Repase como mil veces mi discurso de salida pero al final acabe aún más nervioso que al inicio de la presentación. Francamente, creí que mis ganas de huir del auditorio serían más fuertes que mí, cada vez menos, seria postura. Pasaron muchas cosas por mi cabeza, si, es decir, muchas malas ideas. Innecesarias ideas. Tales como empezar el asunto con una broma conocida o forzando el contexto de la presentación con y hacia lugares comunes. Algo conocido para todos esos estudiantes. Pero, bueno, había otra idea revoloteando por ahí. Más común de lo que cualquiera quisiera admitir. Hablo de mandarles a la mierda a todos. Pero no podía. Ya me habían pagado. Y ya había gastado la mitad del cheque. Cosa que hacia la idea de “devolución” una escapatoria absurda. Era jodido la verdad. Sobre todo porque días antes me había prometido no volver a dar esta clase de concesiones. Y me recuerdo seguro. Firme con mi propósito. Todas eran hipótesis a mi alcance. Al menos hasta que me deje derrotar. Y digo “deje” porque, bueno, parece que soy fácil de seducir. Cosa que saben aprovechar muy bien. Esos putos fantasmas.

Infiltrados entre mis espacios que como voces en mis sueños, gritan y lamentan desventuras pasadas. Experiencias que casi nunca llego a comprender, al menos no del todo. “Tío, te veo ahí sentado, sumiso, confundido e inútil. Como una chibola con el corazón roto y, para variar, desorientada. Todo patético. Todo lamentable. La verdad. Comienzas a darme asco” Entre otras afirmaciones aún más directas, esta es la más práctica. La más común. La más genérica y aplaudida. Cierto es también que, nunca me sentí lo suficientemente avergonzado como para hacer algo al respecto, al menos sin caer en contradicciones propias en todas las decisiones desesperadas que se me puedan ocurrir y recordar.

Crueles comentarios, es verdad, sin embargo seguía yo atrapado en esa especie de desconcierto. Es esa la palabra que me inquieta últimamente. Pues me siento así muy seguido estos días. Cosa que curiosamente ya no me jode del todo. No como a inicios de esta extraña clase de viaje atemporal dentro de mi mente. El problema, por otro lado, es que algunas señales si me dan por muerto. Es decir, amarrado a eso conocido como desorden y confusión. Cosa que odio, dicho sea de paso, y mucho más que depender emocionalmente, que no en su totalidad, de algún ente o agente externo. Como todas las mujeres reales que en su momento colisionaron con la muralla sudamericana que divide en su totalidad esas dos razones que todo lo movilizan. Como la cordura con la locura junto al amor con el odio destruyendo conceptos extremos. Eso sucede en mi cabeza cuando me atrevo a pensar que de verdad no estoy solo.

Sin embargo, la intriga se mantuvo inherente a mis necesidades e hizo su trabajo como correspondía, en mí y durante toda la bendita semana, hasta que por fin pude volver a verla. Cuando recupere una vez más su hermoso rostro de entre las viñetas viejas de mi mente. Pues supe en ese momento que la espera había valido la pena. Pues lo dichoso que me sentí al contemplarla por segunda vez nunca lo olvidare. Y es que en mis sueños persiste, Brenda, su viaje hacia el interior de mi corazón. Como una aventura solo apta para mayores de diesi ocho años. Después de todo, así como algunos de nosotros prefiere morir que a seguir comulgando con nuestra solemne voluntad de grandiosa consistencia. Pues su causa, como la mía ya frustrada, me sobreviene cada que pienso en alcanzar la libertad. Como escenas distorsionadas y mediocremente psicodélicas, mis acciones tratando de sonar poéticamente inteligente, y hasta importante, pero sin traicionar el sarcasmo irremovible de mí cascaron.

Pienso y trato de recuperar algo sincero que no sea puro dolor.

Eso era lo peor. Muchos lo habíamos creído. Yo, claro, entendí luego que era una proposición absurda. Por demás desequilibrada. Ósea ¿Acaso cinco años de vida valían un futuro prometedor? Podría utilizarlos aturdiéndome constantemente, y durante el total de esos cinco años, sumergido en la mierda. Algo así como estudiar y madurar. Lo malo de ello era que era por y para fines desconocidos. Aun así, firmamos. ¿Si me arrepiento? Por supuesto. ¿Por qué no iba a hacerlo? No tiene caso ponerse en plan de tío duro cuando lo único evidente que uno tiene como muestras de vida son fracasos y logros mal intencionados. Cosa que al final no son sinónimos. Nunca.

