Finalmente se reconciliaron. Primero y Segundo. Mis dos, y únicos, hermanos. Y es que su bronca no podía durar por siempre. No cuando los daños colaterales mutaban con el tiempo en la clase de heridas incurables, entre ellos y la familia, ósea nosotros, de un modo catastrófico. Como un tumor cancerígeno, hecho de puro rencor y que junto a no pocas dosis de remordimiento, jodiendo nuestras vidas. Atravesando años distanciado se reencontraron. No sé cuándo ni porque. Pero, sin duda, fue de mutuo acuerdo. Seguramente por una razón determinante. Segundo ya es padre. Pero eso no le importo a Primero pues aun no conoce a su sobrina. ¿Alguna emergencia? Ni puta idea. Lo único que se me ocurre es que uno acabo cediendo. Y es que quince años cansan a cualquiera. Sobre todo cuando se trata de dos personas sensibles. Aunque distintas.

Pero aterrizaron. Sé que sí. Aunque, claro, nada es lo mismo. Cosa que no está del todo mal. Pues nuestro tiempo pasado no es algo sano ni, mucho menos, memorable. Ni tan si quiera como para recordarlos en alguna borrachera familiar. Ni para llorar y abrazarnos tratando de consolarnos mutuamente. Pero eso no importa. No ahora que el tsunami parece haber acabado. Sin embargo persisten. Un par de recuerdos agudos jodiendo el interior de nuestro hogar. Pero, aun así, tratamos. Por su bien y por el nuestro. Porque aun ahora nos estimamos. Nos extrañamos y, más importante, nos necesitamos.

Algunos rostros seguramente no son los mismos. Algunos ya están muy desgastados, como los de nuestros padres, y otros están más endurecidos, como Segundo y sus propias razones para no ceder – su propia familia – ante los embates de la realidad. Otro seguro ya no es tan lindo como antes ni tierno como en los años adolescentes. Pero estoy segura mi alma no ha envejecido como mi cuerpo. Ahora tengo veintinueve. Sé que es una edad considerable. Pero se también que no es ni la mitad de lo que tengo aun que soportar. Sobre todo si alguno de  esos dos incorregibles decide fugar. Madre dice que soy exagerada pero sé también que cada noche que pasa sin ver a su primogénito la mata silenciosamente. Sin embargo Papá dice que debería casarme y tener familia. Pero no quiero. No porque no pueda sino porque no lo necesito. Yo tengo mi familia aquí. Un poco marchitada si, y en constante caída libre también, pero es mía. Por eso le extraño. Estamos incompletos aquí. Nadie puede negarlo. Aunque, claro, tampoco nadie lo ha intentado.

Todo vuelve. Y muy rápido. Como una película a ritmo pausado. Primero coge su mochila y la llena de cosas. Un jean, un polo, calzoncillos, medias, un libro y un cuaderno. Pocas cosas si, pero ya no hay más espacio. Sin embargo deja de su celular, su laptop, su colección de vinilos, y todas sus otras cosas. Me abraza y me besa en la mejilla y luego se larga para no nunca más regresar. Dejando un espacio en nuestra habitación de tres. Olvidándose, para variar, de tender su cama.

Pero todo eso es algo lejano. Algo bizarro. Algo extraño. Pues lo tuve ayer aquí. A mi lado. A la cama continua y con la lámpara prendida como de costumbre. Incluso la apague. Se movía como siempre. Caminando y viviendo aventuras en sueños. Placidos algunos e inalcanzables muchos. Lloraba, pataleaba y se caía. Seguramente huía de algo o de alguien. Quería ayudarle pero recordé que esos terrenos son exclusivamente suyos. No puedo entrar y pretender que se como regresar. No funciono la última vez y ahora, años después, la cosa no iba a ser muy distinta. Así que le observe, primero media hora y luego hasta quedarme dormida. Pero no hubo sueño alguno en esta ocasión. No para mí.

Al despertar me percate que no estaba en su cama. Por un momento me alcanzo un miedo tremendo, que solo puede compararse a ese momento en el que asimilas por primera vez que tu insignificancia ocasiono todos tus tropiezos, pero fugaz. “No pasa nada que sus cosas aun están”,  me dije. Luego vino la tranquilidad. Pues había gente en la cocina. Estaban todos. Padre semidesnudo – con el pecho descubierto – como siempre. Madre arropada, curiosamente, con la casaca de esquimal de papá. (Aunque, claro, lo de esquimal es pura joda) Y, por supuesto, Segundo también. Chascoso e impresentable como todos los días. Finalmente estaba Primero. Fue inmediata mi alegría. De verlo desayunar y solo por el hecho de simplemente “estar” ahí. Haciendo “sanguches” de palta. Seguramente había ido a comprar pan como en antaño acostumbraba. “Tardona, lávate la boca y vienes a desayunar” ordeno Papá. Obedecí.

