Estos sin duda son los mejores días de nuestras vidas. Con las hormonas emulando a un volcán en una espiral de éxtasis incomparable y con el optimismo aun sano y saludable. Es decir, aun sin contaminar. Como cuando los buenos deseos eran gratis. Exactamente como se supone que debe funcionar el mundo. El real, claro, pues es el más peligroso de todos. Y eso no es exagerar. He escuchado que incluso hay personas que mueren por amor. Otras por desamor. Es enfermizo y, realmente, aterrador. Pero, al parecer, inevitable.

“Sin embargo, una vez sucedido el temblor, el discurso se transforma de forma irreversible. Pues el orador ha muerto y ahora solo queda un innecesario interlocutor que ahora, poco convencido, decide interpretar el incómodo papel del de protagonista desorientado, además de desubicado, en un universo en expansión que no le comprende y mucho menos siente piedad alguna con este nuestro hombre sensible en estos tiempos angustiosamente modernos.”

Después de todo, resistiendo envuelto entre canciones románticas corrompimos nuestras buenas intenciones. Así como vendimos nuestro amor verdadero, por una intangible ilusión de seguridad, vendimos también nuestras agotadas, y escasas, esperanzas. De manera que creamos una fuente inagotable de insostenible humillación. Puesto que no podían con nuestra vertiginosa caída libre, nuestros desilusionados ángeles siameses. Después de todo, ya que nuestra dirección nos era completamente desconocida terminamos decidirnos optar por lo fácil. Ósea, acobardarnos, rendirnos, reducirnos y, otra vez, humillarnos. Aunque, claro, eso ahora lo comprendo mejor que antes, obviamente por muchos factores que ahora se ven muchísimo más claros que en aquel caótico momento de decisiones vitales. Sobre todo ahora, luego de que esa puta neblina terminase de dispersarse, pues finalmente he aceptado que la culpa fue nuestra y no de las circunstancias. Y, por supuesto, que no fue decisión fácil de asumir. Sin embargo, pensar en ello como un logro seria repetir la misma clase de errores que en su momento cometí. Esa de dejar el rumbo de mi vida en piloto automático. Ahora, vivido cien años luego de aquellos desagradables eventos, milagrosamente he alcanzado a visualizar el panorama, aparentemente espero, definitivo en el que me encuentro aislado, y, mierda, que es horrible.

Me revuelco entonces entre recuerdos distorsionados, los más importantes, como quien se niega a despertar del coma, y los revivo, al menos por motivo de celebración, cuando los necesito, evidentemente, ya que nunca he sido de los que madrugan esperando buena suerte. Sino de aquellos que amanecen jodidos para seguir jodiendose el resto del día con una única expectativa en la cabeza, la de esperar que el próximo día sea, en el mejor de los casos, menos jodido. Y eso, por más estúpido que parezca, constituye el calvario artístico, al menos superficialmente, donde vomitar palabras supuestamente significativas no son, digamos, necesariamente útiles. Después de todo, me alimento con la misma toxicidad sentimental, y espiritual, que el resto de cadáveres idealistas e hipócritas elitistas (ya que al parecer nadie toma en cuenta ahora las clases sociales siempre en cuanto siga siendo uno el hijo de puta que se espera) de mi generación. Ahora prácticamente saturada en una clase de muerte políticamente correcta. Muertos por encajar en un mundo, imparablemente competitivo, que no tolera a los cobardes ni mucho menos a los “sensibles” románticos engatusados por cruentas promesas incompletas.

Sin embargo, esperando mi turno hacia la guillotina, espero y atestiguo, pues aún tengo la capacidad de soñar. Después de todo, mis sentidos no me traicionaran cuando trate de reconocerla, a ella, mi verdugo insatisfecha, entre el asqueroso jurado universitario al finalizar el traslado de la morgue para jóvenes, y viejos, productos fracasados, sin esperanza alguna, con dirección a ser reciclados, es decir…reciclados (Según la política actual de la casa de estudios) Pero, aun así, recibo su mirada trastornada, pues la decepción la ha deformado cruelmente, tanto que su mirada, prácticamente, carece de alma y, mucho menos, de algún rastro de tristeza. Tristeza por la pronta anulación de mi puesto como compañero suyo, pero aun así la conservo. Ya que aun en estas miserables circunstancias me sirve de consuelo aquel tiempo maravilloso que compartimos. Sin embargo, lentamente, me desvanezco de su corazón. Y lo siento, y lo acepto. Pues ha terminado mí con mi papel. La del eterno prófugo de sus ficciones. Todas inconclusas. Ya que, después de todo, simplemente, solo represento una oportunidad desperdiciada.

