Todo comenzó por pura curiosidad. Como quien quiere quitarse por fin un clavo – que supuestamente había “superado”- de encima. Pues nunca antes había vivido al límite, por decirlo de un modo. Eso de experimentar con estupefacientes, o drogas. Y es que tampoco tuve  nunca el tiempo, o la simple decisión de hacerlo. Quiero decir, nunca supe como socializar de forma correcta, o adecuada, o oportuna. Solo actuaba y aceptaba las consecuencias de esa actitud – prácticamente insociable – sin plantearme bien, si quería hacer alguna modificación, o “algún cambio”, cambio favorable por supuesto, al menos en teoría. Como el descuidar amistades, para luego perderlas, y por ende, olvidarlas. Era mutuo debo decir (obviamente) casi siempre. Con todos y con nadie a la vez. Sin confiar en nadie en particular. Quizás en mis hermanas, aunque nunca del todo. Pues la traición venia con los genes, ya estaba escrita en nuestro historial familiar, como algo más que teníamos que heredar.

Y es que Papá había traicionado a Mamá, y viceversa. Aun así, siempre fueron lo suficientemente modernos como para tolerarse entre sí. “Open Mind” decían. Aunque detrás de todas esas muestras de independencia sentimental – tremendamente deformadas claro está –  siempre existió una sutil pero contundente escaramuza contagiosa y dañina. Alguna herida aun por sanar, algo mucho más grande que ellos dos juntos. Siempre fue así,  pues solo hacía falta algún pequeño tumor en su relación para que el desenlace fuese más trágico y cómico que el mero hecho de seguir siendo padres por puro compromiso. Como una caricia extremadamente suave y lenta como el futuro. Eran puras malas intenciones las que relegaban cualquier intento de conciliación por parte de esos dos para con nosotras. Aun así estaban fuertemente – y sesgadamente – convencidos de que todo lo que podía hacerse por aliviar ese abrumador sentimiento colectivo, ya se había hecho, y no había servido.

Para mí siempre fue como ver a un par de hermanos amantes que no podían evitar lastimarse mutuamente. Papá siempre el “inútil sensible” – Madre le llamaba así – que nunca podía volver a enamorar a su esposa. Madre sin embargo, era una clase de mujer e

enjaulada en sus propios clichés. No podía evitar relacionar el paso de los años – vejez – con su estado de ánimo. Como si la menopausia la hubiese raptado y enjaulado para siempre. Además creo sinceramente que cada uno era lo que el otro necesitaba. Una dosis de indiferencia mal enfocada, y su amor volvía a latir. Como unos adolescentes. Sin embargo, ya estaban demasiado adultos como para tratar de comprenderse mutuamente. Así que la única salida que encontraron, presumo, fue la de tolerarse amargados por viejas frustraciones, y de forma extraña, y tangencial, amarse como si fuesen el único par que sobreviviría a toda esa violenta y eterna confabulación.

Karla heredo esa mente abierta – Open Mind – Karla era mi hermana menor, y ese año estaba por terminar el colegio, año que me regalo mi primera dosis. Sin embargo después de ello, ya nadie ni nada iba a ser fácil para ella. Nunca más, y sabíamos que arrasaría con todos. Aun así, observamos, mas no actuamos. Pues sabíamos muy bien que su problema era una acumulación de otros problemas. Sabíamos también que cuando ella terminase por rendirse, sería lo mismo que jalar la cadena del wáter con todos dentro, e irnos para la mierda. Pero aun así permanecimos inamovibles. Ni yo, ni Francisca. Supongo que la odiábamos en secreto, hasta puede que subconscientemente, pues Karla era estrictamente como su nombre; de tez más clara que nuestra realidad color canela, era sexy como siempre deseo Madre ser, y sobre todo, era joven, muy joven. Asumo que despertaba en nosotras antiguos demonios frustrados, algo que aun callándolo, no serviría de nada. Muy egoístas éramos, la verdad, aun así, se merecía todo nuestro apoyo, como viceversa, sin embargo el amor nunca comprende de racionales proporciones, lamentablemente. Y es que siendo yo la hermana del medio, conocía muy bien a mi antecesora y predecesora, tanto como cualquiera puede llegar a conocerles. Eso para mí fue la peor parte de nuestra convivencia.