Por la noche, entre sueños, recupere el infierno. El caos tomaba forma con cada grito y con cada mirada decepcionada en la sala principal. Recordé lo mucho que le odie. Francamente no me acuerdo de otra persona en este planeta a la que haya odiado y amado tanto. Estaban todos los ingredientes; rabia, furia, rencor, decepción, traición, miedo, tristeza, y amor. Era de noche. Aproximadamente las diez. Hora en la que ya deberíamos haber, como mínimo, cenado. Pero no. Esa vez toco colisionar. La casa cambiaba de forma constantemente. Cuando Padre gritaba el suelo bajo nuestros pies temblaba y las paredes se movían y las ventanas gritaban. Cosa que solo enfurecía a Primero. Pues recordaba los terremotos que Madre tuvo que soportar durante nuestra, prácticamente, nómada historia familiar. Sus ojos estaban llenos de odio. Pero aun así lagrimeaba. Era un asunto entre ellos dos, lo sabía muy bien. Sin embargo, y tomando parte de la acción – y responsabilidad – Segundo tuvo que abrir el osico y tomar la única decisión importante que tomo en toda su vida. La de traicionar a su hermano mayor. Con aquello, y en respuesta, Primero sumo, con Segundo, una persona más a la que odiar. Yo estaba segura que si era posible asesinar a alguien con odio, definitivamente, habría de haber dos cadáveres al final de esa horrible noche. Eso me asusto. Luego dio una horrible sentencia. “Ustedes y yo hemos terminado” y luego fue con Mamá. Lloro y la beso. Luego vino conmigo y luego desapareció.

Ni sus promesas ni sus lamentos podrían volver a hacernos sentir verdaderamente en casa. Sin embargo, siendo libres como siempre proclamaron, los recupero fervientemente. Como quien se resiste a ser olvidado. Como una agonizante víctima, de la vida y sus atroces consecuencias adictivas, que se resiste a la muerte. Como una punzante canción penetrándote el corazón en tu mayor momento de debilidad. Como un sentimiento de nostalgia abandonado, y extirpado de un cuadro familiar, tratando de unirse una vez más con el Sol hasta explosionar en medio de atardecer. Una vez más lo intento.

Nada de promesas incompletas removiendo mi interior. Nada de discursos inconformes. Nada de interpretar otra vez a la Princesa Melancolía. Pues están. Aquí y también yo. Sobre todo ahora que sí parece estar funcionando. Lo malo, sin embargo, es que no estoy segura de poder agradecerlo. Toda esta gracia que de repente vino a golpear mi lastimada alma. Pero quiero. De verdad que sí. Incluso daría lo único importante que tengo para pagar este exquisito momento de reconciliación. Daria mi rostro como última muestra de agradecimiento y rogaría porque fuese bien recibido. Por Dios. Pues es él la única forma de vida capaz de causar tanto dolor.

Pues ha sucedió. Ha regresado. Aunque, sinceramente, esto fue algo así como una sorpresa. Sin embargo tengo que admitir que en secreto deseaba muchísimo que ocurriese. Y es que tenía que aparentar ser fuerte. Como todas las mujeres que deciden vivir su vida a su modo. Como toda existencia que se niega a ser arrasada por las turbulentas corrientes de nuestro siempre implacable estilo de vida. Y es que es como decirle “te amo” a un espejo quebrado y sentirse satisfecha. Fungir de normalidad en un universo lleno de anormalidades. Asumir una postura estática, pero dinámica cuando conviniese, cuando ni si quiera en la universidad puedo encontrar esa variedad que me exigen. Pero no soy hipócrita. Pues de algún modo me siento completa. Quizá como un espejismo engatusando mis sentidos. Pero he vuelto a mi cuerpo con su llegada y no hay nada que pueda jodernos esta celebración. Nada. Ni las deudas contraídas con nuestros dueños. Ni las malas relaciones con terceros en todos nuestros espacios habitados. Ni tan si quiera las notas al finalizar el semestre. Ni los rostros tristes de los fantasmas mutilados en nuestra habitación. Nadie.

Después de todo, se trataban de las personas que más me importan en este mundo. Y por supuesto que nadie ni nada puede competir con lo que siento por ellos. Solo algunos secretos malogrados que resguardo en el interior número dos del seno familiar. Además, desde luego, esto es mutuo. Sobre todo teniendo en cuenta que estos últimos años los he visto morirse muy lentamente. Cada uno a su manera, pero de todas formas resultaba muy doloroso. Tanto que mi impotencia por no poder consolarlos de la manera que lo necesitan, y a su vez de forma indistinta para ambos, me estaba destruyendo. Pero, espero, algo cambio. Ahora toca descubrir de qué es lo que hablan. Como si se tratase de una confesión de amor a destiempo espero y me embellezco entre pesadillas compartidas. Como un turista sexual armando bombas de relojería en los corazones débiles de sus víctimas. Le llaman auto sabotaje. Yo le llamo suicidio.

El Turista Sexual

 

Arriba una canción simpática. Se trata de Alabama Shakes – Always Alright. Con letra sencilla si, pero, carajo, que dan ganas da bailar. Abajo Pat Jr y Tiffany. La pareja protagonista de Silver Linings Playbook.

Complicated Love

Complicated Love

 

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