1

Bajo un techo ajeno persiste. Aun ahora que creí muerta la ilusión de lo que pudo ser pero que finalmente se desvaneció. Ahora, cuando supuestamente me había inmunizado a esa clase de enfermedad, me vino una réplica muy difícil de aceptar. Es verdad, también, que nunca supe explicar mis razones sin extraviarme entre ideas del momento y otras anécdotas de a destiempo al momento actual. Como viajar en el tiempo sin un plan preciso y sin pretensiones algunas de volver. Negativas muchas, algunas tristes, otras insulsas – por lo absurdo e inimaginable de las mismas – y unas, sencillamente, demasiado ambiguas. Tanto como la poca información que tiene uno llegado el puto examen de admisión a la universidad o al momento de decirle “Si” o “No” a una persona poco cuerda que, al parecer, quiere pasar el resto de su vida contigo. Muy muy difícil de asimilar, si, exactamente como esa primera sacudida de contrariedad, producida por una sonrisa externa. Pero, carajo, sus características siempre me han fascinado. Aunque también es cierto que cualquiera de esos sueños, inentendibles a ratos, conservan casi siempre, al final de la aventura de turno, su esencia “pacífica” y duradera. Esto cuando no se tratan de pesadillas, evidentemente. Pues de ser así, mierda, sus características dejan de fascinarme, para de un modo muy violento pasar a buscar desenfrenadamente algún improbable resguardo seguro, ya sea bajo sus brazos o al sumergirme en la típica, pero no por ello repetitiva, saturación existencial. Cosa muy acorde a la edad, obviamente, pero que, y esto sin exageración alguna, se renueva constantemente. Como un relato, poema, canción, que nunca se termina.

Ya que nunca me han gustado las torturas, ya sean auto impuestas o heredadas, porque simplemente no soy del tipo masoquista sentimental de novelas románticas, o películas supuestamente románticas. Pero contradictoriamente a cualquier pensamiento lucido para el que debería estar siempre preparado, pasa que cuando caigo conquistado, la verdad, tiendo a ser de los que ponen reticencia. Ósea, hablando otra vez de torturas, sí, pero de esas que tienen un tiempo de vida limite, uno aproximado al de tu autoestima. Pero todo esto a la par de mi respiración mientras duermo. (Pues eso prefiero creer) Cosa que aunque no es nueva, eso de sufrir mientras se duerme, es cierto que no siempre existe una salida mejor, por no decir ya una “adecuada” o “correcta”, que esta oportuna forma de salirme de la programación y eludir el cronograma. Sin embargo, pasa también que las consecuencias igual permanecen, ellas junto a todas sus macabras implicaciones. Pero, vamos, ¿Con quién las consecuencias realmente desaparecen? La respuesta a esto es como el humo en la habitación. Ósea, cero. Pero, claro, esto tampoco me sirve de consuelo. Para variar.

A veces en silencio construía un altísimo edificio de vidrio transparente en medio del tránsito. Luego lo derrumbaba. Había muertos, sí, pero no eran más desagradables de lo que ya estamos a acostumbrados a consumir. Esto con respecto a la facilidad con la cual ahora podemos procesar las noticas trágicas, ya sean temas mediáticos o simplemente dramas perpetuos a nuestra naturaleza; pobreza, hambre, contaminación ambiental, etc. Después de todo, prácticamente ya nos hemos adaptado, y rápidamente, casi todos a convivir con nosotros mismos, aprendiendo a llenar los espacios en blanco de nuestras memorias-colectivas y personales-como un ejercicio supuestamente democratizador. Aunque muchas veces de forma inconsciente, y luego de comulgar como todo el mundo-claro está-, podemos, y lo hacemos-sin vergüenza y pero si hipócritamente-, llamarle vivir en paz. Algo así como actualizar tu cuenta del Facebook solo para que las personas que ves todos los días sean conscientes de que sigues “conectado” y no tan fuera de rumbo, como cabría esperar de todo joven ex post adolescente universitario, o no. Como aparentando un poco de “madurez” a modo de pensamientos “profundos” que no son tuyos, pero que de todas formas “compartes”. Algo sencillo de hacer y de todos los días también, sí, pero sucede que poner en acción esta habilidad, y en simultaneo, es como vomitar en el mundo para luego volver a él con posturas hipócritas, junto al padrinazgo de lo socialmente aceptable bajo el brazo. Cosa que aunque parezca una cortina de humo, pues el olor a maldad colectiva se mantiene, muchas veces funge de alimento patriótico. Algo que consumir antes del partido de la selección, algo de lo que sentirnos, estúpidamente, orgullosos. Para luego ventilar el chisme de una unificación social-colectiva inexistente. Esfuerzos inútiles, la verdad, pues se nota, y a cualquier hora del día, que la masacre aún continúa.

Es nuestra naturaleza, supongo. Incluso nos acostumbramos a celebrar victorias y sufrir derrotas. Antes eso era imposible. Lucia (también llamada Luciana) escupía fuego cada vez que se lo advertía. Es decir, cuando le “advertía” que algo era posible o imposible de hacerse, o mejor dicho, cuando se lo señalaba. Y es que aun cuando adolescentes es fácil notar la diferencia. Sin embargo algunas personas, como Lucia por ejemplo, son mejores en este aspecto que otras. Es decir, para ellos, o ellas, no existen imposibles, sino que más bien existe una clase de inferencia en esa clase de circunstancias. Llamémosle escenarios súper difíciles, ósea…ya no son imposibles. Ahora, ¿Son difíciles? Si ¿Son un reto? Por supuesto, pero todo eso acaba resumido al simple hecho de que sus perspectivas no solo son violentamente distintas, sino que son, al parecer, más evolucionadas que las de uno. Para ellos todo este rollo, de superación personal y profesional, es una prueba más que superar. Un examen más que rendir y con lo cual salir airoso al mundo exterior, al mundo adulto y sus infernales personajes. Y, carajo, lo hacen muy bien. Menos mal, pues de no ser así hace rato que hubiese sido el fin del mundo, y nadie hubiese celebrado.

