Vacilando por si debería intervenir o no, encontré en mi indecisión un síntoma tremendo de inseguridad. Cosa que antes ya había manifestado, pero, sin embargo solo se trataron de asuntos triviales. Como el presentarme de forma galante ante una chica, o escoger la opción más modesta, al menos en apariencia, y aparentar ser un joven casi humilde pero a la vez interesante. Algo de lo que no avergonzarme durante el transcurso de la conversación, claro, si es que llega a existir dicho intercambio de ideas, o simple tonteo. Ahora, a años luz de distancia, en mi cabeza – que no literalmente – estas dos alternativas las puedo ver con más claridad que antes, y creo, y me esfuerzo en creérmelo, que se trata de un claro síntoma de madurez. Algo distintivo. Es decir, algo notorio y a la vez disimulado. Mierda que espero que sea así, pues de otro modo, solo seria mas confusión. Es decir, eso de por sí ya es una verdadera pérdida de tiempo. De mi tiempo. Que es a su vez, lo único tangible que a mi alrededor puedo contener. O apreciar de algún modo. Sutil quizás, pero significativo.

Pero por supuesto que esta claridad no es gratuita, ni pasajera, obviamente. Ya que en su momento no fue así, pues ni tan siquiera consideraba la idea de “socializar” de una forma casual y oportuna, como lo correcto y necesario para entablar una amistad. En el principio andaba yo siempre con dudas superficiales y con dudas aun más complicadas que estas, para variar. Dudas que para un adolescente significan simplemente nervios. Si bien la primera opción podría interpretarse como la más típica y reprobable pedantería, o en el mejor de los casos, solo se trataría de una muestra gratis más de egocentrismo del típico joven universitario del momento, encuentro que casi nunca tuve la motivación suficiente como para plantearme una respuesta hábil para solucionar o por lo menso apaciguar, mi “egocentrismo”, ya que nunca sentí las opiniones ajenas como un reflejo verdadero de mis falencias. Lamentablemente el problema no siempre es rápido y limpio, a veces es lento y extremadamente sucio. El problema sin dudas es no sentirlo. Es decir, no como los demás sienten. Eso siempre trae repercusiones, sin exagerar, obviamente.

La segunda opción sin embargo era ciertamente más amable, aunque también igual de innecesaria que la primera. Como todas esas conductas tan continuamente forzadas que acaban siendo puros malos hábitos disfrazados en falsas costumbres y desorientadas por su inutilidad. Tanta mala hierba que aun con mis semejantes tiendo a ser complaciente solo por evitar la flojera de enfrentar las consecuencias de hacer lo que se supone debo hacer, por mas minúsculo que sea la réplica.  Es como un círculo vicioso que gira continuamente emulando a una ruleta rusa, sin premios y sin novedades. Pues no hacer lo correcto supone una serie de castigos que aunque al principio me hubieran importado un carajo, ahora eso sin duda es inconcebible. Sobre todo cuando la idea, sobre todo, es aparentar, figurar y sobre todo, impresionar. Impresionar a una chica sexy. Conquistar aunque sea por el momento a una hembrita sabrosa. O enamorar a tu accesorio perfecto al que simbolizas su importancia en cifras apabullantes. Es decir, se trata de puro acto de presencia. El resto sucede sin más. 

Todas inútiles vacilaciones

La canción de arriba es de Marc Bolan. Es decir, T Rex. Me encanta este hombre. Es la definición de cool a la perfección. Abajo una imagen de la película “Perfect Sense” de David Mackenzie. Me sorprendió que la estrenasen en un cine de la ciudad, teniendo en cuenta lo mierda que es la cartelera.

Como sea, lo que me pareció esta película es simplemente magia pura. Es de esas películas que impactan tremendamente. Tanto que prácticamente me hizo interactuar con cada escena. Amor, Odio, Desesperación, Decepción. Retribución. Todo eso tuve en una sala de cine. Ahora comprendo a que se refieren con la magia del cine.

Al Final de los Sentidos

Al Final de los Sentidos

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