1

Lo hiciste otra vez. Volviste a claudicar. Lo sorprende, sin embargo, es que no hay nadie allí para decirte que hacer. Y si los hay, poco les importas. Y eso, como todas las realidades que te suelen atormentar, te distrae del objetivo principal. Eso que supuestamente debe darle sentido a tu misión. Eso que supones debería fungir más que de consuelo. Pero sucede que nada funciona como tercamente decidiste pintarlo. Y ahora que colisionas, es cuando entiendes que no habrá estrellas ni fuegos artificiales al final de la película. Sabes perfectamente que esto es caída libre. Pero eres terco, y piensas que al intentarlo lograras comprender las razones primordiales que dan vida a los restos de tu despedazada convicción. Aun cuando te mueras de miedo por dentro. Como la mala ortografía, sabes que entendiste todo mal. Sabes también que venderías el resto de tu alma al Diablo, o a cualquier entidad milagrosa u extorsionadora, por no volver a hacerlo. Por no volver a claudicar o rendirte, o cualquier sinónimo de mierda que pueda ahora servirte de contexto. Sin embargo, aun así, te limitas a observar.

Fingiendo calma, pero por gusto, pues por dentro todo son calambres e inquietud, por lo desconocido y sus consecuencias negativas. Esforzándote al máximo por aparentar que eres lo suficientemente esforzado como para seguir mereciendo tu vida de pasajero, con los demás y con los que tampoco te importan. Pues el círculo jamás debe cerrarse, por más que lo desees. Por más que lo ansíes. Ya que de hacerlo, las consecuencias pueden excederte en grandísima diferencia. Y fracasar es lo que más temes. Mucho más que morir ahogado en malas ideas. Es decir, prefiero morir miserable que a morir anónimo. Aun cuando soy perfectamente consciente que el mundo a mí alrededor desborda de ellos. Como un retrete escupiendo cadáveres y otra clase de gentes muertas, malolientes y con corbata. La mala noticia, sin embargo, es que, al parecer, ya llega mi turno. Y tengo miedo. Mucho. Demasiado. Tanto que podría cerrar los ojos y nunca más volver a abrirlos. Pero no lo hare, pues de hacerlo, sin duda, me olvidare a mi mismo en esa asquerosa vacuidad negra, y transparente, en el interior de mi cabeza. Y, la verdad, no soy tan fuerte como para resistir una confrontación mas con esos suicidas escrupulosos de mi pasado, que emulando una clase de club fantasmal se pasan las horas contando historias con finales contradictorios y felices. Después de todo, prácticamente les he insultado al volver a mi ciudad. Además, ellos tampoco aprendieron a perdonar.

Todo por culpa de no saber encontrar un lugar definitivo. Y como me canse de buscar, termine por vagar. Pues de un limpio y delicado vientre surgí, como la máxima expresión de su dolor, maldiciendo y gritando. Años atrás cuando aun me atrevía a desperdiciar oportunidades por la mísera esperanza de algún logro personal que me sobreviviera años después. Desafortunadamente nunca logre concluir mis buenas intenciones. Ya que para hacerlo requería de dosis extremas de valor y coraje, además de huevos. Además, como todo soñador atribuí, sencillamente, – que no fácil – mi fracaso a mi irresponsabilidad por haber cruzado los limites de mi cobardía. Así aprendí que aunque las cosas se logren casi siempre con puro sacrificio, no siempre esto alcanza, ni dura, lo suficiente como para conservar su brillo. Eso sin duda, es la prueba perfecta de que el lograr mis sueños fue por nada más que pasión absoluta. Es decir, no hay nada más imperfecto que una victoria momentánea. Y mi amor, sin lugar a dudas, es imperfecto.

Sin embargo, como un triste y forzado desenlace, acabe solo con lo que me merecía, y eso, sin duda, fue la peor parte. Convivir con Soledad y con todos esos diálogos imaginarios, que nunca lograría plasmar, jodiendome mis tripas. Como un gusano mordiendo mis órganos internos y drenando, sin mi permiso, mi sangre y vitalidad. Sin ninguna clase de  misericordia alguna, ni en la cabeza de Soledad ni en mis recuerdos. Esos momentos de dolor podrían extenderse a lo largo de segundos interminables y yo aun seguiría entero, como si el destino se empecinase en conservarme completo con la única intención de que siguiese muriendo. Cada hora transcurrida pesaba igual y yo solo atinaba a aguantar y llorar. Siempre en ese orden. Después de todo, mi único estimulante era el resistir lo suficiente como para que lograse encontrarme con el forense.