Al menos no la mayoría. Pues eso significaría más espacios en blanco. Debe tratarse de la puta selección natural. Esto asumiendo que los libros de historia si tienen razón después de todo. Esa perra universal que se devoro a todos mis “colegas”, dicho de un modo exagerado, o antiguos números de una lista de potenciales “productores” del último auge económico de nuestra gran Nación. Insignificantes todos, hombres y mujeres, que se perdieron en un torbellino de superficialidad sedentaria. Como mediocres víctimas del, siempre presente, holocausto moderno que todo lo traga. Incluso generaciones enteras de corazones imprescindibles. Al menos para que la naturaleza sigua con la cosecha neófita anual de bebes prematuros. Esos que servirán de abono para que esta gran maquinaria mundial, que algunos llaman capitalismo, siga siendo lo que es. Una película porno donde el negro de turno no se cansa de desvirgar putas improvisadas. Después de todo, eso somos para nuestros “gobernantes”, y el sistema que representan, putas y nada más.

Todo ello parecerá un berrinche, sin duda, pues pasa que el orden debe ser siempre respetado. Obstáculo primero y luego el resultado. Siempre el mismo. Todas suceden rápidamente en mi cabeza como imágenes en movimiento, entre delicadas paredes de neblina a mí alrededor, y las observo casi siempre con desinterés. Y es que no hay mucha novedad en las noticias diarias. Sin embargo son los proyectos desgastados, tomando direcciones distintas, en el interior número dos de mi corazón, las que de verdad me causan un verdadero interés. Tanto como la nostalgia aniquilando mis pequeñas dosis de actitud positiva diaria. Como proyecciones infatigables jodiendo mi alma, cada vez que fracasaba y me convencía de que no importaba. Que “mañana” será mejor que hoy. Pero no sirve. Ahora lo entiendo perfectamente. Al menos eso decido creer. Pues ya no me siento como ayer. Además presiento que mañana no se parecerá en nada a hoy. A modo de detalles imperceptibles, trato de diferenciar entre la vida real y los castillos flotantes que aún conservo en dicho interior de mi corazón.

En esa habitación conectada a Lucia, pero vacía al mismo tiempo, con paredes ciegas y esquinas interminables. Ahí es donde nuestro bebe comenzó a tomar forma. Al principio era, simplemente, un reprobado en Matemática II, luego era algo ya más difícil de manejar, por no decir inmanejable. Para mí, evidentemente, pues a Luciana esa clase de dramas la hubiesen puesto algo más que tediosa, ya que desde un principio, cuando me di cuenta de la magnitud de mi situación, ya de por si estaba decepcionada. Lo curioso, sin embargo, es que no estaba, lo que se dice, del todo desilusionada. Cosa interesante, pues era lo primero que espere como reacción. Pero no. Aunque, claro, tampoco me consoló, sin embargo lo bueno, para mí y nuestro bebe, fue que, felizmente, no me mato. (Por cierto, cuando hablo de bebe, hablo del vínculo que tenemos en común.)

2

Interrumpo la reproducción, casi siempre cuando su imagen atraviesa mis espacios, recuerdo, y como un golpe violento, que estoy otra vez viviendo tiempo prestado. Cosa que en cierta manera me entristece, pero no tanto como para acabar dicha reproducción musical, pues recuerdo, una vez más, que son exactamente esas clases de tiempos las que se disfrutan más. Muchísimo mas. Entonces despierto. Pienso en vos alta. “Otra vez soñando” Pero no me enojo. No, pues he aprendido a conocerme mejor, aunque en el fondo todo se trata de tener más paciencia con uno mismo, y eso supone una ventaja a la hora de verla. Dice que no me odia, pero que tampoco me ama. ¿Eso es peor, no? Ósea, mierda, es como decir “Me das igual”. Yo no quería eso. Y quiero pensar que ella tampoco. De lo contrario, carajo, a donde coño me voy a ir a ocultar, y de quien, o, peor aún, ¿Para qué? Bueno, no sirve atormentarse de forma inútil. Ya lo sabré. Espero. Lucia es una mujer sensata, aunque a veces dude de ello. Terca pero razonable. Es decir, al menos se esfuerza en serlo. Y eso, la verdad, es admirable. Eso de voltear la mirada para ver quienes están en el suelo, perdidos, desorientados, miedosos y hasta casi acabados. Yo no, gracias a dios. Ya que aún estoy en carrera. Ella lo sabe y yo lidio con ello. Pucha, aunque ciertamente me lleva mucha ventaja. Por lo del eclipse y posteriores replicas. Tuve miedo, pero no me acobarde. Ella sí, hasta temblaba, pero siempre sujetándoseme fuerte;

-¿Ves algo?

Y sin darme tiempo para responder.

-No me sueltes. No te atrevas…Por favor.

-Cálmate. Ya paso antes ¿Recuerdas?

-No. No recuerdo.

Sabía que lo recordaba. No había pasado mucho tiempo de aquello. Así que guarde un breve silencio, mientras trataría de pensar en algo para calmar sus nervios. Pues, de no hacerlo, podría acabar afectarme.

-Solo no me sueltes.

Agrego finalmente. Eso fue una especie de último salvavidas, dadas las circunstancias, y, claro, lo aproveche.

Aquel apagón duro aproximadamente ocho meses y medio. Tiempo que nos sirvió para conocernos mejor. Bueno, al menos eso creo. Tanto física como mentalmente. No sabía cómo acabaría la cosa. La mayoría de parejas terminaban disueltas. Sin embargo otras, las que recién se conocían, terminaban feo. Es decir, algunas resultaban traumatizadas, y la mayoría en esos casos eran varones. Otras incluso aun peor. (Mutiladas y hasta desahuciadas) Eso si me puso alerta. Pues era mi primera vez, no solo con Lucia sino que en general. Recordé, además, a Ernesto, un antiguo compañero de facultad (luego se cambiaría a Letras-psicología creo-aunque nunca me hablo de ello.) Ernesto tenía ideas aproximadas, con respecto a qué medidas tomar en caso de que te tocase bailar (Bailar era vivir el eclipse anual) además de hipótesis y experiencias previas. Yo le creí. Estaba impresionado. ¿Mi excusa? Tenía 21 años y aún era virgen.

