Acorralado en el sucio invierno. Aun intentando recordar sin tener que lastimar. Sin tener que volver a ese vomitivo local. Donde las caras conocidas son más peligrosas que los chismes mal intencionados. Averno donde incluso los secretos mejor guardados, y malogrados, no nos era suficiente para llenar nuestros estómagos. Aquella vieja cueva que durante los primeros años de mi vida fungió de mágico resguardo para con las atrocidades del mundo exterior. Pues sucedía que, así como me sobreprotegieron, termine yo también odiando las razones de esta necesidad en mi interior. Tanto como el último abrazo que recibí de Papá, que me lleno de una satisfacción indescriptible. Como cuando Mamá dejo de llorar por su descendencia, para sonreír y ser feliz por unos pocos momentos, al enterarse que su hijo favorito por fin había ingresado a la universidad. Todas experiencias gratas pero fugaces. Como las capsulas para dormir que el padre de Melisa utiliza para lograr conciliar el sueño. Y es que al parecer le es realmente difícil cerrar los ojos sin que el miedo a caer en aquellos distorsionados mundos no le joda su sutil existencia. Da igual los escenarios que me plantee. Ya sean futuros o imaginarios. Todos confabulan para concluir en una jodida pesadilla. De esas en las que hay gritos, lagrimas, sangre y, por sobre todo, decepciones. Esto último es lo peor. Y es que es por esa horrible constitución de odio y remordimiento que acabe contaminando mi sangre, entre tendencias toxicas y otras malas ideas, hasta que termine usando mi cabeza como un revolver. Si. ¡Ja! También me gustan. Ajam. Bueno, ¿A quién no?

Como iba diciendo, Doc, creo que todas esas sensaciones de ingratitud, junto a las de poca satisfacción, hicieron mella en mi orgullo y, evidentemente, en mi autoestima. Créame que no fue para nada un proceso cortó ni mucho menos de película. Recuerdo, incluso, que hubo una temporada en la que de camino a casa, y de salida de la facultad, mi cuerpo se rebelaba. Mis ojos para ser más precisos. Estos me traicionaban. Era realmente vergonzoso. Pero al mismo tiempo resultaba esplendido. Contradictorios, si, esos breves intentos de resurrección. No literalmente. Obvio. Bueno, supongo que no debí de escuchar canciones tristes.  Eso de que el clima, las canciones, la literatura, el medio social inmediato; como las falsas y breves amistades, enamoradas imaginarias y las brujas amargadas de la vida real, y, por supuesto, la familia. Además, claro, de esa perra necesidad de transmutar lo real a ficción. Eso es algo inaceptable. Es decir, son dos universos distintos. Mucho. Pero tener la capacidad de que estos colisionen no es ni de lejos un talento o un logro. Nada. Es como tragar maldad cada vez que vomitas un poema, un intento fallido de relato, lo que sea. No es fácil ni necesario. Bueno. Esto ya lo dije en otra ocasiones, creo, corríjame si me equivoco. Antes que caer en mis propias faltas ortográficas.

Pasa que el acto creativo, para mí, es una breve visita a la nada. Ni al infierno ni al paraíso. Asumo que el purgatorio es lo más parecido. Y es jodidamente doloroso. Pues solo estás tú y tus cadáveres. Todos irreconocibles. Pero igual, y ciertamente por una insufrible clase de nostalgia, les reconoces. Pues son familia. Todos nosotros. Muertos. Ahí es cuando surgen las preguntas difíciles. También es ahí donde decides que no mereces más de lo que la naturaleza decidió para ti. Ciertamente, es algo de lo que aun ahora me cuesta trabajo hablar. Si. Temas “profundos”. Ja. Pero ya ve. Igual no los suelto. Ya sabe. Cosa de malos hábitos.

Bueno, nada de eso paro. Al contrario, creo fue intensificándose de forma gradual. Es decir, vivir dos años con la mierda hasta el cuello no es un estilo de vida recomendable, ni moderno ni rebelde, al menos no literalmente. Cierto, hasta incluso recuerdo una que otra escena ridícula, de algunos compañeros y otras gentes que frecuente, en cuanto a lo que la melancolía y la tristeza respecta. Por ejemplo. Tuve una “amiga” por un mes aproximadamente. Yo tenía la esperanza de llevármela a la cama. Para cogérmela, obviamente. Todo iba bien. Es decir, lo peor había pasado. La salida al cine, donde no vi la película por los putos distractores, y todas las charlas vacías, pero supuestamente inteligentes. Luego rellenar los espacios en blanco entre ella y yo, en el campus o con su círculo de amigos, insoportable cada uno de ellos, y esto por un mes. Es decir, logre pasar de ser el “amigo nuevo e interesante” a constituirme como el “potencial novio con el cual lucirme o lucirlo”. (Cosa de accesorios modernos) Ya ve que al final todo se resume a proyecciones inverosímiles de nosotros mismos. Como masturbarse en público. Ahora es cuando lo políticamente correcto pasa a un segundo plano. Ja. Incluyendo las redes sociales. Todos saben eso. Pero es cosa de acostumbrarse. Al menos eso en teoría. Ya si no puedes, pues te jodes. Y no es broma.

