Sentía que mis zapatos me aprisionaban, cada vez, con más intensidad. Como si fuese de plomo e inamovibles. Pues me era ridículamente difícil el mover los pies, ni tan siquiera los dedos. A mí alrededor nada parecía haber cambiado de forma repentina, durante el intervalo de tiempo en el que regrese del baño. Todo estaba en su lugar, y en consecuencia, todo seguía su curso, tal cual correspondía, a excepción de mis pies obviamente.

Francamente, era como si de repente tuviese a mi alcance las respuestas de todas esas interrogantes indescifrables, y en consecuencia, incontestables. Y al mismo tiempo era alguna clase de cartero mutilado, digo, por la impotencia de no llegar a tiempo a la repartición de secretos. Pues era obvio que por más que me esforzase en tratar de entender, nunca jamás podría comprender las verdaderas razones de porque nunca podre ser como se suponía tenía que ser. Sobre todo teniendo en cuenta que solo eran dos metros lo que me separaban del velador y el sobre con la sentencia definitiva. Ósea, los resultados del examen médico. Ósea…la respuesta si era cáncer o no lo que me hace toser sangre por las noches. Es jodido, pues nunca puedo dormir bien. No con los intervalos de tiempo tan entreverados que apenas puedo descansar dos horas, para luego volver al lavado. Una mierda indescriptible, cuando solo hay saliva mezclada con sangre coagulada. Pues por más que te cepilles los dientes, la sensación no se quita de tu cabeza.

Además, por supuesto, estaba el nerviosismo que acalambraba mi columna y agitaba mi respiración. Pues hacia que al oxigeno a mi alrededor fuese mucho más pesado de lo que realmente acostumbraba. Jodido pero llevadero. Prácticamente era como asfixiarse de forma exageradamente prolongada y sin llegar a morir del todo. Como si mi propio cuerpo se burlase de mí, por fuera y por dentro, pues dudaba que el sudor que bañaba mi rostro, fuese señal de valentía o confianza. Pero que podía esperar, digo, siempre era así, mi comportamiento frente a las desventuras, o digo ya, malas noticias. Y es que si no era un cáncer lo que punzaba mis pulmones, tenía que ser algo peor. Eso es lo jodido, ¿Qué peor que un cáncer? ¿Sida? ¿Leucemia? No jodas. Por dios. Sería peor que regresar del trabajo y encontrar en tu destartalado hogar, una excusa más que sumar a tu voluptuoso y cansino estrés.

Difícil y desesperante serian los adjetivos más oportunos que se me ocurren. Y aunque no se si se trato concretamente de alguna clase de episodio aislado de alguna clase de  claustrofobia repentina – y por demás indiscreta – lo que realmente me sucedió. Sé muy bien como me sentí. Desesperación y miedo. Supongo por lo abrumador que fue la carta, o el puto centro del asunto. Fue como tomar conciencia de forma instantánea de que la realidad de mi situación era tal y como la esperaba. Es decir, no habían sorpresas, pero sin embargo me sentía contrariado y sorprendido. Un puto desastre, y para variar, yo tomaba parte, y no se trataba de algún rol secundario. Pues era el protagonista condenado a muerte que solo le queda dos horas de metraje para contar su vida. Pero el resto es tan aburrido que mejor me lo guardaría – no por voluntad obviamente – Quizás un libro, o quizás mejor dimito antes y fuera de lo programado. Eso definitivamente seria un logro, pero no lo hare, pues tengo miedo y además soy un cobarde, y bueno, además, como que no quiero.

El dedo gordo reacciono tardíamente. Pues el meñique hace rato que había despertado. Quiero creer que fue por una interrupción nerviosa, ósea, todos mis sentidos estaban extremadamente concentrados por las novedades – el cáncer y mi sentencia – que la sangre seguro se detuvo en algún lugar de las piernas o las nalgas.

Respire pausadamente varias veces, como tratando de tranquilizarme. Una y otra vez, y al principio parecía funcionar. Pues mis pies volvieron a obedecerme y el sudor en mi frente prácticamente había desaparecido. Supongo que lo llamarían una clase de “negación post trauma”. Pero como yo no sé ni mierda sobre las jergas de psicólogos o entendidos, prefiero   explicar que chucha quiere decir cada palabra. Lo que si considero importante es aclarar qué coño sucedió después.