Muy desubicado el nombre. ¿Bailar? No sé a quién coño se le ocurrió. Pero la cosa podía empeorar, pues podría haberse tratado de un consenso. Mierda, de ser así, te hacía pensar en lo lejos, por no decir bajo, que habíamos llegado. Y esta última opción tenía un índice de aceptación muy elevado en nuestra universidad, y en general también. Aunque, claro, estas encuestas terminaban partidas en dos cuando llegaba el momento del baile. Ya que la gran mayoría, incluido los que se dedicaban a aparentar estar informados, se preparaban concienzudamente y de diversas maneras. La mayoría, y esto casi por norma general, básicamente trataban de formar una estrategia personal de contingencia. Estas casi siempre eran heredadas de generación en generación en todas las familias del país. Pero esto no era sinónimo a individualidad, así como nuestros padres fallaron, de lo contrario no hubiéramos sido atrapados y obligados realizar los mismos exámenes que ellos en su momento reprobaron, teníamos nosotros ahora nuestro turno para fallar, o no.

Generaciones desperdiciadas como animales domesticados, pero escurridizos, buscando su fortuna en la ignorancia de sus dueños. Aun así pasábamos el tiempo buscando fórmulas y test con los que prepáranos, aunque sea solo por creer que estábamos mejor – y esto sabíamos era extrema su relatividad con respecto a nuestro propio desempeño y sus obvias limitaciones humanas – que nuestros contemporáneos rivales. Antiguamente amigos y compañeros. Tales como; estudiar dos carreras complementarias al mismo tiempo o seguidas, hacer empresa según los nuevos estándares internacionales de competitividad y desarrollo, puede que incluso hacer una sola carrera pero con maestrías y doctorados, además de los distintos diplomados pre profesionales. Otros, los afortunados, podían permitirse mantener la calma y concentrarse en analizar las cosas con paciencia y de forma objetiva, sin embargo eran rarísimas las ocasiones en los que podían realmente mantener la calma. Y esto aun cuando compartíamos el mismo tiempo, pero con intereses disociados evidentemente. Y es que por más que en algún futuro coincidiéramos, la verdad, pasaba que teníamos una única religión con la cual regir el rumbo de nuestras vidas, y se llamaba competitividad. Después de todo, eran claras nuestras ambiciones-dinero-pero nuestros métodos, ciertamente, variaban increíblemente. Cosa de escenarios bajo presión o simplemente cosa de aptitudes, ya sean oportunas o no. Sobre todo cuando ya la vocación importaba muy poco. Pues nuestra naturaleza codiciosa-y esto tratando de ser autocomplacientes con nosotros mismos, y no tan cínicos como de costumbre-había hecho lo suyo con nuestras almas.

Sin embargo solo algunos pocos buscaban camuflajes. Y eso que estas herramientas eran poco efectivas. Pero estaba un detalle importantísimo. Pasa que son más económicos–los trajes-y brindaban, como mucho, dos oportunidades de lograrlo. Pues muchos de esos trajes son de segunda mano y ya ni imaginar el material. Y es que el contrabando ya no es lo que era. Nadie duda que sea un riesgo tremendo usarlos. Pero nadie ignora también que hay que usar o hacer algo cuando llega la oscuridad absoluta. (Llamémosla entrevista o mundo de tinieblas o lo que sea, pues el horror esta desde ya-cuando iniciabas la vida universitaria-más que garantizado. Era un puto hecho que nadie que yo conozca había logrado evadir. Salvo suicidándose, claro) Además los que recurrían a estos desesperados intentos de preparación eran casi siempre los que estudiaban y trabajaban. Ósea la clase media baja. (El asunto de la Clase Media hace años que había sido abolido. Pues los estratos sociales eran mucho más complicados de lo que se creyó en ese entonces. Asumo que todo ese rollo fue cosa de ingenuidad o estupidez) Los “no me muero de hambre pero tampoco tengo para lujos”. Sin embargo, la verdad, es que al igual que los grupos anteriores, todas esas estrategias, sean cual sean y al nivel que sea, simplemente lo único que brindan es una momentánea ilusión de seguridad. Como el hecho de sacrificar oportunidades verdaderas de retribución sentimental por lograr, otra vez, una segunda oportunidad de tener éxito al eludir el reclutamiento.

Esto último le pasa a mucha gente. Es jodidamente común. Todo por asumir propias ideas heredadas. Como la idea del sacrificio moderno. Cosa que por cierto, ni Lucia ni yo creemos. Pues es absurdo, por lo innecesario que es abandonarnos por eso que suelen llamar “los golpes de la vida”. Aun así, como ya dije, esto le pasa a gente pseudo románticas. Incluso pasó con una amiga. Una a la que en su debido momento le tuve ganas. Se llamaba Alejandra. Era bonita, sí, pero sin llegar a ser sexy del todo. Ella misma era consciente de esa limitación física. Pues sus intentos forzados por lograr proyectar una imagen de sensualidad prefabricada no eran tan sutiles como seguramente creía que eran, al menos para mí. (Ridículo como suena, pasaba de todas maneras y con casi todas las Alejandras de su misma condición) Sin embargo, esta Alejandra no era del todo cojuda. No pues, ella era bastante inteligente. Ya que estuvo conmigo el tiempo necesario como para reciclarse, y para de este modo evitar quedar fuera del mercado, además, claro, para pasar a manos de un verdadero prospecto de futuro. Yo, lamentablemente, no era–ni aun ahora creo que lo soy del todo–útil en ese aspecto de las relaciones.

-Querido. Fueron buenos tiempos, sí, pero creo que es bastante notorio que no somos compatibles. Te juro que no es por lo de la cena con mis papis. Comprendí, querías demostrar un punto. Aunque para ello tuvieses que humillar a mi papá. A tu Suegro. Como sea,  este desgaste entre los dos no es culpa tuya. Soy yo. Definitivamente lo soy. En serio que nunca pretendí ilusionarte ni mucho menos cagarte estas vacaciones. Sin embargo, conocí a alguien. Y siendo sincera la verdad, me movió el piso. Cosa que contigo no logro hace mucho tiempo. Lo siento. Lo nuestro termino.