Pues el conocerlas tan bien como yo me conocía, no era nada de lo que me sintiese orgullosa, y mucho menos agradecida. Ya que los defectos siempre – siempre – opacan a las menospreciadas, aunque tremendamente sobrevaloradas, virtudes. Sucede que en este caso no había punto de comparación, las virtudes aquí se habían ido a algún lugar donde sentirse bienvenido no fuese sinónimo de tortura. El odio producto de la incomodidad era brutal, tan brutal como el simple hecho de conllevar una realidad mezquina y enfermamente aplastante. Como agarrar a un retrasado para burlarse de él, de forma pausada y efectista (siempre estéticamente hablando, pues a veces (mucho) las metáforas se quedan cortas) para al final asesinarlo con cumplidos que no le sirven de nada, al frustrado e impotente saco de penurias y lamentaciones. Sin embargo las odiaba tanto como podían llegar a amarme, y es que los lazos que nunca logran romperse, por más que trates y trates, siempre son los que acaban por encerrarte. Como la mujer que es golpeada en público por su pareja, pero que sin embargo solo en secreto es que puede amarle y “comprenderle”, a su pareja y verdugo. Sucede que son lazos enfermos, pero indestructibles.

Sin embargo aun están consientes. Agonizan es verdad,  pero con los ojos y el corazón abierto. Todas ellas victimas y victimarias. Como animales heridos que se ahogan en el charco de su propia sangre. Lanzando miradas desesperadas hacia el olvido. Supurando lágrimas acidas. Maldiciendo sus penetrantes desgracias. Y es que en la balanza cada pecado es más pesado que el anterior. Mientras, trato de dominar mis nervios, noto como dos esos sueños rotos se desangran juntos y conmigo, como si compartir el mismo océano de desgracias no fuese suficiente castigo.

Ese día Francisca había discutido fuertemente con Karla. Sucedió que Karla había usado todas las toallitas de Francisca, sin su permiso y sin mucho menos la consideración de avisarle, había entrado en su habitación, y también – para variar – había dejado tirado sobre la alfombra las colillas de su “cigarrillo”, esto causo – una vez más – una fuerte cólera en Francis, tanta que en sus lagrimas se podía apreciar toda la frustración e impotencia que su hermana menor le causaba, a lo que Karla solo escupía míseras palabras de excusa, ni si quiera trataba de disculparse.

“No lo sabía Francis, ya no jodas” Decía sin cuidar su lengua – aun estando en falta – y con su mirada desviaba cualquier confrontación visual. Lamentablemente lo único que podía ella hacer era buscar en mi mirada una especie de ayuda o socorro de última hora. No la encontró. Cuando Francis ya no pudo más y se fue corriendo hacia las gradas con dirección hacia la calle, le dije las últimas palabras que dedicaría a nuestra pequeña Karla; “Vaya una puta estas hecha, felicidades ya puedes irte a la mierda” trate de ser contundente y lo suficientemente clara, para no volver a decírselo, pues esas pocas palabras me salían verdaderamente del corazón. Cuando estuve a punto de salir del pasadizo para largarme a mi cuarto, escuche lo que pocas horas antes me había torturado buscando una solución para evitar por cualquier medio esa malévola etiqueta; “Calla fumona!” y yo solo pude ahogar mis ojos en rabia y rechinar mis dientes como tratando de suprimir dicha rabia. Respiraba y suspiraba, muy rápidamente, era obvio que estaba rengando y Karla no dudo en sepultarme en mí ya decepcionante hipocresía de hermana mayor. “Jodida patética” y fue ella la que se fue con una especie de victoria de rencillas, aunque era claro que tampoco lo disfrutaba.