Recuerdo casi de forma exacta. Cuando siendo aún pronto para apropiarse de las sobras del fin de semana, esas ilusoriamente nutritivas que en cuestión de optimismo y buenos deseos que nunca dejan satisfecho a nadie, vuelvo una vez más a moverme en terrenos tangenciales a la realidad. Masticando las interrogantes flotantes, y perturbadoramente resistentes al tiempo y las rupturas, que en antiguas vidas pasadas me jodieron el alma. Años atrás. Kilómetros atrás. Amores atrás. Vidas atrás.

Como quien tercamente sigue negándose ante la inmensidad de las consecuencias de una la realidad hostil aprendo a vivir enamorado, pues mi corazón es muy grande y actualmente no encuentro forma de apagarlo, y relativamente cuerdo, aunque a destiempo. Y es que prefiero viajar en el tiempo antes que atascarme en el presente, y todo lo que esto representa. Pero, claro, esto no me sirve. Nunca. Ya que así como las ficciones siempre acaban mal, yo también desearía poder escapar. Pero con Brenda. Pues es irrevocablemente contundente lo enfermo que estoy por ella. Exactamente como cuando me atreví a ensuciar mis ideas con versos y narrativa.

Hablando con mi fantasma personal concluí que realmente caí en la locura, sobre todo cuando recuerdo lo mierda que son las condiciones de mi actual y devastado amor. “Y no me creas si digo que soy tu amigo, porque si me dan la mitad una oportunidad, yo sé que mataría de nuevo.” Lo jodido de descifrar sus putos mensajes son de lejos lo tristemente trágico que suenan sus declaraciones. Y es que ello no es ni bueno ni malo, solo lo invariablemente observado. Como un diario invisible garabateado con puras acciones y consecuencias mías. Eso le mantiene ocupado cuando no estoy en casa y cuando tengo a Brenda acuchillándome la espalda. Ello, aunque suene como si estuviese hablando conmigo mismo, no es ni remotamente cercano a lo mucho que se podríamos lastimarnos. Sobre todo cuando el entendimiento sucedió de forma inconsciente, más no involuntaria, una vez más en nuestros cuerpos, sí, pero siempre movidos nuestros deseos.

Fue en ese momento del día, cuando llegaron juntos, Dan y Brenda, que supe, pues venían agarrados ambos de la mano, que no tendría muchas opciones para cuando el buen clima volviese a reinar. Pues es cuando el día ha muerto, y la noche vuelve con su insano teatro de ilusión y desesperación, que uno realmente acaba reposicionándose sobre su principal centro de gravedad. El de los últimos tiempos. El real. Ese relato en el que Brenda no formaría nunca parte alguna. Pes jamás volvería a ser mía.

Tratando de crear alguna verdad lo suficientemente correcta como para seguir dándole al desasosiego las sobras de un día intrascendente pero jodidamente apático, Dan comenzó con sus anécdotas relacionadas al tema de los discursos universitarios y demás. Dan, como solo él podía serlo, al menos que yo conozca, era lo suficientemente carismático como para no caer repelente con sus ideas optimistas, todas relacionadas a las reformas educativas como eje fundamental de cualquier cambio “verdadero”, ya sea político como artístico. Ello, por increíble que parezca, no me asqueo tanto como cualquier otro con la misma postura, pues abundan esta clase de pseudo intelectuales involucrados, término animándome para el resto del día. Cosa que venía a cuento, pues es Viernes.

Sin embargo, cuando toca relacionarse de verdad, comprometerse y ceder, es cuando me doy cuenta que no solo estoy sobrando, sino que ya no estoy en presente en ningún aspecto de la vida de Brenda, y es ella la única que me interesa de los dos. Esas clase de descubrimiento, o redescubrimiento-dependiendo del contexto-siempre golpea fuerte, pues es precisamente en ese momento que piensas que quizá nunca fuiste de verdad, pues las descripciones de esos capítulos están, aparentemente, incompletas. Como casi todo en lo que metiste mano. Además, tampoco estuviste cerca de eso que, verdaderamente, quisiste en un principio.

Pero no se trata de frustración. No cuando soy consciente de que la tristeza ya es algo concreto. Ya que la tristeza es no estar presente. Pues es ausencia para con uno mismo. De este modo, y para variar un poco la rutina, buscas concluir una “lección aprendida”. Una que funja de base para el resto de tus días, o por lo menos para el futuro inmediato.

