1

Odio lo rápido que pasan los años. En un pequeño instante ya estás muerta. Y luego, de repente, estas ahogándote. Y lo sientes. Sientes como te divides entre minúsculas partículas, todas hijas tuyas, en direcciones desconocidas. No todas, claro, pero si la mayoría. Como bastardos. Sin embargo lo intentas una vez más. Vuelves a cerrar los ojos pero para cuando los abres te encuentras sobre un océano de sangre. También odio eso. Esa sensación de inconformidad incordiando los momentos de tranquilidad. Como si el fracaso constante de no poder encajar, además de las limitaciones propias – tanto académicamente como socialmente – que durante tanto tiempo encube, por fin lograse manifestarse en un idiota, pero jodidamente constante, pensamiento suicida. Lo odio tanto como ir al cine por puro compromiso y tener que sonreírle a un desconocido, supuestamente, atractivo. Tanto como tener que agachar la cabeza y “saborear” la inmundicia del vampiro tuberculoso de turno. Sobre todo cuando tengo que aprender a nadar. Para así poder seguirle el ritmo a mi cadáver que no deja de alejarse entre las distintas corrientes salvajes de un espeso e inagotable océano de azufre rebosante de color rojo.  Como una perturbación neuronal atrofiando mis buenas intenciones en puras malas ideas. Conclusiones que aquellas enormes proporciones de odio dieron vida aquel día en el que mi Fantasma se encontró con su muerte. Corrientes violentas e infernales. Lo peor, sin duda, es que así es como se supone que debo ser feliz. Tratarlo por lo menos. Eso jode. Pues confunde y atormenta. Como un mal chiste extremadamente prolongado. Horrible.

Pero igual lo recuerdo. Quizá como parte de mi historial de errores. Pues a toda luces eso es lo que el “debería” representar para mí. Dadas las circunstancias de nuestro encuentro y todo lo que eso implico en nuestras respectivas familias. Luego están las heridas que nunca supimos como curar ni olvidar. Sin embargo, es evidente también que algunos errores dejan de serlo, aunque sea por unos breves instantes o edades – estimados de tiempo indeterminados -, cuando estos se disfrutan en su máximo esplendor. Sobre todo teniendo en cuenta el nivel de sinceridad en el que nuestra relación se movilizaba. Entre silencios interminables, si, pero extrañamente comunicados también.  Aprendimos así, casi de forma empírica, a entendernos y, en consecuencia, a querernos. Pero, aun así, podría consolidarse como un breve error, pero con más cariño que rencor, pues, maldición, es innegable que nunca nos abandonaremos. Y es que fue cuando colisionamos que sentí por primera vez que la sangre fluía por mi cuerpo sin condicionamientos preestablecidos, con respecto a las idea heredada del éxito como estricto hilo conductor de mi vida, ni prohibiciones, con respecto al fracaso y el miedo a fracasar de por medio. Ya que nos jugamos nuestros destinos entre caminos inciertos en el camino. Como una pareja de improvisados enamorados contemplamos nuestros respectivos panoramas durante vidas enteras y al mismo tiempo solo noches ardientes. Y es que compartiendo nuestros miedos y alimentándonos con nuestro juvenil amor forjamos ese recuerdo que ahora me sirve como punto único de apoyo. Calmando mis nervios y cambiando de perspectiva continuamente. Pues él nunca fue de los que permanecen muertos por mucho tiempo.

Como cuando, enamorados los dos, juntamos nuestros corazones por primera vez. Cuando la presión en mi mente, por la emoción de haber hecho posible lo imposible, expulsó mis dos ojos, dejando solo un par de cuencas vacías sobre un rostro que por aquellos tiempos aun conservaba su nombre original. Cuencas oscuras pero llenas de un líquido incómodo y familiar. Bebimos. Ambos y sin mediar palabra alguna, mientras que de sus ojos se escurrían lágrimas calientes marcando con fuerza su camino, uno hecho de puras heridas pero mágicamente cauterizadas, hacia el resguardo prometido. Le observaba y el miedo comenzaba a hacer lo suyo con mi autoestima. Surgían tantas preguntas. Y no aguante.

-¿Pasa algo?

Pregunte tratando de hacer notar que esta vez si quería una respuesta y ya no evasivas ni prorrogas. Ni mucho menos silencios.

-Puede ser. Te das cuenta, ¿No?

No sabía bien que pensar. ¿Si me daba cuenta? Quizás. De ser así no quería acertar. No quería tener la razón. No ahora.

-Creo que sí. Pero no quiero.

-…

-¿Acaso no quieres quedarte?

Ciertamente estaba yo algo insegura con respecto a cuál sería su decisión. Por un lado preferiría que se quedase, pues nos hacía bien estar juntos. Pero sucedía, también, que existía una inseguridad creciente. Y ello comenzaba a hacerse notar. Inseguridad con respecto a si seriamos capaces de seguir adelante. Pues por más que el amor lo pueda con todo. Éramos jóvenes. Y cuando eres joven el asunto del amor es extremadamente delicado. Tanto que muchas veces resulta insoportable. Pero esas solo eran divagaciones. Escenarios innecesarios. Pues durante aquel pequeño intervalo de tiempo compartimos mucho más de lo que cualquier pareja bien realizada, cimentada y etcéteras, podría si quiera intentar jactarse. Aun así, no paso nada. Solo aguarde una respuesta.

-¿Sabías que el destino solo es un nombre? Una manera de justificar una atracción irrefrenable. Pues cuando ese concepto logra imponerse sobre nuestras ideas, lo que sigue son las decisiones. Como esperar que la magia del primer beso sirva de combustible para toda una vida compartida. Todos esos conceptos preestablecidos son solo agentes contaminantes. Es irreal. Pues cuando se está solo y con el infierno haciendo intolerable nuestros espacios es cuando aprendemos de nosotros y nuestros límites.  Eso quiero para nosotros. Ya lo entenderás. Si. Eso presiento.