Exactamente como un espacio que es desocupado, y en lo que dura un simple pestañeo. Como a un personaje mal descrito al que las desgracias del tiempo, y afluentes consecuencias, no terminan de matar. Sino que tan solo le mastican por puro gusto, pues ya ni tan si quiera hay curiosidad en sus acciones, y costumbres mortales. Se desliga ella así junto a mis antiguos ángeles siameses, ahora unos fantasmas descorazonados, de un insufrible mal hábito, que por muchísimo rato estuvo, extremadamente, arraigado en su más asqueroso, y bello – por contraste – interior. Después de todo, ella es uno conmigo. Defectuosa en mi presencia y virtuosa sin mis conductas, es decir, cuando aun trataba de prolongar su apego, y terquedad, con mis transparentes, y a ratos patéticos, sentimientos.

La peor parte, sin duda, es que a lo lejos la mirare esforzarse por olvidar el verdadero significado de esos mensajes encriptados en cada latido de su corazón. Pues ella sabe muy bien que el panorama siguiente a mi extirpación será uno, francamente, desalentador. Por no decir desesperante y exageradamente aburrido. Cosa que la obligara a vivir de reconstruir recuerdos. Pero solo hasta llegar al clímax de nuestra aventura. Esa donde esos putos fantasmas traicioneros me desnudaron, sin piedad alguna, en su presencia. Para, consecuentemente, luego triturarme hasta asquearse. Y vomitarme. Así como unas niñas mastican un chicle por el engañoso placer que produce su dulce, su frialdad tritura mis esperanzas hasta reducirlas a basura. Esa, de lejos, es la parte en la que termino decepcionado. Por ella y mis antiguos amigos. Que como unos malogrados confidentes terminaron por relatarle la historia de mi derrota.

Sucede pues, al parecer, que desgraciadamente su silencio era aún más poderoso que cualquier deseo interno, que supuestamente había guardado, suyo. ¿Se supone que es mentira? Esto que con tanto esfuerzo logre criar. Eran esa clase de respuestas ausentes, y al parecer también inexistentes, las que me atormentaban. Jugaban conmigo como quien destruye futuros solo por diversión. Punzaban cruelmente las delicadas fibras del esqueleto invisible de mi alma. Esa que al nacer mis padres bautizaron con mi nombre. De algún modo, esto no sirvió. Ni mis constantes desahogos emocionales que, incansablemente, lanzaba al abismo de mis fracasos y errores. Pero, cien años después, me contacto. Un milagro junto a un ángel desesperado.

Sin embargo, lamentablemente, algo aún estaba por suceder. Algo que me tenía miedo y, que por supuesto, yo también. Algo de inexplicable origen, salvo por la empatía que sentía por ese sentimiento, todo era desconocido para mí. Sencillamente, mi cuerpo y conciencia eran los interiores incontrolables de un adolescente desorientado, y lastimado, más en ese puto caos, producto de irreversibles decepciones, que ahora comprendo y alimento. Como enjaulado en una prisión indestructible, llena de tristeza en el corazón de un desterrado, y rechazado. Un paria destruido.

Pienso en vos alta y concluyo que no hay mucho daño aunque adjetivos cercanos puedan hacerme en este desquebrajado estado. Ya que soy lo que ella crea que soy. No importa si hace de mi autoestima un mal chiste. Como tampoco importa si termina friccionando mis características y defectos, puede que incluso termine transformándolos en cualidades. Después de todo, somos sobrevivientes. Somos exámenes reprobados. Somos sueños inalcanzables. Somos  buenas intenciones. Somos perturbados optimistas. Todo y nada al mismo tiempo. Como compaginando una historia de horror con una graciosísima comedia hasta desfigurar ambas esencias. Reduciéndolas a una inacabable tragedia. Esa clase de memorias que telepáticamente desarrollamos. Los dos en conjunto y, extrañamente, motivados.

Nostalgia fragmentada

 

Arriba una canción muy bacan. Canta Otis Redding, muy muy buena. Tanto que la tuve en mi cabeza arto rato en la semana que escribí este relato. Abajo Sam Rockwell, apropósito de la película “Siete Psicopatas”, lo nuevo de Martin McDonagh, el mismo que dirigió aquella peli negrísima llamada “In Bruges”.

Billy Psycho

Billy Psycho

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