Lo curioso es que no le importaba que “demostrase” puntos o posiciones en otra clase de reuniones. Con amigos de la universidad o del barrio–que vienen a ser casi lo mismo pues ella es/era “chica bien” en toda su magnitud–y demás. De algún modo me sentí utilizado. Pero esa sensación se esfumo rápidamente. Es decir, ¡Me la estaba cogiendo! Entonces no fue una completa pérdida de tiempo. Sin embargo, que su padre me llame rebelde de clase media, dicho de un modo despectivo viene a ser lo mismo que decir “radical pseudo acomodado”, y tirando hacia abajo. (Esto lo decía en clara referencia al origen de mis padres y con desprecio por el éxito de mi progenitor en todas sus empresas.) Aun así, no le guardo rencor, ni a él ni a su hija. Pues nunca hubo amor entre nosotros. De hecho, no creo que haya habido amor en ni una sociedad marital, o de “romance” pre matrimonial, que conozca. Incluido mis padres. Y todo eso no es poca cosa. Ya debería haber anulado esa idea de mi cabeza, si, sin embargo, es gracias a Lucia que no lo hice del todo. No puedo. Ciertamente es confuso. Es decir, eso que tenemos es lo más próximo que tengo de ese tan añoradisimo estado de felicidad–amor–que prácticamente todos proclaman vivo aunque no tengan ni puta idea de lo que significa realmente. Y que la celebren, entre rituales y ceremonias varias, es otra cosa. Posturas adquiridas más en serie que valores y etc. Sip. Esas clases de ritos no cambian nunca.

Bueno, contar lo que le sucedió a Alejandra creo no necesita de mucho detalle. Pues cuando te sumas a una sociedad de dos personas laboralmente activas y con posibilidades de un éxito considerable, económico y socialmente hablando, el más débil siempre acaba lastimado. En este caso fue Alejandra. Ya que quedo preñada-embarazada-y trunco de ese modo el desarrollo cabal de su estrategia. En pocas palabras, el eclipse se la jodio completita. Triste pero real. Sobre todo ahora que comienzo a comprenderla mejor. Por empatía supongo. Pues  ahora parece ser que me tocara otra vez, eso que aún están empecinados en llamar bailar.

Pero, otra vez, ¿Bailar? Que chucha. Como si se tratase de una experiencia bonita. Ni tan si quiera había un premio. El premio, si así lo consideramos, y, carajo que sí había un sector conservador que lo tomaba de ese modo y se vestían y preparaban con sus ilusorias oportunidades pseudo optimistas y todo por ese bendito premio, era el sobrevivir a dicho reclutamiento. Y digo “pseudo” por qué casi nadie se creía sus propias mierdas de preparación. Sin embargo, lamentablemente, tuve que creerle. A Ernesto y su infalible estrategia. Pasa que menciono, y siendo extremadamente escueto, la oportunidad que tendría si a mi carrera le agregaba el bonus que significaba el estudiar una segunda carrera, o por lo menos hacer su  mencionadisimo diplomado de gestión. Pero, la verdad es que no sirve de nada ahora amargarse por aquella decisión. Pues, aunque estuve muy influenciado, y es que Ernesto tenía un encanto particular cuando se trataba de deslizar ideas suyas, casi todas a favor de él y su perra institución en gestión de proyectos, hasta convencerte y hacerte creer que lo haces por ti mismo. Pasa que fue gracias al mencionado diplomado/congreso/etc., que conocí a Lucia y su impetuoso carácter. Fue ahí también que me enamore.

3

Lucia repetía bastante la palabra “optimizar” durante cualquier exposición suya, e incluso cuando se trataban de exposiciones ajenas. Sin embargo, su momento de brillar era durante los debates. Ese supuesto ejercicio de compañerismo que se basaba, básicamente, en el intercambio de ideas. Aunque, claro, es bien sabido que para lograr un consenso hay que ser democrático, y para ser democrático hay que tener fe, y bueno, eso último es realmente difícil. Aun en estos tiempos donde a casi todo el mundo le gusta aparentar que su postura está fuertemente arraigada en ese mismo principio, tanto que a ratos resulta desesperante. Matrimonios, sociedades, etc. Para todo tienes que tener fe, de que funcionara y no se arruinara. Ese, sin duda, es el problema mayor. Ósea, lograr desarrollarlo de forma incondicional. Pero, bueno, no importaba demasiado, ya que de todas formas, para Lucia, esa “técnica” significaba lo mismo que a un mecánico su llave universal. Y, por supuesto, Lucia no se contenía nunca, con nadie y ni por nada.

-Como se puede optimizar ese proceso de adquisición si, y para empezar nada más, el diagrama de flujo del mismo se contradice y, además, no existe un colchón de respaldo bien especificado en el Acta del Proyecto.

-Perdón, pero, si está especificado. Incluso mencionamos el cinco por ciento adicional al presupuesto inicial.

-Sabía que dirías eso pero, vamos, eso es exageradamente insuficiente. Sobre todo si el cronograma es una mierda de colador. Sé que las dos semanas de tiempo es muy poco para algunos, pero tiene que ser, por lo menos, coherente. Insultan a los demás, francamente, con ese mediocre intento de planificación.

-Lo siento, pero estas siendo ofensiva, y tampoco…

Es ahí cuando por fin interviene el Doctor, doctor PhD en gestión por si acaso-la aclaración-y dice que  la clase termina por hoy y que quiere quedarse a hablar con Luciana. Pero ¿Por qué? En su momento no tenía idea ni me importaba mucho. Aunque luego me entere que el dueño, y gerente general, de la empresa encargada del diplomado (y que tenía cedes en el extranjero) era su viejo. Su padre.