Bueno, nosotros no éramos la excepción. Yo pretendía serlo, pero al final debía de elegir un bando al cual alinearme. En uno estaba yo y mis libros y mis “dilemas existenciales” y los conflictos familiares y la música depresiva y etcéteras. Mientras que por el otro estaban un grupo de hipsters pseudo bohemios, a los cuales ya había impresionado con uno que otra publicación, con un millón – exagerando – de amigos en Facebook. Grupos cerrados, intentado ser elitistas y demás mierdas. Pero más importante, estaba eso del posible sexo que podría conseguir. Bueno dado esas dos opciones, la verdad, no cuesta mucho decidirse. Por lo menos en ese entonces, pues andaba buscando algo de carne real con el cual sentirme vivo. ¡Alive! Además, ella estaba muy buena. Alta y voluptuosa a su manera, indie manoseada y para uso de masas, sí, pero claro que me moría de ganas. Es decir, estaba a mi alcance. Y cuando eso es verdad, bueno, eso ya es otro cantar.

Por cierto, cuando digo “ella” es porque no recuerdo con exactitud su nombre. Se me vienen dos a la cabeza. Pero no más. Bueno. Paso que llegado el día en que nos veríamos en su casa. Y ya no tanto como amigos confianzudos. Si no como dos amigos, de diferente género, evidentemente, y ambos con una idea compartida en la cabeza. Hablo de la idea de un probable intercambio de fluidos para llegada la noche. Si. Ambos queríamos coger. Sin embargo, sucedió algo imperdonable. Algo que me desequilibrio. Cosa que por mas “vendido” que me sentía, termino afectándome.  Se trato de su ex. Vera, en esos “círculos” la gente no se confronta como deberían. Ósea, lo que el tipo debió de hacer es buscarme y ambos nos encontrábamos. Yo le sacaba su mierda o el me propinaba una inesperada paliza. La verdad es que era un asunto muy sencillo de resolver. Pero no pues. ¡No! Tuvo que actuar como un puto cobarde. Y es que los términos en que esa clase de gente terminan sus “romances”, contratos diría yo, no es nunca de forma definitiva ni clara. Acaban como amigos. Mierda. Eso es inaceptable. Bueno, este pendejo tenía acceso a esta flaca. Ok. Ósea, se veían con otros hipócritas y compartían sus mierdas entre ellos. Lo jodido fue que el muy mierda cogió un par de relatos míos y se los llevo. Relatos que no había publicado y que había compartido con esa chica. ¡Sí! ¡Lo sé! Es que no se imagina lo buena que estaba. Como sea, el huevon ese los hizo pasar por suyos y gano un concurso en su facultad. Hasta hubo remuneración económica de por medio. Eso me entere después de cogérmela. Claro. Cuando le pregunte por los relatos. No los encontraba. Pasaba que, yo, cuando compartía algunos textos los hacía en físico. Nunca en digital. Bueno, ya se imagina. Si quiere exagere. No pasa nada. Pues me desmadre aquella noche. Cortamos nuestro “vinculo” y al día siguiente busque al cojudo ese y le saque su mierda. Luego, días después, me acorralo con otros maricas y me toco pagar factura. Si. Típica actitud de cobardes. Ja. Pero, bueno, ya fue.

Todo eso para darle un ejemplo de lo intolerable y difícil que encontraba rodearme con esa gente. Ósea, después de aquello, todo empeoro. Todo. Las notas académicas, las relaciones interpersonales y extra personales. Tanto que el año siguiente anduve en su totalidad sin celular. Sin sexo y sin contacto alguno con nadie. Era el fantasma casi universitario de la ciudad. Reprobaba un curso tras otro. No decía nada al respecto. El Iceberg se hacía notar cada vez más evidente. Jodido. Las reuniones familiares me tocaban los huevos. La tristeza de mi madre destruía mis nervios. La irresponsabilidad de mis hermanos, los de verdad, me jugaban una traición. La del ataque de conciencia. Yo soy el mayor pues. Esta vez la tristeza jugaba a otro nivel. Ya ni las distintas clases de consuelo que encontraba en las ficciones me servían. Tampoco las amistades imposibles que encontraba en aquel descomunal universo virtual, cosa de internet y su limitado alcance en cuanto a las realidades paralelas que todos los días fungen de armas de doble filo entre las personas sinceras y sensibles, pues la imagen que había construido perdía vigencia con cada una de ellas y a ese ritmo. No pasaba nada. Ósea, aun tenía la cabeza completa. Pero, si, el corazón ya estaba fragmentado.