Eso fue lo último que se escucho durante aquella breve plática. Sus lágrimas ya habían parado para cuando las marcas terminaron de plasmarse en su rostro. Nuestros ojos seguían fijos. Mirando a la incertidumbre con el mayor coraje que podríamos expresar con miradas puras y sinceras. Lo recuerdo como una fotografía perfecta. Esa imagen añorada que siempre me acompaña. La de sus labios perdurando por siempre con los míos. Juntos contra la inmensidad de lo desconocido. Susurrando palabras románticas termino conmigo. Bajo el océano color rojo de mi mente. Con un fuerte abrazo. Tanto como siempre desee hacerlo. Mirándome hasta que termino con el silencio. Fue entonces que sentí eso que todo el mundo llama amor. Cuando pausadamente se acercó hacia mí y humedeció mi cuello con sus labios. Para luego acercarse en secreto hacia mi oído y decirme lo que siempre quise escuchar. Luego desapareció. Y con su partida un nuevo capítulo empezó. La del primer infierno violando y asesinando nuestras almas.

Reviviendo dichas escenas me interne en un asqueroso flashback. Donde las imágenes en movimiento son producto de una retorcida imaginación. Además de propia. Eso sí. ¿Pero que buscaban? ¿A quién buscaban? la verdad, no tenía idea. Aunque es más probable que no quería saberlo. Sus rostros eran perfectos. Unos recontra tipificados, sí, pero extremadamente indignados. Como correspondía. Madres de familia arrastrando, cada una con su respectiva soga, una serie de cajas fúnebres. Ataúdes vacios donde, presumo, nacieron en algún momento, mucho antes del último desencuentro con nuestra espiritualidad y realidad, mujeres deseosas por amar y ser amadas. Abundaban escenas como estas pululando sobre nuestras cabezas. Y cada una más bizarra que la anterior. Eran la colectividad ciudadana exigiendo justicia. Era obvio que se habían enterado de que la hora de la “reconciliación” había llegado. Y era obvio, también, que sus intenciones no estaban del todo claras. Ni si quiera pare ellos mismos. Aun ahora habían toda clase de grupos entre la multitud. Algunos venían con buena fe, si, aunque eso de buena fe es bastante discutible. Y es que se trataban más de rostros desesperados en busca de algo calientito a lo que llamar experiencia de vida que hombres realizados y satisfechos con sus vidas. Otros traían odio acumulado y a punto de ebullición. Supongo que se trataba de gente que nunca se sintió cómoda en este mundo. Pasa más seguido de lo que se podría creer. Personas que tienen a la nostalgia como principal piedra en el camino hacia su corazón. Aunque podría decirse que se merecen esas cantidades impresionantes de odio que tienen en su interior. Ya que la mayoría de esa clase de humanos eran las del tipo de gente estafada por esa cruel idea de éxito que, sin embargo, olvidan que la heredaron y aceptaron todos con rostros muy orgullosos, para con ese arquetipo ilusorio de seguridad a la cual llamaron estilo de vida. Todas personas que en su momento disfrazaron sus ideales en clases diversas de gratitud, a modo de muestras de falso desprendimiento, y del gratuito también. Como abandonar el crecimiento espiritual por el superficial estándar. Eran “hombres” defecados con ese burdo toque modernidad que nunca deja de estar en boga. Entre jóvenes de espíritu y las viejas almas del pasado, que sucedieron a mí derrotada generación, comulgaban en público sus retorcidos planes de redención. Buscaban el perdón, si, pero a su manera. Ósea, dignamente. Cosa hilarante, la verdad, que aun ahora mantiene virgen ese chiste que a nadie dio risa. Hablo de sus pecados. Pero había uno de entre todos que sobrepasaba lo gracioso hasta llegar a lo enfermizo. Se trataba del más cruel de todos. Además, también era el más evidente de todos. De ahí que ahora se hable de generaciones desperdiciadas. Como si todos juntos hubiesen decidido irse a la mierda. El detonante era de un impacto tan estridente que llego al nivel de la estupidez absoluta. Hablo de creer merecer esa cuota de misericordia por parte de su creador. Pues creyentes o no, todos creían deberle algo a alguien, pero casi nunca pensaban en ellos mismos como sus propios, e incondicionales, acreedores finales. Ciertamente, se trataba de una puta locura. Eso de creer que merecemos ser felices.

2

Luego vinieron las orgias de odio. Tsunamis insufribles de odio y tristeza amotinando los corazones de sus dueños contra su voluntad. Haciendo que cada decisión tomada cayera en el impredecible juego del infortunio. Junto a incendios de multitudes que al finalizar las distintas modalidades de concentración colectiva, Suicidios y Matrimonios masivos, dejaban un maloliente olor en los pulmones de la ciudad. Fue durante una de las replicas que perdí a mis padres. Durante una de estas actividades, de las que eran asiduos consumidores, paso que descubrieron ambos, finalmente, que no se amaban. Eso fue tremendo. Luego de esto yo ya no supe que hacer. Caí presa del odio y mis hermanos de generación se perturbaron para siempre, con letreros inentendibles sus padres les abandonaron en el agujero putrefacto de sus “escrupulosas” conciencias. Asumiendo roles prohibidos y esparciendo lenguajes ocultos como bastiones esperanzadores durante la guerra, trataron de olvidar. Pero fracasaron. Y es que el daño ya estaba hecho. Ahora tocaba vivir con las consecuencias. Como leer a diario mensajes extraños, tales como; “Adopta hijos míos y el perdón será tuyo por siempre”.  Se trataban de ideas incoherentes, casi todas, como los realitys de tv contaminando, por medio de ondas invisibles, los cerebros de reclutas innecesarios para un país ya colapsado. Cultura de bolsillo y para todos los públicos, patriotismo obligado deformando una estructura nacional que ya de por si era débil y fácil de derrumbar, todos juntos de la mano flotando como desagradables recuerdos. Iban y venían en mi presencia. Mi hogar había dejado existir y yo ya no tenía espacio donde guardar mis pecados. Ahora me tocaba interpretar a la joven decapitada, muerta por sobredosis de idealismo e inseguridad, para de ese modo poder seguir aguardando. Y pacientemente con la esperanza de que algún cambio llegaría. Con un rostro amable, al cual le daría nombre y apellido. Para luego llamarle familia. Entonces lo recuperaría. Su rostro y el mío perpetuándose entre románticas correspondencias al final del día. Cuando el Sol ya ha muerto y la Luna llena nos protege. Pues nos regimos bajo impulsos imposibles y, al mismo tiempo, compartidos. Juntos al caer la noche, en mi cabeza y su inagotable e inquebrantable imaginación, y frente al inmutable universo que nos distancia. Siempre al final del día. Siempre con una sonrisa.