Ese día me largue rápido de allí. Pues era mi primera clase y ya sentía otra vez esa sensación de rechazo mecánico hacia ese confinado espacio de ideas innecesarias y poco saludables. Cuando estoy fuera, esperando la combi, primero pienso que debo resultar realmente patético al ser el único que no sabe conducir, ni auto ni motocicleta, además, también, debo ser el único que no posee uno propio.  Luego pienso que algún día tendré chofer y etcéteras, pienso en todas esas posibilidades con la única intención de no seguir dándole vueltas al hecho de que, además, no solo soy el único hombre estrenando D.N.I. (Documento Nacional de Identidad) sino que, para variar, soy el nuevo de la clase. Vaya mierda. Pero, que carajos, no pasa nada. Igual, tampoco hay algo que pueda hacer al respecto. Lo peor es que en esa parte de la ciudad, donde el concepto de residencial incluye por sobre entendido que todo el mundo tiene transporte propio y, además sabe usarlo, pasa solo una combi cada veinte minutazos. Detalle que hace que la espera sea prácticamente para “llorar”, la verdad. Cosa que no hice.

Ósea, hay que ser muy pacientes, de lo contrario enloqueces. Así que asumí mi aburrimiento como todo hombre joven sabe hacerlo. Hueveando, tonteando, y liberando manías. Como caminar en línea recta sobre el borde amarillo de la acera hasta el final de la misma, para luego dar media vuelta y comenzar de nuevo. O sentarme mirando el cielo con un rostro patéticamente desgraciado, ansiando e imaginando que poseo súper poderes, y que puedo volar y también tengo súper fuerza, y, además, puedo también tele transportarme. De ser así, me  lanzaría al camioneton que pasa por mis narices, con sus hijitos mimados hipnotizados e idiotizados con sus Iphones, y lo destruiría. Y luego me burlaría. Aunque, claro, existen también otras clases de pensamientos. Sobre todo teniendo en cuenta que no tengo ni celular ni reproductor musical con el cual distraerme. Si me pongo a pensarlo, esos momentos de hueveo han de haber sido, en acumulación, la mayor pérdida de tiempo en lo que voy de vivo. Poco después le sigue la escuela y sus tediosas experiencias. (No considero que dormir sea una pérdida de tiempo)

Cuando estaba a punto de llegar una combi, al menos eso creía-había cronometrado el tiempo–llego Luciana con un rostro intratable. Ósea, enojada, pues arrugaba su frente, y con una mirada fija en la nada y todo al mismo tiempo. Lo malo de esto–para mí–era que deformaba innecesariamente las bellas facciones de su rostro. Lo curioso es que llego caminando al paradero. Pensé, entonces, que no era el único cojudo que iba a usar una combi cuando los demás no. Sonreí entonces, burlonamente, pero solo para mí, ósea no le mostré mi sonrisota, pues soy tímido y, además, no la conocía. “Todo va bien”, dije, “No eres el único cojudo que tiene que esperar su combi el día de hoy”. Sin embargo, para mi sorpresa y desgracia, al poco rato llego una mini van, color negro y con lunas polarizadas, que se estaciono frente mío. Trate de no demostrar mi sorpresa, o cara de estúpido, pues la verdad es que soy muy malo para eso. Es decir, para fingir conductas, y no es porque no haya tratado, sino que no logro acostumbrarme al esfuerzo que esa práctica requiere de mí, además, claro, soy muy flojo para tratar con gente que no me interesa. “! Un secuestro!” Pensé, muy asustado, y exteriorizando, dicho miedo y seguramente con un rostro patético. Al menos debió de haberlo sido, pues cuando Lucia se me acerco y, ella si fue capaz, me sonrío burlonamente, justo antes de ingresar en aquel, por momentos, monstruoso vehículo. Escuche, justo antes de que arrancara, “Te equivocaste, y por segunda vez. No vuelvas a hacerlo” Reconocí de inmediato esa fuerza en su voz, que aunque controlada era obvio que se impone sobradamente a mi minúscula fuerza de voz, y es que casi todo es cuestión de interés y tener un manejo de oratoria sobresaliente con el cual manejar y controlar a mi potencial grupo en cualquier tipo de escenario posible, tanto por dentro como por fuera de la clase. Sin embargo, todo eso no es precisamente de mi interés. Fue eso lo que me volvió a impresionar, aunque la mayor parte de lo que sentí era desconcierto. ¿O era el simple hecho de que una mujer contemporánea mía – ósea, casi de mi edad – mostrando interés en mí era lo suficiente como para confundirme? Seguro. Después de todo, ¿Acaso no es así con todos los hombres? Al menos aquellos con más testosterona que estrógeno en los huevos. Arrancó y se fue. Luego paso una breve eternidad de cinco minutos, más o menos, y llego mi combi interdistrital. Entonces yo también me largue.

4

Ese fue nuestro primer contacto. Nada trascendente ni, mucho menos, significativo. Simbólico quizás, por lo que vendría. Después de todo, era obvio que yo no era su “tipo”. Al menos no el que se cabría esperar de una chica como Luciana. Ella sí, definitivamente era mi tipo, pues era indudable lo buena que estaba. Pero, eso cae a segundo plano, (el primer plano es el más evidente de todos, el superficial) cuando encuentras un rasgo importante en común con “esa” persona. Ya me había pasado. Solo una vez pero, claro, una es más que suficiente cuando de lo que se trata es de adquirir la capacidad de asociar experiencias con sensaciones. Lo hacemos desde niños. Como cuando deseábamos las tetas de mama, y luego pase a desear el coño de Lucia. Pero eso fue después. Cuando ya era más que obvio, ósea escandaloso, lo mucho que me interesaba. Y, por supuesto, lo mucho que ella me necesitaba. Era increíble. Irreal. Pero, así es también la vida misma.

