Su relación fue producto del azar y al mismo tiempo de la terquedad de uno de sus integrantes. Pues Gabriela conoció a Alberto un cinco de Abril de hace siete años. Un día que casualmente también era el cumpleaños de Alberto. Esto le serviría de anécdota poco después. Y es que Gabriela sintió una atracción inmediata por el nuevo. De igual manera las demás mujeres en la oficina. Aunque solo seria ella la que sobredimensionase su importancia. Atracción por lo que Alberto significaba para la empresa en aquel momento, a modo de viejo presente la historia no ha cambiado mucho, y, ciertamente, sentía aun más fuerte esa atracción cuando imaginaba lo que habría, y tenía que cueste lo que cueste, de llegar a importar en un futuro. Siendo jóvenes como eran, no había razones por las que habría de dudar que llegaran a formar, o más bien mostrar, una bonita pareja para, y durante, cualquier fotograma de sus vidas compartidas, acomodadas y contemporáneas ambas. Todo esto lo armo durante breves intervalos de tiempo, durante y después de cada café, y cualquier oportunidad de estrechar lazos. Sin embargo, al cabo de dos años Alberto se enamoro de la mujer que finalmente si llego a ser su esposa. Pasaron muchas cosas. Algunas anécdotas divertidas. Algunas no tanto. Un solo escándalo referido a una infidelidad que deslizo una ex inconforme – Gabriela – que dio como resultado la creciente fama de Alberto en la compañía. Una fama no necesariamente positiva. Pero aun con todo Alberto formo una familia. Y fue feliz con ella. Pues se esforzó mucho en serlo. Y, efectivamente, así fue. Al menos por cinco años.

Cuando Gabriela conoció el rostro de la pequeña Miranda reconoció en su diminuto rostro los ojos achinados de Alberto, y por supuesto el cabello faltoso, y rebelde, que en innumerables veces le peino a su ex. Sin embargo Gabriela no se sintió traicionada, ni mucho menos, lastimada, así como muchos de sus “amigos” y compañeros de trabajo pretendieron hacerle creer, pero, claro, esto no quiere decir que aquel acontecimiento le haya resultado indiferente. Al contrario, si la afecto, pero tampoco tanto como para deprimirla. Lo que hizo fue sumergirla en una clase de incomodidad interna que prontamente fue transformándose en una clase de odio propio que solo lograría manifestarlo de llegar algún limite y tener, también, que exteriorizarlo. Es decir aprendió a odiar sin joderse por dentro. Cosa muy útil para ella y su carrera. Y aunque esta característica en particular es algo rarísimo, pues es cierto que una mujer es más vulnerable cuando esta con el corazón roto que cuando rompe uno, Gabriela lo asumió, y aprendió de ella, como siempre. Como si fuese algo fugaz. Como un diplomado de tres meses. Eso, para mí, si es algo muchísimo más raro. Esa capacidad de ignorar otra clases de necesidades, a parte de la ansias de conocimientos, con tal de empaparse en todo lo que se refiera a seguirle el ritmo a ese inmenso, e imparable, monstruo moderno llamado “estar al día”. Competente o no, yo creo que sí, puedo asegurar que Gabriela supero cualquier limite que de niña su condición de infante disléxica, e insociable, le haya impuesto.

Pero, sin duda, lo peor fue, al menos para ella supongo, el hecho de que Alberto permaneciera en la compañía aun después de su matrimonio. Cosa que jodio mucho a Gabriela. Pues, además de ser blanco de burlas solapadas de sus supuestas amigas, una clase de rencor comenzó a afectarle muy seriamente. Y esta vez sí lo manifestó. Es decir físicamente. Tanto que estoy seguro que llego a odiarle, si es que aun no lo hace. Después de aquello Gabriela solo sintió un único propósito, que extrañamente le sirvió de estimulante durante los cinco mejores años, y los más felices, de Alberto. Se trato de una ambición desmedida de poder. Después de todo fue ella la que sobreestimo a Alberto al principio. Cosa que repercutió en un desnivelado equilibrio mental. Pues lo único que hacía que mejorase su día era que el – día – de Alberto empeorara. Y así fue hasta que tuvo su oportunidad. Oportunidad de sepultarlo profesionalmente. Y eso para Gabriela era el peor castigo, y el que más dolor causaría, para el recién estrenado, aunque no tanto realmente, Gerente de Proyectos Operacionales – titulo muy cuestionado por su largos procesos de planeamiento y gestión – Alberto Nina Fassbender. (Su origen es medio ingles pero latinazo también). Lo divertido, sin embargo, fue como respondió este a semejante bomba que le lanzo su mejor amiga de antaño.