Que se supone es lo que tenía que hacer, no logro recuperar ni un solo recuerdo, trato y trato, y no recupero alguno completo, o verdadero. Nada concreto, nada contundente. Puras imágenes confusas; un crio alimentando a un cocodrilo, un adolescente embobado con el par de tetas de la enfermera, que con una vieja doctora dentista le examinan, mintiéndolo con la boca abierta, con variados instrumentos en la principal habitación de tortura del nosocomio estatal. Un joven destrozado porque su chica lo dejo por otro que la tenia mas grande. En otras, simplemente, el mismo joven, se esfuerza en guardar silencio, por no llorar y exteriorizar el dolor que le ocasiona cada lagrima que se desliza por sus mejillas, provenientes de unos ojos que no son los suyos, durante y después de atestiguar como su madre muere sin poder tocar su corazón. Nunca nada definitivo. No llego a contemplar la respuesta final que supuestamente iluminaria mi camino hacia la grandeza, pues todas estas escenas acaban violentamente sin dejarme reaccionar. Debe ser culpa mía, pues no he logrado reconciliarme con nadie cercano ni con nadie al que haya hecho daño. Y eso, pues, es injusto aun para el más bastardo de su generación. La frustración del no poder pedir perdón ni lograr apagar el incendio imparable, que por dentro de su caparazón lo consumen sin ninguna clase de tregua.

No logro recordar. Aun cuando entendía muy bien su importancia. Aun con todos esos ruiseñores de tendencias carroñeras, impacientándose por mis negativas. Arrugan sus rostros cada vez que fallo, gesticulan insultos que nunca se atreven a decir. Pues saben muy bien que por esos irreconocibles rostros nunca los olvidare, y bueno, yo para ellos solo significo un relato flotante y nada más. Y eso, siendo muy optimista, pues aunque que crecí con ellos en mi habitación, no los estimo lo suficiente como para considerarlos familia, y evidentemente, creo que el sentimiento es mutuo. Siempre  empeorando durante y después de cada cumpleaños. Siempre tratando de hacerme perder la razón. Como unos auténticos hijos de puta, se disfrazan en asco, y buenos modales, para luego hacerse los especiales, cuando yo vago por esa delgada línea que tensa mis nervios con cada caída. Con cada día transcurrido. Con cada lamento suprimido. Pues aunque niegue mil veces mi temor, siempre tendré conmigo este rostro.

Pero no importa. No importan sus hipótesis surrealistas ni sus ataques de conciencia. No cuando aun haya espacio en la habitación. Pues soy yo el hombre y sus errores, y ellos solo ideas malogradas. Reducidas a lo más minúsculo de su existencia. Fantasmas frustrados y ruiseñores amargados. Y no es hipocresía. Pues nunca firme ningún contrato, ni verbal ni mucho menos con sangre. Atormentaban a un jovenzuelo de existencia volátil, pero ha crecido, ha madurado, ha sufrido. Harán ruido quizás, hasta confabularan, pero descuida que nada pueden hacer que su padre no haya hecho ya. Ni putas lluvias en pleno verano, ni embarazos inesperados. Todos esos recursos los ha gastado, entre distintas empresas maquiavélicas y otras babosas apuestas. Después de todo, ahora, a él también le toca esperar.

Y es porque no logro familiarizarme con el significado de ese supuesto, que me dejo arrastrar como una corriente extraviada en un mar de ficciones irreconciliables. Ni por rebeldía tardía y ni mucho menos por incapacidad. Pues me duele mucho no haber concretado esa tarea encomendada. Ese deber heredado con cada gota de sudor que excretaba, víctima del calor del sol y su pobre educación, el único hombre al que admire. Ese que con autentica fuerza de voluntad logro forjarme una oportunidad, pero que, sin embargo, nunca pude, ni me atreví, encarar. Mi respeto era intenso como el amor fraternal que nunca termina de consumirse, ni por la edad ni por el tiempo distanciados. Tanto que el odio termino deformando la naturaleza inocente que en un inicio envolvió y reconforto a su primogénito. Amalgamándolo entre variados e indistintas clases de odios y amores enfermos. Convirtiéndolo en la clase de antihéroe que finalmente enamoro y mato el corazón de su madre.