Sin embargo, ahora casi todos quieren dormir. Por cuánto tiempo no lo sé, pero están decididos. Al menos en teoría. Pues pasa que el mundo es ese escondite que nadie puede permitirse olvidar. Metano en el aire y vírgenes decepcionadas, (mujeres independientes que vendieron su corazón a traficantes de ilusiones) producto de confrontaciones perdidas, en el cielo y  por parte de los hijos de la tierra. Cuando entre celebraciones nos autoproclamamos libres. Y solo porque nadie acepto sus pecados durante la ceremonia. Aquel efímero intento de reconciliación. Nadie. Se veía venir en cierta manera, mierda que el castigo por aceptar que vendimos nuestro mundo a cambio de la adquirir de forma inmediata la capacidad de gesticular cumplidos sin que nuestros escrúpulos nos jodan con la tarea. Que puta farsa fue eso. Pero, al mismo tiempo, fue una movida casi perfecta. Como un auto sabotaje masivo. Pues cada familia, y persona en general, puso su cuota a aquella estafa. La mayoría fueron bastante optimistas al respecto. Sin embargo algunos, los reticentes y desconfiados de siempre, sorprendieron a todo el mundo. Pues disfrazaron su miedo, del tipo contagioso, en una clase de indiferencia, pseudo nihilista, colectiva al llegar a las urnas. Ciertamente, fue un acontecimiento brillante. Es decir, por lo hilarante de las circunstancias. Pues si los “inteligentes” y “lucidos” se rendían, la verdad no había duda alguna de que ya estábamos bien jodidos. Y fue así, y no hubo vuelta atrás.

Y aunque todo eso no me comió la cabeza, lo que si paso fue la perturbación. Gentes, presas del pánico, sacrificando su conciencia por algo que sacie su hambre. Había infinidad de clases de confesiones. Patéticas casi todas. Incluso Papá se sumo a la desesperación. “Querida, si te decepcione te pido perdón. Aun cuando esto puede no signifique nada. Pues me pasa que soy humano, así como lo fue Dios en su momento y no hay nada de lo que no sea capaz por tu perdón. Aun si traiciono los recuerdos que atesoraste durante nuestro matrimonio, te pido perdón. Pues soy hijo de mi padre y no sé cómo afrontar las herencias no deseadas. Sinceramente, tu esposo”. Esto último lo escupió mi padre antes de suicidarse. (Papá había sido infeliz durante muchos años y en consecuencia Madre también lo había sido. Y, bueno, como daño colateral por las actividades anteriormente mencionadas, acabo todo para el con un repentino ataque de conciencia brutal que, evidentemente, mi progenitor no pudo resistir) Instantáneamente después de que aquel ruido, producto del disparo en el baño de la habitación patriarcal, se propagara por todos los espacios de la casa, comencé a criar algo desconocido en mi interior. Algo prohibido. Amor y Odio, todos juntos en el fondo de aquel olvidado recuerdo. Pero lo tenía ahí, tan cerca. Su rostro y sus sonrisas. Pero nunca podía tocarlas. Eso era lo peor. Así que, luego, decidí seguirles el ritmo de vida a los demás. Pero aun así nunca pude olvidar. Es decir, mi Fantasma seguía conmigo. A contracorriente, en cuanto al tiempo y la distancia, y contrariado como de costumbre. Es decir, aun presente. Así que comencé a extrañarlo. Eso, y no tiene caso negarlo, dolió un buen tiempo.

Años después. Vidas después. Experiencias agradables y desagradables también. Todo paso de largo. Como cortometrajes silenciosos en mi cabeza. Nada había concluido del todo. Es verdad. Pero todos habían aceptado esa idea, una seguramente concebida por algún líder político con verdadero carisma, como propia. Era irreal, pero por un lado era algo estacionario. Ósea que de algún modo nos habíamos logrado acostumbrar a esta nueva corriente. Capitalistas aun, si, pero sin tanto rencor. Al menos eso decidí creer en su momento. La verdad, sin embargo, puede variar de formas inimaginables. Como aceptar el concepto de hipocresía colectiva como un verdadero mecanismo de defensa local con la cual auto engañarnos con los artificiales brotes de prosperidad. A modo de crecimiento íntegramente económico y empresariado de clase media. Eran varios, y distintos, los escenarios actuales, pero todos tenían algo en común. Se trataba de la motivación. Eso no existía. Ni en las escuelas ni en las universidades ni en el trabajo ni en nada. Pues la idea era clara. Ahora tocaba cosechar frutos ilusorios para envolverlos en el silencio total que todos los hogares comparten. Si surgía, de la nada e inesperadamente, alguna muestra de inconformidad, la cosa era clara. Había que erradicarlo. Esto ya no era estrictamente interés de los estados ni organizaciones privadas. Al contrario, pues se trataba de una actividad disciplinaria compartida por todos nosotros como sociedad. Y funciono. Al menos por un tiempo. Tiempo en el que nos mimamos unos con otros con deliciosos distractores, y a tiempo completo, aunque luego nos diese cólico. Tales como el futbol, la televisión basura y demás pilares estereotipados que absolutamente en todos lugares existía y abundaba. De ahí el maloliente olor a progreso que a tantas cabezas termino liquidando.