Sin intención alguna de alargar la conversación en la reunión, Gabriela, dijo que era hora de hablar de las reprogramaciones salariales de su sector, dicho de un modo mucho más amable que lo que realmente significaba y es que básicamente se trataba de bolar cabezas, y se acerco fieramente, y ya no tan fría como las últimas semanas, semanas en las que con Alberto, prácticamente, no habían intercambiado palabra alguna. Cosa extraña pues Alberto no sabía, o más bien no quería creerlo, del odio de Gabriela hacia su tan mañoseada – es difícil de imaginar cuantas veces habría sido Alberto la razón de las lagrimas de Gabriela –  persona. Así que guardo un brevísimo silencio antes de comenzar. Y cuando los demás en la oficina solicitaron permiso a Alberto para retirarse de la reunión, pues era este el líder de disciplina de toda esa área laboral de la compañía, Gabriela interrumpió la respuesta de Alberto, que muy probablemente hubiera sido más acertado que lo que finalmente hizo Gabriela.

-No tardare Alberto. – dijo Gabi. Como antes le llamaba.

Y haciendo gestos con su mano hacia los demás (eran dos nada mas) para que se sentasen. Al parecer podría tratarse de algo serio. Después de todo con Gabriela últimamente todo resultaba ser tema serio.

-Sabes que el fin de semana anterior (era Lunes) me llamaron de la oficina general de la Gerencia de Proyectos. Estaba el Ing. Raúl Díaz. Como mi papel en este grupo es la de Líder de Logística, era obvio que sería yo la indicada para tratar el tema de coordinación entre todos los grupos de proyectos durante este nuevo periodo del año – post licitaciones – (Ósea cuando empiezan a llover los trabajos grandes).

-Ya. Gabriela. Ve al grano. Que vamos atrasados con los entregables. – (El cronograma de Alberto estaba jodido, además de sus retrasos)

-Lo sé. Lo sé muy bien. Y esto también les compete a ustedes (señalando a los otros dos integrantes de menor rango)

-Okey. ¿Entonces? Finalmente – con sarcasmo y todo – ¿De qué se trata?

-Bueno, básicamente…estas fuera.

Esto último sorprendió a todos en la habitación (sobre todo a esos dos que nunca en su vida habían despedido a nadie ni tampoco habían sido despedidos por nadie) además de a Alberto, por supuesto. Como una bomba de relojería en sus manos de la cual tenía que librarse de todas maneras y pronto.

-¿Qué dices? No me han comunicado nada. Ni si quiera con chismes. Estas molesta por algo y quieres joderme. Pero no lograras nada. Trabaje mucho para esta nueva responsabilidad. Tanto como para que con tus remordimientos internos quieras venirme a descarrilarme el tren. No va  a pasar. – dijo firmemente.

Notoriamente, intranquilo, y hasta enojado, y evidentemente sorprendido. Pero, esta vez, Gabriela decidió no seguirle el ritmo a la, sin duda alguna, creciente discusión que ambos hasta entonces habían estado alimentando. Así que le brindo un respiro a la habitación a modo de breve pausa. Después de todo, sabía muy bien que estaba consiguiendo lo que todos esos últimos meses había estado labrando. Eso de conseguir el puesto de Alberto. Pues se había esforzado en ser disciplinada con el asunto de las trabas administrativas, además de fallos logísticos entre los demás miembros del equipo, y, por supuesto, esta también el hecho de que haya pasado por agua tibia los errores constantes de su otrora enamorado. Prácticamente le había minado el camino. En otras palabras, le había estado serruchando el piso hacia buen  rato. Cosa que, aunque habría resultado notoria para el Alberto joven (ese hombre analítico y lleno de energía) ahora no había terminado de suceder. Que alguno de los dos se rindiese. A esto Gabriela prefería que Alberto adoptase una posición de sumisión para con sus nuevas circunstancias que a humillarlo por completo. (Y esto Gabriela no lo había cavilado como debería, pues al inicio estaba decidida, ahora solo quería terminar la reunión) Así que decidió ponerle fin a ese silencio que prácticamente se había apoderado de la habitación y volvió al rostro, claramente, desarmado de Alberto para seguir con lo que ya no tenía vuelta atrás.