2

Recuerdo como Arden llegó al mundo, encandilando a mis padres, llorando, pero de felicidad. Renovando su compromiso de amor filial e incondicional. Al menos en apariencia. Además, tenía el cabello hecho unos rulitos en ese entonces y era, sin duda, un niño muy simpático. Un verdadero aliciente diario. Aunque, claro, nada contemporáneo. Pues no se trataba de un acuerdo de convivencia firmado, y políticamente correcto, lo que los unía. Era esperanzas en un proyecto familiar. Algo de lo que estar orgullosos. Un lugar donde refugiarse del horror del exterior, que a diario había que afrontar. Un hogar. Un espacio infinito, lleno de una calidez acogedora, y compartido. Una isla extraviada y con dirección al paraíso más cercano. Después de todo, fue la cuna de mí más apreciado amigo y hermano. Al menos hasta que de afuera, lo extirparon. Con luces e instrumentos. Sin amigos ni enemigos. Simplemente para exiliarlo y asfixiarlo. A veces en una habitación ciega y otras en castillos vacios. Como si tuviese que superar un juego macabro, pues tenía encontrar una salida a un laberinto extremadamente desesperante, para que, a modo de recompensa, rara vez lograse recuperar algo de aquellos viejos, y buenos tiempos. Al encontrar numerosos retos preestablecidos que resolver. Sin embargo, al decidirse afrontarlos con un optimismo ciego el único resultado que encontraría seria el del fracaso. No tenía nada, solo malas ideas con las que alimentarse, y amigos imaginarios al cual odiarles. Salvo ese rostro cubriéndole sobre su cara. Uno, sin duda alguna, muy parecido al de aquel hombre que luego admiraría y odiaría. Pero no todo era un infierno. Pues conservaba, y al reconocerlos se daba aliento constantemente, los ojos de la única mujer pura de su vida. Son estos los únicos cumplidos, y recuerdos, que se llevaría a la hora de encontrarnos con Virgilio, nuestro comprensivo pero imparcial, amigo. Cuando era hora de seguirle el paso a la muerte en el destierro.

Éramos malas personas y lo sabíamos. Egocéntricos y antipáticos. Víctimas de las altas expectativas. Nos consolábamos con tristes intentos de poesía. Aun así, nos desangrábamos ante la inmutable inmensidad. Como unos cobardes extraviados entre la selva de su salvaje confinación. Buscando algo que ni siquiera tiene nombre ni, mucho menos, prueba alguna de su existencia. Pero nuestra intención permanecía. Como intentando alcanzar alguna clase de posible renovación. Ansiando una segunda oportunidad, atascada en un agotador estado de espera. Sin embargo, de alguna manera sentía bien el ir desangrándome, como un desubicado escritor, sin adjetivos útiles, sin un contexto único donde unificar sus ideas. Mendigando abrazos como quien se masturba con recuerdos manoseados. Es decir, vagando por puro tiempo muerto que por necesidad. Naufragando indeterminadamente. Buscándola en el lugar equivocado. Buscándolo en el infierno equivocado. Buscándolos en el manicomio equivocado. Pero sin rastro alguno que motive más esfuerzos. Solo mi reflejo desnudo sobre las lagunillas improvisadas sobre las pistas devastadas por la lluvia. Reconociendo nuestra insignificancia bajo un inestable techo nublado. Esperando una señal. Esperando que apareciese un arco iris que desfigurase ese cielo gastado. Atravesándole a la puesta del sol. Que se muriesen juntos, para que de ese modo despejasen la densa niebla que obstaculizaba nuestro camino.