Sucede que Daniela me telefoneo muy insistente, y digo insistente porque cortaba muy rápido y volvía a intentarlo. Ese fue el cable a tierra para volver en sí, quiero decir, tenía miedo y todo, pero también existía cierta calma. No como antes de enterarme, que todo iba a revoluciones exageradas y por demás divagaciones. Suspiraba tratando de concentrarme, buscando una forma de explicación para “Dani” que la convenciera de que no iba a morir en ese instante. Sin embargo, siendo ella mi mejor amiga, además de “amiga con derecho a roce”, y bueno, además de Única amiga, creí inútil inventarme modos inútiles de apaciguamiento de esta irrevocable verdad. Así que pasaría de largo con las formas, además ella era mujer fuerte, salvo por su inestable estado animo, todo iba a ir normal, al menos los cinco meses que recetaban.

Lo único bueno era que yo el nuevo cadáver ambulante de este final de invierno, era incompatible para cualquier tratamiento controlador o preventivo para con el cáncer de respiratorio o de pulmón. Ósea, me salvaba de pasar por tediosas sesiones de quimioterapia o trasfusiones de sangre y demás. Aunque claro, esto no le dio ni puta risa a Dani. Pero como quien dice, era mejor mirarle el lado positivo, es decir, tratar de ignorar el lado negativo. Aunque lamentablemente, era justamente ese lado lo que me desgarro el ano hace un rato, algo de lo que no estoy orgulloso, pero que sin embargo tratare de suavizarlo con alguna clase de pomada, es decir, buscando consuelo. Después de todo tengo mucho tiempo.

Una vez bien ubicados sobre una mesa para dos en el restaurante “Dolores del Puerto” Daniela disparo sin piedad después de decirle mis planes para el resto del día. Pero cuando le digo que vayamos a por unos tragos, acabo como cojudo con su respuesta; “Te estás muriendo…y ¿No tienes mejores planes que seguir apaciguando tu aburrimiento con cerveza y cigarros?” Dice Dani una vez encontrados en el muelle “Alfonso Ugarte”, el más transitado de la ciudad, donde se juntan los sobrevivientes trasnochados de las juergas de la noche pasada. Todos descuidados y desaliñados. Obviamente resaqueados. Como si la marea no solo hubiese arrastrado con las primeras horas de la mañana los peces muertos del día anterior, sino que con ellos, también todos sus problemas de regreso. No había optimismo sin tomarse antes un revitalizador, o levantamuertos. Casi todos los comensales de las mesas alrededor nuestro estaban reviviendo con cada sorbo de su caldo de cabeza o de gallina. O si es que se trataba de algún tipo rudo, se mandaba su ceviche cargado. La cosa es que el ambiente era propicio como para explicarle cual era mi decisión con respecto a mi situación. O por lo menos tratar de justificarlo. Mi único sustento emocional, pues de dinero ya no tenía que preocuparme. Eso sin duda, era lo que prefería del lado positivo de sufrir una enfermedad irreversible.

“Vamos a casa de tu papá para contarle la noticia”. Al principio no sabía bien que decidir. Pues bien podría estar jodiendome con semejante petición. Pero sin embargo, dado que el contexto en el que andábamos conversando, no creo que las bromas negras tuviesen alguna gracia. Al menos ahora que prácticamente le había profesado mi deseo de pasar mas tiempo con ella que con cualquier tercero. Pues era a ella a la que le tenía la suficiente confianza como para prometerle que guardase este secreto. Además, a nadie más le importaba si quiera un poco mi salud o provenir. Ni a mis hermanos, ni a mi ex esposa, ni a mis “amigos”. Ya que estos son tan hipócritas como yo un vegetariano conservador. Es decir, están fuera de mi orbita. Pero de algún modo, me tenía cierta lastima yo mismo. Pues iba a desaparecer por completo cuando Daniela agarre la costumbre de olvidar visitar mi cadáver. Pero así estaban las cosas. Era tiempo de adaptarse. Sobre todo ahora que no ciertamente, tenía el tiempo necesario.