Hasta que  le recupere, de entre los escombros agonizantes de un país destruido. Lo entendí entonces. Nuestro irreversible lazo que se manifestaba dentro de mí  interior dos. Ese apoyo invisible. Como la extraña resistencia anónima que crie en el subconsciente al finalizar mi adolescencia. Cuando mis “hermanas” murieron y no supe muy bien cómo reaccionar. Aun así, dadas a circunstancias ajenas a mi control, mi cuerpo respondió a su propia manera. Pues así como todos a mí lado comenzaron a llorar, en aquel funeral que curiosamente fue una semana antes de mi cumpleaños número veinte, mis ojos no se quedaron atrás. Fue así como aprendí a llorar sin sentirlo de verdad. Fue así que lo encontré. Todo malherido, y no solo físicamente, y, dolorosamente, desconfiado. Éramos jóvenes. Aun lo somos, si, pero fue durante aquel primer reencuentro que explosiono dentro mío una bomba de emociones excitadas. Al parecer el temporizador de la bomba de relojería que tenía por corazón, encontró en su lastimada mirada al animal herido del que me ilusione. Lo abrazase y lo inevitable sucedió. Me enamore de mi Fantasma. Fue entonces que se formo como una incondicional presencia para el resto de mi vida. Fue de este modo que termino aquella sedentaria sensación de aturdimiento global. Pues gracias a nuestras palabras compartidas, y no iba ser de otro modo, durante aquel intercambio de bellos sentimientos, me encontré una vez más. Fue así que todo volvió a joderse. Aun así, lo disfrute. Pues fue perfecto. Nuestra fuga. Nuestro amor. El segundo infierno.

3

Exactamente treinta años y aún conservo el sabor de sus labios en los míos. Lo recuerdo ahora porque lo necesito. Innegablemente. Como cuando el necesito de mi calor, y entre mis brazos se abrigo. Fue rápido nuestro romance, si, pero fue la clase de bigbang sentimental, e interno, que nunca se olvida. Me conto su historia. De porque se alejo de mi lado. Como cuando una especie de sinapsis frustrada, producto del miedo, nublo mi visión. Tanto que acabo expulsando mis débiles y sensibles ojos de mi cuerpo. Como alguna clase enfermo requisito para amalgamarme con mi insociable compañero. Frustrante también, pues lo tenía a tan solo centímetros de distancia y tuvo que mudar de piel, y por segunda vez según me dijo aquel fatídico día Viernes de hace diez años.  Pasaba mi mano por su rostro tratando de adivinar que es lo que le estaba sucediendo. Sentí entonces como se desquebrajaba. Como las figuras de porcelana que mi abuela logro conservar después del holocausto nazi, y que destruí lanzándolas al suelo, en un ataque de enfermiza desesperación – pues no me sentía parte de eso que desde niña me acostumbre a llamar hogar –  aquel malogrado día del Padre. Y seguía mutando exteriormente. Eso no me importaba mucho. Es decir, podría ser, el, alguna clase de cuasimodo y eso no haría mella en mi verdadero interés. Lo que yo quería hacer era tocar su corazón. Pero al ver como se desvanecía, deformando la naturaleza inicial de mis ingenuas ilusiones de amor compartido y de reciprocidad emocional, sentí que tenía que hacer mi movimiento. Antes de perderlo por siempre. Pues prefería al Fantasma de mis sueños que a este nuevo personaje. Pues desconocía mayormente las intenciones ocultas que este ente interno suyo traería consigo. Como un Camaleón autodestructivo en busca de un violento final. Así que le arranque su corazón y me lo trague. Y en consecuencia ese día me puse más triste de lo normal. Tanto como morir despierta.

Sin embargo en nuestra segunda oportunidad las condiciones eran distintas. El ya no era el joven iluso de antes, ni yo la musa destartalada de sus primeros poemas. Volvió entonces a su relato. Sucede que días previos a nuestra primera unión, él se reencontró con su canción, y la retomo donde se había quedado. Antes de retirarse voluntariamente de mí camino. De nuestro camino. Fantasma se sumergió en las castrantes habitaciones de su hipotérmico interior dos. Atestigüe, entonces,  los distintos niveles de dolor que tuvo que soportar. Todo antes de rendirse. Todo por evitar que la locura en su interior germinara por los constantes riegos de insatisfacción e incomprensión a su alrededor. Recuerdo morir con su mirada como si se tratase de una última mirada. No parecía exigir nada. Ni tampoco se presentaba triste por su inminente destino. Fue algo curioso. Pues no expresaba absolutamente nada. Tampoco es que se hubiese quedado petrificado con la mirada clavada en algún oceánico vacío de su mente. No pues. Era algo bello, aunque extraño también. Como cuando en tu rostro se dibuja una sonrisa involuntaria luego de un inesperado beso. Pero verdadero. Pues lo sientes sincero.