Aun ahora creo estar empapado en ese proceso de aprendizaje continuo-valga la redundancia-con respecto a lo relacionado con el miedo y el amor. Ese era nuestro amor. Miedo. Algunos podrán decir, ya que ya lo hicieron, que es un amor falso, que es del tipo efímero, además de intrascendente, y esto clara alusión, y relación, a lo que en nuestros respectivos futuros, significaba dicho sentimiento. Una vez su viejo le dijo “Puede incluso que sea todo un brote involuntario de superficialidad adoptada.” Eso último me pareció bastante gracioso. Ya que los que más insisten en esa idea, y en cualquier contexto socio económico y cultural, son precisamente las mismas clases de personas que ejercen-y mantienen-esa especie de pseudo lazos familiares. Es decir, personas recicladas. Con matrimonios, trabajos, familias, intereses, ambiciones, religiones, ropa y zapatos reciclados. Ósea, con vidas recicladas. Y no es que esté en contra ni que guarde odio con esa clase de gentes. Sino que sucede que, sencillamente, cuando un hipócrita le dice a un hipócrita que está siendo un hipócrita este trasciende su hipocresía rayando la conchudez y el instinto homicida del hipócrita expuesto. Y aunque las masacres me gustan, a veces–muchas–la flojera puede más. Tanto como para lidiar con esas masas como para realizar un plan para no dar motivos a terceros. Ósea se trata de algo extremadamente inútil. Cosa que ya aprendí.

Ya antes Mamá había dado muestras de lo complejo que puede llegar a ser las muestras de amor, ya sean de amor romántico o el fraternal/familiar. Como cuando la recriminaba por socapar las maldades de su primer hijo. Ella en esas ocasiones se limitaba a solo escuchar y luego, muy astutamente y sin sermón alguno, anular mi posición. ¿Cómo? Básicamente recordándome-diciéndome-que al recriminarle, yo, todas esas cosas horribles, acababa también lastimándola. Y, por supuesto, yo odiaba lastimarla. Así que me detenía y callaba y me retiraba y, claro, me amargaba. Pero conmigo y con mis “amigos”. Después de todo, ellos aunque imaginarios, si sabían comprenderme. Eso me consolaba, al menos durante esos años, luego crecimos pero no progresamos–la familia–pues, y aunque improvisadamente, me invadieron mis verdaderos hermanos. Cosa que me jodio por completo. Porque comencé a conocerles de verdad. Para luego aprender a odiarles. Eso empeoro, pues también hería el corazón de mamá. Entonces, como una concatenación de eventos de odio y amor imparables, termine dañándome. Odiándome.

Fue precisamente por esa razón que Lucia, también, aprendió a odiarme. Fue eso lo que finalmente casi me mata. Y es que moverse entre el amor y el odio no es algo fácil de hacer. Es un deporte que resulta extremadamente inseguro, para las almas que se atascan y hacen de esa dimensión su insufrible primer hogar. Indeterminando el tiempo de espera, para con la muerte, con algo muy parecido a la locura contenida luego del rechazo. Y porque que el tiempo en ese espacio transcurre tan lento como el primer beso y tan rápido como el sexo rutinario, que uno acaba sintiendo todo el infierno de la juventud una vez más. Tomando forma en nuestras verdades como en nuestras mentiras. Cosa que satura el alma, sí, pero la mantiene a flote. Como todas esas sensaciones fugaces incordiando mis antiguos escenarios. Como las personas que viven a causa de desgracias. Pues algunos humanos, y no precisamente pocos, simplemente nacen con el odio bien arraigado en sus cuerpos. Elegidos o no, la verdad es que no importa cuales sean las horribles circunstancias en las que se encuentren, atrapados y/o acorralados, pues ellos, mis hermanos, siempre logran vencer. Para, luego, volver al último hogar. Ese donde el alimento si es gratis y las verdades se pueden aniquilar.

Es gracias a ello, también, que los intentos de auto anulación, todos diarios, acaban siendo frustrados. Por mano propia, si, y por miedo. Siempre el miedo. Tanto como el veneno fluyendo a través de nuestras venas. Todos los días y a todas horas. Sin embargo, al final, lo más difícil de todo es asimilar que ese acto de genuina voluntad, el permanecer quieto ante la inmensidad de lo desconocido, no es más que un regalo temporal. Eso, para mí, es como masticar un mismo viejo secreto, sin sabor ni color, hasta desmantelar los colmillos amarillentos de mi boca. La que tengo como reflejo y jodiendome, también, allá en mis incoherentes sueños.

Sin embargo, así como los dramas personales quedan de lado cada vez que caigo asesinado, entre su apaciguadora sonrisa, junto a esa tierna mirada suya que parece solucionarlo todo, comienzo a comprender, aunque empíricamente, la verdadera naturaleza de este rostro ausente. Aun así, lo peor ahora, era reconocerme como una persona vulnerable. Y es que yo quería ser un robot exitoso. Uno que se gastaba la vida trabajando para luego gastar lo que se había trabajado. Cosa muy distinta a disfrutar aquellos insoportables días de recibir y cumplir órdenes. Pero, y esto a modo de confesión, ello en su momento-etapa pre universitaria-no me pareció nada horrible. Pues siempre estuvo la motivación económica. Estimulo que con el tiempo, y los golpes recibidos por esos enemigos invisibles de todos los días–preestablecidos y los insensatamente adquiridos-descubrí en mi mediocridad una posible salida. Algo muy parecido a la primera adquisición de mi juventud. Una producida por una serie de desencuentros con las escandalosas consecuencias de mis propios errores y, obviamente, decisiones. Una última, y única, salida. El suicidio. Cosa que hice, sí, pero para desdicha mía, al parecer, nunca terminare de morir del todo. Pues aun después de perderme en los panoramas distorsionados-consecuencia inmediata de una sobredosis de veneno supuestamente efectivo-mi corazón continúo latiendo. Aunque, al parecer, con una nueva razón. Lucia.