Esperando atemorizados. A ratos. Mirándonos y reconociéndonos innumerables veces. Atascados y juntos. Tres mosqueteros, mediocres y, por demás, desorientados. Uno intentando ser guía, otro como protagonista y el último, siempre al final, era testigo. El narrador de tragedias. El que rompe el hielo. El inútil sin diálogos. Pasaban horas, días, y años y el aburrimiento ya había pasado, ahora nos tocaba reventar. Arden comenzaba a enloquecer, sin encontrar apoyo en nosotros, Virgilio a desesperarse, por la traición de su tan sagrada providencia. Algunos dientes cambiaban de forma según el estado de ánimo y ya era obvio que muy pronto nos devoraríamos. Sin embargo aguantábamos, de algún modo tratábamos y tratábamos, prolongar la transformación. ¿Pero cómo hacerlo si estamos prácticamente abandonados? Pensaba y pensaba. Al no encontrar respuesta decidimos dedicar todas nuestras fuerzas a tolerar el silencio hasta asesinarlo. Locura y amor. Locura y odio. Todo a dosis extremas. Convulsiones y fiebres mensuales. Pero juntos. Conservándonos, cada cual a su modo, presentes. Siempre presentes. Como comunicándonos por medio de las experiencias. Como mutando nuevas técnicas. Resistiéndonos a oscuras. Con los ojos cerrados pero con los sentidos concentrados. Hasta el final. Hasta la muerte. Hasta lograrlo.

De algún modo nuestra persistencia llamo la atención. Pues nos encontraron. “Abran los ojos” dijeron. Antes de que dejarme sorprender, volvió la misma orden, pero esta vez de un modo personal, “Abre los ojos” y muy cerca mío. Y lo hicimos. ¿De qué se trataría? ¿Que nos esperaría? No había absolutamente ni una sola idea rondando mi cabeza. Sin embargo, el miedo, como casi siempre, encajo algo que, ciertamente, ya era tiempo de que lo figurase de algún modo. Pues no solo lo habíamos dado, inicialmente, como algo inevitable además, también, de necesario. Hablo, por supuesto, de lo más probable para nosotros y para mí. Es decir, podría ser que por fin había llegado la hora de morir. Eso, de lejos, era lo más coherente, aun en cualquier escenario decadente como este, y, mierda, que nos horrorizaba muchísimo. Sin embargo, así como el miedo puede darle la razón a todos los náufragos innecesarios al prolongar su muerte sencillamente por pura diversión enfermiza, pudo despertar en nosotros, personalmente hablando, unas ganas inquietantes por seguir observando. Por seguir “viviendo”. Por seguir descubriendo. Por volver al camino de nuestro tan ansiado reencuentro. Germino así otra posibilidad, que aunque era mucho más probable si tenemos en cuenta las condiciones reales de nuestros sentidos tras tan larga espera, y era asimilar la esperanzadora idea de que al abrir los ojos estaríamos aceptando que lo que ahora tocaba era ser rescatados de aquel olvido abismal. Aun que, claro, estaba también la remota posibilidad de que ya hubiésemos muerto. En ese caso las cosas serian mucho más simples, pues solo tendrían que recordárnoslo, o no.

Era innegable. Tengo que admitirlo, me sentí mucho mas ligero una vez ya con los ojos abiertos. Como si te despertasen violentamente, abriendo las cortinas y mostrándote la desquiciante luminosidad mañanera. Lo primero fue confuso. Pues habían cabezas sin rostros y, como dije, había una muy fuerte luz de fondo. “Eso es, son ángeles, estamos muertos. Mierda” dije. Sin embargo, no hubo respuesta. Y ciertamente nunca la hubo. Incluso, recobramos nuestra visión por completo. Luego nos ubicaron, o retornaron, a nuestras ubicaciones. Es decir, las reales. Después desperté. Despertamos y nos enamoramos. Superficialmente, pero en ese momento no necesitábamos mas, de aquellas bellas y seductoras, mujeres.  Pues eso era. Ni ángeles ni demonios. Bellísimas y hermosas mujeres. No muy altas, ni muy bajas. Como nosotros. Trigueñas y, extrañamente, familiares. Como esas mujeres a las que conocíamos de toda la vida pero que nunca tuvimos el coraje, ni los huevos, de decirles piropo alguno. No importaba, pues no preguntamos ni ellas tampoco. Luego nos convinimos. Y nos atascamos. Otra vez. Pero esta vez, ya estábamos cansados los tres. De tanta peregrinación inútil. Entonces pecamos y, luego, nos devoraron.