Hasta que acabe solo y al mismo tiempo acompañado. Un hermano lejano me había encontrado. Estaba presente ya desde mi adolescencia. Lo sé. Pero fue ahí, y justo en aquella época de mayor debilidad, cuando por fin hizo su movimiento. Obligándome a movilizarme. Sin embargo, decir, ahora, que no disfrute de su compañía seria decir como que me arrepiento de cogerme a Alejandra. Mierda, por fin. Recordé su nombre. Bueno, la comparación es perfecta. Pues aunque luego del placer disfrutado con Alejandra me arrepentí tanto que me sentí el más miserable de todos los hipócritas del mundo. Pues había vendido mi alma por carne fácil. Paso algo similar con él. Vera, el, era bastante inteligente. Mucho más que yo. Me daba ideas, que luego yo plasmaba. También me consolaba durante las frías noches de aquel invierno pasado. Me decía palabras bonitas. Me vendía la idea de un posible futuro feliz. Al menos uno en el que realmente podía remontar lo jodido que ya estaba. Y yo le creía. No sé si decir que se trataba de algún tipo de felicidad ilusoria. Pero lo que sí es cierto, es que con el de verdad creí que podría llegar a sobrevivir. Ya que luego se revelara como la peor de mis pesadillas, es otra cosa. Es decir, yo lo alimente. Y durante mucho tiempo. Mandaba todo a la mierda con tal de darle las palabas que me exigía. Todo por recibir a cambio esa ansiada resistencia que, contradictoriamente, luego acabaría jugándome en contra.

Y es que resistí, sí, pero equivocadamente. Hablo de mentir, traicionar, robar, ilusionar, pecar, y, sobre todo, auto engañarme. Fue jodido, la verdad. Hasta que su traición se hizo evidente. Cuando encontré en Melisa, las verdades completas y crueles que necesitaba para desahuevarme, tocaron mi puerta. Gracias a ella, es también que, termine por decidirme del todo. Aun así, no fue fácil. Y es que uno no puede, al menos no debería, ansiar ser feliz cuando es consciente que su propia naturaleza se lo impide. Sería como arrojarse al vacío y esperar algún utópico rescate. Incluso alguien tan célebre como Hemingway lo entendió hace ya mucho tiempo. “La felicidad en la gente inteligente es la cosa más rara que conozco” eso es lo que decía. Interesante. Si. Pero bestial también. Tendría que renunciar al aspecto más esencial. La de mi individualidad. De ese modo, quizá fuera posible lograr una vida normal. Una como se esperaba. Como se supone debería estar viviendo. Solo así llegaría a mezclarme en el rebaño sin complicaciones posteriores. Personalmente no me interesaba ser feliz. Lo que ansiaba era ser libre. Pero cuando el escenario había cambiado tanto, entre fracasos y posibles rupturas, ¿Podría yo agachar la cabeza y simular que nada estaba pasándome y garantizar que todo volvería a la normalidad? Le juro que ansiaba encontrar ese “Si” que necesitaba. Pero eso era igual que comulgar con la idea del matrimonio y otra clase de rituales. Significaría irme a la mierda como un parasito sentimental y fantasmal Y todo solo porque nunca pude encajar. Eso era fuerte. Aun lo es. Lo sé, Doc. Todos tenemos problemas, preguntas y etc., sí, pero no todos tenemos respuestas. Esa era la diferencia. Lo que me hacia diferente. Hasta especial, quizá, pero extremadamente infeliz. Ese era el precio. Y yo no estaba dispuesto a pagarlo. Lo malo era que quizá si estaba yo en capacidad de afrontarlo. Pero el “orden de prioridades” termino haciendo eco en mi cabeza. No sé si como Papá hubiese deseado. Pero al final entendí que mi importancia era tan relativa como un “te amo” envuelto en una imposible sonrisa y a destiempo.

Saber que le gustaba, a Melisa, fue la parte quiebre. Pues a partir de ese momento ya no solo dependía de mis pensamientos. Pues ella me gustaba. Eso era evidente. Y es que la bipartición de mi alma, que ese hijo de puta imaginario que tenía como hermano hizo más intolerable de manejar, con su llegada se hizo más evidente. Con su presencia y con eso especial que me hacía sentir. Sin embargo, la ruptura era necesaria. Lo juro por Dios que no encontraba otra salida. Quizá si esperaba hasta alcanzar mis metas y las suyas también, pero era solo un ¡Quizá! Pero no. Sobre todo cuando sabía muy bien que no era mía. Ósea, nuestra complementación, cosa de un inexplicable mutuo entendimiento, si era nuestra. El cariño que sentíamos el uno por el otro también era real. Pero yo no. Pues en su vida, tanto como en la mía, solo éramos figuras platónicas de segundo uso. Yo le era tan útil como un abrazo a la distancia. No más.

