Entonces retorno y encuentro que todo y nada ha cambiado como debió haber convenido.

Pues todos siguen resistiendo al diablo a su manera. Agachando la cabeza al tiempo que suprimen el dolor en sus rodillas con el placer enfermo que encuentran en gesticular cumplidos. Tales como la aprobación y el orgullo desfigurado de toda la vida.

Algo muy parecido a cuando disfrazaba mi poca autoestima con medallas de cobre al mejor vendedor. Pues como cualquier traficante de ilusiones que se preste, yo también aprendí a romper corazones a la manera antigua. Es decir, por curiosidad y satisfacción.

Todo bien hasta que la culpa tomo forma en mi cabeza con una descomunal violencia. Como una ave de alto vuelo incordiando el estado de sedentarismo corriente en el que se encontraban mis inútiles escrúpulos post adolescentes.

Ello, ciertamente, lo recuerdo perfectamente. Esa imagen imposible de desterrar, Ana desarmando mi concepto de mujer con su sola existencia, cuando me encontraba en alguna clase de aislamiento involuntario. Aquella tarde en la plazuela deportiva de un barrio cercano a mi cuadra, que me perdí el atardecer por andar leyendo a Bukowski como un viajero atemporal más retraído en su singular universo de amor y dolor. Todo al tiempo que el sol se desangraba en silencio sobre nuestras cabezas, mientras, yo, sentado en una banca solitaria pero en presencia de infantes sin padres correteando por puro entretenimiento verdadero.

Pero todo eso ya fue. No existe. No ahora que ni si quiera puedo vomitar correctamente esta sensación de derrota. Como empujándome contra una desconocida y distante muralla invisible. Abandonándome en esta interminable corriente de sangrientas abstenciones. Arrastrándome fuertemente hacia silenciosos campos de concentración modernos. Limitado a visualizar únicamente direcciones confusas, como la vida misma y sus  inacabables muestras de desazón, hasta complementar nuestros ya contaminados espacios sudamericanos. Asfixiando intentos fallidos de auto ejecución, mientras a lo lejos contemplo el reflejo de un evidente esqueleto nacido producto de mi última destrucción. Como un bastardo nacido del fracaso de dos sentimientos contradictorios.

Por desubicado, si, pero sobre todo por no caer en vano al tiempo que trato de encontrarnos. Buscando donde al principio olvidamos. Entre la distancia adecuada y las horas muertas antes de tocar juntos el amanecer. Por una meta que alcanzar. Por un abrazo que realizar. Como cuando mi infatigable hermano asumió el hacerse “sentir” como único método irrefutable con el cual lograr justificar su dudosa existencia. Siempre impertinente pero valiente.

Hermano de mis sueños que lamentablemente no logro hacerme olvidarla. Pero no importa. No ahora que parece puedo recapacitar y aplacar todo lo relacionado a conflictos. Después de todo, solo en mis sueños el motín en mi interior logra consolidarse como tanto ansió mientras camino despierto. Ya que cuando me sumerjo por completo en mis pesadillas puedo aproximarme a la bestia cautiva que hay en mí. Ya sea para anestesiarla como para liberarla. Pero no hoy. Pues no funciona cuando estoy tan jodidamente cuerdo como lucidamente consiente de mis limitaciones.

Sin embargo, me resulta aun imposible odiarme del todo. Al menos no como estoy seguro me lo tengo ganado. No con Ana invadiendo mis espacios como una inesperada huésped en una mal nacida primavera. Sobre todo porque soy consiente que esta sensación de bienestar no es tan real como su último abandono. Ese drama antes de acabar reconciliados gracias a maneras netamente inconscientes.

Cuando aún me encontraba sometido al miedo hacia lo futuro, y el dolor de la eterna vergüenza. Tanto como ese amor que siempre confundí con pasión y libertad. Y ello desde ese deseo tremendo de libertad hasta ese extraño interés por su complicidad. Siempre amortiguando mis desventuras con ficciones ilusas.

Pero eso no me importa. Eso es el problema. Ciertamente parece que el problema fuese la ausencia del mismo. Pero ya esta hecho. Ya que por más inexplicable que me sienta, de todas formas seremos padres. Cosa que no debería venir a cuento cuando no sé exactamente que papel interpretar.

Pero no importa. Ni una diatriba coherente importa ahora. Pues por más que divague entre sensaciones de bienvenida y fugaces despedidas, la verdad es que estamos tan cerca como presentes en nuestras cabezas. Y aunque no entiendo perfectamente, como mucho superficialmente, las razones de este jodido desgobierno interno, quiero creer que podre tragarme las consecuencias al final del relato. Pues nací producto de un amor kamikaze y aprendo muy bien eso relacionado al deseo de morir que durante tanto tiempo parece habernos encadenado.

Además, los choques y fugas no existen cuando se involucra al corazón. Sobre todo cuando puedes visualizar casi perfectamente por lo menos una característica de esta jaula recuerdos inoxidables. Aun cuando ello pueda resultar difícil de aceptar. Pues sentir como esa nueva presencia en nuestro interior logra neutralizar la eterna tristeza del exterior, junto a ese insoportable vacío interno, es algo demasiado poderoso como para ignorarlo. Entonces pienso en Ana.

Porque la quiero y ya no puedo odiarme por ello. Porque sí. Porque es demasiado frágil para mí. Porque comienzo a creer realmente que puedo llegarla a vivir. Tanto como las consecuencias del daño ocasionado, implocionando  en mi único interior de carácter atroz. Una vez más y todo para morir asesinado entre sus  inquebrantables y sublimes dominios románticos.

Exactamente como cuando fui atraído por algo más que simples buenas intenciones. No pues. Ya no. Porque es ahora que comienzo a reconocer una extrañísima necesidad bastante difícil de alimentar. Pues lo descubro inquebrantable y perturbador, esa razón oculta entre los árboles secos del eterno otoño de mi interior.

Entonces vuelvo y la recupero. Ya que no puedo asesinarme. Pues la pienso incansablemente hasta caerme rendido por la noche. Porque es eso único sincero que aún conservo. Porque la quiero de un modo agradable, pero dolorosamente incompleto. Pues cuando me invade siento la rebelión sentimental en carne como una canción en común negándose a morir. Ese deseo de sobrevivir al infierno con Ana protegiéndome la espalda. Con Ana callando nuestras vertiginosas tendencias autodestructivas.

Entonces regreso al ruedo de capítulos incompletos, una vez y hasta aplacar este tremendo malestar. Porque prefiero sentirnos en nuestra totalidad que imaginarnos saludables como todos los demás. Ya que así como el cielo sobre mi cabeza se torna travieso como mis fantasmas decapitados, creo que puedo alcanzarme a mí mismo por algo más que miedo y necesidad.

Después de todo, es porque disfruto cada detalle suyo que logro contener la respiración sin perderme entre multicolores de hospitales mentales. Como con cada sonrisa suya llena de ternura asesina que consigo tolerar mi cobarde reflejo echarse a perder.  Entonces la pienso. Porque puedo y porque quiero.

Ana Imparable

“No voy a dejar de hablarle sólo porque no me esté escuchando. Me gusta escucharme a mí mismo. Es uno de mis mayores placeres. A menudo mantengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una palabra de lo que digo.” – Oscar Wilde.

Ana Anonima

Ana y Anonimo

 

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