Ana. Ani. Mi primer amor. Mi primera traición. Es su culpa. Quizás. La conocía de atrás de la ventana y tirando hacia afuera. Ana extravagante. Madre solía calificarla con ese adjetivo, con una intensión sana e inocente. Al menos al principio. Luego descubriría que todas sus palabras eran por pura malicia. Primero me sorprendí, luego me indigne, y finalmente entendí. Y es que, después de todo, madre era una mujer egoísta e hipócrita, como muchas entres las que crecí.  Algunas se envidiaban cosas que bien pueden parecer irrelevantes, como el hecho que un cliente prefiera probar con otra que con su habitual. Eso era tirarse de los pelos cuando la familia se reunía. Eso era lo que no entendí durante mi adolescencia. Ósea que se quejasen de la discriminación cuando eran ellas las más comprometidas con aquel comportamiento separatista. Supongo que al final todo bien podría resumirse a puros actos de egoísmo. Y eso, ciertamente, se aplica a muchos niveles sociales y familiares.

Y digo familia porque prácticamente fue de ese modo con el que me inculcaron, y penetraron, la idea del respeto como pilar fundamental necesario para lograr coexistir conservando alguna verdadera amistad. Las amistades, sin duda, son y serian, necesarias para cuando la vida pasase factura con arrugas y una que otra verruga. Y aunque nunca me sentí una de ellas, pues nuestras aspiraciones eran – casi siempre – distintas, logre de algún modo conservar Katy y a Marla como amigas. Esto, por supuesto, después de la adolescencia. Cuando mi cuerpo termino de formarse y, de lejos, superarlas en lo que a belleza respecta. No digo que fuesen feas, sino que yo termine por opacarlas. Sobre todo si tenemos en cuenta que nunca fui parte del grupo. Ósea nunca fui, lo que se dice, una puta. al menos no estrictamente en todo el sentido de la palabra.

Que es lo mismo decir, nunca me cogieron por dinero. Aunque los mierdas – clientes – siempre insistieron. Pero, bueno, quejarse de ello sería estúpido. Después de todo, era hija de una puta y trabajaba como mesera, y cajera, en un antro de putas. Supongo que es verdad cuando dicen que lo inalcanzable es aun mas tentador que lo que el dinero, y una erección, pueden realmente llegar a lograr. Sin embargo tengo que admitir que, por lo menos, un par de veces bolsiqueé a uno que otro cojudo hasta dejarlo, escandalosamente, misio. Mas no es esto algo de lo que este orgullosa, pero sería hipócrita negar que aprendí a seducir, y destruir, ingenuos, avezados, envalentonados, pervertidos, pedófilos, etc. Tampoco digo que fuese la mejor, ya que Katy era realmente la experta en ello, pero claro, Katy terminaba cediendo su culo al ritmo que este vaciaba su tarjeta de crédito. ¿Como hacía para no perder? Bueno, supongo que todo se resume a las palabras de tu viejita, después de todo, por algo son más antiguas, que a modo de reflexión, o consejo, te facilitan ciertos dilemas de la vida. Ella decía “No hace falta ser jarra para saber lo que una pollita puede lograr seduciendo a un cojudo” El truco era obvio, las presas siempre tienen que serlo. De lo contrario se trataría de un juego a base de resistencia y provocación. Y, mierda, que eso es muy difícil y aburrido.

Ana también fue puta. Pero no de las que tienen un desvergonzado sindicato chupándote casi todas tus ganancias. Ella era elite. De las que no encuentras en un hueco ni en un chongo. Ni mucho menos de las escuálidas, o desmondongadas, que encuentras en las calles pútridas y malolientes del centro – ya ni hablemos de los conos – de la ciudad. A Ana se la ubicaba por contactos. Que prácticamente viene a ser por recomendaciones de “amigos de amigos”. Y supongo que valdría la pena. Ya que tanta envidia que la mayoría – todas – de chicas que conozco le guardaban no podía ser en vano. Pero, claro, todo entra por los ojos. Y Ana era una mujer que fácilmente se puede imponer en cualquier ambiente en el que exista un halo de sensación de competencia compartida. Ósea que rodeada de mujeres era ella a la que, en definitiva, te tenías que comer.

Hablo, desde luego, que por cuenta cualquiera con criterio. Sean hombres, mujeres y evidentemente, por mi misma, también. Es decir, un metro setenta, tez trigueña, tetas bien paradas, y deliciosamente, formadas. Además de un culo redondo perfectamente ceñido a unos jeans apretados es algo realmente maravilloso que admirar. Pero con esto no quiero decir que le tenía envidia o algo por el estilo. Al contrario. Pues no creo que mi metro sesenta y cinco sea poca cosa. Aunque, ella, si que parecía una modelo. Como sea continúe babeando por ella un buen tiempo. Aun cuando a mi alrededor solo habían comentarios negativos con respecto a su persona, y esto siendo educada pues había mas mierda de lo que cualquier persona con escrúpulos puede tolerar. La clase de personas que casualmente no había por estos lares. En ese aspecto tampoco era yo la excepción.

Sin embargo, no era tanto por su forma de vestir ni por su incorregible narcolepsia la razón principal por lo que la rechazaban. Era algo más que aun desconociéndolo, sentía que debía avergonzarme, y como un corderito mas, obedecía. Vergüenza. Esa estúpida, y despreciable,  constitución de prejuicios, y otras cobardes posturas, que lo único bueno, o por lo menos rescatable, que logra es protegerte de la irónica vergüenza propia, que curiosamente suele ser el trasfondo de muchas sociedades sentimentales.

Tenía yo nueve años, ó “casi diez” como era costumbre mía decir, cuando aprendí a mentir casi a la perfección y puesto que más que eso es imposible, me sentí orgullosa de mi logro. Lo malo sería después, cuando asimile la magnitud de lo que significa. Es decir, cuando entendí lo mierda que te puede llevar aquel mal habito, adictivo y enfermizamente necesario. Ana diez más que yo. Aun así me enamore. Amor de adolescente, ósea pura ingenuidad, pero autentico. Algo significativo.

Pero eventualmente termino por derrumbarse. Hablo, por supuesto, de las esperanzas que alimente constantemente con ilusiones futuristas. Pues llego la traición. Es decir, el rechazo. Y es que sucedió que Ana se enamoro. El problema fue que no era yo el objeto de su amor. Cariño sí. Pero lo que se dice amor, no. Eso lamentablemente me sepulto. A mí y junto a todo mi odio. De forma sutil pero brutal al mismo tiempo. Hasta que explote y la cage. Ósea, hasta que la asesine. A Ana. Mi primer amor. Mi verdadero amor.

Odio Ana

 

Arriba una canción de Depeche Mode. Ya eso es suficiente para saber que es una canción buena. Policy Of Truth es invariablemente poderosa. Un Hit en toda regla. Pero de los noventa. Claro. Eso es otra cosa. Parte del disco Violator (1990). Álbum con el que no termino de “pasar la página”. Sucede pues que es bestial. Abajo una Leonardo DiCaprio. Un Gatsby eternamente enamorado.

Leo Gatsby (The Great Gatsby(

Leo Gatsby (The Great Gatsby(

Advertisements