Cosa que repercutió definitivamente, aunque de forma gradual, en mi decisión final. Yo era muy cobarde como hacerme una vida fuera del nido. Como un parvulito enajenado con sus orígenes y decidido, prematuramente, a aprender a volar por su cuenta. Además de influenciado por el implacable invierno de medio año. Desgastando su paciencia para con su ciudad. Una Ciudad Blanca que había perdido su brillo. Canosa por la resaca perpetua en los corazones de sus habitantes. Desahuciada por la incomprensión de las espectaculares montañas a su alrededor. Emboscándola y asfixiándola hasta la desesperación. Tortura que no era exclusiva de esta región. Pasaba en todo el país. Nadie se daba cuenta, era eso o sencillamente no hacían notar su malestar. Éramos pues una generación voluntariamente oprimida. Ofreciendo nuestras almas por pequeñas muestras de notoriedad. Tanto desde las redes sociales hasta el magnetismo por la televisión. No había esperanzas, sí, pero no importaba. Es decir, nadie tenía intención alguna de hacer algo, ni yo ni el inconforme e indignado ciudadano promedio. Bueno, no importa. Después de todo el infierno puede tener infinidad de nombres, y el de modernidad no es la excepción.

Ciertamente, lo que sentía fue una suma de contaminantes. Ni si quiera creo haber logrado expresarme del todo en aquellos cuentos que nunca llegue a publicar. Sabe. Aun los conservo. Se los regale a Melisa. Pues tenía el presentimiento de que sería ella la única persona que podría entenderlos. Pasa que es todo un defecto escribir con símbolos y sutiles contrastes. Como comunicarse por medio de códigos indescifrables. Salvo para aquella persona que tiene esa llave heredada, inconscientemente, por su testigo incondicional. A la deriva y con la que finalmente puede visualizar una pequeña grieta en la pared. Como una diminuta posibilidad de lograrlo. Pero, bueno, al final solo se trata de una apuesta. Como un riesgo necesario. Ya que nunca sabes si tus sentimientos serán retribuidos. Si lo son como quieres o no, es ya cosa de un segundo plano. Pues, créame, respirar monóxido de carbono todos los días no ayuda a que te sientas parte de una ciudad que hace tiempo ya te aborto y dio por muerto. Sin embargo eso se hace tolerable cuando rompes el reflejo. Cuando logras eliminarte. Cosa que, lamentablemente, es imposible. Indiscutible. Aunque, claro, hay muchas personas que lo intentaron. Pero sin éxito.

Yo, personalmente, me sentí “esa” persona con un par de artistas, y esto lo digo en toda la magnitud que esa palabra exige, a las cuales sentí más familia que la gente que habita la casa donde, aun ahora, me cobijo. Hablo de Fiodor Dostoyevski, un hombre que encontró la lucidez por medio de incontables tormentos. Como salido del infierno para escribir. También, esta, Charles Bukowski. El hombre más duro que haya conocido. Pues, además de ese rostro difícil que tuvo que cargar todos los días de su vida, tenía al mundo en su contra. Pues vivió tiempos en los cuales la realidad a su alrededor era tan devastadora que rayaba lo absurdo. Razón por la que creo sus historias eran aun más fuertes que la vida misma. Por supuesto esta John Frusciante. Un “genio” musical. El es para mí esa clase de hermano mayor que abandona a temprana edad la casa, para vivir el mundo y encontrarle un significado verdadero a la libertad. Imperdonable seria no incluir a Franz Kafka. Mi hermano menor. Ese hombre al que la crudeza de la realidad de su mundo lo sobrepaso. Lo entiendo perfectamente. Pues ambos compartimos algo de nuestros padres, pero no lo suficiente como para sentirnos realmente cuidados. No cuando son ellos los que necesitan que los amen. Y sobre todo, cuando somos nosotros las decepciones andantes que ellos nunca merecieron. Lo peor, es que es verdad. Ja. Luego esta una mujer. Si. Una chica. Jeje. Fiona pues. Manzanita. Ella es prueba fiel de lo que muchas veces se siente haber muerto y no haber encontrado lo que se necesitaba. Hasta que llego Melisa. ¿Cursi? Eso solo es una palabra. Usted es agradable, así que normal. Luego está el último hombre con el cual encontré, más que un hermano, a un maestro. Hermann Hesse. Pues su propia existencia me resulta mágica y al mismo tiempo tan real. Como si fuese él quien escribió el guion de la vida que me toco seguir. Creando entidades maravillosas y, contradictoriamente, tortuosas. Asimilando el presente como un sencillo estado de ánimo. Pues el futuro es una mentira, salvo que hayamos encontrado la fuerza necesaria para recorrer nuestra propia vereda. Cuando me encontré con él, ya mi irreconciliable hermano había bipartido mi alma. Cosa que sumo al momento de destruirlo. Personas simpáticas que ya estaban muertas o tan lejanas como esa estrella oculta tras la cordillera que dividía a mi hogar del infierno mundial. Donde el turismo sexual se rige bajo las condiciones de decapitados genocidas que contrabandean corazones estériles, con las cual llenar universidades a modo de tristes conflictos domésticos que luego llamaremos futuro.

