Cinco de la tarde y aun siento que algo me falto hacer. Ciertamente esta no parece ser la clase de sensación fugaz que desaparece pasado un par de horas. Y es que llevo casi cuatro horas con esta espina en la garganta que no me deja escupir qué carajos es lo que olvide. Todo iba bien. Pero algo fallo. Supongo, de lo contrario ¿A qué viene esta inconformidad? De donde es que surgió. ¿Cuándo? Esta sensación de desorientación. Como si me hubiese extraviado. Como una especie de desalojo repentino. No golpea, ciertamente, pero decepciona. Peor aún, ya que es algo bastante confuso de analizar. Demasiado a ratos. Tanto que llegue a pensar que mis pensamientos ya no cabrían en mi cabeza.

Es decir, ¿Olvide, acaso, decirle que la quiero? No. Lo hago tantas veces que ya debo aburrirla. Tantas veces que hasta suelo creérmelo. Además, Mandy no dejaría que lo olvide. Cosa de acostumbrarse, supongo. ¿O acaso será que olvide dar algún examen importante? Eso sería posible solo si fuese una persona irresponsable. Cosa que no soy. Al menos eso debo creer. La verdad, no tengo ni puta idea. Además, ponerme a cuestionar esta clase de pequeños detalles no me sirve. Así que mejor descarto de una vez las preguntas que sobran. No. Lo correcto sería decir, las preguntas fútiles. Exacto.

Además, está nublado aquí en nuestra siempre volátil civilización, esa que involuntariamente heredamos. Dicho esto, la verdad es que no creo estar exagerando. Ni tan si quiera un poquito. Mierda, que aún la estamos pagando, y muy caro. Por otro lado, no es nuevo que el clima sea así de muerto durante las tardes. El problema es que aquí uno está rodeado de montañas. De modo que uno está atrapado por ese desgastado color blanco, y uno siente que alguna clase de arma lo tiene en la mira, todo el tiempo y por todos los flancos que uno pueda imaginarse. Hablo de forma general por no involucrarme. Pero todo esto, soy yo hablando. Es decir, acaso existe algo más jodido que sentirse ajeno, que no es lo mismo decir excluido, a todo y a todos. Ya sea desde los ambientes habituales que toca todos los días visitar, hasta el momento de colisionar con todos esos pensamientos, convenientemente compartidos, que la gente va vomitando a su camino. Ya sea tanto de ida como de regreso. Hasta creo, a ratos, que los rastros de sangre que van desde los conos hasta el centro de esta ciudad son simplemente un rasgo característico de esa supuesta belleza de la que todos debemos sentirnos orgullosos. Tanto como nación como hijos de la misma. Bastardos incluidos.

Lo curioso de esa sensación, por extraño que parezca, es que no se desgasta. Simplemente permanece. Como un tumor benigno duro de extirpar. Estático y a destiempo para con su cuerpo anfitrión. Cosa que no ayuda cuando la derrota comienza a hacerse notar en tus tripas. Dicho de un modo vulgar, sí, pero practico. Es decir, ¿Puede haber algo más evidente, en cuanto a muestras de auto abandono personal – tanto físico como mental – que el sobre peso o la ausencia del mismo? (Esto como contraste de eso conocido como el peso ideal) No creo, aunque siempre puede que sí. Sin embargo, son estos los cambios más notorios. Además de los más publicitados. Y esto a cualquier nivel socio económico y/o cultural. Es decir, de ello nadie se escapa.

Exactamente como Ramona y su anorexia. Cierto. Aunque lo de ella fue de lejos mucho más dramático que cualquier otra historia que conozca. Al menos hasta ahora. Ramona había sido una chica rellenita, que no robusta ni mucho menos obesa, durante su infancia y adolescencia e inicios de su juventud. Era guapa, sí, pero a su manera. Recuerdo que me gustaba mucho como el viento solía agitar su cabellera ondulada cada que subíamos a los pisos más elevados en los edificios de la universidad. Era fácil llegar a ellos, solo era cosa de ignorar las advertencias de peligro y actuar como jóvenes de verdad y no como lo habitual.

