Nadie permanecía completo en la sala de espera. Mis hermanos, y hermanas, huían en varias direcciones y desprovistos de cualquier tipo de motivación, salvo el miedo aterrador que sentían por ser descubiertos que les serbia de estimulante principal a su repentino escape, y ni mucho menos un destino. No los entendía muy bien. Pareciese que me había olvidado de algo importante a tener en cuenta. Algo significativo, al menos para mí, pues me resultaba imposible el figurarme alguna clase de traición, después de todo estábamos aquí por uno de los nuestros. Carajo, se trataba de una reunión familiar, la cual inesperadamente había cambiado de escenario, es verdad, pero todos votamos por esto, después de todo era ridículamente evidente que la idea de acompañar a nuestros viejos no era la razón principal. De eso estoy seguro. Pero claro, como siempre, seguro había algo que no termine de entender. Tres hermanos y dos hermanas y solo estaba yo en la sala de espera. Incluyendo a María seriamos dos, pero eso no cuenta porque está ocupada pariendo a su primogénito, o primogénita, – nunca llegue a enterarme el sexo de mi futuro sobrino o sobrina – en el quirófano. Escuchaba sus gritos mientras trataba de descubrir cuál era la verdadera razón de este repentino abandono. Aunque, claro, también controlaba,  esa amalgama de sensaciones contradictorias o eso creí que hacía, con el hecho de que podría ser llamado, al quirófano, por una enferma cualquiera que poco sabia de mi aversión a esa mi hermana en cuestión, para brindar apoyo moral. Eso si seria jodido. Ya que Elizabeth era la clase de hermana que siempre necesita ayuda.

Mientras, mis padres se amaban con pasión enfermiza. Era realmente extraño. De algún modo el breve tiempo que habían compartido después de tantos años les había devuelto algo que seguramente en su momento creyeron era amor. Aunque también podía ser que se tratase de un arranque extremadamente intenso de nostalgia, como el que de repente volviesen a ser abuelos hubiese creado un fortísimo magnetismo, que ahora entre sus pieles arrugadas emergía como una curiosa entidad que transgredía sus propias limitaciones, para con su ruptura y posterior odio mutuo,  y su aparente cariño fragmentado, sobreviviente al tiempo transcurrido y combatiendo ahora contra sus devastadoras situaciones actuales, refiriéndome explícitamente a lo concerniente a la tercera  edad. Después de todo, yo no les recordaba como lo que eran, sino todo lo contrario. Les recordaba como ese matrimonio joven que nunca terminó de envejecer del todo. Al menos no conmigo. Ya que si desde un inicio yo nací cadáver, mis padres no podían ser la excepción. Por mas esfuerzo que depositaran en deformar nuestra verdadera condición familiar. Resulta imposible recuperar algo autentico de ese charco de recuerdos malogrados. Aunque, evidentemente, luego volvieron a ser padres y lo olvidaron. Ahora, al parecer, quieren volver a repetir el mismo plato de hace veinte años. Después de todo, imposible parece ser un término que no conocen, o inmanejable para ambos abuelos, ya que esta sucediéndoles y, otra vez, no entiendo porque.

Mi hijo contemplaba mi silencio con una notable, e inmanejable, frustración que desbordaba de entre sus pequeños ojos infantiles. Como si atestiguar mi caída le hubiese transformado en adulto, su mirada era la de un hombre lastimado y derrotado. Envejecido violentamente durante millones de segundos de puro, y agudo, dolor hasta atravesarle el alma. Reduciéndolo, prácticamente, a contemplar como a su oxidado reflejo solo le queda seguir suicidándose en silencio. No había diálogos angustiados rogando misericordia al Ángel de la muerte que le observaba morbosamente detrás del espejo. Nada con lo que llenar los silencios. Solo un convicto envejeciendo velozmente tratando de alcanzar a su alma separatista. Lidiando con sus propios tormentos. Recordando como ajusticiaron a su padre años atrás con todo el desorden producto de desbande terrorista de los ochenta. Sé que se siente incompleto, pues no hay aquí nadie completo. Nadie en la sala de espera. Nadie a su alcance a quien tomar como ejemplo. Solo los restos de una civilización perturbada a modo de una familia distanciada pero, aparentemente, reunida. Supuestamente por sinceramiento, se supone. Pero todo, para mí, se trato de suposiciones. Otra vez. Me acompaña a la distancia. Sentado y desvaneciéndose. Observándome y devolviéndome el saludo. “¿Que soy para ti?” pienso en preguntarle. Sin embargo arrugo y me guardo un secreto más. Una vez más se va y vuelvo a sentirme solo.