La culpa fue de esa canción. Además de suya. Pues fue débil. Aunque no tanto como al parecer iba a ser. Pues no jalo el gatillo, salvando así a su cabeza de un agujero imposible de solucionar, y es por eso que aun mantuve viva mi esperanza. Pasaron por él, innumerables emociones contrariadas. Para variar, sí, lo sé. Tantas que escapo, y con paradero desconocido. Al menos hasta saber que se aventuro con entidades extrapolares. Asesinando corazones y viajando, junto a ellos, dentro de sus víctimas. Como un nómada sentimental tratando de escapar de una frustrada naturaleza heredada. Comulgando entre Hombres Lobo desprovistos de misericordia. Mezclándose con toda clase de Fantasmas Descorazonados acabo, finalmente, perdiéndose en ambientes intangibles. Donde la piedad no existía y donde la memoria era la principal arma de tortura. No imagino, al menos no en toda su magnitud, el total de las atrocidades que habría cometido, junto a su jauría, antes de reencontrarnos. Ciertamente sería ridículo decir que fue un hombre digno. Ya que, además, eso no importa. Pues sucedía que tampoco era yo el tipo de mujer recta y saludable que se supone debí de ser. Pues Melisa la prospera y decente había muerto tiempo atrás. Entre las viñetas ocultas de los indistintos infiernos que vivimos. Y es que los daños colaterales de nuestra relación siempre me han alcanzado. Muchas veces con una intensidad de considerable dolor, si, pero otras brindándome una especie de tranquilidad inmutable que me ayudaba a resistir los meteoritos diarios. Exquisita, también, porque solo podía ser perturbada cuando recordaba que casi conseguimos separarnos. Pero no paso. Y aun no sé muy bien porque.

Contemplando lo magnifico que la naturaleza puede llegar a ser, pues el cumulo denso de melancólicas nubes estacionarias sobre la ciudad finalmente desistió, siento un escalofriante frio recorrer mi espalda. Exactamente como cuando lo rescate. Su miedo y desesperación. Jodidamente contagiosas. Trate de tranquilizarme y entre copas llenas, y en ambientes silenciosos y vacíos, me recupere. Comprendí que no solo se trataba de los rezagos, a modo de la nostalgia radioactiva introduciendo diminutas agujas en mis ojos hasta forzar las calurosas lágrimas de todas las tardes. Cosa que me encapsulaba en una clase de burbuja toxica e incandescente al llegar la noche. Pues ese “algo” en mi interior comenzaba a crecer. Lo sentía incordiando en lo profundo. Como una prematura muestra de insatisfacción y locura, presentí mi siguiente movimiento. Ir de visita hacia el ginecólogo. Sin embargo ¿Podría servirme de algo esta nueva información? Sobre todo ahora que ya no lo tenía a mi lado. Ahora que ni mis verdades, a modo de palabras bien intencionadas – pues nunca le mentí ni, mucho menos, engatuse, ya sea a beneficio mío o suyo -, pueden ayudarle. Pues esta distancia es tan implacable que preferiría extinguirme en besos y abrazos suyos. Ciertamente esta necesidad es insana y prácticamente incontrolable, pero quiero creer que viviré lo suficiente como para convertirme en esa canción que salvara su cabeza. Frustrando una innecesaria decapitación. Eso quiero. Eso deseo.

Aun así, la verdad, no soy ingenua. Sé muy bien que no somos especiales. Ni tan si quiera para el reciclaje masivo de cada medio año. Sin embargo, aun así compartimos nuestras vidas con las de otros. Muchas veces de forma inconsciente, cosa que solo algunos se atreven a llamarlo amor, mientras que en la mayoría es prácticamente algo que viene con el paquete completo de la vida adulta. Pero, aun con todo y el protocolo, las preguntas siguen su curso. Buscando respuestas en personas inexistentes. Como quien le sonríe a la muerte. Pero esto toma forma de verdad cuando la idea de muerte y la de libertad confluyen en un momento de absoluto miedo y terror. Eso, creo fervientemente, si es Amor. Al menos tanto como un altísimo estado de excitación – y no solo sexual – y de gracia incondicional. Eso era una meta bastante razonable, dado el fuerte magnetismo que compartíamos. Pues como todo producto dañado, como sin cuidado alguno se considero en contadas pero significativas ocasiones, el creía que yo podría alcanzar la madurez a través de sus experiencias. Cosa imaginaria, sí, pero romántica también. Sin embargo, el problema era que éramos compatibles. Esto no quiere decir almas gemelas ni “el verdadero amor” ni mierdas parecidas. Pues compatibles, como yo lo entiendo, se trata de compartir. Además de un entendimiento natural. Entonces me movilice. Buscando en lo más profundo de nuestras experiencias compartidas. Regurgite recuerdo tras recuerdo, hasta encontrarlo. Si. Hasta recuperarlo.

Ahora con treinta años marcados en mi semblante, fluye una extraña enfermedad en mi interior. Extraña porque no parece ser maligna. Son los síntomas, sin embargo, los que me tienen intrigada. Además de entregada a la poesía cursi. Heredada por aquel desubicado adolescente que aprendió, junto al tiempo transcurrido, que es mejor dejarse llevar que imponer una reticencia innecesaria, además de inerte.  Pues sabe muy bien que es peso muerto en la magnificencia del mundo y sus incontables muestras de compasión. Y como si se tratasen de besos pasionales de buenas noches, mi Fantasma volvió a desaparecer. De ahí en adelante el panorama se ensombreció, y el cielo nublado tampoco ayudo, tanto que desee haberle hecho alguna promesa. Pues ahora, masticando día a día las consecuencias de mis errores, busco su rostro en las densas expresiones de mi ciudad. Como, por ejemplo, el miedo a la soledad que termino arrastrándome a una intolerable asociación. Hablo, evidentemente, de mi matrimonio. Ya son cinco años desde que di el “Si” y salte de un prometedor altar a una cojuda cámara de tortura. A modo de rutina y tedio. Sinceramente nunca me imagine en esta situación. El ahogarme en todo tipo de nostalgia. Entre ansiedad y soledad. Tratando de recuperar algo de aquellos días tormentosos, sí, pero compartidos al fin y al cabo. Y es que de repente me sentía muerta y sin forma alguna de remediarlo. Francamente preferiría que caiga el cielo, casi siempre pesado, sobre mí a seguir conservando esta desgastada mirada, producto del aburrimiento y falto de pasión en los interiores en esta prisión, supuestamente, cultural (Apropósito de las “buenas” costumbres), y espiritual de reforma. (Llamada, también, matrimonio religioso)  Francamente pareciese que los dioses hubiesen sido reducidos a simples hombres. Pues deambulaban todos sobre la tierra, al igual que el primer infierno sufrido por la humanidad, conformes y felices y positivos y optimistas y tolerantes y etc. Entre lo políticamente correcto y lo socialmente asumido como oportuno. Jode, si, pero aprendo a distinguir mi odio de entre el odio que recibo de los demás. Cosa que por cierto incomoda un huevo. Y es porque he nacido libre que prefiero vivir del mismo modo en el que vine a este incontestable mundo. E incluso morir intentándolo y cautivada por la perpetua belleza del fracaso.