Sin embargo, y como quien rompe el hielo de su claustrofobia, recuerdas esa ansiada imagen en movimiento y acabas cogiéndotela hasta perder la razón. Luego concluyes que es verdad que aun estas en formación. Cosa que logra fungir de consuelo, sí, pero solo por breves instantes.

La idea es ir a algún café-bar de San Francisco para luego seguirla, si hay ánimos y billete, a algún club o, en su defecto, a alguna disco universitaria. Así que nos largamos de mi casa. Sé muy bien que lo que más imperaba en mis pensamientos era el decidirme si de verdad quería pasar tiempo con ellos o simplemente quería irme a dormir. No estaba cansado pero tampoco estaba entusiasmado. Cosa que sabía disfrazar muy bien. Siempre. Algunos a esa capacidad le llaman hipocresía, otros adaptación, pero solo unos cuantos se atreven a llamarlo racionalidad. Creo que porque de hacerlo, surgirían más preguntas y no todo el mundo tiene el tiempo a disposición como para ser autodidactas.

Aun así, todo sucedía sin más. Sin explicaciones ni promesas de por medio. Pasaba que aun tenia presente el primer golpe recibido. Cuando entendí que, y esto ya fuera del terreno de las hipótesis y demás ideas ilusorias, esa sonrisa suya, junto a todos sus otros gestos y/o defectos, serían mi perdición, sí, pero también mi mayor oportunidad de salvación. Eso de amar y ser amado. Cosa que aunque nunca ambicione, acabo sucediendo, y se erigía en mi interior como una sutil droga, a modo de necesidad, que fluía de un extremo a otro en mi cuerpo, y alma. Algo así como una clase bizarra de autosugestión sensorial. Como una ligera traición en mi interior. Como una inquietante proyección de fin de semana donde mis sentidos, tomando el control de mi interior, decapitaban todo rastro de razón, hasta caer al nivel más básico de acción. Ese donde el movimiento es guiado empíricamente, es decir, únicamente mediante impulsos. Inesperados, la mayoría de ellos, pero otros subconscientemente ansiados. Como una mirada capturada. Como desear imposibles sentimientos de reciprocidad. Como un beso de despedida, antes de la siempre cruel y eterna, despedida de toda la vida.

Ciertamente se trataban de ideas demasiado arriesgadas, pues congestionaban el flujo normal de ilusiones y esperanzas de mi ensordecedora habitación interior, pero era, y esto era imposible de refutar, verdad que se me haría muy difícil cortarla. Esto teniendo en cuenta toda la información disponible a mi alcance, como eso de que el primer corte siempre es el más difícil, sí, pero que luego todo volvía a su cauce. Cosa que me resultaba bastante tentador, pero sucedía que tendría que enfrentarme una vez más con esa clase de insufrible desconcierto interno que solo los fantasmas, junto a otras constituciones de verdadero odio – metafóricas o no, esquizofrénicas o no, imaginarias o no – pueden realmente comprender. Añore entonces aquella vieja capacidad de tele transportación que durante no pocos inviernos pasados me sirvió de ayuda al momento de afrontar incomodos escenarios. Cuando la Brenda de mi interior me dio un descanso, pues caminaba solitario, aunque un tanto retraído en mi propia conciencia, sobre mundos abandonados y deshabitados. Como frustrando abortos sentimentales en mi mente y caparazón sin necesidad de un guion. Cuando tocando por momentos eso conocido como serenidad logre expulsarla de forma transitoria, pero exitosa. Pero todo ello en términos relativos, evidentemente.

Ya cuando me siento desorientado, decido hacer una pausa y largarme a la calle para fumar y entrar en calor. Pues dentro, con gente y todo, me siento más congelado que cuando mi madre me abandono. Cuando Pyro, el fantasma, u ángel de la guarda, dependiendo del contexto con el que se decida interpretarle, pues es jodidamente sensible, pero explosivamente sincero, del principio que siempre incordia mis espacios, aun interpretaba a mi mejor amigo y señalaba todos mis posibles destinos. Todo hasta colisionar con Brenda. Todo hasta colapsar con Brenda. Ciertamente.

Relativamente melancólico, noto que hay más mujeres con el corte de cabello que Brenda. Además, todas visten algo parecido. Jeans y chaqueta de cuero. Yo también llevo chaqueta de cuero, pero de color negro. Al parecer ha tenido lugar un pequeño concierto de rock. Eso no sucede seguido. Cosa de modas, seguramente. Sin embargo, también yo llevo jeans, pero aun no siento que tenga mucho que ver con todas ellas y ellos. Lo curioso es que, para colmo, no parecen ser mucho menores, ni mayores, que yo. No sé, creo me salte algo o ignore algo, ni idea. Aunque, eso sí, todos son guapos y guapas durante el fin de semana. Siempre.