3

Pasaron ya veinte años y aun odio esta piel que me aprisiona. Hace mi cuerpo más pesado con cada día desperdiciado. Desgastando mis posibilidades con los incesantes devenires, producto de la edad y el lento aprendizaje, ya facturados y archivados. Además, sucede que aun sigue lloviendo. Fui un sueño siendo masticado por una pesadilla en lo que dura un  pestañeo. Todas esas horribles experiencias estaban ahora adoptadas por mi A.D.N. como un montón de sangre coagulada en la garganta. Asqueando y jodiendo nuestro imanto paladar para degustar todos los sabores, tanto los desagradables como los estimulantes. Todas esas jodidas amistades. Todas, y todos, juntas lesionándome a un ritmo imparable e inalcanzable. Como un club de universitarios fracasados conviviendo por, y entre, desaliñados ideales malogrados. Esperando una vez más las siguientes elecciones, mientras algunos inconformes, como casi todo el mundo despechado, confabulan una posible revocatoria. Usando su tiempo con la única intención de no malgastarlo. Sin embargo, saben perfectamente que ya no son más dignos de las plegarias de sus madres ni del esfuerzo de sus padres. Después de todo, se han traicionado unos con otros por razones indiscutiblemente risibles, inclusive por fomentar el espíritu de equipo, además de las viejas prácticas, es decir “tomándolo deportivamente”. Pero ya no sirven. Eso es lo malo. Ya no están ni en sus cuerpos. Aquellos miembros mutilados que se quedaron fuera durante la odisea. Ya que justo antes de darnos las manos, nos traicionamos. El resto sería asimilar la culpa escribiendo y zanjando vergüenzas clandestinas, mientras nuestros padres escupen sangre por la tuberculosis, producto de la decepción y la vergüenza absoluta, como también lo hicieron sus padres. Ahora, esos desarmados son, prácticamente, huérfanos incompletos y no aptos para reciclaje alguno. Lamentablemente.

Sin embargo, aun con todo me deslizo entre la mierda como un prófugo lo hace de sus acreedores. Como alguna clase de camaleón con problemas de identidad. Madurando equivocadamente con cada decisión tomada. Retrocediendo y avanzando desordenadamente. Sincronizando el tiempo que me queda con el reloj de pared de la sala principal. Esperando visitas que nunca llegaran. Buscando el número telefónico perdido hace años de mamá. Sudando y soleándome en la cola para el banco. Detectando errores gramaticales en tarjetas de navidad. Mezclándome y confundiéndome. Atrapado en un dilema irresoluble por pura esperanza, ingenua y a ratos subestimada. Tachando opciones amistosas de trabajo. Tachando amistades deplorables del trabajo. Otra vez. Como un camaleón ocultándose de sus fantasmas. Como un camaleón y una corazonada. Disfrazado de adivinanzas. Caminando por el centro histórico, inherente al sentir del vagabundo desgraciado carente de alma, con una compañera extraviada. Pero, lo siente. Siente como la pobreza le provoca un minúsculo, pero existente, sentimiento de lastima. Como un pequeño intento de empatía mal enfocado, e interpretado. Sin embargo, su determinación interviene y controla la situación. Como con todo lo que trata de remover sus escrúpulos.

También camina, el camaleón, en distintos mundos encapsulados. Asociando y reconociendo la sangre. Sepultando cualquier rasgo familiar. Pues es porque asesinaron su sentimiento de patria durante aquel inoportuno cumpleaños suyo que cambia constantemente de mascara. Sin miedo al qué dirán, se pierde en maquillaje de mujer transportando su corazón, de un interior frio y vacio, a un ambiente cálido y familiar. Pues a su condición de mutista involuntario no le importan los comentarios envenenados de esos modernos adoctrinados que afuera de sus terrenos, donde supuestamente construyeron su civilización perfecta y solidaria, siguen contaminando el planeta que ambas expresiones humanas comparten. Escudados en estúpidos lemas carentes de alma. Ellos que proclaman su decencia por sobre todas sus necesidades básicas. Emulando, y creyéndose, ser ciudadanos correctos, simplemente por tener la gracia, y capacidad, de despreciar y seleccionar a sus contrincantes. Esos infiltrados comiendo sus propios hogares y cagando sobre sus hijos, e hijas, cuadriculados. Violando por puro aburrimiento las aun fértiles mentes de sus vástagos. Pero nada de eso importa. Pues para el camaleón esta clase de gente podrida hace tiempo que dejaron de cumplir sus mediocres propósitos y, en consecuencia, su importancia dejo de ser un factor determinante al momento de consolidar, y evaluar, el grado de autenticidad, para su propio estándar, de su posición actual. Y es que aun en este basurero de ciudad el camaleón siente que tiene esperanzas que alimentar.