Entonces. Fatigado por las decepciones y aun buscando un recuerdo perfecto. Algo por lo menos significativo. Algo alejado de la mierda pestilente de esta ciudad. Algo lejano y fuera del país. Alguien con quien entenderme para luego usar pero con quien me esforzaría por no lastimar. Como un sentimiento inagotable con el cual acompañarme. Incluso podría ser una estrella guiándome hacia el norte de mi destino final. Sip. Soy de los que se pierden entre la hermosura de un cielo negro pero estrellado. Tanto como me pierdo en el infinito placer de su sonrisa. Esa era mi búsqueda. Además de mi única salida. Pasaba que todo se había precipitado. Carecía de tiempo pero no de decisiones que tomar. Importantes decisiones. Hasta entonces, la más importante de lo que voy de vivo. Fue intenso, también. Por un momento hasta fui feliz. Eso es lo extraordinario. La lección aprendida. Eso que nunca olvidare.

Sin embargo, como buen bastardo, fruto de la desgracia y el desamor, me interne en una clase de trance inacabable donde pase mi tiempo inventando escenas románticas a las que llamar recuerdos. Experiencias y sensaciones adquiridas mediante sueños incoherentes y bastante alucinados. Y es que, y a modo de último consuelo, pienso y pienso. Luego me desgasto y, finalmente, me arrepiento. Esto es el botón rojo. Es como decirle. ¡Despierta mierda! ¡¿No vez que estoy triste?! Ciertamente se trata de auto sabotaje. Pero tampoco es tan patético como suena. Vera, mi hermano, para colmo mellizo, es de los que prefiere abrigarse con odio a la hora dormir. Cosa que me desestabiliza, pues en sus sueños soy presa de toda clase de criaturas monstruosas. Gente sin rostro persiguiéndome fuera de clases, dentro de clases, etc. Dobles de riesgo emulando mis tendencias, pero con la diferencia de que estos si logran su objetivo. Ya sea bajo sus propios términos o los que robaron de mi. Musas destartaladas que se disfrazan entre mujeres de hermosa figura pero desfiguradas. Me besan en la frente y la mejilla para luego intercambiarme el rostro. Me envuelven y me mienten. Luego me devoran. Es ahí cuando siento el verdadero peso de la inmensidad en mi cabeza. Me tortura y luego me despierta. Pero, descubrí casi siempre de forma inmediata que caí en la trampa. Pues un sueño dentro de otro es eso precisamente. Todo esto colisiona de diversas formas. Lagrimas, si, pero también gritos y rostros desesperados. Reacciones tardías, y voy disparado a la cocina a beber un vaso de agua. Como sea, serán sueños y todo, pero son evidencia clara de lo descabellado que significaría seguir intentando seguir con los míos. Peor aun si le tenía, y a todas horas, masticando mi cerebro. Como un puto siamés.

Y es porque mi vástago, mi pasado, murió enjaulado el mismo día de su cumpleaños, que prefiero morir por inanición que revivir ese jodido infierno, que a modo de tardes melancólicas perturbaba los dos compartimientos internos de mi último hermano gemelo. Capturado como un turista sexual el día de su aniversario de bodas, en la espesa selva interna de nuestra trastornada sociedad. Por su culpa, es verdad, pues era un hombre débil que vivía de tropiezo en tropiezo. Aunque la palabra más adecuada sería decir que era un sobreviviente. Sin embargo, recordarlo carece de importancia. Después de todo, “esto” – recordarlo, recuperarlo, vivirlo – pierde vigencia y significado cada vez recuerdo cómo fue que decidí volverme hacia él, como un último intento de rescate, para luego regresar a mi ruta, decepcionado y dolido. Pero con la traición hasta el cuello.

Pero no puedo dormir. No quiero. Y es que no puedo forzar mi naturaleza. Lo que quiero es volver y regresar a salvo. Quiero asesinarlo sin tener que lavarme las manos ensangrentadas todas las noches tras hacer el amor. Incluso habla sobre reflexionar. Aprender a hacerlo sin fracasar. O por lo menos intentarlo sin abandonar. Pues quiere hacer productivo el ocio que suma, aunque tangencialmente, a la creación de su tan ansiada unidad. Eso llamado muchas veces como personalidad. Sin embargo su esfuerzo es una cuota miserable de ilusión. Además de intratable e inmanejable, las dosis de tortuosa esperanza que me regalaba. Pues no germina nada. Al menos no en su campo de acción diario. Ese, el de la vida “real”. Aun así, se esfuerza. Aunque no lo suficiente como para hacerse adulto y abandonar esta inmensa, e implacable, carrera sin fin. Sin embargo, esto nunca termina de hacerse notar. Se desvanece como la neblina en nuestra habitación. Desmantelando los castillos que creamos todas las noches. Sin mucho color, es verdad, pero en compañía. Salvo si logra cruzar esa jodida segunda dimensión. Pero no puede. No puedo. Y ese es por culpa de todas esas grietas. Lugares donde la consigna es siempre la misma, la tristeza aniquilando todos nuestros intentos de re direccionamiento. Como un mal chiste dibujando una incontestable sonrisa en mi rostro, comienzo a pensar que lo mejor sería cerrarle los putos ojos.