Ciertamente me tenía prohibido a mi mismo volver a ver a ese hombre. Mi padre biológico. Pues sucede que nunca desde que me salí de su casa –y dominio – he vuelto a enfrentar tanto miedo para con “mis” decisiones, es decir, allí no vivía a salvo. Casi, al menos hasta ahora. Sin embargo, todo para mi, vuelve a su cauce una vez atrapo, entre códigos o simple coquetería, el mensaje entre líneas. Ósea, la puta broma. “Dani” comprende que es hora de largarnos, y de un sorbo se bebe el resto de la cerveza que aun había en su vaso. Sin duda, el desayuno fue pobre, pero quizá más revitalizador que las noticias de mierda por tv nacional. Eso si seria sentenciarse a una muerte a largo plazo, pues definitivamente no creo que alguien pueda sobrevivir a tanta pestilencia negligente y acosadora. Hablo por supuesto, de las malas intenciones que a diario nos bombardean sobre nuestras cabezas esos supuestos – y autodenominados – iconos de la libertad de expresión. Pura hipocresía la verdad. Como sea, es obvio que Dani tiene prisa de ir a donde yo no tengo idea. Así que me también me largo del restaurant-bar o antro de mala muerte que por las mañanas funge de ambiente pobre pero saludable.

Digo aleluya cuando por fin el auto se detiene, o mejor dicho, cuando por fin Dani lo detiene. Por dos razones. La primera – y principal – es que Daniela es una pésima conductora. Es decir, dos accidentes menores, pero accidentes al fin y al cabo, en un semestre es de lejos la señal más notoria que pueda haber. Señal de advertencia obviamente. La segunda es saber que tengo que conocer más nueva gente. Se trata de sus padres. Por increíble que parezca, había olvidado que aun los tenía con vida. Es decir, seguro ya lo había mencionado, pero sucede que menciona también, y con mucha mayor habitualidad, el hecho de ser hija menor y de un matrimonio mayor. La tuvieron creo por sorpresa. Ya creciditos. Pues lo que mejor recuerdo es que Dani a la edad de quince años ya era tía de unos mellizos o gemelos. Como sea, lo que quiero decir es que no tenía idea alguna de que algún día los conocería. Sobre todo teniendo en cuenta que su ultimo vástago era francamente una paria para ellos, y yo no distaba mucho de ser mejor o peor.

“Bueno, a Daniela la conozco del último día de universidad. Cuando tuve que leer sus pensamientos o reflexiones creo, sobre su tiempo en la universidad. Fue una especie de intercambio de regalos, pero con textos, escritos…ideas ciertamente interesantes” Luego forcé un silencio. Francamente no sabía cómo seguirles el ritmo a sus padres. Aun viejos tenían una vivacidad por curiosear sobre cómo era la vida de su hija. Dani me miraba toda burlona. Como quien se alegra de alguien por pura ternura.  Luego, cuando le tocaba hablar, nos interrumpió su madre. Decía algo sobre visitar a los niños. Supuse en ese momento que se trataría de los sobrinos de Dani. Sin embargo, luego al rato, me vi alimentando a unos rottwiler bien grandes y hambrientos. Mierda que tuve un miedo tremendo de perder la mano derecha. Pero no fue así. Al menos no una mano. Se trato de mi oreja izquierda. Dani dijo que le acariciase el lomo, y claro que me opuse. Pero sus explicaciones fueron tan rápidas que aunque no entendí, lo hice por no dejarla mal enfrente de su familia. Aunque creo que en el “fondo”, lo hice por no pasar roche. Siendo estrictamente obvios, siempre quise que los perros que me ladraban me tuviesen cariño y no odio. El psicólogo de la escuela decía que se trataba de mi dramático caso de introversión e aislamiento involuntario. Pero claro, exageraba, pues aun tratándose de un niño, pues siempre existía la posibilidad de que todo ese mamarracho de titulo para el “caso” no solo era inútil, por lo innecesario, sino que el psicólogo de mierda por fin se encontró con una persona solitaria en todo el sentido de la palabra. Y claro que eso le dio miedo, y claro que eso confundió aun más al niño. Y claro, el niño se hizo adulto.

