. De ahí que ni Melisa ni yo jamás necesitamos del uno del otro cuando teníamos el “cariño” de nuestros padres. Todo ello antes de auto sabotearse con la idea de formar una familia y traernos al puto mundo. Seguro por influencia externa. Pero quien sabe. Es decir, tener recuerdos no es precisamente una forma inconsciente de almacenar cariño, pues el cariño no es acumulable.

Pero ¿Como quitarte esa constante sensación de incomodidad? Gastando y siendo superficial funciona, pero solo por poco tiempo. Pues cuando se te agotan tus reservas de cinismo y los indeseables ataques de consciencia retornan, ni con putas atractivas y drogas pasivas puede uno respirar con tranquilidad. Ya que del mismo modo en que la impotencia por no poder arrancarte el corazón sin antes morir por el peso de la realidad encima y como único epitafio posible, resulta igual de inviable enajenarse de la tragedia cuando esta la llevamos en la sangre.

Es decir, tenía que encontrar una forma de vivir mi vida sin acabarme yo mismo consumiéndome entre remordimientos y sin ese presentimiento de odio prematuro para con toda esa gente supuestamente bien intencionada. Ello, el tener que encajar con todo el mundo, lo asimile más como una necesidad que como un movimiento propio. Esto creo no me hace nada especial, a todo el mundo le sucede. Sobre todo cuando no sabes mentir correctamente ni saber regirte bajo los mismos estándares que los demás. Aunque es cierto, eso que con el tiempo y mientras uno va creciendo –haciéndose viejo- encontramos nuestra manera de movernos entre la multitud. Lo malo, sin embargo, es que nunca lo viví en primera persona.

Entonces la busco, la encuentro y vuelvo a ser lo que mis padres tanto odiaron del uno en el otro. Un niño preguntón tratando de llamar la atención, tanto con conductas hiperactivas como introvertidas. Desquiciando la paciencia del primero entre teorías sobre bipolaridad infantil e irresponsabilidad paternal hasta llevarlo al límite de su paciencia y acabar asesinando su amor de padre. Entonces se acobardo y huyo, entonces Mamá aprendió a odiar sin límites ni contemplación. Tanto a los suyos como consigo misma. Hasta que no pudo apagarme y Melisa la largo de casa.

Fue por eso que mi enemigo nunca desarrollo un rostro completamente perfecto. He ahí lo interesante e infernal de todo. ¿Por qué? Pues porque aun cuando todo me dice que cambie de dirección, yo, francamente, comprendo pero no entiendo. Sobre todo porque por un lado solo estamos de paso y, además, no tengo más que nadie como para creer que pierdo algo cuando no soy como se supone debo ser. Y dado que la gran mayoría de cosas que supuestamente se hacen por realización son tan extrañas como las que se hacen por desesperación, comienzo a creer que nadie va a ningún lado cuando uno no puede desprender de sus sentimientos matrices. Eso llamado odio y amor.

Cosa que no es exagerar, no cuando las razones que nos empujan hacia ello son casi exactamente las que nos enamoran, ciegan y traicionan. Algo así como tener consciencia sobre la existencia de un idiota talón de Aquiles innecesario pero irreversible dentro de cada impulso futuro nuestro.

Pero no yo. Pues quería, y por sobre todas las cosas, asfixiar mi confusión con algo más que descontrol. Pero fracase de tal modo que acabe abandonándome en el camino de salida. Porque no pude creer cada palabra que escupía, pues carecía de significado. Aun con lágrimas y sangre en el documento. Nada existe cuando se está fuera de tiempo y de lugar, pues no se puede respirar consideración cuando se ha elegido amar con pasión algo más fuerte que la propia razón.

Después de todo, luego comprendí que la realidad cuadriculada de la vida adulta es en realidad el total de principios traicionados desbordando en una especie de conjunto de malas ideas caducas sobre nuestras neuronas como si de descargas eléctricas espirituales se tratase todo eso relacionado a la senda del perdedor que cada quien decide recorrer.

Entonces me reconoce, la reconozco y nos reconocemos. Todo mutuamente hasta romper el hielo con una broma conocida. La de papá apretando el gatillo y reventándose la sien en frente del juez encargado de sepultarle en vida, tanto con su economía como con su clásico orgullo masculino, que al fin y al cabo vienen a ser lo mismo en el contexto dado. Y es que fue tan gracioso que hasta ahora, nueve años después, aun conserva la misma chispa de entonces.

Sin embargo, entrado en calor y viendo como son las cosas; Melisa estable y sin drogas en el organismo, con esposo de camisa blanca y corbata como uniforme diario, con treinta y cinco años y un recién nacido estorbando los pocos espacios de intimidad que incluso en una casa tan grande como la suya puede uno encontrar donde sentirse seguro y a solas. Todo eso, es triste, y duele. Además, no recordó que hoy es mi cumpleaños.

Pero, ¿Cómo saber qué hacer cuando el ser querido a rescatar no entiende la gravedad de su situación? Pues no se puede. Eso, recuerdo, lo leí o escuche en alguna canción. (¿O fue en alguna clase de economía durante la universidad?) Algo relacionado a que el beneficio/ganancia en potencia jamás ha de ser menor al esfuerzo invertido. Cosa que, es lógico, si que tiene sentido, y sea cual sea el escenario.

Entonces comprendí la clave del asunto, cuando ya Melisa se quedaba corta con los temas de conversación. Como antaño, cuando dejarse llevar era lo más importante. Sin embargo, es innegable, estos son tiempos distintos. Así que ahora Melisa debe de morir. Porque aun la siento y, yo, no quiero que viva con el corazón roto el resto de su vida.

Es decir, con su hijo muerto y con la eterna de culpa de no poder haberlo salvado. Como un diablo amateur más a quien extrañar.

eva (1)

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