Ellas confabularon en secreto durante todo el viaje y nunca me di cuenta. Por ingenua tal vez, aunque puede también por no comprometerme por completo con la causa que ahora nos movilizaba. Aun así, el viaje iba siendo relativamente placentero. Pero ello en su propio sentido. Después de todo, ya ningún viaje lo es de cualquier forma.  Me gustaba, por lo menos, pues había silencio y podía ver los distintos paisajes pasar por la ventanilla. Como si por viajar de un lugar a otro pudiésemos cambiar algo nuestro más allá de lo inevitable, el malestar por seguir siendo el mismo espacio ocupado de siempre y la eterna curiosidad por visualizar como será nuestro final.

Duermen, sí, pero sé muy bien que aun así pueden observarme. Lo intuyen, como si mis pensamientos fuesen migajas con las cuales ellas me rastrearían y regresarían de nuevo al campo de acción inmediato. Ósea, a esta perra realidad. Lugar al cual no puedo acostumbrarme, y ello por más segura que me sienta, por instantes y cuando las sonrisas momentáneas logran atenuar algo de tanta miseria familiar,  siempre acaba expulsándome como a un electrón sin dirección y fuera de su átomo madre.

Ellas, Viviana y Virginia, mis hermanas y mellizas de nacimiento, lo sabían y aceptaban. Tanto que me toleraban aun cuando lo único vínculo verdadero, más allá de la sangre compartida, era el recuerdo palpable que nuestros padres habían dejado en casa. Hablo del rostro de madre en el mío junto a los defectos de papá en mi mediocre actitud. Cosa que aunque no despierta ni compasión ni cariño alguno, si una desagradable atracción difícil de matar. Ciertamente hermanas, como tres piezas de a dos jugadas y unidas por su propia maldad.

Cosa que no es mala ni buena, pues es gracias a ello, precisamente, que se entienden tan bien. Prueba de ello fue la rapidez con la que encontraron la salida al problema que hace poco más de nueve meses toco nuestra puerta. Es decir, les resulto bastante sencillo. Aun así, nadie dijo nada aun al respecto. Solo actuábamos. Justo como debía de ser, pues no había tiempo que perder. No cuando los sentimientos que dejamos en casa no se rendían en su cruzada. Eso de alcanzarme y retenerme.

Sin embargo, es casi improbable enajenarse por completo, no cuando aún lograba sentir cierta nostalgia por lo perdido y melancolía por nuestro camino ya consumido. Como si me mordiesen lentamente la espalda para luego soltarme para que me tome ese tiempo prudencial que si o si hay que tomar antes de meterse a la cama con alguien. Yo lo sabía, pero mi corazón no. Fue así, pues, que la cague todita. Pero eso es una historia aparte. Una de errores pasados con consecuencias futuras bastante graves. Una que tangencialmente acabo involucrando mi corazón con otro kamikaze fuera de lugar.

Todo comenzó con el frio en mis huesos luego de la ruptura. Cuando encontré, aunque sin buscarlo, ese rostro inaceptable que se apropiaría de todas mis canciones. Hace dos años y luego de fallar en el examen de admisión. Pero, ¿Porque medicina? No sé. Era algo necesario y practico, supongo. Papá había sido psicólogo y había salvado vidas. Pero también había muerto a causa de una de esas vidas echadas a perder que no pudo salvar. Como una venganza desde el más allá, cuando la depresión y el desasosiego aniquilaron sus nervios y resistencia. Así que, ciertamente, se trata de una profesión con alto grado de toxicidad mental. Además, hay que ser más racional que emocional, y no como Papá, sino más tirando como Mamá.

De ahí que no puedo soportar esa atracción enferma que siento por los hombres con la mirada retraída y con una forma vaga de ser. Desprendidos, mas no enajenados. Inteligentes e interesantes, pero no por ello, necesariamente, cuerdos y sensatos. Edipo o no, sucede que cada que puedo trato de describir el máximo número de defectos y virtudes. Ya sea en el otro o conmigo misma. Tratar de ser algo más analítica que potencialmente analítica. Como Padre solía llamarme. Pero que Arden, lamentablemente, nunca pudo aprender del todo. No como Papá, ni como Violeta ni Virginia. Cosa bastante entendible, pues no es suficiente ser inteligente e interesante, sino que hay que aparentarlo, pero sin pasarte de sobrado y arrogante. Como Arden. Ese ex enamorado/pareja/novio/etcétera, que decidió desaparecer de mi radar hace medio año de forma casi permanente. Ya que es evidente, aun no termino de odiarlo ni amarlo del todo. Pues no olvido.