“Lo siento…solo atacan cuando se sienten amenazados” sollozaba Dani tratando de apaciguar mi rabia. Supongo que actué como un verdadero poseso. Pues luego me aclararon que no solo le di un puñete en la cabeza al perro atacante, sino que también respondí a sus ladridos con…ladridos. Como si se tratase de una competencia. De esto último yo no estaba seguro. Recordaba que insultaba o maldecía, pero de ladrar, nada. Pero como pasa con casi todo lo único valioso que tengo en mi vida, acepte las disculpas y me reconcilie con mi amiga. Esto fue dos meses después. Ya había perdido un peso considerable. Sobre todo teniendo en cuenta que a mí no me trataban con quimioterapia. Sucedía que todo lo que almorzaba lo devolvía por el mismo lugar por donde lo ingería. Vomitaba a cualquier hora de la tarde. Aun tengo que decirlo, me di cuenta de un patrón. Era cada vez que atardecía o un perro callejero me ladraba. Secuelas decía el oráculo, ósea internet. Hasta trauma quizás, de lo ocurrido en casa de esa enferma familia, mierda, los alimentaban solo una vez al día.

La última semana antes de responder a uno de los últimos intentos de Dani por verme. Acepte. Pues me entere, por parte de mi hermana, (la otra chica que es consciente de mi existencia) que Daniela había ido a casa de mis padres, buscándome. Quiero decir, con todo el tiempo que nos conocemos – casi tres años – nunca la había llevado a mi cuarto o minidepa. Entendí en ese momento que Dani estaba desesperada, y además, entendí también, que yo estaba haciendo prácticamente el ridículo, y de una forma que difícilmente me lo perdonaría. Pues portándome como una flaca furiosa, además de terca, no era en definitiva algo de lo que me enorgullecería. Está bien, la odie por haberme presionado por interactuar con esos putos y tiernos cachorritos, pero estaba también el hecho de que mi oreja volvió a donde inicialmente siempre estuvo. Absurdamente sensible. Bien pude haber convertido aquella desagradable eventualidad – minimizando el mordisco – en una divertida anécdota. Además, lo peor era que comenzaba a sentirme solo de verdad, y eso, realmente me aterraba. Tanto que las lagrimas por las noches después de casi ahogarme en agria saliva, rogaba por un rostro conocido.

Y es que de repente todo podría colapsar de forma casi inmediata. Como si se tratase de un mal chiste. Era verdad que no tenía nada de lo que enorgullecerme, como para atreverme a sentirme victima de las circunstancias. Pero tampoco era que me sintiese avergonzado por estar desperdiciando lo que me queda de juventud. Es decir, no dejar descendencia, ni tan siquiera una constancia de que existí. Pues la única persona de la cual deseaba con todas mis fuerzas nunca desaparecer, era Dani. De algún modo, junto a ella había compartido los momentos más significativos de esta la última mitad de mi vida. Y creo que es mutuo. Esperaba que así fuese. Pues solo con ella podía sentirme con las suficientes ganas, como para hacer más planes. Consuelo yo la llamaría, a ella y a esta vida.

El Cadáver de Daniela

Arriba recuperando a Jack White y los White Stripes. Canción del álbum “De Stijil”. Un disco que francamente es muy bueno. Ya mucho se ha dicho de lo genial que es Jack en la guitarra, y bueno, yo me “inicie” con sus discos más conocidos; “Elephant”, “White Blood Cell”, y “Get Behind Me Satan”. Discos que dicho sea depaso, me gustaron un monton, ósea, en su totalidad. Sin embargo este Sigjil es, puta madre, muy guitarrero y sentimental. Es decir, una puta delicia.

Abajo Camile, o Audrey Tatou, imagen de la película “Ensemble, c’est tout” o “Juntos, nada más” del 2007. Me encanta esta mujer. Ya en Amelie me enamoro, y aquí como que renueva toda esa magia de un principio. Con un papel un tanto diferente, con respecto a las comedias románticas. Interpreta a una sobreviviente. De esos que realmente valoro. Mucho. En conclusión me gusto. Además, bueno, la canción va dedicada a esa clase de mujeres.

PD: Por cierto, esta es la publicación numero cien en este “Decapitado” blog de ficciones. Así que, felicitaciones para mi, y felicidades para los que gustan de estos textos.

amelie love me

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