Es decir, como prospectos de futuros productores, junto a otras características propias de estos tiempos sacrificados. Aunque tampoco éramos lo suficientemente avezados como para pasar al otro lado de la barandilla de seguridad, ni tanto como para subir a las estructuras metálicas donde se encentraban ubicadas los tanques de agua potable. Simplemente nos quedábamos haciendo hora durante una media hora hasta que el curso, por demás aburrido, de turno acabase y nos largásemos de la facultad como si nada hubiera pasado. Se trataba pues, simplemente, de dos inadaptados más tratando de disfrutar algo de su tiempo, tiempo compartido que estaba siempre por terminar.

Me gustaba Ramona. Es verdad, al menos eso creí durante los dos años de escuela que compartimos. Luego ella se cambiaría de carrera (a letras o sociales, no estaba seguro cual era la diferencia exacta) al tiempo que migraba de universidad. Entonces nos frecuentamos menos y el tiempo hizo lo suyo con nuestro vinculo. Hasta que me acostumbre a Mandy y su inusual entusiasmo. Uno que distaba bastante del típico optimismo gratuito, y hasta sesgado, pues era prácticamente un paréntesis dentro del clásico positivismo de masas. (Eso de ver el vaso medio lleno, y demás estupideces autocomplacientes)

Ello, encontrarla distinta a las demás barbies universitarias de la eterna clase media, me resulto bastante atractivo. Y es que al parecer yo era, y esto más por definición o descarte, supongo, un hombre trágico. Puede que incluso hasta negativo,  pesimista o algo por el estilo. Aunque nunca, y aun ahora, entendí de que iban esa clase de  términos. Pues eran calificativos habituales en toda charla universitaria y hasta post universitaria, en la que, si es que antes no lograba evitarlo, me veía irremediablemente involucrado. (Aunque no por ello comprometido) Y es que no deja de ser hilarante, antes y aun ahora, eso de aferrarse a prototipos de conducta pasados, pero debidamente aceptados, a la hora de la toma de decisiones. Algo que imagino y debe de aplicarse a cualquier nivel. Ya sea en el trabajo o en el hogar. De ahí que muchos primogénitos se descubran, ya cuando cuarentones y sin mucha vitalidad, su verdadera vocación de entre los restos de sus antiguos sacrificios modernos. Eso que juraron amar.

Pero no Mandy, al menos no del todo. Después de todo se trataba de su hermana, y en consecuencia algo de Ramona tenia. Puede que no ese desprendimiento para con cualquier sentimiento heredado de patriotismo y rebeldía, pero sin duda esa clase particular de voluntad por la vida misma. Cosa que en un principio no imagine, hasta que sus pequeños detalles terminaron por atraparme. Sin embargo, lo curioso de ello fue que no me sentí incomodo, como muchos de los pendejos que tengo como amigos suelen alegar cuando salen de juerga. (Incluyéndome) En consecuencia caí mas interesado en prototipos imperfectos de Mandy que al final acaba aburriéndome demasiado pronto. Luego vinieron los estudios y nada de nada paso. Supongo que sumaba el hecho de que Ramona simplemente ya no existiese en este mundo facilito en algo a la hora de aplacar algún sensación de hipotético morbo posible, y alguna otra clase de confusión. Y es que Ramona siempre fue ella, la primera imposible de olvidar.

Y es como cabe suceder en casi todas los adolescentes como ella, su falta de atractivo suelen compensarlo con “personalidad”. Cierto que esto último es mucho más difícil de conseguir que una cintura sin costillas. Pero sucede también que esto crece de tal forma, invisible y sutilmente, que al final acaba llevando a la persona en cuestión a una explosión de inseguridad y decisiones radicales. Como Ramona y el rechazo. Como Ramona y su eterno corazón roto. Como Ramona y su posterior suicidio. Creo, seguramente, ex cuñada (digo ex porque Ramona ya está muerta, y aún sigo con su hermana, con Mandy) vivió acomplejada por durante todo ese tiempo, y esto por más que no lo exteriorizase, ya que ello no es requisito indispensable, aunque si el más evidente, para contraer depresión. Sin embargo, que haya crecido junto a chicas que  parecían salidas de alguna revista de modas local, no creo haya sido de gran ayuda.

