Cuando Julieta me sorprendió masturbándome en su habitación, la vergüenza ahorco mi cordura. Consecuentemente a ello, mi amor contenido explosiono en toda la habitación. Incluso sentí una fuerza tremenda tomar el control de mi interior. Como si de repente fuese yo el protagonista de mi vida.

Sentí, además, que algo comenzaba a formarse en el pequeño espacio que nos separaba. Puro, o no, ello acabo desestabilizándome. Y es que parecía irradiar un odio extremadamente poderoso. Como cuando te miras en el espejo y reconoces todos los errores que tus padres inútilmente trataron de depurar, creando, irónicamente, una nueva forma de vida. Tú, junto a todas tus oportunidades desperdiciadas.

Ello, producido o no, por el rechazo sufrido, al final del momento compartido, pues Julieta no sabía decidirse entre interpretar a la prima indignada o la muchacha perspicazmente alagada. (Que no por ello, recorrida) Cosa de extremos, ciertamente, jugarse tu destino a base de puros impulsos, dentro de un contexto lleno de incertidumbre. Sin embargo, acobardarse no suele ser una decisión  inteligente cuando se está ya todo empapado, sobre todo cuando la denigración, propia o previa humillación externa, es algo ya jodidamente ineludible.

Así que si la desesperación inicial se torna confusa y hasta acogedora, como quien se familiariza con sus propios demonios, ello no es grave, simplemente señala lo evidente. Es decir, estas cambiando. Empeorando. Cosa que hacia entendible el hecho de que ni Julieta ni yo sabíamos que rol interpretar. Y es que el sentimiento de culpa prácticamente se había desvanecido, y ello aplicaba a ambos. Además, Julieta no era precisamente una chica lista, aunque sí bastante atractiva. Tanto que aun con la contundencia de la sorpresa, no podía evitar verme iluminado por el brillo que solo su presencia podía lograr en esa mansión llena de espacios vacíos que tenía como nido familiar.

Aun así, la verdad es que me gustó tanto, verla suelta, y desnuda, y en su ambiente natural. Ajena a la presión de sus padres y de la sociedad misma. Pues estaba tan bella como cuando la buscaba entre mis sueños y sus traslucidas cortinas aterciopeladas. Era tanta la emoción del momento que por pequeños instantes sentí verdadera retribución. Cosa que no era muy difícil de imaginar, no cuando Julieta cambiaba de estación con bastante frecuencia. Después de todo, el aburrimiento suele tornarse más llevadero cuando se tiene a alguien con quien pasar el rato, ya sea para bien o para mal.

Sin embargo, lamentarse ahora por lo ocurrido, sería tan irresponsable como enviarle una carta de amor a una chica de hermoso rostro, pero sin nombre, con la esperanza de algún futuro de película. Así que no me lamento, al contrario, lo atesoro. Y es que cuando la vergüenza logra filtrarse en mi carne, lo único seguro que encuentro, dadas las incomodas circunstancias, es huir de mí mismo y de todo de lo que no hacerlo conllevaría para mis mi fraguada, por el paso del tiempo y su poca amabilidad, conciencia junto a las eternas contradicciones que suelo simbolizar a su lado. Miedo y comprensión.

Y es por ello, precisamente, que no puedo preocuparme por el mañana. Sobre todo cuando siento que puedo vivir por siempre entre hoy y todas esas quebrantables ideas del mañana siempre cercano. Entre sus piernas y sus más pequeños gestos. Como antes de chocar contra esa, hasta entonces, impenetrable muralla sudamericana. Cuando escribía poesía iluminado, e inspirado, por su sonrisa y su estática pose de cazadora trigueña.

Observándome camuflada, entre pensamientos cómplices, sí, pero eternamente privados. Distanciándome a voluntad propia por algo desconocido y mucho más poderoso que el miedo al rechazo. Asesinando lentamente cualquier recuerdo compartido sobreviviente a los años post adolescentes nuestros. Pues nuestro amor, era y debía ser, un secreto de fugaz duración. Del mismo modo que todos los cadáveres en la habitación oliendo a juventud desperdiciada. Como un puto romance íntegramente metafórico. Julieta resguardando mi espalda con un puñal de repuesto. Y lo aceptábamos. Después de todo, éramos como un poema sin rima vagando en un mundo hostil pero intensamente complicado. Exactamente como lo habíamos imaginado.

Sin embargo, lastimado y todo, logre sobrevivir. Pues vivo en cada vestigio de lo compartido. Esto, ya sea involuntariamente, o no, me recupera de cualquier trance del momento. Pues vivo. Eso creo. Pues cada rastro de sangre enarbolando los recovecos de su habitación, desprenden ese olor hogareño que solo Julieta puede transmitir. Al tiempo que su cuero cabelludo, fungiendo de souvenir, ocupa el espacio entre mis manos, pienso que puede realmente que si nos amamos.

Mientras, y como quien mata el tiempo a la espera de alguna noticia inesperada, intercambiamos nuevos lazos. Como cartas incompletas en mi mente, escritas a mano y con algo más palabras bonitas. Entonces, luego de limpiarme las manos, caí enamorado una vez más. Cosa que me confundía, sí, pero apaciguaba de forma relativamente tolerable. Ello era extraordinario, sin duda, sobre todo ahora que siento que este cuerpo ya no es mío.

La Crueldad Necesaria

Según Charles Bukowski, “Si estás perdiendo el alma y lo sabes, entonces tienes otra alma para perder”. Ello, la verdad, me parece jodidamente cierto. Ya que ello, el instinto de conservación, se aplica hasta de forma involuntaria. Aunque, claro, también es muy posible destruirlo. Sobre todo cuando no paramos de atrofiar nuestras razones verdaderas.

Always like a deadman song

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