Aun así, la pregunta era imposible de responder, pero igual me la formulaba todo los días en mi cabeza; “¿Cómo puedes amar a una mujer que tiene como única muestra de su amor una mirada asesina y unos afilados dientes?” Ciertamente estaba también el hecho de que nuestro entendimiento no requería de mucho trámite, o palabras bonitas a modo del “necesario” cimiento que toda relación supuestamente “seria” debe tener para, por lo menos aparentarlo. Pues desde un inicio desconocíamos cuál iba a ser nuestro destino. No sabíamos tampoco cuál sería nuestro siguiente movimiento. A menos que fuese solo yo el que carecía de una mirada global de lo que nos iba sucediendo. Y es que esa mirada suya me asesinaba, sí, pero de una forma única y deliciosa. Lenta y pausadamente penetraba mi oxidada piel de cobre hasta atravesarla y llegar a mi interior dos. Para posicionarse en mi corazón, y de una manera exquisita que solo puede ser comparable a follar con esa chica que si corresponde tus sentimientos. Tenerla, aunque distantes por razones inherentes a nuestra condición de enamorados, era como sentir sangre nueva diluyéndose a través de mis venas. Como una eutanasia compartida hasta antes del amanecer. Luego, y con sus labios, rosaba mi mejilla. Humedeciéndola y limpiándola. Hasta llegar a mi boca. Me sentenciaba con una imperiosa necesidad de retribución. “Cállate y bésame” decía. A lo que yo, evidentemente, obedecía. Y así sentí una revitalización de mis energías como nunca antes. Como si se tratase de amor lo que contaminaba mi postura. Además, el color regreso a mis pulmones, y eso, la verdad, no sé cómo explicar. (Estaban repletos de eso que llaman cáncer en potencia. Es decir, solo humo) Y es que todo en ese momento era infinito y único. Como cuando me regalaba una sonrisa a media noche. Yo era feliz y ella también. Hasta que decidimos no regresar.

5

Cuando mi boca comenzó a sangrar, sus dientes masticaron fuertemente mis encías. Tanto que lograron extirpar, y evidentemente con no poca violencia, mis ridículos colmillos de vampiro amateur. Era extraño. Demasiado. Pues la sangre comenzaba chorrear de mi boca hacia abajo como un pequeño rio sin final. Lucia tenía los ojos llenos de lágrimas. Lloraba. Ella también tenía su propio rio. Esos dos, confluyeron en el suelo hasta formar un diminuto, pero consistente, lago de sangre y lágrimas. No sentía dolor. La eutanasia anterior estaba consiguiendo el efecto deseado. No estaba mal. Pues no había rastro de desesperación cerca. Eso me aliviaba increíblemente. ¿Estaba muriendo? La verdad es que no tenía idea. Podía tratarse de un sueño. Pero era tan real que rápidamente descarte esa posibilidad. De repente ya no había exámenes que rendir ni justificaciones cobardes que armar y sustentar. Como si todas las cosas hubiesen existido solo por este momento. Solo por ese beso. Rarísimo, es verdad, pero jodidamente mágico. Pues la satisfacción era de esa clase inmanejable y, aparentemente, sin cauce seguro. Pero nada de eso me impacientaba. Tenía todo el tiempo del mundo. Francamente, el mundo podía estar yéndose a la mierda en ese mismo instante y no haría meya alguna en lo que sentía. Ciertamente se trató de una experiencia incomparable, pues nunca volví a sentir nada del mismo modo. Es decir, nuestro pasado había sido corregido, sí, pero ese ansiado futuro compartido había sido destruido.

Pensé entonces que lo más práctico debería ser desaparecer, pero por alguna razón, una que todavía no entiendo del todo, no me atrevo del todo. Sucede pues que me toca morir. Cosa que preferiría no hacerlo. Por muchas razones. El miedo tiene mucho que ver, evidentemente, pero también esta esa enferma necesidad, de sus sonrisas y abrazos, manteniéndome presente. Esas dos cosas, sumadas a mi sentimiento perenne de inferioridad, lo único que hacen es joderme el alma. Y duele. Ciertamente, todo comenzó a doler. Mierda. Todo por pensar más de la cuenta. Por dejar ese estado de confort y lanzarme hacia rutas salvajes. Por desear más de la cuenta. Por prohibirme perderla. Tanto que regrese a mi posición inicial. La del eterno suicida fantasmal. La de estar parado al borde del abismo sin el impulso suficiente como para seguir avanzando. Por la duda de no saber cuándo terminare de caer. Así que dudo. Pasan años y la distancia no cambia. Entonces me arrepiento y envejezco. Entonces enloquezco y grito tan fuerte que algo se rompe. Algo en la pared. Cae y no alcanzo a ver qué es eso oculto tras esa considerable grieta. Aun así, seguidamente del impacto inicial, vuelvo. Es decir,  despierto.

No necesitaba canciones tristes. Ni una sonrisa mal dibujada en nuestros rostros. Pues me incómoda como muy bien sé que imaginaba ella todos los días antes de dormir y recordar los incontables errores del pasado. Todas las noches. Consumiendo ideas imposibles y armando castillos flotantes, hermosos, sí, pero invisibles también. Lo peor de todo ello, de revivir infiernos y aparentar tener la salud mental necesaria como para convivir con ellos, era imaginar que esa conexión permanecía intacta. Idea que fungió de dosis durante un tiempo, hasta que la locura decapito nuestra cordura. Entonces comencé a confundir ficciones con cartas y a estas con declaraciones vencidas de ese último amor frustrado. Luego los malos hábitos volvieron, junto a las tendencias extrañas de ese adolescente que tanto trabajo me costó inmovilizar. Pues tuve que tragarme su corazón.

Sin embargo, y a contracorriente de todo el caos que durante su ausencia amalgame en mi piel y mente, permaneció completa, su hermoso rostro y sus incomparables palabras. Como en mis sueños. Donde persistía su atemporal viaje de auto descubrimiento. Lugares comunes en los cuales aprendí a seguirte el ritmo desde estos inacabables pasillos, típicos como en todos los hospitales mentales, de mi mente. Ambientes nostálgicos que, conciliando mi insatisfacción con sus muestras incondicionales de cariño compartido, habite por mucho tiempo. Además de seguro. Como dentro de un feto insalubre, sí, pero de una misma madre. La Naturaleza. Sensación que viene ser algo así como dormir en un cascaron, incomunicado y solo con mis pensamientos, y prematuro, para con su fractura y todo lo que este necesitaba de mí.

Es decir, aprendí a quererla, aunque por dentro sepa muy bien que puedo odiarla con la misma magnitud, a través de medios antes desconocidos. Esto hasta poder alcanzarla. Aguardando el momento de liberarla. Pues era necesario, sin duda alguna, que tenía que hacerlo. Eso de expulsarla de mi claustrofóbico interior dos. Pues no éramos compatibles ni tan si quiera eso que llaman almas gemelas. Éramos tiempo desperdiciado. Como sensaciones fragmentadas colisionando unas con otras dentro de una neblina compacta llamada relación amical. Termino que perdía vigencia todo el tiempo. Cada vez que la recordaba, cada vez que la imaginaba desnuda, cada vez que su sola imagen desataba una lucha interna entre mi conciencia y sus límites. Después de todo, no éramos dos, éramos uno.