Pero insiste. Y lo hace sin miedo a las consecuencias. Dice, casi siempre y sin falta, que quiere reflexionar. Sobre muchos dilemas existenciales, si, pero, por sobre todo, con respecto a qué es lo que realmente significa una verdadera identidad. Acerca de sus características visibles, cada una de ellas violada por múltiples interpretaciones de diversa índole. Egoístas y sesgadas muchas de ellas. Además de contaminadas por incentivos externos, antiguamente, ajenos a nuestra voluntad. Y profundizar. Tanto en su lado oculto, que no necesariamente oscuro, y lograr obtener algo propio. Algo a lo que llamar nuestro. Pues el dinero se va rápido y ni si quiera lo siento. Y dudo que con él sea diferente. Ya ni hablar de las mujeres. Pues acaban rápidamente con lo que sea que llamen “relación”, cuando estas descubren que nuestro interés es más efímero que las verdaderas intenciones tras esos, sus, apretados jeans de entretiempo pseudo románticos.

Pero yo, por otro lado, lo que quiero es una razón para no desistir. Quiero tenerlo por más tiempo, a mi lado, hasta el hartazgo. Quiero su olor llenando mis pulmones con algo más que deseos oxidados y expectativas futuras, caducadas prematuramente. Sobre todo ahora que el momento de quiebre en este relato parece estar más cerca, pues cada vez se intensifican con mayor facilidad, el escalofrió diurno y nocturno, por mi espalda y alma, y eso hace que todo parezca a punto de colapsar. Es complicado. Sin duda. Ja.

Así pase mucho rato, créame. Preguntando, investigando, documentándome y etc. Todo por encontrar un hueco luminoso en el estomago de este gigante acomplejado que se trago el mundo el mismo día que descubrió que no encontraría sabor alguno en masticarnos. Pasa que quería hacer algo inaudito con el cual nadie encontrara en la típica postura indiferente una forma de cumplido solapado hacia su imponente persona. Y es que ya había alcanzado la madurez y aun tenía muchas “reuniones” que disolver. Muchos viajes que emprender. Pero se topo con este grupo humano, llamado tierra, que le malograron los planes. Entonces se enojo. ¿Puede usted odiarlo por eso? Yo no. Ya suficiente tenia con lidiar con su soledad, cosa que presumo es consecuencia de tan inalcanzable estatura, y todos esos antepasados suyos jodiendome con el tema de su herencia. Puede, sabe, que tuvo un mal día y nada más. Jaja. Como sea, igual ahora está jodiendome a mí con este tema del clima y la melancolía y todas esas cosas que me mantienen sujeto a mi butaca. Sip. Delicado.

Después de todo, al final, con lo único con lo que uno puede contar son con los recuerdos. ¿No? El problema es que los que yo conservo son unos jodidamente distorsionados. Unos que cada vez siento más lejanos. Melisa acariciando mi cabello en el parque un día “x” en una vida paralela “y” y en un futuro utópico “z”. También está, otra vez él, diciéndome que por fin se ira de caza y me dejara sus libros como herencia.  Eso sería fabuloso. Sin duda alguna. Aunque tampoco tanto, eh. Y es que, y ahora es primera vez que lo pienso, todo esto hace que una interrogante surja en mi cabeza. Es decir, ¿Qué pueden querer ellos de mí? ¿Qué pueden, Melisa y mi hermano, desear de mí? No tengo nada. Solo palabras y oraciones y párrafos y etc. Aunque con tintes de desgracia y odio suprimido, claro. Pero igual no es gran cosa. Por ejemplo, ¿Qué podría exigirme él a cambio otorgarme mi privacidad? ¿Dinero? No pues. Eso no le sirve. Es un fantasma, después de todo. No sé. Y es eso precisamente lo que me atormenta. Ya que lo único que se me ocurre, luego de pensarlo tanto tiempo, es que el objeto de su deseo sea, mi alma. Eso, da que pensar. Mire que hasta suena peligroso, ¿No? Uff. Yo creo que sí.  Lo otro es que le tenga envidia a Melisa. Eso puede que sea hasta peor. Mierda, me complico. Sip. Ya sé. Siempre lo hago. Ja…ja. Ok. Ya entendí. Continuemos.

La otra pregunta era; ¿Qué puede querer Melisa de mí? Jum. Eso es un misterio. Sin duda. Y es que al igual que el anterior caso (Ya me canse de llamarlo hermano, no se merece eso de mi) a ella estas cosas – dinero, palabras, poses, etc. – no parecen importarle. Nada. Nadita. Actitud con la cual, francamente, la encuentro, a ella y la imagen que tengo y voy armando, precisamente, sobre ella, bastante atractiva. (Irresistible) Sabe, dice que no es tan complicado como yo lo planteo. Y tiene razón. Si. Lo entiendo. Sin embargo, de ser así, ¿Qué coño hago aquí? Ahh. Hablar, expresarme, soltarme, etc. Buen punto. Es verdad. Para eso están los psicólogos. Ajam. Bueno, vera, ya que estamos en “confianza” le diré que antes encontraba bastante despreciable a los de vuestra clase. Cosa que no cambiara solo por usted. Pero igual creo la idea es ser honesto. ¿No? Ja. ¡Sí! Ya sé que me desvié del tema. Carajo. Fue intencional. Ok. Sigamos.