Acaricio sus rulitos cariñosamente tratando de apaciguarlo. De calmarle de algún modo. De regresarle la ternura que se merece por derecho. Pues es la única persona inocente que conozco. Y eso, su inocencia, la verdad, es algo que realmente estoy dispuesto a proteger. Algo que hace  que el pensar en morir no solo resulte imposible sino que incluso llega a transformarse en una clase de sentimiento enfermizo lleno de impotencia pero, al mismo tiempo, aplacada constantemente por una breve pero desbordante tranquilidad producto de la alegría que me llena el verlo protegido. Pero no sucede. No mientras yo articulo  mentiras cálidas con las cual convencerle, y a mi también, de que el peligro ha pasado. Sobre todo cuando son esas muestras de auto sabotaje lo que logra que mi cuerpo se divida. Arrancando de mi rostro esa mirada perdida de cuando adolescente. Remplazándola por unos que contemplan el vacio, y duele. Mis pómulos se pronunciaban involuntariamente a mis órdenes. Desobedeciéndome y formando, en contraste, una sonrisa mal dibujada que a ratos parecía ser mía. Pues la saliva la siento yo. Humedece mi lengua y mezclándose con el aire que me sirve de alimento diario enfría mis pulmones hasta tocar mi corazón. Como si un fuerte viento atravesase el esqueleto invisible de mis antiguas esperanzas, creando unos incansables y punzantes silbidos agudos. Además, no me incomodaba que mis labios se humedeciesen sin parar, estaba como en piloto automático y reconociendo en el dolor el rostro de una amante ahora irreconocible, por el tiempo y la distancia, y encerrada en una clase de cárcel que ambos impusimos sobre nuestros verdaderos sentimientos.

Como rebelándonos ante lo “incorrecto” sacrificando lo único que hasta entonces era realmente autentico en nuestras vidas. Si es eso siquiera posible. Provocar una reyerta y enajenarse de ella como solo los prófugos, cobardes y malagradecidos, pueden concebir en esas sus mentes desesperadas. Por necesidad diría ahora, pero la verdad es que nuestro amor solo conseguía fracturar nuestros cuerpos y almas. Como un par de erizos. Sin embargo fue mutuo. Ella lo supero y siguió adelante. Yo no. Luego nos encontramos y vislumbre por primera vez algo que en su momento me negué. Hablo de ese cariño que indestructible que inútilmente intente asesinar. Después de todo, aun la escucho. Como sufre. Como expulsa sufrimiento con cada grito que raspando su garganta se desliza por la habitación para luego, inmediatamente, rebotar por los rincones del pasillo hasta, finalmente,  escapar hacia la afuera. Hacia la calle.