-Así que finalmente resolviste tu dilema. (en clara referencia a los remordimientos que Alberto uso como ultimo escudo) Pienso, francamente, que te estás sobreestimando. Es decir, carajo, hace buen rato que excediste el presupuesto final y, para variar, también el de respaldo. Eso es de lejos más que suficiente como para que salgas volando de esta puta reunión. Pero aun así, eso no es lo peor. Lo peor, sobre todo, es que no logras resultado convincente alguno. Como sea, concluyendo, has perdido la confianza del grupo y, por supuesto, la mía también. Ósea…estas fuera. Despedido, expulsado, muerto. Como chucha quieras interpretarlo, figurarlo, o dramatizarlo. Eso a partir de ahora ya no nos incumbe más.

Esa fue la sentencia final. El golpe de gracia. Cosa que con mucho pesar tuvo que aceptar  Alberto el día después de su cumpleaños número treinta y cuatro. (De ahí que les haya invitado un par de piscos a los integrantes de su equipo antes de entrar en detalles antes de la reunión) Muy de golpe y con una crudeza insoportable. Esta humillación era algo brutal para alguien como Alberto. Al menos al que conocíamos. Pero, claro, había secretos que desconocíamos y que para cuando nos enteramos de ello, la verdad, tuvieron igual de contundencia que como cuando el Ing., Raúl llamo a Alberto una promesa de futuro en una reunión improvisada, y entre copas, de altos funcionarios en nuestro puesto de información dentro del grandísimo complejo. Pero eso ahora es historia pasada. Como cuando aun Alberto usando ese terno color oscuro, la verdad casi nunca importa tanto el color como el precio o marca, cobraba su importancia simbólica. Esos días en los que junto a Gabriela arrasaban casi todos los concursos, ya sean estatales como privados, de licitaciones y presupuestos internacionales. Además de los servicios de tercerización gerenciales, y aun en esos viajes no se separaban, donde siempre brillaban. Pero, como dije, eso es historia vieja. Algo apenas cercano.

Luego de despedido, es decir a las dos semanas transcurridas su crucifixión, Alberto se suicidio. Supuestamente por intoxicación, y es que siempre existía entre nosotros la duda de cuál fue la razón principal de aquella última decisión suya. Obviamente estaba deprimido. Sucede pues que (y esto recién me entere apropósito de su muerte) estaba últimamente muy triste, es decir más de lo normal, porque su pequeña hija de no sé cuantos años, pero segurísimo que no pasa los tres, estaba comenzando a hacerle muchísimas preguntas sobre su madre. Cosa que Alberto no sabía cómo responder. Pues no sabía cómo decirle que su madre los había abandonado. Que había descubierto que no lo amaba y que para ella el fruto de su brevísimo intercambio de fluidos – ósea Miranda – no le importaba lo suficiente como para sacrificar su vida junto a la de su padre. Esto, en cierto modo aquello se vio venir. Ya los chismes con respecto al errático estilo de vida, prácticamente nómada, y junto a las interrogantes que aun ahora se mantienen sin respuesta sobre el origen de su novia solo habían despertado sospechas entre los allegados de Alberto y, obviamente, también los de Gabriela. Características que en su momento resulto harto interesante para Alberto y su sentimiento de complejo, y a ratos inferioridad con respecto a la seguridad de su pareja, de paternidad inesperada. Y eso que la mamá de Miranda ya nos había dicho que nació huérfana. Sucedió pues que, al parecer, dio otra clase de afirmaciones a otras personas que, francamente al final todo llego a saberse – todo con respecto a los chismes y el efecto teléfono malogrado más patético que habían experimentado Gabriela y compañía – y ya sean mentiras o no, la verdad es que todo resultaba confuso. Y cuando algo es confuso lo más probable que no sea algo – o alguien – confiable. Esta clase de misterio, y es que la esposa de Alberto no tenía ni cuenta de Facebook ni Twitter ni blog alguno conocido, despertaba, además de curiosidad, envidia en la cabeza de Gabriela y su curriculum vitae virtual (y galería de fotos, constancias de viajes, etc.) en la red. Todo esto sumado a la presión que la nueva responsabilidad que tenía en su chamba, para luego acabar fuera de la misma, habían terminado por joderlo. Tanto físicamente como moralmente, pues era notoria, aunque no exagerada, su aumento de peso y su actitud positiva, aunque siempre moderada – por si acaso – había disminuido y, esto con mucha más frecuencia de lo que podía permitirse, había mellado su liderazgo en el grupo además de su propio desempeño normal. Tanto que decidió ponerle fin a sus miserias, todas, en solo una mañana y en su propia casa. Supongo que producto de la desesperación. Pues la joven que hacía de “nana” de Miranda iba a llegar a pedirle las llaves del auto para salir a recoger a su hija. Si olvido Alberto, o no, ese detalle, la verdad, no importa pues al final lo hizo de todos modos. Sin embargo, ahora, lo único claro es que estaba muy muy triste y por demás acabado.

