Sucedió inesperadamente, que Esther comenzase a soltarse con las chicas de la clase, para luego acabar sonriéndole a Alex. Todo ello en tiempos más seguros que ahora. Cuando el éter del mundo todavía no nos había contaminado la sangre ni atrofiado nuestros últimos, y agonizantes, ideales. Cosa típica de prematuros universitarios, evidentemente. Cuando aún funcionábamos anónimamente y sin cargos de conciencia jodiendonos la existencia. Además de moviéndonos a nuestra manera, al desplazarnos de entre le densidad de la realidad y otros lugares comunes. Pero todos siempre propios y tangenciales a nuestra forma de ver el mundo. Pues aun cuando no sentíamos derrotados, encontrábamos en el otro una razón más para seguirnos el ritmo.

Dicho sea de paso, no me gusta nada de nada, Alex y sus putos desvaríos. Y ello por muchas razones, y todas coherentes en cualquier instancia posible, ya sea desde el superficial estándar hasta el más profundo y arraigado, ese enterrado escenario enterrado en lo profundo de nuestros complejos. Pero sobre todo porque Esther se fijó en el al tiempo en que comenzaba yo a conocerlo mejor. Le odio aun cuando ello no es culpa suya, al menos no en un sentido estricto, pues el muchacho tenía bastante facilidad de palabra y eso acaba resultando algo positivo, y hasta interesante, aun cuando carecía de porte atractivo alguno. Sin embargo, he de aceptar que en lugar de sentirme amenazado, lo que sentí por su figura alrededor nuestro fue puro desprecio.

Cosa bastante razonable, dado que si no odias lo suficiente a una persona, simplemente pasas de ella o acabas rechazándola y punto. No importa. Pues esto no va de Alex y su supuesto encanto de inmadurez juvenil. Ni de Esther encontrándole cosas “lindas” que luego me las atribuiría por mas indignado y reacio que me mostrase. Pues ello era algo que personalmente siempre encontraba irreal, que ella precisamente no odiase lo que yo por mucho tiempo he odiado sin premeditación ni restricciones. Fue gracias a ello que creo aprendí por vez primera a sentir eso que llaman cariño. Al menos eso creo, aunque no tengo como probarlo. Pues lo incondicional siempre tiende a desaparecer sin más. Como los viajes temporales e imaginarios de corte fantástico que cuidadosamente dosificamos en nuestro interior por miedo a ser descuidados y que luego solemos llamar esperanzas.

Todo ello, que inevitablemente me enamorase de Esther, me golpeo cuando recién salidos del colegio y con las hormonas aun volátiles. Como suele decirse, pues íbamos siempre hambrientos de más.

Lo curioso, sin embargo, era que por más sensaciones nuevas descubiertas, nunca cambio la esencia primordial de nuestra forma de ser. Cada quien por su lado y mutando consecuentemente con el paso del tiempo una serie de conductas oportunas y otras simplemente heredadas, pero siempre con algo en común que no nos permitía olvidarnos del todo. Ya sea por lo vivido o simplemente por el pedacito de alma que nos dejamos como último souvenir antes de la inevitable despedida.

Sin embargo, fue también gracias al tiempo, y rato después de Esther abandonara nuestra promesa de reconciliación, que adquirí una especie de desapego de emergencia. Como una clase de acción de contingencia activada íntegramente por parte de mi inconsciente. Eso de ir abortando romances de primavera como quien aborta buenas intenciones ajenas a sus deseos por pura necesidad, además de la siempre inoportuna incomodidad. Pero ahora nada de eso parece funcionar. No cuando ni ella ni yo sabemos exactamente de qué va todo lo relacionado a lo nuestro. Ciertamente como en los viejos tiempos, sí, pero jodidamente fuera de tiempo. Eso definitivamente.

Sobre todo porque esto va de Esther volviendo a llamar mi atención luego de nueve años de silencio. De Esther encontrándome con una canción familiar en mi buzón. Es decir, de un modo casi idéntico a como solíamos manejarnos. Como cuando adolescentes inexpertos nos dejábamos enamorar, cada quien movido por sus impulsos pero con dirección a un abismo en común, por las distintas manifestaciones de amor y odio que encontrábamos en nuestro camino hacia ningún lado.

Cosa que nos llevó a vivir no pocas desventuras que acabaron, finalmente, separándonos. Es verdad. Nos dejamos llevar. Yo también. Pero que ahora esa clase de conexión repentinamente vuelva a sacudirnos no es algo, precisamente, fácil de digerir. No cuando comenzaba a suprimir mis reparos para esta condición de cínico acomodado. De modo que si esto es algún intento de última hora de encarrilarmiento alguno, bueno, estoy jodido. Y si ese es el caso, mejor. Después de todo, es bien sabido que no existen curas para las enfermedades terminales. Sobre todo cuando la caída libre resulta ser lo suficientemente contundente como para aniquilar cualquier intento mediocre de salvación. Ya que después de todo lo único importante es relajarse y aceptar la sentencia dada. Porque solo de ese modo uno comprende que no existe nada real de lo que preocuparse.

