No me gusta ponerme en plan nostálgico. No creo que sea algo saludable. Al menos no cuando lo único que tienes por recordar son unos cuantos relatos de cuestionable felicidad junto a muchos más capítulos de infelicidad y dolor. Sin embargo, cumplir años te lleva a poner algunas cosas en perspectivas. Aunque no sin poco esfuerzo. Y es que no se trata de un recuento de errores con los cuales poder trazar nuevas estrategias futuras. Siempre mirando hacia el futuro con desconfianza y no poco incredulidad. No pues. Eso no es divertido. Aunque, lo admito, tampoco lo es recordar a la única persona que realmente te llego a mover el piso.

Algo que odiaba era como uno aprende a ser cruel junto al mundo y sus inagotables muestras de amor enfermizo. Como Julieta amándome a su manera, a escondidas y por demás confundida, a la vez que se perdía entre los brazos de Dayiro. Y es que al parecer lo nuestro era algo más metafórico que real. Pues ese miedo de pasar de la amistad al romance siempre tiene revuelta las neuronas de las mujeres. De eso no tengo duda alguna. Aunque se aplica también a los hombres, ya que nosotros tenemos la cruel capacidad de destruir algo verdadero con meras ilusiones de seguridad y demás posturas comprometedoras. Cosa de cursis que nunca aprendieron a querer de verdad. Sin embargo, son las mujeres quienes tienen algo mucho más poderoso que cualquier canción de amor. Ellas pueden suprimir más odio que nosotros. Cosa que las hace más peligrosas. Exactamente como la Julieta de mi adolescencia. Ni modo, así son las cosas.

Todo ello, que dentro de la mente de Julieta sucediesen infinidades de contradicciones y pensamientos volátiles, no me afecto tanto, al principio. Tanto que ni si quiera sentía curiosidad. Sin embargo, todo cambio cuando se fue de mi lado, para aterrizar sobre las piernas de Dayiro y sus supuestos poemas originales. Ello tuvo lugar cuando nos encontrábamos aun en clases de orientación vocacional. Recién saliditos del colegio. Habíamos estado juntos, tanto como amigos y enamorados, unos tres años. Lo cual nos había curtido en el lado de la mutua confianza, tanto que podíamos estar mucho tiempo sin el otro, pero siempre pensándonos. Aunque he de admitir que no todo era tan maduro como en aquel entonces creí. Es decir, nos habíamos vuelto más desprendidos. Casi como los franceses. Sin embargo, algo curioso es que nunca volví a sentir esa curiosidad asesina luego de romper nuestros lazos.

Sucedió prácticamente de la nada, cuando al término de la lección del día, Julieta, en lugar de tomarme de la mano y proponerme una película en cartelera a la cual ir, se me acerco, sí, pero solo para regalarme un “Lo siento” en el oído y largarse silenciosamente, y sin mucho drama, junto a Dayiro y sus supuestos veinte centímetros de talento genético. Ese fue el primer y último golpe. La fractura que lo termino todo. No hubo castillos imaginarios colapsando sobre nuestras cabezas, no pues, ya que eso ya lo habíamos sentido muchas veces antes. Lo de ahora fue mucho más devastador. Y ello estrictamente en términos de confusión. Como cuando un niño no sabe cómo reaccionar cuando le dan a elegir entre su padre o su madre.

Cierto es que sentí celos, como no hacerlo cuando aún tenía yo sentimientos románticos para con ella. Sin embargo, no éramos adolescentes, éramos todo lo contrario. Éramos jóvenes racionales. Así que aunque por dentro sentí una tristeza, solo comparable a la angustia sufrida cuando la chica de tus sueños no se decide si salir contigo o no, sentí también, y esto de forma sorpresiva, tengo que admitirlo, un alivio tremendo. La escena era como si una explosión hubiese aniquilado a mi sentimiento de hogar y yo aun confortablemente entumecido, y sin saber muy bien cómo reaccionar. Cosa típica en jóvenes introvertidos, dicho sea de paso.