Pienso una última vez que debería hacer pero no logro llegar a nada. Tampoco es importante. Al menos no cuando Brenda, eterna contemporánea mía, se acerca, haciéndose camino entre la multitud, para hacerme compañía. Presumo, de lo contrario su nuevo pero simpático accesorio post universitario, de nombre Daniel, o Dani para los amigos, la hubiese seguido como el mellizo perdido que parece. Hablando de política en un Viernes amargo como este, pobre huevon. Aun así, me cae bien, supongo. Pero definitivamente no tiene nada que hacer al lado de Brenda. Ello si tratamos de hacer contraste sin caer en los insultos, claro está.

Ya a mi lado, hace una señal de “necesito urgentemente un cigarrillo”. Ósea, me quito el mío. Me mira, la miro, pero sin llegar a ser románticos. Cosa que hace recordar la razón primera de porque decidimos hablarnos. Éramos tímidos. Algo que en esencia aun somos. Pero definitivamente más curtidos que en tiempos post adolescentes. Cuando infiltrados en una realidad juvenil echada a perder, nos conocimos por pura casualidad. Pues necesitaba no reprobar un curso y solo tenía un numero de celular. Un número que en el inicio de clases, el profesor/catedrático de turno, metido en plan de recién egresado y motivado, nos hizo intercambiar varios números. Todo por si acaso. Entonces la llamo, me contesta, quedamos y no nos repelemos. Esa es la anécdota graciosa. Al menos la única que sabemos contar bien.

Comienzo a tener sed, pero también quiero mear. Pero como no sé qué hacer primero decido dejarlo para después. Brenda sigue fumando y metida en sus pensamientos como si yo no estuviese presente. Mirando a la nada, pero aparentemente al vagabundo de la esquina. Ciertamente cuando hay un silencio cómplice puedo dejar llevarme sin necesidad de prestar atención a los detalles. Tanto que algunas veces, cuando siento que ya no tengo mucho que hacer alrededor suyo, desearía poder destruir de forma perfecta todos mis pensamientos. Purificar toda la confusión estancada en mi cabeza, en algo que funja como un cumplido realmente desinteresado. Cumplido con lo cual, y como se tratase de un trofeo, la conmovería hasta los huesos y la enamoraría como quiero que me ame. Todo hasta asfixiarla en su propia cama, y hasta que odie como me ama. ¿Pero porque? Pues porque no puedo hacer nada más. Cosa que no es mala. Después de todo, y por sobre todo, es muto esa sensación de vacío y necesidad.

– ¿Por qué no sonríes?

– No puedo hacerlo cuando me siento derrotado.

– Pero yo igual te sigo pensando.

– Eso es lo malo.

– ¿Qué aun te quiera?

– No. Que yo no pueda dejar de hacerlo.

Entonces se termina nuestro tiempo. Brenda se enoja, notoriamente disgustada pero con el control total de sus emociones, cosa de toda la vida, y se larga para dentro del local. Entonces recuerdo que no podía ser antipático con Brenda. Sin embargo, al parecer, aun puedo seguir sorprendiéndome. Surgió de ese modo, nada sutil es verdad, una especie de desgobierno en mi interior dos. Cosa que por definición debería tratarse de algo negativo. Pues como ya explique, esto, aunque bonito e inexplicable, trae siempre consigo una serie de interrogantes, junto a no pocas sensaciones frustrantes, difíciles de afrontar. Sin embargo, es verdad, también, que mediante el conflicto pueden llegar a germinar ideas nuevas, o renovadas, junto a cambios de perspectivas buscados.

Pienso en voz alta y trato de masticar con cuidado, como casi siempre suelo hacerlo, este insoportable sentimiento. Como una proyección indescriptible desarrollando poco a poco una idea en mi mente. Es Brenda otra vez perturbándome. Y es que ella tiene un blues único en cada mirada que me regala que no puedo dejar de lado lo mucho que me importa. Pues con o sin lentes, con ropa o sin ropa, siempre acaba trastocando mis sentimientos con una sutileza exquisita característica suya. Sutileza que reinvento en mi mente cada que la pienso. Cuando la recupero y no regreso.