Odio esta hora del día. Odio como me aprisiona. Como me destierra. Como me mata.

Como una sonrisa incomoda interpelando, y desplazando, la tranquilidad necesaria para soportar ese estado de nula satisfacción. Y es porque el sol quema con más intensidad cuando esta por morir que siento mi rostro se desvanece junto a él. El. Siempre volviendo a mi cabeza. Siempre protegiéndolo y excusándolo. Como si su cobardía, luego de aquel reencuentro motivado por el consuelo mutuo, fuese el peor de sus pecados. Tiendo a extrañarlo. Aun cuando esto me lastima. Ya que, al parecer, el día, al menos la parte interesante, recién comienza entrada la noche. Supongo esto es ya cosa de habitar otra clase de mundos mucho más desquiciantes que el diurno. Y eso de lejos debe ser, incluso, mas agotador que el mismo, y propio, tedio que significa vivir acorralado en una triste y monótona existencia.

Peor aun si lo que se tiene de guía es el hambre de sexo. Pues puedes acabar huyendo de tus propios miedos, a modo de consecuencias irreversibles propias de una serie de eventos desafortunados, como una puta fuente de miedo desesperante. Y todo esto antes del amanecer. Eso empeora aun. Pues al amanecer el Sol vuelve a hacer acto de presencia y con él los recuerdos de una antigua y deliciosa sensación. La de los luminosos rayos de luz chocando con mi piel trigueña. Sin embargo, y sin descanso, luego retorno al interludio . Eso de ir respirando monóxido de carbono cada vez que regreso a la ciudad hostil que hoy me “cobija”, mientras imagino lo lindo que habría sido nuestro amor si hubiese nacido. Suspiro y guardo silencio. Pues ya muchas desgracias he soportado. Y, claro, esto no terminara aquí. No a al ritmo del desgaste continuo en mi interior. No si permanezco aquí sin ese estimulo necesario que necesito para recuperar el brillo. Es jodido la verdad. Estar privada de segundas oportunidades. Pues tiendo a vagabundear sobre espacios indeseables y por demás decoraciones abandonadas. Como escenas de un cataclismo. Como su mirada la última vez que nos amamos. Aquella vez que lo rescate. Ahora, obviamente, las circunstancias habían cambiado. Pero no con los roles principales, pues aun recaían en nosotros dos. Papeles que ansiaba volver a interpretar. Pues aun sentía los “daños” colaterales de nuestros encuentros.  Pues esta nueva criatura era algo nuestro. No había duda. Sobre todo cuando al perderme en sus pequeños ojos pardos experimentaba una especie de placer, solo comparable con lo que significaría una, aunque improbable, nueva colisión entre nosotros. A modo de reencuentro. Idea a la que me aferraría – y lo hago – hasta el final. Con la suficiente firmeza como para desterrar la idea de rendirme como las anteriores veces. Ciertamente, era como pedirle deseos a cada nueva estrella en el firmamento nocturno sobre mi cabeza.

4

Sin embargo mis errores siguieron acumulándose. Mientras, el turista sexual que se hacía llamar mi esposo, renunciaba a mi primogénita por el extraño placer de sentirse libre otra vez. Su padre (aquel hombre, enajenado del mundo, con el que me  encontré horas previas al segundo infierno), por otro lado, permanecía, pero invisible. Involuntariamente distanciado. Pero lo sentía cerca. Algo había que no me dejaba renunciar a recuperarlo. Una vez más, si, pero para siempre. Pues lo que sentíamos el uno por el otro finalmente se ha materializado. Y era niña. Camila. Cosa que ni uno de los dos podía rechazar. Lo sabía. Pues lo presentía. La realidad se distorsionaba, sí, todo el tiempo. Como un sueño que al parecer no podía terminar. Onírico quizá, pero una pesadilla por supuesto que sí. Los diálogos vacíos abundaban a mí alrededor. Hablaban sobre política, economía, literatura, minería, pobreza, riqueza, etc. Pero solo eran eso. Palabras. Eso no importaba. No tanto como de joven quisimos creer. ¿Habríamos sido derrotados? ¿Otra vez? No. “Cierra los ojos” me repetían.  Esfuérzate. ¿Podría lograr? ¿Mezclarme y fingir que nada paso? Al parecer era factible. Solo y si hacia un sacrificio. Olvidar esa pasión que me movilizo desde la juventud, y que tantas desgracias me consiguió, a cambio de volver. Volver a ese mundo habitado por personas de verdad. Gente real. ¿Pero qué significaba de verdad renunciar a Camila? Más importante aún. ¿Encontraría alguna respuesta lo suficientemente complaciente como para adoptar esa nueva postura? Sin duda no tenía nada verdadero. Salvo esa pequeña corazonada. Salvo ese ferviente deseo de volver a capturar sus ojos. Para devolverle su corazón. Para observar su reacción y abrazarlo hasta morir. Tendría que ser. Tendría que resistir. Con mi alma completa y hasta el final del abismo imaginario que nos separaba.