La cuestión era si tenía idea alguna de lo que ella quería que yo le diese. Bingo. Creo haber descubierto algo al respecto. Y creo que se lo diré de una vez. Mira que darle vueltas a un tema, y de forma innecesaria, es muestra ineludible de debilidad, ¿No? Eso es lo que ustedes dicen. Hasta Papá decía lo mismo. Bueno, por algo será. Jaja. Ok. Antes aclarare que no se trata de miedo. Nada de eso. Dicho eso, ahí va. Atrape ese balón. Puede que lo que realmente quiera Melisa sea mi corazón. ¿Se imagina? Eso es imposible. Maldición. Esta casi muerto. Ese órgano vital en mi interior. Hasta partido en dos. Uno para él y el otro para mí. ¿No se lo dije antes? Bueno, ya está…Sip. Acabo de entenderlo también. Es verdad. Con Melisa esos dos pedazos parecen reconciliarse. Incluso hasta recuperar algo de color. Eso es milagroso. A la mierda la ciencia, tío, eso es fantástico. Lo que ella hace en mi es purita magia. Aun así existe un desbalance. Sí señor. Soy consciente de ello. ¿Esto es a lo que se llama un acto de catarsis? ¿No? Ah, pero estamos cerca. Jajaja. Ya. Lo siento. Tratare, si. Hasta pondré cara de serio. Sabe, debí peinarme hacia atrás. A ella le gustaría. Si. ¡Sí! Ya entendí. Volvamos.

Dude mucho al principio. Muchísimo. Pero una vez lo comprendí, que no es lo mismo decir que lo entendí, todo estuvo clarísimo. Una bala en la cabeza era lo ideal. Eso hubiera sido perfecto. Bellísimo. Tanto como su sonrisa. Siendo cursi, claro está. Pero… ¿De dónde carajos sacaría una pistola? Eso jodio mis planes. Si. Ja. Y al principio, todavía. Luego cavile algo mas practico. Hablo de la muerte por sobredosis. Eso pasaba todos los días. Uno se entera por la televisión y durante el desayuno, supongo a modo de condimentos. Son gente considerada, los periodistas. Es sarcasmo, por si acaso. Doc. Bueno. Entonces no debería ser extremadamente difícil. Asumí. Otra vez. Jaja. Pues llegado el día de “hacerlo”. Paso que me deprimí. Sí, eso era algo inevitable. Ahora que lo dice, puede que debí haberlo visto venir. Eso fue torpe de mi parte. Como sea, cuando iba a ir a la universidad, toda esa mañana sufrí el infierno. Lo juro. Fue jodidamente triste. Pasaron por mi cabeza todos mis errores. ¡Todos! Ya se imaginara usted lo tortuoso que fue “hundirme” – odio esa palabra, pero ya que – en esa desgraciada sensación de insatisfacción extrema. Me sentí tan miserable como el día en que nací. Estoy seguro que nunca he llorado tanto como cuando recién nacido. Uno puede creer que la razón de porque lloramos cuando llegamos al mundo es por felicidad o por miedo. Hasta dirán que por necesidad. Yo creo que lo hacemos por el dolor que significa respirar el mismo aire que luego, y lo presentimos, odiaremos por el resto de nuestras vidas. Dramático o no, creo que tiene sentido. Al menos para mí. Nunca he sido una persona positiva. Salvo mi familia, el resto de gente con la que llegue a intimar tampoco lo fue. Así que asumamos que el odio propio es lo primero que experimentamos al nacer. Esa horrorosa necesidad por los demás. Luego transformada en una variedad de muestras de expresiones, artísticas dirán unos, que a modo de canciones, palabras, imágenes, terminan apuñalando nuestro cuerpo y drenando nuestra sangre. Todo hasta obligarnos. Hasta arrancarnos nuestros rostros con nuestras propias manos. Si. Los dientes están para despedazar nuestro corazón. Solo después de extirparlo con, otra vez, nuestras manos. Por eso es tan importante tener las uñas cortas. Pues de lo contrario sería como hacer trampa. Cosa que repercutiría en el efecto final de la experiencia. Le quitaría lo sublime. Exacto. Sería como no lavarse la boca antes de besar a la chica de tus sueños. Tanto como correrte en tus pantalones una vez la tienes sentada sobre tus piernas. Prácticamente sería algo vergonzoso y al mismo tiempo incompleto. Por eso el suicidio es tan hermoso.