No cuando nuestra canción parece nunca haber terminado. Al menos no como debería. Pues invariable al tiempo y las desgracias ajenas, el jazz en su habitación jamás envejeció. Ni el rocknroll en su convicción que junto a esa indomable actitud suya lograba conquistar mis tormentosos espacios personales con una ternura perturbada e incomprendida que solo cuando me dejaba arrastrar por sus palabras lograba acariciar por completo sin miedo a caer mutilado en alguna jaula de dolor de nuestro interior. Tanto que a ratos logro sentirme real y no tan despreciable como la naturaleza misma decidió hacerme.

Ciertamente, luego de encontrarnos nuevamente, comprendí, y ello empíricamente, que no estábamos tan lejos de nuestros propios ejes de acción como yo para con el mundo a mi alrededor. Pues del mismo modo en que nada suyo había envejecido ni madurado, como con todos los que conozco y como creí también haberlo hecho, nuestras cartas incompletas tampoco se habían desgastado del todo. Al menos no como con casi todas las mujeres de verdad con las que me involucre desde su desvanecimiento.

Pero si Esther no se había malogrado, como supuse seria natural entre la gente como nosotros, y me incluyo pues ya estoy más grande y creo mucho más centrado, puede que sea yo el único caso inconcluso que si vale la pena resolver. Lo cual me resulta no solo insoportable, sino doloroso también. Pues ello, incluso aun después de haberme cambiado el nombre y demás vestidos estereotipados, (Siempre odie llamarme como mi abuelo Alexander), no termina de consumirme del todo. Tanto como los supuestos cambios puramente superficiales que acabe adoptando por pura cobardía como con los pocos últimos intentos de auto liberación que frustre antes de rendirme. Pues sucede que ambos extremos son igual de tangibles como todas las mentiras blancas que solemos digerir sin problemas durante cualquier día típico de la semana. Cosa que no nos hace malas personas, solo hipócritas de mierda, pero correctos y todo.

Pero Esther no. Al menos no tanto como yo. Y ello no se dice fácil. No cuando agarro conciencia, y no precisamente de forma fácil, que he atrofiado mi rostro hasta un nivel imposible de salvación. Pero ello no me importaba, no cuando hace rato que había cedido mi libertad por algo más de seguridad. Sin embargo, evidentemente, ello no puede comerme del todo. Cosa que maldigo en silencio todas las putas noches, llenas de habitaciones de hoteles y otros desconocidos de turno. Pues no voy a engañarme otra vez, sobre todo cuando está demostrado que no se puede vivir entre conferencias y  reuniones poco profesionales sin acabar olvidándose entre la basura políticamente correcta de toda la vida.

Hasta que volvió a golpearme el alma con su sola presencia. Esther atravesando un inacabable momento nostálgico conmigo como co-protagonista. Entonces pasaron nueve años y nada sucedió. Entonces el tiempo simplemente me anestesio. Pero al parecer ni los fantasmas en habitación ni los depredadores en el exterior lograron asesinarme de verdad. De lo contrario, lo que siento por ella no debería de revivirme todos los días.

Así que supongo ya no importa tanto como antes el que mi existencia sea real o no dentro de este conglomerado de malos pensamientos, pues definitivamente creo no estar muerto. Pues ahora que estoy cayendo puedo reconstruir mi sutil rebeldía, junto a mis no pocos deseos apagados de libertad, en algo lo suficientemente tolerable como para enfrentarla una vez más sin temor a que la derrota pueda destruirme nuevamente. Pues los tiempos en los que solía creerme inmune a esta clase de invasiones ya atravesaron mi ser. Error que ahora, carajo, me llevo a recibir un nuevo golpe importante por parte suya. Y ello mucho tiempo de hacerlas de doble de riesgo suyo.

Pero lo curioso de todo ello, creíble o no, es que solo cuando llego a desprenderme del todo de mi realidad puedo alcanzarme en la oscuridad de su ser. Y me encanta. Sobre todo porque eso de conocerme mejor que yo mismo, hay que decirlo, no pasa seguido. Aun cuando no tan siquiera logra de fungir de cumplido de último momento. Pero eso no mella en nada el daño ya ocasionado. No cuando comienzas a tomar tu lugar entre los distintos espacios que creíste haber dejado morir.

Entonces inesperadamente, aunque no por ello de la nada, me sobrevino un escalofrió en la espalda como preludio a un golpe tremendo en el estómago. Uno tan fuerte que de verdad odie ser un hombre débil. Pues algo que resulto aún más curioso que encontrarla igual de imperfecta que siempre, era el descubrir lo que realmente Esther significaba en mi vida. Algo que en su momento siempre encontraba extraordinariamente difícil, pero que ahora se rebelaba no tan difícil de ubicar y de abrazar.

Cosa que de algún modo logra ahora sacudir mis huesos y reincorporarme a mí mismo. Sobre todo porque todo ello puede interpretarse como puras divagaciones contradictorias, es verdad, pero es ahora que todas esas ideas logran tomar forma, y solo porque siento que ambos, ya curtidos y malogrados, compartimos una mirada en común. Una lastimada y desprovista de rastro alguno de inocencia, sí, pero imposible de borrar. Pues había algo que no se había desperdiciado del todo. No para mí. No con sus bellos sentimientos contrastando todas mis malas ideas.

Testigos Involuntarios

“Qué tiempos tan frustrantes fueron aquellos años: tener el deseo y la necesidad de vivir pero no la habilidad.” – Charles Bukowski.

Eternal Romance

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