No existe la persona perfecta. De eso estoy seguro desde el día en que me case. Pues supe en ese mismo instante, al despertar y teniéndola a mi lado, que nunca más podría regresar. Sin embargo aquello poco me importaba, ya que el tiempo dejo de tener ese peso y prisa de antes de conocerla. Sin embargo, de aquello ya mucho tiempo ha transcurrido. Y cierto es también que hacerse viejo no es nada amable. Aunque ese pesar disminuye si uno se mantiene activo, como quien dice, pero por sobre todo, si es que uno conserva su autonomía emocional. La del interior. Esa que, contradictoriamente a cualquier norma preestablecida al respecto, escapa de cualquier intento de control. Yo perdí eso luego de perderme entre el desgaste y el desasosiego diario. Simplemente había dejado de sentir, y mi pareja también. Así que habíamos muerto, los dos. Así que me recluí en lo único en lo que no tenía problemas. Al menos en lo que creía nunca tendría problemas si daba todo de mí. Absolutamente todo. Hablo del trabajo.

Finalizada dicha introducción. Diré, y sin censura alguna, que Gabriela no era perfecta. Pero mierda que lo parecía. Sin embargo, con el transcurso del tiempo, dicha postura, moderna y elegante, junto a su discurso, feminista pero coherente, perdería vigencia en casi todos los escenarios posibles. Cosa que la reduciría a una simple hipócrita de mierda más. Perteneciente aun a esa nueva ola de mujeres independientes y autosuficientes, sí, pero prácticamente desplazada por las nuevas reclutas de este sistema al cual le prometimos fidelidad. Entre nosotros-sus empleados-y sus superiores, ella aún estaba en lo más alto. Realmente se lo creía. Además, por supuesto que tenía razones para estar en ese estado de negación políticamente correcto. Ya que tenía un estatus ciertamente envidiable junto al hecho que aún era una mujer relativamente joven. 32 años. Pero ella, al igual que nosotros, sabía que no había lugar más a donde escalar. No sin antes más sacrificios. Y era ese precisamente el problema. Es decir, ¿Qué más había por vender?  Nada. Lo había dado todo. El alma, el corazón, todo. Casi todo.

Sin embargo, todo ello, su mérito y compromiso, poco importo en su momento. Su tiempo ya había pasado y ahora solo le quedaba jugar con las mismas reglas que durante tanto tiempo se negó a utilizar. Así que tuvo que accionar lo prohibido. Pero, y esto no cambiara por mas letras que le pongan en el informe de defunción, el panorama era tan evidente que hasta mi envidia estaba plenamente justificada. Pero no pues. No me creyeron. Yo tenía creído alguno en eso que los muy putos llaman credibilidad. Ya que, después de todo, no tenía yo pruebas suficientes que respaldasen mi hipótesis.

Hipótesis con respecto a las nuevas estrategias accionadas por Gabriela. Hablo precisamente de algo que yo personalmente había presenciado. El Sábado, previo a la fiesta de apertura, luego de que todo el mundo ya había salido disparado hacia sus destinos. Ya que ese era el día en que trabajábamos solo hasta el mediodía. Ese día regrese algo relativamente tarde, aproximadamente las cinco de la tarde, para completar algunos presupuestos. (Estaba yo en esa etapa esforzada, etapa que dicho sea de paso nunca abandone desde que inicie en la empresa. Cosa que esos malditos ingratos decidieron ignorar) Entre por la entrada trasera. (Tenía yo mi propia llave por ser el empleado más antiguo y de confianza, cosa de lo que si estoy orgulloso, digan lo que digan por ahí) Por la que ingresan los de limpieza y obreros. Luego fui directo a las oficinas administrativas, con dirección a mi propia oficina, claro está. De camino fue que escuche unos ruidos extraños. Venían de la oficina de gerencia. Me acerque sigilosamente (creía que podría haber alguno de los nuestros robando información, lo juro) hasta que los ruidos eran mucho más claros. Se trataba de Gabriela y el Sr. Armendariz. (El súper intendente de central que había venido el día anterior para la inauguración de la nueva sede de la empresa en esta área de la ciudad.) Pasaba que los dos estaban ahí, follando sin parar por solo Dios sabe cuánto tiempo. Y esa fue mi señal. Mi última oportunidad.

