Fue durante un sueño incompleto que me encontré confortablemente entumecido dentro de una sucia habitación de hostal de a quince lucas. Cuando luego de abortar nuevos fallidos intentos de conciliación con esa insensible hija de puta sin corazón que ahora me toca tolerar porque sencillamente no puedo conmigo mismo y todas las contradicciones de mi segundo interior. Es decir, exactamente el momento que volví a enamorarme de tus inescrupulosos dominios románticos.

Pues precisamente cuando enajenado de mis ideales y demás ideas ingenuas de juventud, nos atrevimos a compartir una prematura primavera de última hora para caer juntos a ese vacío infinito de carácter pleno pero irrevocablemente efímero.

Es por eso que te recuerdo ahora. Pues he finalizado mi tiempo prestado y creo comienzo a dejar de sentirme incansable como se supone debería sentirme. Por eso no puedo evitar recuperarte una vez más. Ciertamente como arrastrado de entre las horas previas a integrarnos a clases intensivas de idiomas de fin de semana. Además de cuando interviniste por vez primera en ese curso de primer año, y de sobra, llamado “Doctrina Social de la Iglesia”.

Como golpeando mis hasta entonces irresolubles conflictos sentimentales con un simple, “desahuevate”. Simple pero contundente, pues me sacudiste de tal forma que la única consecuencia supuestamente positiva era que ya no podría verte como una amiga fuera de tiempo más con la cual aferrarme temporalmente hasta llegado el ansiado verano.

Entonces yo debatía-discutía-con la delegada de clase (olvide su nombre) las razones de porque su dios católico nos había abandonado hace ya mucho tiempo. Pero tú solo escuchabas, yo argumentaba, sí, pero sin mucha contundencia, y ella, bueno, ella era puros berrinches de típica indignada universitaria.

Sin embargo, cuando parecía que ya no iba a lograr nada, pusiste de la tuya para terminar de enterrarnos a los dos en aquella malograda tertulia de sábados soleados pasados.  Fue algo así como, “lo que más me jode de los católicos es que no pueden tolerar la diversidad de credos porque sencillamente no soportan la competencia”. Cosa que, hay que decirlo, fue brutal para nuestra entusiasta delegada.

Todo bien pero, y poco después de acercarme hacia ti para decirte lo genial que fue eso, tuviste que humillarme con eso de que igual de insoportable son los ateos que no pueden estar sin hablar de religión. Y eso fue todo para mí. Pues en adelante casi todo tendría que ver contigo y tu indomable carácter.

Todo antes de caer preso en tu hermosísima mirada. Esa que todo lo envuelve de manera placida aun dentro de nuestros perturbados espacios. Es por eso que ahora te recuerdo con la misma fuerza que tiempos antes de morir.

Te recuerdo entonces, como quien extraña su primer golpe de realidad adulta. Cosa que no tiene nada de espectacular, es verdad, pues fue precisamente por esa clase de sacudidas que acabe por descubrir que nunca aprendería a amar. Pues comprendí que por más corazones que logre tocar, jamás yo podría recuperar un poco de vida de un órgano tan oxígeno y acribillado.

Por eso mismo no puedo dejarte. Ahora y siempre, pues cuando sucede que prácticamente vuelvo a sucumbir en los viejos malos hábitos de toda la vida, logro acariciar algo de incondicional consuelo en tu sutil y enternecedora mirada.

Así que cuando despierte, estoy seguro que ni todas estas pesadillas terminaran conmigo, pues he sido yo mismo quien atrofio el flujo de ilusiones de seguridad en mi interior con no pocos pensamientos negativos. Así que ya estamos destruidos, sí, pero ya no jode como antes. No cuando ya no importa si existo o no, pues es evidente que aún vivo.

Confort y Dolor

“La mujer es el ser que proyecta la mayor sombra o la mayor luz en nuestros sueños; vive de una vida distinta a la suya propia; vive espiritualmente en las imaginaciones que atormenta y que fecunda.” – Baudelaire.

Animos Decapitados

Animos Decapitados

Advertisements