Pues aun me quedan dudas. Dudas de cómo, y porque, realmente lo hizo. Ósea morir por intoxicación estomacal no es precisamente algo rápido y el no era, ni de lejos, la clase de samurái de estos tiempos dispuesto a pasar a “mejor vida” con esa clase de harikiri reactualizado. El era un hombre con miedo. Uno que vivía simplemente con el único objetivo de rellenar los espacios en blanco que traía consigo la vida monótona que llevaba. Sin embargo sucede también, y al parecer es también probable, que se haya ahogado con su propio vomito luego de convulsionar sobre el suelo producto del veneno. Cual fue finalmente, o cual fue el orden, nunca lo sabré. Aunque, claro, esto no debería importar a nadie. Salvo a Gabriela y…a mí. Pues tenía una arruga pendiente con mi persona. Le preste cincuenta soles un día, que no recuerdo, me lo encontré en el mall y me dijo que no tenia efectivo y que se había dejado la billetera en el estacionamiento. Accedí porque estaba con su hija. No hay que hacer roche a los padres misios con sus hijos al costado. Eso sería maldad pura. Pero, bueno, ya fue.

Aun así, sufrido como era, Alberto no era precisamente amigo mío, pero tampoco era enemigo. Personalmente, y siendo sincero, Alberto para mí no era más importante que cualquier otro jefe que había tenido hasta entonces. Un fantasma incompetente más de los que muy probablemente seguiré conociendo. Es decir me era completamente indiferente. Eso supongo no ayuda al hecho de que sea yo una de las posibles razones de porque acabo tan jodido como finalmente fue encontrado.

Y es que esparcir chismes y burlas por ahí no es precisamente un acto de rectitud o de principios entre nosotros. Y esto hablando muy muy diplomáticamente. (Además de conchudamente, claro). Pues, para variar, que Gabriela haya remplazado a Alberto tan rápidamente y por tan poco tiempo tampoco tiene sentido alguno. Al menos si se trataba de alguna venganza personal. Aun así, lo único que hizo durante su “gestión” fue poner en orden el desorden de su antiguo amigo para luego renunciar y dejarme a cargo de todo. Ahora, con esto no quiero sonar malagradecido pero no tengo la más mínima duda de que hubiese ejercido de forma más eficaz de lo que finalmente hice si hubiese contado con un equipo seleccionado especialmente para complementar mis capacidades. Gabriela era soberbia y extremadamente orgullosa. Alberto era trabajador, es cierto, pero irremediablemente sensible. Sobre todo después de su pronta paternidad. Mierda, solo tenía 34 creo, eso es solo ocho años más que yo. Pero, algo que no voy a negar, es que su hija se le parecía mucho. Era simpática. Hasta puede que algún día llegue a ser hermosa. Tanto como Gabriela, no lo sé. Pero si siguen siendo igual de amigas como hasta ahora, sin duda, será aun más inteligente, y astuta, que su nueva madre adoptiva. 

Finalmente la conclusión

Arriba una canción de los Blur. Un clásico. Parte del álbum The Great Scape (1995). Abajo Noomi Rapace. La primera chica Salander.

Noomi With Love

Noomi With Love

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