Todo ello a Gabriela no le gusto en lo absoluto. Nada de nada. Gabi (Así la llamaban las zorras en el trabajo) estaba totalmente bloqueada y terca para con cualquier intermediario. Además de seguramente estar odiándome. Ya que luego respondió de manera algo violenta, y sorpresiva para mí. Cuando me interpelo frente a los enviados de disciplina (Igualitos todos a los mismos chupamedias de la universidad.) de central para ver el “caso”. Joder. Pero ¿Acaso había yo tomado algo de evidencia de lo ocurrido? ¿Una foto? ¿Una grabación? ¿Algo? No pues. Nada.

Sin embargo mi exposición de lo sucedido fue bastante clara y precisa. Hasta incluso di detalles de la posición en las que los vi, junto a otros detalles. Como si el tal Armendariz usaba o no condón, el color del calzón de Gabriela (lo tenía puesto pero no significo mucho obstáculo la verdad), el color de la corbata del mencionado señor, si usaba o no Gabi lentes, y demás groserías y etcéteras. (Si los llevaba puesto) Todo esto, recibido como un golpe seguramente para aquellos dos involucrados, pareció, de algún modo, removerle el estómago a Gabriela. Ya que ella misma lo dijo, luego y cegándome todo, y cito textualmente “Rodrigo o Ricardo…tampoco importa. No vuelvas a hacer algo así. Mira que tus estúpidos intentos, además de inútiles, por hacerte notar resultan ridículamente mediocres. Tanto como tu rostro y, claro, no iba a ser de otra manera, también tu desempeño. Acusarme de este modo no solo es prueba irrefutable de tus verdaderas intenciones. No creas que no recuerdo todos tus intentos de abordarme para quien sabe que cochinadas. Sin embargo, esto es lo peor de todo. Antes me había limitado a mantenerte a raya, de mí y de todas las mujeres cerca de aquí, pues no tenía razones de peso para apartarte del grupo. Pero ahora eso ha cambiado y, créeme, tendrás que cargar con las consecuencias”. Y de repente yo era el culpable.

Esa última cuota suya de sarcasmo, la verdad, no me cayó bien. Tanto como no pueden ni imaginarse, y sobre todo cuando se trata de hipócritas eso me jode en extremo. Además de cuando, y de forma irremediable, me tocan los escrúpulos con sus cojudeces. Y yo, francamente, odio muchísimo esa clase de circunstancias incomodas. Que luego haya hecho que me despidiesen de la chamba, humillado entre las demás empresas del mismo rubro con acusaciones de acoso sexual incluidas, es ya otro tema. (Uno bastante dramático que no explicare, pues no quiero involucrar a mi familia en esta declaración, o que queda de ella) Es decir, lo que me resultaba más insoportable era que a nadie le parecía sospechoso que luego acabaran nombrarandola gerente de dicha nueva cede. Joder. Parecía que no importaba para nada el haber laborado durante diez años. Sobre todo cuando de la nada viene una joven voluptuosa y supuestamente talentosa a joderte el futuro. No pues. Eso no estaba bien.

Así que aprendí a odiarla. A odiar como vestía, como caminaba, como comía y también cuando reía. Siempre como reía. Como si a su alrededor la gente estuviese precisamente para eso. Para soportar su mierda de carcajadas. Bestiales, inentendibles y desquiciantes. Como si se la estuviesen metiendo por el ano. Joder que hasta me dio asco imaginarla desnuda y cogiendo. (Ya luego comprobé lo soberbiamente puta que era en la cama, mientras la espiaba desde dentro de su departamento). Ciertamente creo que sí que hay gente que no merece existir. Abundan. Sobre todo si son los que te pisan todos los días. Personalmente, creo que Michael Douglas la tuvo fácil. Mierda que sí. ¿Solo un día Mike? No jodas pues.

Luego el odio se apodero de mí. Cosa que no lamento. Ni ahora, preso y todo, ni en aquel entonces. Ya que negar que el odio intervenga en nuestras decisiones es bastante absurdo la verdad. Así que me fundí en odio y luego eyacule todo esa locura contenida. Aun así, he decir que no está bien lo que hice. Nada recomendable. Después de todo, soy como todo humano, es decir, a ratos también la cago. Pues ahora sé muy bien que asesinarla con un tenedor (Ya no recuerdo cuántas veces tuve que clavarle el tenedor en su garganta, a la vez que la arrastraba hacia la oficina, para matarla del todo) no fue nada, absolutamente nada, sutil. Ese fue el error. Carajo, que uno a veces se deja llevar pues. Jaja. Y, si, esa, lamentablemente, fue una de esas situaciones.

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