Es decir, no todos los hijos de personas fuertes son necesariamente fuertes también. Su padre era sin duda un hombre fuerte. Todo inteligente y esforzado, imponente pero hábil con su trato para con los demás, listo como suelen serlo todos los lideres-políticos o de negocios-pero también comprensivo. Convenientemente comprensivo, eso sí.  Pero Ramona no. Eso fue lo malo.

Lo de Ramona es una historia triste, sí, pero una bastante interesante. Al menos para mí y mi forma de ver el futuro y las relaciones interpersonales. Quiero decir, yo estimaba a Ramona. Quizá mucho más de lo que quería, y quiero, a Mandy. Su hermana. Y es que no solo compartíamos varios gustos en común, sino que fue por ella que entendí que lo más seductor que puede tener una mujer son sus ideas. Cosa en la que Mandy no era precisamente avispada. Es decir, Mandy es de esas mujeres que prefieren sentir antes que sopesar pro y contras. Sobre todo porque esa es una forma de vivir a exactitud.

Seguramente, como los bajones de autoestima que todo el mundo sufre posteriormente a cualquier clase de rechazo, o abandono, pero estos se manifiestan de formas sutiles. Hasta llegar luego al aislamiento voluntario o el descuido de la imagen personal. Aunque claro, estas son solo ideas. Es decir, no se trata de una ciencia exacta o algo por el estilo. Eso llamado depresión.

Pero todas esas malas ideas eran, casi todas, producto del aburrimiento y vagabundeo. Eso lo sabía muy bien. Cosa que me jodia en cierta manera. Eso de saber que estabas perdiendo el rumbo. Alejándote del camino tantas veces ya trazado. Y es que repercutía en mi cabeza cada instante que me detenía a revaluar mi situación como pequeñas descargas eléctricas desestabilizando mis principios hasta mutilar cualquier intento de reedireccionamiento. Como recuperar la capacidad de indignación que perdí durante los primeros años académicos-universitarios-por muchas razones, superficiales casi todas, pero creo que la más importante de todas era, para variar, el deseo de encajar. Es decir, la universidad era como el colegio, si, solo que con más libertades. Esto no era ni bueno ni malo. A menos que lo tomases personalmente. Es decir, a nadie con un poco de sano juicio se le ocurre comparar ahora a la universidad con ese mundo de saber y actividad social-ya sea política como espiritualmente-de manifestaciones juveniles, tanto como protestas o expresiones artísticas. Eso ya paso de moda. La idea ahora era básicamente, ir y hacer todo lo que puedas, y, luego, salirte y seguir haciendo todo lo que puedas. Una y otra vez, pues el cartón ganado debería mostrarnos el camino. El resto era cuestión actitud para con nuestro, aparentemente, innato instinto de supervivencia.

Seis de la tarde y comienzo a sentirme parte de la eterna neblina de la ciudad. Típica en los primeros días de cada prematura primavera que toca tolerar. Siento incomodidad en el ambiente y comienzo a creer a los ruiseñores invisibles a mí alrededor. Y es que es porque simplemente no necesito estar aquí que la densidad toma forma y vuelve como una nostalgia desfigurada pero de naturaleza netamente incondicional. Ramona intentando frustrar el cierre total de mis malos recuerdos. Asesinando frustrando cualquier reencuentro nostálgico con Mandy al tiempo que asesina mis fantasmas con exquisita violencia como la eterna enamorada perdida de mis fallidos intentos de recuperación.

Pero, y viendo que del mismo modo en que nada regresa como tampoco nada se pierde por completo, creo perdí mis razones verdaderas. Puede ser eso lo que olvide. Esas malas ideas por las cuales seguirle el ritmo al diablo amateur interior nuestro, logra resultar incluso hasta heroico. Por lo valioso y necesario. Como la belleza contenida de Ramona volviendo con cada sonrisa realmente sincera que Mandy consigue arrancarme del rostro cada que dice conocerme mejor que nadie.

Todas mujeres reales

Ramona my Mandy

Ramona my Mandy

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