“Tomo entonces su último consejo e hizo de su vida un eterno arrepentimiento.” Ese iba a ser mi rotulo y epitafio. Yo no quiero eso. Sin embargo, descubrirnos, como dos almas involuntariamente hermanas, me desencuentra con mi yo honesto de la única manera que dos hermanos de sangre pueden odiarse sinceramente. Con pasión. Ese es el problema principal. Existe siempre algo reteniéndome a mi eje principal. Como alguna clase de cadena invisible que me impide ser libre. Como mis padres, y hermanos. Como mi familia en general. Como todo el mundo, supongo.

Hasta que volteo para reintegrarme, y con única decisión tomada, largarme, cuando Brenda me detiene a medio camino, con fuerza, y entre algo muy débil para llamarlo determinación pero mucho más fuerte que la típica indiferencia con la que suelo sellar toda conversación. Salimos, otra vez, fuera y nos acercamos a la plaza San Francisco. (Continua a la Iglesia del mismo nombre y cercana a la avenida de inicios de la noche) Aprovechando que la noche aun esta iluminada y que Dan encontró gente a la que sí puede impresionar. Es decir, estudiantes, pseudo bohemios, casi universitarios, solteras y desesperadas, y demás etcéteras.

Entonces tomamos nuestro lugar dentro de una plaza ligeramente concentrada por enamorados. Pero, ¿Para qué? No sé. Supongo que Brenda decidió, borracha o no, desahuevarme. Y es que si hay algo que la jode más que cualquier condescendencia, es que menosprecien su sinceridad. Cosa que hace rato, aparentemente, acabe haciendo. Ni modo. Lo que toca, toca. Inevitablemente.

– ¿Te pasa algo? Pareces algo insociable el día de hoy. Sé que el discurso no fue lo suficientemente contundente como para que tu nombre sonara en las mesas de esta noche. Noche de graduación. Felicitaciones, por cierto. El primero de la clase cinco años consecutivos, y con remuneración económica de regalito universitario. Jaja. Jodido suertudo. Sin embargo, se también que eso te importa un carajo. Así que, pregunto otra vez. ¿Te pasa algo?

– ¿Acaso no estabas cuando comencé a morir?

– No empieces de nuevo con toda esa mierda autocomplaciente.

– ¿Autocomplaciente? Rebajarme de este modo para hacer más evidente el daño que me hizo toda tu maldad no tiene nada de placentero.

– Sabes a lo que me refiero. Vamos, no quiero recordarte así. Todo lamentable. Tanto como la vergüenza puede llegar a hacerse notar.

– Tienes razón. Lo siento.

– Descuida. Ya paso.

– Sin embargo, aun así tienes que hacerme una promesa.

– Dime cual.

Entonces me sobreviene hacer una pausa. Pero no para trazar un plano de miradas encontradas para forzar, de ese modo, alguna que otra lagrima nostálgica. No pues. Y es que sucedía que no sabía que chucha estaba haciendo. No me correspondía revelar como me sentía. No esta noche ni nunca. ¿Acaso no había decidido mantener cierta distancia? Creo haberlo hecho hace un par de meses. Puede que la vez primera que terminamos. Cinco años no son poca cosa. ¿De verdad era yo tan débil como para no ser firme con una decisión tan importante? Débil por lo patético de mis respuestas. Aunque, claro, Brenda me conocía tan bien que solo ser yo mismo le resultaba cool o tierno o atractivo o no sé. Solo ella lo sabe. Yo ya no. Pero ¿Lo supe acaso en algún momento? No sé. Aun así, el silencio incomodo pero cálido, por el respiro brindado, comenzaba a impacientarla. Entonces vuelvo.

– Está bien. Prométeme que no me odiaras si acabo yo odiándote por todo esto.

– ¿Porque me odiarías? ¿Es que no hemos sido felices durante el tiempo que compartimos? ¿Acaso nada de todo lo vivido vale algo para ti?

– No es eso. Pasa que prefiero odiarte a acabar olvidándote. Eso sinceramente no me lo perdonaría. Pues eres de lejos lo mejor que me pudo haber sucedido.

Otra vez cursi. Otra vez extremadamente sincero. Otra vez lamentablemente patético. Otra vez jodidamente cerca. Ahora no podría evitar su mirada golpear mi corazón. No hasta encontrarme con mis pensamientos. Mientras, Brenda, se debilita y se sienta en una banca de madera de la plaza. ¿Qué está sucediendo? ¿Estamos terminando? Pero, ¿Cómo hacerlo si no hay nada formal? No pues. Esas son huevadas. Sabemos muy bien que hay en la distancia entre nosotros. Comienza algo a dolerme y se nota en como respiramos. Pero no quiero lagrimear. No en frente suyo. Puede atreverse a morderme otra vez. Eso no estaría bien. No cuando el vínculo está cada vez más frágil que nunca.