Aunque, claro, no logre morir. Aja. Patético la verdad. ¿Sabía usted lo importante que es la dirección del corte, y la profundidad, a la hora de clavar el cúter en las muñecas? Nop. No encontré bisturí. Además, la publicidad con respecto a ese dato está bastante atrofiada. Lo correcto es hacer un corte y con presión en paralelo al brazo. Ósea no en horizontal. De ese modo las venas se quedan abiertas con mayor facilidad. Esa es la diferencia que decide, al final de tu acto, si vas al hospital o la morgue. Aun así tenía casi todo listo. La tina, aunque era un lavador circular de polietileno-plástico-color rojo con agua caliente y lo suficientemente grande como para contenerme sentado, aunque apretado, claro. Las aspirinas ya las había ingerido como media hora antes. Así que no había problema con la sangre cuando comenzara a coagular de forma “inesperada”. Aun así, claro, tuvo un miedo horrible. Pero, bueno, igual estaba decidió. Cosa que pasó. Sin embargo, como dije, no lo había planeado cuidadosamente. Mi plan era otro. Sin embargo, más importante aun que estar determinado e informado, con respecto a la estrategia y posterior ejecución del acto en cuestión, es la privacidad. Eso fue la cagada. Tenía que haber cronometrado al milímetro el tiempo que tardaría en morirme. Carajo, no es una muerte rápida. Las pelis mienten feo alrededor de esto. Joder, más que motivar lo que hacen es confundir. Es decir, son litros de sangre los que tienes que exprimir de tu cuerpo. Bueno, ya se va formando una idea de cómo acabo aquel “desesperado acto por llamar la atención”. ¡Putos Psicólogos! ¡Terapeutas! ¡Médicos! ¡Profesores! ¡Familiares! ¡Conocedores! ¡Gente Informada! ¡Bomberos! ¡Enfermeros y enfermeras! ¡Todos! ¡Mierda! Ya. ¿Qué? ¡No! Estoy bien. Descuide. ¿No tengo derecho a despotricar de todos esos mierdas que tanto tiempo me hicieron perder? ¿Acaso yo les pedí consejos o recetas médicas y demás barbaridades? Si. Tampoco tiene usted nada que ver. Típica posición. Descuide. Ya fue. Ya paso. ¿No? Of Course.

Aun así déjeme decirle que estoy en perfecto estado mental y uso de mis capacidades. Ya deje de escribir hace varios meses. Así que por ese lado, todo tranqui. Hasta tengo enamorada. Jaja. Bueno, como iba diciendo. Fue mi hermana quien me encontró casi muerto en el baño. No sé cómo se me ocurre hacerlo a la hora que aproximada ella sale de su colegio. Mierda. Lo peor es que hacía dos semanas nada más que había ella finalmente aprendido a usar su llave para abrir la cerradura de la puerta principal. Jaja. Si. Olvide, para variar, ponerle seguro a la puerta. Joder. Uff. Ya fue.

Sabe. Ya me quiero ir. Esta que me timbra desde hace un rato. Incluso comenzó a mandarme mensajes. Cosa que no suele hacer. Además ya se acabo la hora. ¿Una conclusión? Bueno. Ahora que lo pienso. Creo que el mayor problema que tuvo mi hermano fue que se odio mucho más de lo que los otros le odiaron. Pero no importa. Pero puede que sí, ¿No? ¿Doctor? Ja. Sabe. Si le hiciera una confesión, le diría algo tan sencillo pero al mismo tan magnífico como un abrazo y un beso. Sip. Yo lo ame mucho. Y fuertemente. Pero ahora esta como hipotérmico. Aislado e incomunicado. Aun así, toca verlo todos los putos días. Ya sea a la hora de lavarme la boca, de peinarme y hasta cuando voy a mear y cagar. En el reflejo. Jode. Pero igual voy acostumbrándome. Creo vamos conociéndonos mejor. Ya no tanto como manipulador y manipulado. ¡Sí! Justo finalizando el semestre. Simpática casualidad. Pero, bueno, tiene usted razón. Ya que pronto empieza otro. Tampoco es que pierda su gracia después de usarlo ya en varias ocasiones. El tema de las segundas oportunidades. Jum.

Aun así, gracias, estuvo interesante lo de hoy. Adiós. ¿Qué? ¿Quién es? ¡Es Melisa! ¡Por el amor de dios! ¿No me escucho? Ella es la chica a la que amo. Ajam. Si, y mucho. Tanto que, ciertamente, no sé si ya deje de hacerlo. Eso de jugar al escritor. Con ella es distinto, usted lo sabe. Y es que escribir es una sensación inclasificable. Es Amor y Dolor. Es asfixiarse indeterminadamente y luchar por encontrar las palabras necesarias para describir lo que se siente. Pero, es también cruzar fronteras prohibidas y vivirlas. Sobre todo eso. Eso último tiene un simbolismo particular en estos casos. Amor platónico o algo así. No sé. Ja. Nunca intente dármelas de filósofo. Menos mal. Sobre todo ahora que vivo entre imposibles intentos de reconciliación y ansiados viajes de carretera. Como la eterna musa desilusionada de esta romántica y épica novela, y aun sin titular.  Otra vez tratando de sonar poético, lo sé, pero no importa, creo. Todo eso es para mí el vivir enamorado de Melisa. Cosa a la que solo puedo contemplarle una única salida. Y es la de finalizar este relato. Eso es todo. Adiós.

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