Entonces me di cuenta. Muy de repente todo tenía sentido.  Los números en la pizarra no tenían importancia. Absolutamente nada importaban, en lo que a mi futuro inmediato concierne. Puesto que así como los personajes tristes descubren que ya no hay espacio para ellos en sus relatos, los suicidas potenciales logran quitarse, librarse, de este último aditivo en su nombre. Aprendiendo, y de forma inmediata, a leer el tiempo como solo los ancianos e infantes pueden. Hablo de encontrar en el momento límite de sus vidas un último instante de auténtica felicidad. Pues el móvil había cambiado y el orden impuesto–cánones sociales preestablecidos e ideologías políticas y/o personales vencidas–se hacía innecesario. Esto con cada minuto que no estaba cerca, de mí mismo y de ella. Pues comenzaba a hacerse presente esa sensación imposible de ignorar. La desesperanza. .

Todo sucedía rápido. Como si una cadena de eventos olvidados, y dados por borrados, volviesen a interpelar la verdadera razón de mi permanencia en un ambiente en el cual los espacios dispuestos para mí no solo se habían agotado sino que comenzaban a desarmarse. Joder que no era agradable. Era como enloquecer voluntariamente por el temor a perder las palabras precisas que describiesen la naturaleza, y origen verdadero, de esa increpante, y a ratos, intolerable pasión. Eso que comprendí era mi única, y ultima, razón de ser. Sin embargo, todo ello–los malos hábitos del pasado junto a las nuevas tendencias ahora protagonistas–volvían todos los días, tanto al amanecer como al anochecer, como un golpe en el estómago. Provocando una ligera asfixia en mi interior. Como si el cielo y los dioses confabulasen en contra mía, y tan solo por no haber aprendido esa lección infantil. La de obedecer y punto.

Era tal esa colmena de pensamientos amotinados en mi cabeza, que el calendario paso a un segundo plano. Casi todo paso a un segundo plano. Todo salvo eso que nunca pude aceptar ni tampoco anular. Ese inefable vínculo que aún mantenía vivo, a destiempo para con el mundo y sus integrantes, dentro y fuera. Como una única buena idea en un océano de malas idas. Es decir, amarla era como una descarga eléctrica que sacudía y removía todos mis huesos rotos. Cosa bastante importante, sin duda alguna, pues los ultimátum de último momento, evidentemente, siempre tienen ese gancho en las costillas que te obliga a volver a esa desquiciante posición fetal. La del inicio, cuando la conocí y acepte.

Fue entonces que sucedió; Lo tuyo es una falta grave. Lo siento muchísimo pero ya no puedo verte jamás. Cosa que me dele en el alma. Tanto como mi corazón puede llegar a tolerar. Ciertamente nunca quise decepcionarle tanto. Sobre todo cuando nuestra semejanza era tan evidente. Recuerdo muchas veces decirle a Lucia lo mucho que odiaba mi rostro. Pasa que cada vez que me veía atrapado en el interior de ese turista sexual, empecinado en buscar su camino en eso que conocemos como vida real, sentía como mi alma temblaba de miedo y dolor. Y dentro de mí como si fuese yo su cruel carcelero, me rogaba, con la mirada más que otra cosa, que la dejase en libertad. Esa mi irreconocible vieja hermana. (Llamada también alma en ciertos círculos conflictivos internos y sentimentales) Cosa que nunca pude hacer. Al menos no sin antes tener que morir. Ese era el problema. Es decir, que recuerde siempre lo había estado. Y, ahora, con esa excepción trigueña llamada Lucia, sinceramente, no sabía cómo terminar la mutilación requerida. ¿Tendría que tratarse de mi corazón? No lo sé. Y es que es tan difícil saber. Saber lo que todos los demás, aparentemente, si saben. Es tan jodido, convivir con esta clase de incertidumbre, como la complejidad en las palabras y la exactitud de las matemáticas. Sensación que muta en impotencia y frustración. Como esa que produce el intentar reflexionar acerca de lo majestuoso que puede ser llegar a contemplar esa chispa necesaria para sentirnos vivos, pero sin la capacidad de llegar a alcanzarla. Chispa muy peligrosa cuando adoptaba un rostro junto a sus innatas características. El mío perdiendo su brillo.

Sin embargo, pasa también, y casi en simultáneo, que aun atrapado en esta descolorida ciudad, logro aprender a consumir nuevas alternativas, como el soñado re direccionamiento del estilo de vida. Consumiendo, adicto y casi desvanecido, como quien no tiene otra opción. Aunque para ello tendría que abortar antiguos relatos retorcidos. Requisito que me alejaba fuertemente de cualquier posible estado de seguridad que podría conseguir, vendiendo mi alma o no, sacrificando mi corazón o no. Pero ¿Es posible acaso garantizar la libertad? Nunca. Para ello, especulo, tendría que asesinarme una vez más. Para encontrarla y averiguar, de una vez por todas, si aún nos amábamos. Saberlo, eso, si sería loco. Pues así como con ese impetuoso cariño compartido, junto  a bellas sonrisas y sutiles miradas de complicidad, corroímos nuestro interior durante aquella inesperada aventura de fin de ciclo, sucede que la presión en el aire comienza a hacer su efecto en mí. Como si el desencuentro inicial sufrido en dentro del cascaron, cuando se presentó frente a mí sin reconocerme pero atraída por algo que aún no logro comprender, volviese a tomar parte de la acción. Y es que sucede que mi inmortalidad me exige, una vez más, saborear el insalubre sabor de la derrota. Cosa que hago. Sí. Pero con energías renovadas, impulsadas por un fuerte poder invisible y distante, sí, pero irremediablemente corrompido también. Como en los viejos tiempos, una vez más. Todo hasta a acabar con el final.

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