El “Tío” intento con todos los medios posibles a su alcance el hacer entender a su nieto, que aun siendo él una especie de promesa de futuro, siempre existiría la posibilidad de que lo jodiese todo. No por nada ya había asimilado, con el transcurso de su juventud y posterior adultez, lo que las decepciones pueden llegar a hacer con el carácter de una persona. De cruel maneras reducen el espíritu de juventud a simples residuos de fea nostalgia y frustración. Como quien solo puede reconocer errores en las arrugas de su rostro. Como el oxido. Esa era la clase de optimismo que se manejaba su tío. Uno sin cortinas de humo, al contrario que el resto de su familia, pues nunca dudo de la benevolencia como requisito necesario para conseguir segundas oportunidades. Después de todo, nadie se salva de la verdad. Ni siquiera los mentirosos.

Lamentablemente se canso de intentar, y finalmente, se quedo con una única promesa, vacía y desecha, a modo de un ejemplar joven estudiante, sacrificado y moderno. Como quien no quiere aceptar las verdades obvias, el tío le dio una segunda oportunidad, y bueno, sucedió igual.

Del mismo modo de cómo odiamos a las moscas. Es decir, ese odio siempre latente que todo lo ensucia, además de inherente a nuestra percepción inicial de la naturaleza como un conjunto, y no como un medio. Entendió el joven, nieto y estudiante, que posiblemente para él tampoco existía gran cosa por descubrir a parte del tolerable hecho de envejecer. Sin remedio y, obviamente, sin pausa. Sin paréntesis alguno que abreviase sus miserias incontrastables con sus disfraces. Llego a hasta pensar que nació aventurero, pero que el ambiente a su alrededor no solo no era propicio para sus empresas, sino que era ridículamente bizarro e imposible. Como si las verdades a medias fuesen mucho más saludables que las mentiras enteras o las verdades completas. Mucha tendencia macabra durante su adolescente, pero como al igual que la gravedad con los pies de la gente a su alrededor, el también volvió a hacer cable a tierra con sus sueños.

“Mucha peste en el aire” pensaba mientras se dejaba embarrar por el charco imborrable color smog, que solo en las avenidas principales de los restos de una ex civilización conquistada y ahora marchita, podían penetrar. Puros pensamientos inútiles, ni siquiera sabía la diferencia entre un trueno y un raño, y ya se dejaba desesperar por el tremendo abismo que existía entre sus, aun por descubrir, verdaderos objetivos y toda la confusión que lo desarmaban y debilitaban.

Aburrimiento le llamaría en un principio, erróneamente por supuesto, pero no se trataba de un error más con el que lidiar. Se trataba de una clase de conclusión definitiva con respecto a sus aspiraciones y expectativas. Eso sin duda, seria reciproco para con el esfuerzo con el que a partir de ese momento desempeñaría. Lamentablemente, así como un condón agujereado, el también asimilo su decisión como una mera casualidad, en lugar de una esforzada resolución sobre su vida. Sucede que nunca se trato de ideales o ideas novedosas. Nunca tampoco fue el una clase de joven hiperactivo o impredecible. Simplemente era otro inconforme que no sabía que arma escoger. Es decir, las municiones las tenía. Las malas princesas imaginarias también. Todo en su lugar, pero al mismo tiempo no. ¿Cómo funcionaba? Solo aceptaba las reglas y de algún modo, esperaba ganar.

Luego se endureció. Solo basto un par de años de constante insatisfacción para petrificarlo de por vida, o por el momento. Entendiendo al “momento” como una asquerosa broma de mal gusto. Pues el infinito no tiene nada de gracioso. Sin descendencia, ni amistades peligrosas. Solo como abandonado, o hasta, olvidado. Como las manos desgastadas de su tío, el tenía el rostro. Atrofiado y empolvado. Sin nada nuevo más que contar, el monologo disque interior, concluyo con ese final que desde la concepción del joven sacrificado, le habían bombardeado. Es decir, el éxito, y posterior caída. El resto son malos adjetivos. Ósea, un terremoto y posteriormente, los varios pedazos de una estatua destartalada sobre el amplio suelo de su casa heredada.

Sacrificios ficticios

La canción para este relato es de los geniales Beatles. Fácil es una de mis bandas favoritas. Y aunque hasta ahora no había publicado nada de ellos por aquí, ahora es momento perfecto. Puesto que últimamente me he deleitado – interesante adjetivo descubierto – con su último álbum “Let it Be” de 1970. Sencillamente muy muy disfrutable.

Abajo una imagen de la película “Adiós al macho” o “Ciao Mascho” de Marco Ferreri. La verdad, esta es la primera vez que experimento con ese tipo de clase de películas. Es decir, de culto o artísticas. Esas psicológicas o metafóricas o algo así. Y bueno, me gusto. El final quizá no tanto. Pero es como todo, ósea, pura tragedia.

mi familia otra vez

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