Pero si moría no le odiaría por no haber llegado. Así como no culpo al Dios que me traiciono, no le culpo. Pues su dolor es autentico desde el día de mi nacimiento. Ese día en el que se suicido la inocencia de mis padres para transformarlos en unos extraños que tienen sexo solo por pura necesidad, más que por amor. Sin embargo yo seguía presente. Presente en los espacios vacios que pronto dejarían de serlo. No con tanta familia alrededor atiborrando una casa, a la que antiguamente llame hogar, entre visitantes disconformes e impacientes disfrazados de personas con buenas intenciones. Lo observaba todo. Como una película. Estaba ahí, atrapada. Pero irrevocable. Estaba presente. En la habitación y mirando a una usurpadora dar de lactar a mi bebe. A nuestra pequeña. Quería tomar el control. Hacer algún cambio. Forzarlo si es necesario. Para de ese modo encontrarlo y largarnos los tres. Pero me resultaba extremadamente difícil. Pero, aun con todo, ella-mi hipócrita doble de riesgo-parecía feliz. Cosa extraña. Pues había decidido asesinarla una vez recuperase mis fuerzas.

Luego la recibí. Una carta. Y sí. Me hizo muy feliz. “Piensa en voz alta una idea lo suficientemente útil como para aferrarte a ella y no la sueltes hasta que hayas muerto. Ahora intenta controlar tus sentidos en la siguiente oración. En la siguiente frase. Emula un consejo ingenioso y deja a los malos hábitos oxidar tus huesos. Y no pienses en el final, solo concéntrate. Trata con todas tus fuerzas y no pares hasta encontrarme. Luego olvida. Tanto como puedas. De lo contrario, te aburrirás pronto. Cosa que aunque no lo creas puede llegar a resultar aún más insoportable que atestiguar como violan tu privacidad con cada caricia ajena a tus deseos. Hazlo, dalo todo por ese impulso, hasta que la compañía que deseas deje de increparte todas tus falencias. Y no es joda. Pues solo cuando abandones ese esqueleto de policarbonato lograras abrazarla, y cuando lo hagas yo podre por fin abrazarte. Eso es todo. Lo siento. Adiós. Cuidas”

Pero trate, si lo hice. Pero, así como los niños que soñaron una vez con volverse parricidas, ahora reducidos a victimas imaginarias de sus decisiones, decidí voltear la mirada y buscarlo. Seguramente estaba perdido entre los árboles de concreto de esta inescrupulosa ciudad. Debería de estar cerca. Vivo y confundido, para variar, pero alegre. Esa era la señal que buscaría en su rostro. Esa sería lo que me libraría de esta jodida prisión. Tomaría tiempo, sí, pero vencería este asqueroso episodio. Nos encontraríamos y mandaríamos al carajo a toda esta gente. Nos aventuraríamos hacia carreteras intransitadas con nuestra determinación como único medio de transporte. Pues habríamos abandonado estas masacradas realidades para romper el cascaron que nos tenía prisioneros.

Sin embargo cientos de rostros conocidos se amotinaron contra el narrador de la ciudad. Todos los días de la semana. A modo de improvisadas morgues en su habitación. Todos contra el rey de la ciudad. Ese era el lema. Recuperando los votos en blanco y ensangrentándolos como una supuesta muestra artística, esperando alguna clase de éxito. Al parecer solo de ese modo creían podrían desembarazarse de su poder. Esto había cambiado mucho en tan poco tiempo. El tercer infierno no era tan melodramático, pero era jodidamente contundente en cuanto al odio en la gente con el corazón roto. Ya ni las regresiones colectivas de hacía tiempo les satisfacía del todo. Ellos tenían que eyacular sobre su creador o morir en el intento. Después de todo, ellos a igual que los que ahora contaminan mi casa, fueron en su momento personas a las que podía llamar colegas. Gente de mi edad que si alcanzaron la realización. Supuestamente. Al menos hasta este puto último capitulo. Sin embargo, es verdad también que se lo merecen. Pues vendieron sus almas. Todos lo hacían. Ya no importaba a quien ni porque ni por cuánto. Todo era producto único de la inercia que tenían como principal motor de vida. Aun así se conservaban peligrosos como en los viejos tiempos. Entonces volvió la ansiedad.

Por lo desconocido y por no saber si lo tendría o no al final de esta historia. Debería poder lograrlo. El si estaba en capacidad de sobrevivir a todas esas calurosas corrientes. Es decir, tenía un motivo verdadero. Incluso con nombre. Con mi rostro, si, y tez de piel, pero con esos ojos pardos suyos que nadie más poseía. Camila. Sí. Cuanto la amaba. Cuanto el la deseaba. Estaba segura. Ya hacía tiempo lo había experimentado. Cuando nos entrelazamos por primera vez, y evidentemente para siempre también. Cuando mi Fantasma aún creía que escribir era agradable. Ciertamente, esperar todo esto era como soñar despierta. Irresponsable y todo. Pero era válido. Pues lo necesitábamos. Hasta que ya no pude resistir más. Afuera de la casa solo había edificios en llamas y el caos característico de cada nuevo cumpleaños. Es decir, furia y rencor colectivo haciendo lo que único que podían hacer sin acabar luego arrepintiéndose. Ósea, vandalismo comunitario.