Ese día y los subsiguientes cinco días evite a Karla por todos los medios posibles, cuando era hora de desayunar juntas en la mesa de la cocina, yo ya había salido. Por las noches cuando era el otro momento único en el cual podíamos compartir nuestras experiencias del día con la familia, yo desaparecía aludiendo que tenia cosas más importantes que hacer; tareas, estudiar eran siempre las más convincentes. Y es que cuando se trataba de convencer a Papa y Mama, las cosas eran realmente fáciles, sin embargo ni Francis ni Karla se tragaban ni una de mis “cosas importantes”. Francis sonreía para ella misma como si tuviese la certeza de que es lo que estaría yo haciendo a solas. Sucede que en una ocasión me ampayo masturbándome con un dile que – increíblemente – había adquirido ese mismo día en el Sex Shop donde la hermana de su novio trabajaba. Sobra decir la facilidad con la aquella perra discurrió el chisme como engrasándolo con alguna que otra picara anécdota. Y aunque en su momento me jodio bastante, mas me devasto el ser material pornográfico de primera fila para Francis, y aunque me prometió guardar el secreto, sabía también que nunca lo olvidaría, y esa puta sonrisa era la prueba.

Sin embargo mi desconcierto no basaba sus pruebas en aquella estúpida sonrisa de Francis, si no que era aun más inverosímil como habían cambiado las circunstancias para nosotras tres. Pues de repente Karla y Francia se habían amistado y olvidado – o superado – la discusión de hace una semana. Tuve que explicarme esa noche que aquel trato se debía al fuerte magnetismo entre la mayor y la menor, sobre todo cuando el margen de edad entre las dos era de seis años, ósea, poca cosa. Gracias a dios fue interrumpida cuando estaba a punto de seguir profundizando en aquellos inútiles pensamientos. Karla entro sin permiso y violentamente – como solo a ella había visto hacer – girando unos torpes pasos de bailarina retro –  a propósito de su onda nostálgica. Pues escuchaba ya más que a menudo, a mujeres como Ella Fitzgerald, Billie Holiday, Françoise Hardy, Edith Piaf, o Brenda Lee, entre otras. Parecía que de repente sentía amor propio por lo que sea que este revoloteando en su interior, o en su cabeza, o con sus hormonas, o con su adolescencia en pleno ocaso. Iba a pasar de todas formas. Hacerse vieja como todas, solo que aun “todas” lo ignorábamos.

Sin embargo tengo que reconocer que tuvo cierta gracia, pues se asemejaba a una parodia sana e improvisada del ritmo de las jovenzuelas ilusionadas, que cuando éramos niñas Papá solía llamarnos así. Terminando hacer sus giros, decidió dejarse llevar por el viento – como poco después me diría – para caer como una pluma sobre la cama, muy cerca de mí. Luego pregunto; ¿Tienes un poco?” Y yo me quede helada y con mi voluntad hecha una mierda por su inesperado descubrimiento, forcé un silencio y casi temblando salí con dirección al cine, pues tenía que estar en silencio, para pensar, para divagar, o simplemente para no llorar.