No paraban. Nadie paraba. Ni mis padres, que estimulándose mutuamente parecían haberse apartado del mundo, evitando la muerte y el olvido a toda costa. Ni mi querida Elizabeth resistiendo el dolor con una actitud incomprensible. Resistiendo como quien es escribe poesía porque siente que sino vomita lo que tiene terminara muriendo por asfixia. Gritaba y gritaba. Seguramente esperando una intervención. Aunque quizás era una clase de precoz amor de madre. No sabía. Pero si lo sentía. Era aplastante. Aplastante como cuando diluía mis desdichas, y pesadillas, pasadas en breves, pero intensas, muestras de amor incondicional. Como una madre con su perdonando a su hijo malagradecido, me recogía de los castillos de vidrio de una ciudad bastarda para protegerme y alimentarme. Sin embargo, seguro, probablemente, sería el abandono lo que la volvería loca. Después de todo ni si quiera lograba recordar su rostro. Aunque, ciertamente, deseaba creer, y con mucha fuerza, que sabía de quien se trataba. Quería creer que sabia quien era. Ya que de lo contrario no podría soportar ver a aquella pequeña criatura, que muy pronto seria la nueva contraparte de su vida, que tanta esperanza le transmitía – una muy extraña es verdad – sin aquel precedente en su interior empujando su voluntad en aquel, aparente, interminable quirófano. Es decir, esa sensación maravillosa, aunque jodidamente devastadora, que se siente después haber sido amada. Pues sabía perfectamente que a aquel maniquí, muerto de miedo, a su lado no podría rescatarla de aquella vieja, pero al mismo tiempo extremadamente cercana, y pequeña isla de amor, que anclada en las turbulentas aguas del Amazonas en el interior número dos de nuestro corazones. Los sabía y se odiaba por haber buscado consuelo. Así como yo odiaba estas impotentes manos inservibles.

Puede que incluso fuese su pequeño a punto de ocupar un espacio más en este mundo lo que la salvaría. Absolutamente todo eran especulaciones. Mujeres y la familia. Tías, primas, Tíos, primos. Todos cabezas de familia. Todos confabulando en contra suya. Pretendiendo crear una atmosfera de felicidad plastificada con inútiles, y fáciles, intentos de muestras de entusiasmo que a modo de “babyshowers”, y otros rituales, llegarían en cantidad. Cada quien con su rol bien aprendido. Hermanos que regresaban con, numerosos, regalos. Primas, Tías, Primos y Tíos con cámaras y muchos flashes. Ingresaban ininterrumpidamente. Vociferando las “buenas nuevas”. Resultaba desesperante. Demasiado. Tanto que quería entrar y sacarla de ese planeta. Salvarla de algún modo. Pues yo sabía muy bien que lo que estaba por venir, para ella, no era nada parecido a lo que ahora le pretendían hacer creer. Sabía muy bien que no habría vuelta atrás. Sabía que se trataría de un capítulo cerrado. Cerrado como un final realmente completo. Sin embargo antes de armarme de coraje pierdo mi libreto. Pues de repente se escuchan sus gritos. Los gritos de la criatura. Aun así, no sé si es varón o no. Puede que ni si quiera “humano”. No con una madre en constante mutación emocional. Fácil de influenciar y fácil de dejar.  Aunque, sin duda, huele mas a mujer que su propia mamá. Luego me callo y con ello me esfuerzo. Luego lo lamento.

Después de todo, la impotencia es algo que extremadamente contagioso. De una manera que nadie puede decir que prefiere ser optimista a que ser un pesimista. Esa clase de último escudo contra la indecencia, entendiendo esto como lo contrario a cualquier acto de solidaridad que verdaderamente haya nacido por pura buena fe, es ahora irrisorio más por su desfachatez que por su inutilidad. Sin embargo, lo peor fue hacer de la rabia un etilo de vida, pues para cualquier corazón frustrado que aun a estas horas de la tarde ande por los pasillos, o por las desoladas calles de la ciudad, esto es un asqueroso vicio. Y aunque no puedo reprocharles su debilidad, bien puedo avergonzarme de en algún momento haber compartido ese espíritu idealista, mediocre, que solo en las urnas mostrábamos y que poco nos sirvió a la hora de decidir a quién dejar de lado. Seguidamente, toco decidir de quienes prescindir. A quien extirpar de nuestro núcleo. Para luego volver a nuestros asuntos como si nada hubiese pasado. Algunos no soportaron. Yo casi, pero finalmente me acostumbre. Al menos eso creo. Espero.