Lo miro y recuerdo porque aun soy dependiente de sus decisiones. Y es que ya no importa la poca esperanza, que depositasen en mí todas esas musas destartaladas poco después de atravesar la neblina. Ya no tengo nada guardado en mi interior. Después de todo, nunca fue suficiente. Fue puro humo comparado con lo que realmente necesitaba. Podría, y estoy en posición de hacerlo, considerar aquel acto de buena fe, supuestamente, como una muy mala jugada. Una verdadera canallada. Ellas muy desorientadas, y por demás desesperadas, iban y venían, interpretando un rol que poca huella dejo en mi corazón, aconsejándome y alejándome. Distanciándome de mis compañeros, hasta traicionarlos. Sacrificando a Arden por un poco de sexo sin amor. Olvidando y avergonzando a Virgilio por un poco de cariño y contacto. Aun así, es por esa su burda desesperación que contagiaron y perturbaron el unipersonal del inconstante. Distorsionando mi propósito entre toxicas visiones de acomodada nostalgia. Humanizándome hasta el extremo por medio de exquisitas felaciones interminables. Transportándome a lugares maravillosos donde, gracias a placenteros escenarios orgiásticos, logre recuperar, aunque por fugaces momentos, mi rostro por completo.

Las recuerdo perfectamente. Como una víctima recuerda a su victimario. Como un cazador recuerda a su presa. Y es que aquellas hermanastras lograron debilitar mi fortaleza con puros actos humanos. Con conductas que antes reprobaba pero que, sin embargo, con las que termine disfrutando sin restricciones ni limitación alguna. Después de todo, así como toda carne es débil, igual y el mundo del poeta se hace constantemente una masacre. Atormentándolo y desvistiéndolo. Lo abrazan y calientan para luego asesinarlo. Sin embargo, el sufrimiento que representa el arrepentimiento sincero puede llegar a ser una fuente de redención momentánea e imperfecta, pero milagrosamente útil. Pues antes de que lograsen tragarme logre asquearles. Luego, inevitablemente, me abortaron.

Así lo conocí y así el me encontró. Pues fue eso exactamente lo que me dijo. Aunque, claro, eventualmente me daría cuenta de que lo dijo solo por figurar. Y es que, definitivamente, necesitaba de alguien con quien conversar. Estaba igual de machacado que yo. Se notaba que había sobrevivido a circunstancias semejantes a las mías. Pues, aunque, su rostro estaba claramente lastimado, su mirada conservaba su esencia. La esencia humana. Sucia y defectuosa, pero necesaria. Fue, prácticamente, como ver en un puto reflejo mi ausencia en mi propio cuerpo. Pero, claro, solo reconocí sus ojos. Que junto a las facciones duras de su rostro forman una característica insuperable. La del superviviente. Y lo sabíamos. Además, incluso el se daba cuenta de mi carencia de rostro. De donde salió Camaleón, o a donde iba, no lo sé. Nunca tuve certeza segura de nada relacionado con su destino. Sin embargo, lo más posible es que también se tratase de un extraviado como yo. Pero, francamente, Camaleón tenía mas pinta de ser un paria que un exiliado. Paso el tiempo. Pasaron días y luego meses. Luego nos aburrimos, es verdad, pero también es verdad que no tuvimos mucho tiempo como para llegar a hartarnos mutuamente. Pues nuestros caracteres no solo no eran compatibles, sino que eran, de lejos la peor combinación, pero nos toleramos. Yo necesitaba una dirección y el necesitaba recordar cómo era ser, o pretender, un humano. No fue ni si quiera una amistad. Pero no me incomodaba. No podía incomodarme. Yo sabía muy bien como era mi conducta cuando me incomodaba. Como de abismal seria mi caída si tan solo comenzaba a incomodarme. Así que me concentre. Pensé y concluí. Solo me quedaba alcanzarles y pedirles perdón. Esa sería mi cura. Mi encarrila miento. Después de todo, además de que esa sería la única constancia de que aun merecía regresar a mi casa, necesitaba mucho librarme de ese tremendo peso que aplastando e interrumpiendo mi ritmo.