Al día siguiente de haberme hundido en aquella breve, pero a la vez tremenda, depresión, reflexione y llegue a una sola conclusión. Felizmente sola una. Conclusión que supuestamente me devolvería la calma que aquellos últimos días posteriores al haber caído en la suave relajación que la marihuana brinda, además de reventar mi cabeza con odios innecesarios, al menos visto de lejos. Ya no soportaba a Karla con su arrogancia de “niña mal” de turno. Ni tampoco a Francis con sus largos discursos sobre que proponía yo hacer para que luego ella pueda fácilmente cambiar al siempre preocupante “tenemos” que hacer para alejar a Karla de las drogas y la vagancia. Pues sabía muy bien que a ella también le gustaba flotar como soñando con los ojos abiertos, mientras a fuera todo vuelve a los setenta y con las preocupaciones de no despegar con sus créditos de fin de semestre aliviadas. Además de Papá y Mamá atareados con otra de sus reconciliaciones momentáneas, pues estaban atrapados con el consejero matrimonial y con las sesiones de terapia compartidas y en solitario. Aturdían mis sentidos por todos los flancos, gracias a dios no tenía un novio que también estuviese jodiendo. Fue entonces que concluí en que tenía que dejarlo, o por lo menos cambiarlo, pues la otra alternativa era la de interpretar algún papel en aquel circo de locura que era mi hogar. Entonces lo cambie por el cigarrillo. Seguiría fumando solo que ahora joderia menos mi cerebro, y eso era más que suficiente como para alejarme casi por completo de esos fantasmas contagiosos. Al menos por un año.

Me había pasado el último año en una antigua casa que nuestro abuelo me había dejado como herencia pero que por artimañas de mis adorables padres había terminado por ceder a que sea una propiedad compartida entre nosotras tres. Eso estaba jodido, en teoría y en la práctica también. Pero dado que estaba recontra lejos de la capital, había tenido fácil alejarme de ellas. Aun cuando puede que todos mis berrinches por mis debilidades, fuesen un simple intento vago de huida, y cobardía, tengo que admitir que me sentía realmente cómoda así sola. Pues el silencio había hecho de las conversaciones inútiles un simple recuerdo atascado entre lo nuevo y pacifico. Sin embargo, un año después Francis y Karla me trajeron de regreso con urgencias a nuestra inamovible realidad compartida, Y ya que las noticias eran tremendamente malas, accedí de inmediato.  Se trataba por supuesto de una deuda inimaginable y por drogas, para variar.

Sin embargo son mis hermanas las que agonizan eternamente entre gritos de dolor y abundantes promesas de cruel continuidad. Tiradas sobre el suelo y botando espuma por la boca. Y yo una asqueada y asustada espectadora. Era una imagen muy triste, sobre todo cuando poco antes había terminado por negarlas. Fue entonces que sentí un punzante sentimiento de ardor arremetiéndome en mi cabeza. Estaba segura que se trataba de arrepentimiento, la clase de de autentico arrepentimiento que compraría tu boleto hacia el paraíso, si es que existiese por supuesto. Sin embargo su importancia era demasiado para mí en ese momento. Tenía que prolongar ese creciente calor con cualquier intento de evasión o negación. Dios que daría por ser una ordinaria nihilista de mierda, pero no lo era. Era sin duda carne y huesos. Sangre y sentimientos. Tratando de aplacar un repentino revoltijo en mis entrañas, cogí mi mochila y me largue de allí. Sabia decisión, pero lamentablemente a destiempo.

Al salir de la cochera note que habían pasado un tiempo considerable, por no saber exactamente cuánto tiempo hacia ya que habíamos ingresado las tres a aquel antro de mala muerte, por la compañía claro está, los rayos del sol eran cada vez menos contundentes mientras caminaba por una calle poco transitada, sentía unas cuantas miradas señaladores en el camino, pensé que se trataba del sentimiento de culpa, pero no era así, pues mi playera estaba ensangrentada, me ridiculizaba yo misma con esa actitud poco precavida, cuando saque de la mochila la camisa de Karla, era una camisa blanca, la que utilizaba para ir al trabajo, ya que éramos casi la misma medida, no hubo problemas en que se amoldase en mi, unos minutos después el cielo estaba completamente rojo, no sabía con exactitud a donde ir, las oportunas soluciones siempre las tenia Francis, y era Karla las que las ponía en acción, yo solo era buena para recibir órdenes y nada más. Nunca había sentido tanto su ausencia, no podía sacar de mi cabeza sus rostros agonizantes, a Karla botando espuma, con unos ojos vacios en su rostro bañado en sudor. Recordar a Francis era demasiado doloroso, su delicado cuerpo tirado en un charco de sangre, con el estomago abierto y el cuello prácticamente escurrido totalmente.