Se trataban de nuestros veintes. Nuestra primera juventud. Cuando aún sentíamos que le debíamos algo a nuestra patria. Cuando aún teníamos principios con los cuales el hecho de  aférranos a nuestras vidas no resultaba un acto completamente egoísta. Al menos no del todo. Para mí, la verdad, ahora que comienzo por vez primera a sentirme fuera de lugar. Pero fuera de lugar para conmigo mismo. Pues cumplir treinta y no sentirte mayor no es algo normal. Es decir, lo ideal sería sentir miedo y prisa por vivir. Yo no tengo eso. Eso me extraña, y hasta entretiene, pero tampoco tanto como para sonreír de forma natural. Aunque que este ahora sumergido entre un flashback incompleto y los pensamientos del momento actual, son claro síntoma de nostalgia. Aunque no de la mala. Eso es lo curioso. Recuerdo incluso como choque por vez primera con un hombre mayor y más fuerte que yo. Supongo tiene mucho que ver con el hecho que ahora sea ese prácticamente un pasatiempo oculto mío. Cuando con dirección desconocida, para mí, Dayiro se me acerco y escupió.

-A Julieta le gusta que le digan cosas sucias. Lo sabias, ¿No?

-No. ¿Por qué?

-Como que porque. Pues porque la excita y la pone más caliente. Ya sabes. Bueno, eso creí. Jaja. Tío, que cagado eres. Ja.

-No. La pregunta es, ¿Por qué me lo dices?

-No sé, imagine que podría excitarte también. Jaja.

Con ello todo su grupo de putas se partieron de risa. Era algo vergonzoso. Yo siempre me creí más listo que ese huevon. Cosa curiosa que también me entraran unas ganas de reír. Ganas que inmediatamente aplaque. Es decir, estaba haciendo el ridículo. Y fue precisamente cuando tome conciencia de ello que sentí tanta furia que decidí ignorarlo. Cosa que le jodia. Pues le malograba el momento. Ya que se trataba de su coronación. Cuando yo tenía que hacer alguna escena estúpida y el actuara más chévere-cool-que yo. Cosa que no era real, pues él era realmente bruto. Todo normal, hasta que no pudo aguantar más el ser menospreciado, como solo yo podía hacerle sentir, que se me abalanzo y tuvimos nuestro primero encontronazo. Encuentro del que salí victorioso por pura maña. Es decir, Dayiro era mucho más alto que yo (quince centímetros) y considerablemente musculoso, o como quien dice, estaba en forma. Yo por mi lado, no solía bronquearme con nadie. Salvo cuando la situación lo ameritaba. (Mechas de bar y/o con los idiotas de la facultad de letras y sociales) Sin embargo, yo había tomado desde hace ya varios meses la costumbre de entrenar mis puños con solo columnas de concreto. Habito que había heredado luego de haber visto como encontraba OdeSau eso de ponerse en forma y entrenar, como una forma poderosa de superación emocional. Dado los niveles de claustrofobia que vivió durante esos quince años en el aislamiento absoluto. (La película se llamaba Oldboy) Así que, bueno, tampoco era yo un tipo debilucho.

Aun así, sabía muy bien que no tenía una oportunidad segura de victoria al sacármelo de encima. Atisbe en esos pocos intervalos de tiempo que no solo tenía los brazos largos sino que tenía una mirada llena de rabia. Cosa muy distinta a la furia. Pues los hombres con los ojos llenos de rabia son como perros callejeros luchando por su vida. La diferencia sin embargo con Dayiro era que él lo hacía por su orgullo. Detalle que luego le paso factura.

Lo único que encontré por seguro hacer era concentrar mis puños en su nariz. Mientras, Dayiro, lo hacía en mis costillas o en mi rostro. Dolía, sí, pero sabía bien que esto se solucionaría rápido. Para bien, o mal, mío. Y es que si había algo que odiaba más que pelear con alguien, era hacerlo por demasiado tiempo. Así que luego de dos o tres minutos, mi antiguo compañero ya estaba sangrando, mientras, yo, aun solo sentía el dolor producto de sus golpes. Luego, inevitablemente, sucedió que su nariz se rebeló. Es decir, sangro de una forma horrible. Era una hemorragia. Luego se largó con sus lambiscones. Yo me quite la camiseta y me limpie, también había logrado sangrar, y luego también me largue.

He de admitir que en condiciones normales me hubiera ido al carajo. Pero, y ahora sí que creo en las casualidades, que durante los últimos meses, justo iniciando vacaciones de inicio de año, había estado ejerciendo de ayudante de construcción, o peón, me había ayudado un montón. No tenía cocos, pero tenía el cuerpo duro. Eso me gustaba sobre todo cuando recibía golpes, que era casi nunca. Eso es lo jodido de las casualidades, solo suceden cada milenio.