Regreso a la habitación y las encuentro. Juntas otra vez. Camila está llorando, como todas las criaturas de su edad, pero es a ella-la doble esa-a la que parece estar acostumbrándose más. Surge entonces una espesa sensación de celos e ingratitud. Pero me controlo. Sobre todo porque conozco mis capacidades. Y recordé. Recordé como me sentí cuando lo abandone. Lo revivo y siento que nunca podre fundirme en los brazos de mi pequeña. Como cuando la muerte me alcanzo y lo único que logre recordar fueron todos mis fallidos intentos de escape. Graficándolos como una serie de segundas oportunidades desperdiciadas. Todo era realmente triste. Como cuando el Fantasma humanizo su rostro con un nombre para su epitafio final. Esa vez que le dije que había dejado de amarle. (Pasaba que no podía dejarle ir una vez más. Mala jugada, dicho sea de paso) Sucedió tan deprisa. Recuerdo muy bien. Pues sucedió minutos antes de la supuesta reconciliación colectiva. ¿Habría sido su culpa? Cuando quede ciega durante un breve pero intenso momento de autentica felicidad. Luego mi soñador se arrancó el rostro. Se lo desfiguro a tal punto que por un pequeño, y silencioso, espacio de tiempo el de verdad creyó que mi amor había muerto. Cosa que me mato. La ruptura se volvió oficial y volví a mi extinto hogar. Extrañada y desconcertada, pero dolida. Después de todo, el efecto que tenía, el, en mi estaba fuera de mi alcance. Luego sucedió. El segundo infierno nos abrazó.

Pero no tenia caso hundirse en esa clase de capítulos nostálgicos. No ahora cuando aun había cuentas pendientes. Por un lado estaba una presión intransigente proveniente de todos lados, en mi entorno inmediato como en la realidad social actual, que no me dejaba pensar con claridad. Esos putos acorbatados pseudo intelectuales pululando cerca de nosotros. Amordazándose amablemente los unos a los otros. Era como un tsunami de puro frio devastador sobrecogiendo a todos a su paso. Producía un efecto aterrador. Pues de la nada lograba que sus victimas sacasen sus más bajos, y asquerosos, recursos para reducirlos a simples peones, e innecesarios, mortales. Aunque, curiosamente, hermanados. Asesinos y madres embarazadas de una compartida nación. Muerta desde que sus hijos decidieron que olvidar era mejor que avanzar. Como el pasado tomando una monstruosa forma imponente, e inamovible, morían, cada uno a su manera, entre el olvido y el desgaste.

Jodia el alma ver semejante escena. Sobre todo porque ese ambiente era parte de nuestro camino. Lo entendía, lo vivía, pero igual me escabullía. Podía hacerlo, aprendí que si, pues ahora tengo dos razones para hacerlo. Pero ahora la escuchaba llorar más fuerte. Cosa que comenzaba a asustarme. Me sobrevenían innumerables interrogantes. Muchas con respecto a nuestro futuro reencuentro. ¿Sobreviviríamos los tres?  No sabía. Aun así, trate de controlarme. Es decir, no había caso provocar algún nuevo infierno. Eso no. No ahora. Pero persistía. Seguía escuchándola. Pero, joder, quiero pensar que lo hace porque nos necesita. Así que, si, estoy segura, el, llegara. Y yo estaré aquí para guiarlo, para luego zafarnos de esta hostil inmensidad de odio e incomprensión.

Sin embargo, saber que no éramos dueños de nada (Nada de uno con el otro, salvo de esa empírica forma de comunicación) me desespero. Y es que lo sentía tan cerca que la impotencia se hacía cada vez más absoluta. ¿Lograría olvidar su canción? ¿Tendría la suficiente fuerza de voluntad como para recoger los pedazos sanguinolentos de su antigua mascara del suelo y terminar de armar su nuevo rostro? Sabía que podía confiar en él, pero sabía también que la volatilidad de mi corazón era como una bomba atómica durmiente. Algo tan peligroso como mentir por compasión. Cosa que no cambiara por más preguntas sin respuestas que formule. Pues estábamos Camila y yo. Camila y la farsante. Yo y el ausente. Camila y su incierta contraparte perdida entre las corrientes. Enloqueciendo en el anonimato producto de las capsulas de arsénico. Perdiéndose entre la neblina y locura. Amortiguando golpes de enemigos fragmentados, con palabras bonitas pero intranscendentes. Todo por la espera. Todo por no asesinar su amor a tiempo.

Sin embargo, la espera seguía presente e intensificando la desesperación. El cambio iba a llegar, sí, pero yo ya no podía esperar más.  Así que me precipite y violente a esa descarada extranjera. La asesine. Luego hubo una pausa. Como un silencio incómodo. Hasta que Camila volvió a manifestarse. Llorando, obviamente. Llegaron los mimos deseados, el nerviosismo de toda la vida, el ansiado cariño compartido, todas las escenas románticas pero sin exceso de azúcar, y el abrazo inmortal de todas las noches pasadas. Nadie me soltaba, así como yo lo hacía. Habíamos aprendido. Pues una sonrisa impagable había aparecido. Como liberándome de mi jaula interior. Fue exquisito. Perfecto, por lo improbable e inimaginable de las circunstancias. Fue lindo, sí, pero extraño también. Luego lo desconocido nos nublo. Como un golpe en el estómago. Hubo amor y lucidez. Hubo pausas y éxtasis. Melancolía y breves separaciones. Estados de infelicidad estacionarios e impresionantes explosiones de felicidad estructurando mi centro de gravedad. Era como si la inalcanzable cordillera a nuestras espaldas observase como un testigo inmortal, nuestro camino hacia un imaginario futuro. Ciertamente, hubo de todo. Pero ese “todo” fue con Camila siempre a nuestro lado.

Perdido entre los Arboles

Arriba una canción simpática. Ho Hey. De esas que levantan el día. Por mas cagado que este. Claro. Siendo positivos. A cargo de The Lumineers. Indie Folk. Sip. Supongo. Ahora bien, la letra es un himno de esos que solo se logra capturar en un estado de empatía absoluto. Vale la pena, eso sí. De lejos.

Abajo una imagen de la película “El Curioso Caso de Benjamin Button”. Una de mis películas, y parejas, preferidas del cine. Hablo, evidentemente, de Brad Pitt y Cate Blanchett. Apropósito de las historias de amor. Las de verdad. De esas que acaban llevándote al infierno incontables veces. Uff. Listo. Capitulo 01. Fin.

Benjamin and Deisy (Are in Love)

Benjamin and Daisy (Are in Love)

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