Un balazo en el cuello debió de haber bastado, pero viendo que no pasaban los segundos y no sucedía – no moría – se dejo llevar por la desesperación. Cogió el cuchillo de la mesa, que estaba apoyado sobre los panes con mantequilla que hace un rato habíamos comido, y con mucha rabia exteriorizo toda la rabia que lo tubo estreñido durante el almuerzo. Apenas pude visualizar las primeras puñaladas, pues estaba asustada y cerraba constantemente los ojos, cosa que luego me hizo sentir mierda por lo cobarde. De todas formas no pude escapar de esa última mirada de recriminación que Francisca había creado exclusivamente para torturarme. Lo peor era ver como la destripaban sin que ella pudiese gritar o hacer algo, apenas votaba sangre por la boca y hacía gestos indescriptibles con su rostro, era definitivo, la bala la había callado para siempre. Y con ella mi traición, al menos entre nosotras todo había terminado.

No sabía a qué hora fue que mis hermanas terminaron de agonizar y en consecuencia, murieron. No recuerdo perfectamente el orden de los eventos, pues últimamente me he confundido demasiado. Ya que a veces pienso que Francis murió primera que Karla, otras sin embargo pienso que quizás primero negué a Karla y a Francis la ignore. Mierda todo esta tan revuelto que ni aun a cuatro meses después puedo olvidar.

Ciertamente era horrible recrear aquellas escenas en mi cabeza de camino a casa. Todas esas partes de su cuerpo eran difíciles de olvidar, y solo habían pasado apenas unas dos horas de ello. Me odiaba por no haber hecho algo, era obvio que arrepentirme no serviría de nada pero de algún modo sentía que era necesario. Odiaba no haber si quiera aceptado mi papel en aquella traición, aun cuando las dos sabían perfectamente lo que sucedía. Me jodia la conciencia el futuro desperdiciado de Karla, pues ahora lo único que me quedaba de ella era el cadáver de una adolescente envenenada. Con cianuro por dios. Que puteria, que asco, que horror. Que HIPOCRESIA. ¿Se me estaba permitido tener ahora escrúpulos después de permitir aquella exposición de atrocidades? ¿Era si quiera posible?…Quiero decir, ahora ya estoy por fin sola, pero eso ahora no me sirve.

Las tenía muy presente entonces y las tengo igual de impactantes ahora, entrelazadas y mezcladas, pero igual siguen aquí. De regreso a la casa departamento donde vivamos. Con el destino hecho ahora más que una incertidumbre, una tortura por lo indiferente que se me mostraban los caminos posibles de ahora en adelante. Pues cualquier momento de debilidad bastaría para que me ahogase en abusivos intentos de redención. Fallidos como los innumerables intentos de poesía que tanto daño antes había hecho en la delicada Carla adolescente. Sin embargo mis pies no me obedecerían ahora ni cuando llegue a donde quiera que fuesen. Sobre todo ahora que mi eje de ubicación parece haber regresado al mismo edificio donde tantas desventuras habíamos pasado juntas en familia. Mucho más ahora que me encuentro a unos pocos pasos de saltar por ese maldito elevador que nunca terminaron de reparar.

Hermanas (II)

La canción de hoy-y de prácticamente toda mi semana-es parte del disco “Honky Dory” de 1971 de David Bowie.  Abajo una Nola o Scarlett Johansson en Match Point, obra maestra de Woody Allen. Francamente ver esta película fue algo sensacional. Esa sin duda es la clase de películas que hacen que ame el cine más que como un hobbie o pasatiempo. Realmente, escribir como Allen lo hace, seria genial. Comedia dice, pero de las que fascinan. Por cierto, este relato es una continuación de uno anterior de hace mucho tiempo atrás.

Nola es rubia y es sexy

Nola es rubia y es sexy

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