Pasan unos minutos. Luego pasa una eternidad. Luego la caravana inicial sale del quirófano murmurando palabras incoherentes. Algunos ni si quiera me miran. Otras, mis primas, me miran extrañadas. Pero nadie se acerca. Felizmente. Cuando el maniquí sale, como haciéndoles de cola al grupo anterior, me dirige una mirada sin sentido para de ese modo poder asentir con su cabeza su fácil saludo. Escuche palabras como “bonita” y también frases como “aun tímido” o “luego le hablamos”. Posiblemente si hurgo en mi cabeza encontrare las palabras encontraría las palabras que hacen falta para darle un contexto para poder, de ese modo, entender la razón de las mismas. Pero no lo hago, porque no me importan. Solo me importa Elizabeth y la razón del silencio del bebe. Entonces, entro al interior e inmediatamente me arrepiento. Y es que el bebe comienza a chillar. Las paredes son blancas y las mantas también. Eli es trigueña y su hija es canela. Su piyama tiene bolitas azules y a su rostro le vuelve el sudor y el cansancio.

– ¿Como estas?

– Bien

No sé que mas decir. Tengo ganas de salir. Sobre todo cuando hay silencios. Me siento desubicado. Tengo más preguntas, es verdad, pero no se formularlas. ¿Cuál es su nombre? ¿Por qué canela? ¿Está sana? ¿Está completa? Aun así, nada de nada. Entonces, apunto de despedirme – y creo que lo adivina – Elizabeth interviene. Me interviene.

– Esta feliz ¿Ves?

Acariciándole su diminuta cabecita casi calva. Pues los pocos bellos que tiene no pueden considerarse cabello.

– Esta llorando – le conteste.

Como esperando una respuesta. Ademas de lo obvio. Es decir el bebe realmente estaba llorando, pero tampoco era gran cosa. Esperaba que quiza digera que soy un exagerado, o no se que, pero no sucedió. Luego una pausa y regresò.

– Está feliz a su modo.

Finaliza escapandosele una sonrisa a medio terminar. Sin llegar a su destino. Es decir, atrapada. Ademas de ignorada. La sonrisa y no ella. Pues es el centro del mundo. Ahora, una vez mas, como cuando su madre la pario. Otra vez Elizabeth se muestra sarcástica, aunque no me molesta, y, tambien, condescendiente. Como en mis recuerdos. Pero, evidentemente, ahora esta cambiada. De algún modo, supongo, muy igual  de decepcionada. O no. Aun asi me termino. Despues de todo, aun no sabia su nombre. En mi cabeza la llame Canela.

Luego regresa su pareja, junto a todo el mundo detrás haciéndole cola. Parecían celebrar algo. Como bailando la conga en una especie de hora loca silenciosa. Eso no me gusta. Me escabullo entre la multitud y logro salir de ese desalentador cautiverio. Desalentador como esa imagen justo antes de reincorporándome hacia la sala de inacabable espera. Elizabeth y mi sobrina canela posando para las cámaras.

Supongo que fue en ese momento que me perdí de ese algo que ahora necesito para largarme de aquí. Después de todo, ya casi no hay nadie. Solo veo gente y más gente. Pero nadie a quien extrañar. Solo Elizabeth escupiendo consignas sanguinolentas, producto de un amor incompleto, disfrazas en protocolares cumplidos de bienvenida. Con dirección hacia nadie y a todos en la habitación. Pues había un manto separándolas. Como una densa neblina protegiéndolas del horror real. Ese que jode más a la gente. El de la vida diaria. Separándolas, es verdad, pero manteniéndolas igualmente aprisionadas. Como un león magullado en su orgullo y ya acostumbrado a su público. Luchando con el sueño y la tristeza. Recostada y abrazando a Canela. Mi linda sobrina, dueña ahora del pardo de mis ojos, succionándola lentamente todas sus memorias. Desplazándola silenciosamente ya desde la infancia. Pero, aun así, abrazándome permanentemente. Aun conmigo. Heredando odio una generacion mas.

El Paciente Ignorado

 

Arriba una de las mejores canciones de la banda sonora de la película “Buscando un Amigo para el Fin del Mundo” (Lorena Scafaria, 2012). Película que me gusto mucho. Tanto que ahora publicamos un texto al respecto en el Sumidero. Abajo una imagen con los dos protagonistas.

Buscando un amigo para el fin del mundo

“Siempre he pensado que dos románticos juntos están completamente jodidos” – Penny

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