Es curioso como terminan de desarrollarse las cosas. Algunas empresas fracasan por culpa de sus miembros, otras, sin embargo, lo hacen porque, simplemente, no estaba destinado que lograsen éxito. ¿Quién lo decide? Ni puta idea. Puede tratarse cualquier Dios, pero con los súbditos necesarios como para creerse su propio título. Incluso puede que se trate de alguna clase de confabulación imperfecta, de otro modo la diversión no sería compartida, entre entidades semejantes. Humanas o no humanas. Naturales o innaturales. Dignas o indignas. Eso es secundario. Así como una negligencia de parto humano termina convirtiéndose en padre de familia. Así como la injusticia aceptada nos sirve de desayuno, y catalizador de motivaciones diversas, no debe obstaculizar nuestro emprendimiento moderno de auto saturación superficial. Así como el derecho a respirar indiscriminadamente el aire que también sirve de alimento para los pobres, a los que nos comemos en navidad, no debe desmotivar nuestra condición de carnívoros de redes sociales. Después de todo, tampoco es como si nos sobrace el tiempo.

De algún modo, lo nuestro podría categorizarse como el segundo tipo de fracaso. Que hayamos estado tan cerca de nuestros destinos y que de repente fuésemos presa de un miedo incontrolable, tiene de lejos una causa externa. Camaleón muerto por una traición mal planificada. Y yo atrapado por las mismas circunstancias por las que fui extirpado. No son casualidades ocasionales. Sería demasiado fácil que así fuese. Además de imperdonable, por supuesto. Y es que, lamentablemente, no somos la clase de secretos que se conservan por si solos. Nunca lo fuimos. Nadie a nuestro alrededor lo fue. Entonces, desde un inicio, no había razón alguna para atormentarse. Pero sabíamos, porque lo sentíamos, que no estaba en nosotros rendirnos por miedo. Eso, desgraciadamente, hace que nuestro fracaso sea aun más lamentable, y difícil de digerir.

Sucedió. Sucedió lo inimaginable y aun sigo de testigo inmortal de mis fracasos. Con los labios entumecidos descascaro mis encías mientras que con mis dientes mastico mi malagradecida lengua. Como un lamentable despropósito de existencia sentenciado a seguir buscando una salida, y un posible destino, a su propio laberinto. Sin embargo, por ahora, solo me queda contemplar el horror y tratar de recordar como hizo para cogerle el gusto. Rutinariamente hasta perder la noción de la realidad una y otra vez hasta que finalmente la locura eyacule sobre mis manos ensangrentadas. Mientras, en mi boca solo hay espacio para gesticular maliciosas muestras de odio, y en mi cabeza escucho perennemente el discurso agotador de cómo, y porque, fue que me traicione. Observo, entonces, mi desgastado reflejo torturarse entre malabarismos ridículos. Como un mal chiste junto a una multitud de incontables hombres al terno. Muchísimos. Lo suficiente como para pasarme la vida buscando mi rostro en esa difícil audiencia.

Animales incompletos

Arriba una canción hermosísima. Se trata de “The First Cut Is The Deepest” interpretada por P.P. Arnold y escrita por Cat Stevens. “El primer corte es el más difícil” Carajo que es verdad. Demasiado a ratos. Genial.

Abajo Nancy Olson, apropósito de la película “Sunset Boulevard” de Billy Wilder aquel hombre detrás de esa genialidad llamada “El Apartamento”. Demasiado buenas. Tanto que la primera aun la tengo dando vueltas en mi cabeza.

Cute Betty

Cute Betty

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