Sin embargo, cuando esas características, atractivas e insoportables al mismo tiempo, son más un rasgo involuntario que pretendido, según la norma social aceptada del momento, pasa que el magnetismo te captura y difícilmente vuelve a soltarte. Eso era Arden para mí. Lo cual, he de aceptar, me hacía bastante feliz. Eso de saber que existía alguien en el mundo que verdaderamente me entendía y comprendía. Sobre todo cuando aún ni el mismo se entendía del todo. Cosa que me resultaba bastante encantador. Esa capacidad suya de comprenderme aun cuando mis síntomas solían empujarlo hacia la deriva absoluta, pues era innegable que compartíamos una misma naturaleza, una distante e individual.

Después de todo, pasar de insociable atormentado a prófugo emocional, constantemente y sin clara idea de los eventos reales de cada momento, no es ni cagando un talento pero tampoco es lo suficientemente dramático como para necesitar un médico y pastillas para seguir. Sobre todo cuando existe el esfuerzo por entender cada fragmentación interna. Tanto como para descifrarlos y hasta intentar ahogarlos.

Pero no, eso nunca sucedió realmente. Por incompetente, puede ser, pues en cierta manera persistía esa necesidad dejar huella, pero lo más notable era sin duda algo mucho más sencillo que cualquier dilema interno. Hablo del asunto de trazar metas y objetivos para, y hasta, enfermarte por los malos resultados. Eso es importante. Sobre todo cuando te sientes fuera de lugar hasta en tu propio hogar.

Entonces Virginia vuelve a mirar su reloj y comienza a ponerme inquieta. Siempre lo hace. Como si por hacerlo, obsesionarse con la hora, fuese milagrosamente a acelerar el tiempo. Pero, claro, ello lo hacía desde siempre y yo aun sin acostumbrarme, como con todo y todos. Aunque si lo pienso lo suficientemente benevolente, ello, apresurarse, bien podría ser su talento principal. Pues precoz, o no, fue la primera en acabar su carrera, la primera en trabajar y en consecuencia, ganar dinero, también la primera en casarse, la primera en tener hijos, y la primera en parecerse más a Madre. Todo bien, “seguro”, pero igual y jamás lo llegue a entender. Hablo de esas ganas por completarlo todo. Y es que no tiene sentido, no cuando nadie te observa para confirmártelo como aparentemente buscas por todos medios conseguir.

Al menos no como Violeta siempre lo lograba. Eso de volverse el centro de atención casi permanente en una familia que aunque disfuncional y todo, siempre tenía tiempo y orgullo consecuente al esfuerzo ejercido. Lo curioso, sin embargo, era observar como hacía que todo ello pareciese fácil y sencillo para ella, como una especie de  broma cruel para consigo misma y la gente esmerada a su lado. Pero, bueno, tampoco se trata de novedad alguna cuando se vive de palmaditas en la espalda como combustible vital diario.

Presumo y es por esas dos brujas detrás que jamás alcance a odiar con todas mis fuerzas, cosa que necesito con urgencia últimamente. Pues pasa que cuando lo peor de todo lo tienes dentro y no es tanto como un enemigo invisible o algún fantasma del pasado, todo alcanza precipitaciones desesperantes a un nivel mental y sentimental que ni Dios ni nadie con la cordura aun en su lugar puede tolerar.

Y si, hablo de mi Némesis protagonista que jamás tendré el “placer” (nótese las comillas) de recordar como un rostro completamente definido. Pues aún encuentro en sus pequeñas y delicadas facciones las razones suficientes para perderme entre mi odio y distorsionado concepto de amor.

Es decir, exactamente como Arden jalando del gatillo del revólver de seguridad de Papá hasta perpetuar de forma ineludible, mis recuerdos y sentimientos, para siempre y con esa clase de contundencia que te hace creer en los misterios relacionados a las ficciones tangibles al anochecer y antes de dormir. Y todo por este bebe al cual no sé cómo lograre olvidar, pero al cual, al parecer, jamás podre amar.

La Confabulación

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