Mientras caminaba por las calles de Cerro Colorado, con el torso desnudo, pensaba en que es lo que había motivado a Dayiro a actuar de esa manera. Es decir, que yo sepa era alguien inteligente. Escribía poesía después de todo, entonces seguro que tenía una autoestima bien alta. Estudiaba además, derecho (abogacía) en la universidad privada más cara de la región. Así que tenía también algo de estatus. Era también un joven deportista y de vez en cuando sacaba el auto de su padre para latear por fuera de las facultades o dentro de los locales perdidos. Cosa de exhibicionistas, totalmente. Todo lo mencionado poco debería haberle importado a Julieta si es que realmente se había enamorado de Dayiro. ¿O quizá lo había hecho de su polla? Ni idea. Lo único que tenía claro era que tenía que encontrar una combi o un taxi rápidamente. Pues comenzaba a hacerse vergonzoso caminar semidesnudo. Para colmo hoy había paro de transportistas. Sin duda no había sido un buen día. Nada de nada.

Dos semanas después de lo ocurrido Julieta se me busco a la salida de mis clases de Métodos Numéricos. Al parecer me había estado esperando. Pues aun llevaba puesto el buzo de su universidad, y además llevaba cargando su mochila. Ellos estaban en pleno campeonato inter escuelas.

-Necesito que convenzas a Dayiro que ya no quiero seguir saliendo con él. Ya lo he intentado y no quiere hacerme caso. Comienza a ponerse pesado y eres mi único amigo hombre en el cual puedo confiar de verdad. Entiendes, ¿No?

-No realmente. Que yo sepa ya hemos terminado. Y de forma definitiva.

-Lo sé. No estuvo bien irme así. Pero tienes que entender también que lo nuestro comenzaba a hacerse algo monótono y sabes muy bien que odio todo lo rutinario y protocolar y demás.

-Puedo intentarlo, sí, pero no creo que logre gran cosa. Dos semanas atrás tuvimos una complicación. ¿Te enteraste?

-Por supuesto. Todo el mundo se enteró. Hubiera deseado estar ahí. Aunque, creo que fue mejor así. Es decir, de haber estado no sé muy bien a quien hubiera apoyado.

-Qué raro. Que sepa, tú ya estabas con Dayiro durante ese entonces.

-No te burles. Sabes bien que aun te quiero. Tanto que algunas cosas lejos de ti se tornan insoportables.

-Ok. Lo siento. Y no, No es sarcasmo.

-¿Tú, aun me quieres?

-Sí.

-Entonces creo que puedes hacer un esfuerzo y tratar de comprenderme. Como sea, me tengo que ir. Tu hermana me está esperando para ir a lo de sus trámites de admisión.

-¿Aun te vez con Melisa?

-Claro. Somos amigas. Que recuerde, como tan atinadamente decidiste empezar esta conversación, yo solo termine contigo. ¿No?

-En serio, apreciaría mucho que te alejases. Carajo, que sabes que es más difícil olvidar a alguien cuando este frecuenta tus lugares comunes.

-Interesante. Eso quiere decir, ¿Acaso Alex quiere olvidarme?

-No hables de mí en tercera persona. Vamos, que sabes que me jode. Esto no es un taller de improvisación o lo que sea en lo que utilices tu tiempo con esos hipsters de mierda. ¿Ok?

-Bien. Entonces, corrijo; ¿Me quieres olvidar?

-No.

-Entonces no te quejes.

-Que cagona eres.

-Ja. Lo siento. Ya hablaremos de eso en otra ocasión. Adiós.

-Adiós.

Pero, ¿Eso fue todo? No sé. Ya no sé. Ni si quiera sé si lo sabía. Acaso los años me han hecho más inútil que cuando joven. Tampoco lo sé. Y, por supuesto que jode. Como cuando te redescubres igual de mortal que el resto de los demás. Cuando luego de reflexionar por años y años, que como el tiempo desperdiciado son igual de fácil de contar pero no cómodos de revivir, comprendes que el ser diferente no te hace necesariamente alguien especial. Cosa que como una lección aprendida te devuelve a la realidad como si hubieses sido escupido por un gigante de concreto con mal aliento.

Sin embargo, lamentablemente para mí, todos mis recuerdos, al menos los importantes, siempre se quedan a medias. Quiero pensar que hubo un final en buenos términos. De ser así, juntos hubiésemos conservado una serie de buenos recuerdos. Cosa que siempre ayuda en el día a día. Pero soy consciente de que ello es muy difícil que haya sucedido de verdad. No cuando aún tengo una sensación de insatisfacción interna que parece estar mutando constantemente en alguna clase de odio propio que no puedo exteriorizar sin antes tener que lastimar. A menos que decida alguien a quien llamar.

Desencuentros conyugales

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