– Arden. Sabes que te quiero.

– Pero yo te amo.

– Lo sé. Tanto que se no tengo ni la menor idea de lo mucho que me odiare por no secuestrarte de una puta vez.

– No te entiendo.

– No te hagas el sorprendido. ¿Por qué me haces esto? ¿No se suponía que íbamos a ser los dos restantes de la compañía?

– Pero, ¿Qué debería hacer?

– Solo lo que puedas.

– Que iniciativa tan práctica.

– ¿Por qué?

– Brenda. ¿Acaso no te enteraste? Intentar y fallar es lo único que tengo hasta ahora.

– Entiendo. Guarda, entonces, tus mensajes incompletos para siempre contigo. Me voy.

– ¿Por qué te vas?

– Te dije que no me gustas así.

–  Explícate.

– ¿Cómo? Pues lamiéndote las heridas bajo la luna llena y soñando despierto. Sobre todo cuando sabes bien que te hace mal.

– Entiendo. Mejor me voy.

– ¿Estarás mañana?

– Supongo. No tengo planes.

– Yo tampoco.

– Bien. Nos vemos entonces.

– Ok. Chau.

Tres de la mañana. ¿Tomar un taxi o caminar unas cuadras con mis pensamientos, para luego tomar un taxi? Lo segundo. Mientras trato de asimilar lo sucedido. Es decir, si Brenda aun me quiere o no, noto que la ciudad a esta hora no es tan sucia como creí todos estos años que era. Y eso que no cogí con nadie esta noche. Hay hombres caminando, parejas agarradas de la mano, señoras vendiendo emolientes y anticuchos, chivolos hueveando en grupo, tíos borrachos tropezándose, putas desesperadas por clientes, y más mujeres decorando una ciudad que se resiste a morir asfixiada.

Pero, ¿Estoy bien? ¿Mal? No sé. Así que, una vez ya dentro del taxi, me puse los audífonos. Estoy seguro que podrían pasar horas y yo seguiría igual de cojudo, sin embargo, escuchar música es mejor que estar en silencio. Puede, incluso, que hasta sea más masturbatorio que gastar dinero. Sobre todo cuando no tienes cosas agradables que decirte. Supongo que ello puede interpretarse de mil formas, pero algunas veces es mejor relajarse que acabar acabándose. Valga la redundancia, ello sucede muy seguido. De ahí esa frase cliché de que uno es su peor enemigo. Yo no creo eso. No cuando está perfectamente claro que lo que realmente es uno a la hora de la verdad es un verdugo traicionándose al rendirse al paso del tiempo y la edad. Por eso no puedo imaginarme viejo. No me nace. No sé. Igual y aun soy relativamente joven. 26 años. En una semana, mi cumpleaños. Carajo, todo sucede muy rápido, y no siempre es agradable ver como los eventos suceden sin más, sin ti y sin tomar parte de ese protagonismo menospreciado.

Sin embargo, para contradicciones más irónicas que sumar a la noche, la canción me reclama un movimiento. Algo más eficaz que transitorio. Como cuando tome conciencia de la magnitud real de mi derrota. Sin embargo, siendo yo la clase de animal antipático, por sus propias características, junto a particulares resoluciones, que sobreviviré por pura suerte y cobardía. Comprendí que era momento perfecto de cambiar. Como quien dice, era tiempo de adaptarse y arrepentirse luego, o morir entre lamentos y frustraciones.

Aun así, expatriado y desencontrado, prefiero ir de psicodélico en un mundo lleno de aspirinas, pues acabo, casi siempre de forma inesperada, encontrándome con sensaciones extrañas pero reconfortantes. Del mismo modo que no puedo dormir, porque no quiero morir. Además, lamentablemente no puedo pretender que estoy muriendo cuando por dentro solo me estoy oxidando.

La Resaca

“Cuantas más partes de ti puedes olvidar, mas encanto tienes.” – F. Scott Fitzgerald. Quiero pensar que es verdad. Pues se bien que soy capaz. Pues pienso, la pienso, hasta cuando estoy despierto.

thinking about everything, because you only live once.

thinking about everything, because you only live once.

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