Me preguntaba cómo es que en el estrecho de los callejones sin salida siempre hay el suficiente espacio como para llegar a sentir a las emociones apachurrarse. De forma que el dolor supera lo ordinario y extraordinaria todos los días. Pues la insatisfacción está siempre presente y por contraposición, la culpa. Culpa que auto limita cualquier intento de reconciliación interna, ya sea justa o injusta, no importa, pues no sucede. Todo esto se mezcla de forma desordenada tanto en mi cabeza como en mi corazón. Luego explotan puras malas ideas que frustran la ilusoria armonía de mi corazón. Pues distorsiona mis sobrevivientes sentimientos optimistas hasta hacerlos mierda. Hasta que el odio crece imparable friccionando constantemente mis entrañas buscando una salida. Como para por fin enajenarse del núcleo familiar a modo de una catarsis sentimental interminable interpreto deliberadamente autocritico cómo es posible que haya llegado a estas alturas del verano exiliado voluntariamente a las precarias oscuridades de mi habitación sin una al menos una única idea por germinar.

Entre otras preguntas, tales como ¿Cuánto tiempo más? ¿Podre regresar? ¿Necesitare de más? La que ocupaba la mayor parte de mi siempre mal “administrado” (o Gestionado) y lamentablemente dosificado tiempo, era la más larga la que me inquietaba, y es que era saber si terminaría apachurrado por las paredes laterales del cuarto o si por algún movimiento en falso me vería tragado por la puerta en frente mío. Quizás estaba confundido, o quizás estaba demasiado lucido. Cualquiera que fuese la razón original de mi aislamiento, no me servía de nada pensar en eso. ¿Busco respuestas? ¿Buscaba respuestas? ¿Encontraría respuestas? Ni puta idea. Lo único saludable para mi es pensar claro, pero no puedo. No con tanta poca claridad o mejor dicho, no con tanta oscuridad, y aunque bien podría levantarme y encender la luz, algo me aprisionaba a los casi cómodos del sillón. ¿Pereza? ¿Flojera? Siempre. ¿Motivación? No ahora ¿Aburrimiento? No creo ¿Entonces qué? Otra vez, ni puta idea.

¿Pero cómo se puede estar mínimamente lucido con tanta confusión? Y es que a veces pienso que solo estoy muriéndome lentamente en aburrimiento que luego se vuelve tristeza. Muy fea muerte, sin nada de acción ni mucho menos romance. Pues el romance necesita pasión, y la pasión para mi tiene nombre y sexo. Se llama Consuelo y es la única persona en el mundo que tiene la delicadeza de rechazarme con un beso en la boca, poco después de haber renunciado a la idea de ser mi esposa. Aun así, la conservo aquí en mi soledad como quien se pierde entre matices grises pasado el arco iris del primer amor. Se fue hace tres semanas, o quizás fui yo el que se fue, sin embargo nada de eso importa. No cuando tengo como saciar mi sed para de ese modo engañar mi hambre. Pero sucede que las voces salidas del estéreo si están motivadas. ¿Cómo no me contagian? “Putos egoístas” Pienso y balbuce, aun así el reloj en la pared de mierda sigue con prisa. Va con mucha prisa, cada segundo huye de la manecilla segundera próxima a su captura. Aprecio entonces como algo tan detestable como el paso del tiempo se hace tangible solo por joder mi paciencia. Sin embargo no puedo enojarme. No lo suficiente como para odiarme. Eso sin duda, sería un logro digno de mencionar para este atemporal recluido.

¿Huyo Yo también? ¿Con igual o más prisa que el tiempo? ¿Pero huir de qué? Otra vez las preguntas. Nunca se acaban. Peor aun si no tengo sueño. Como eludiendo una violenta confrontación entre mis interrogantes y mi desquebrajada voluntad, recuerdo a Consuelo escupiendo furia mientras yo todo impactado por el rechazo me petrifico todo impotente. ¿Lastime su alma libre? ¿Realmente era amor? Quizás las dos cosas. Puede que con mi amor haya lastimado su único escudo ante la inmensidad de los sentimientos que poco sabemos entender y menos aun comprender. Ni siquiera con esta supuesta madurez puedo perdonarla. Más aun cuando la amo y ella me odia. Sucede que tampoco me creo digno de contemplarla para siempre. Pero me dificulta tanto no estar triste. Pues sería fácil acabar odiándola, y de ese modo terminaría inevitablemente olvidándola. Ya que soy un hombre de etapas. Ya que todo en la naturaleza es cambio, puedo yo también cambiar, pero no quiero. Pues al final quiero poder reconocerme a mí mismo. De otra forma, haber sufrido tanto amor y tanto odio habría sido en vano. Además pasa que Consuelo es para siempre mi última oportunidad. Unica salida y entrada al final de mi vida. Sufrida independiente Consuelo se transformaba lentamente en un recuerdo, y yo no podía hacer nada para evitarlo, pues aunque mi soledad era consecuencia de su desplante, también era como una breve pausa que sacudía mis malas ideas durante incontables contradictorios segundos y minutos, y horas, y días, y muchas más vidas.

Acompañado por el silencio que su ausencia provoca, divagaba entre pensamientos inútiles y otras mediocres realidades. Tratando de lograr una compensación a tanta desbalanceada desorientación. Falto de ubicación escuchaba tantas declaraciones maltrechas sobresaliendo de entre alegres guitarras distorsionadas a través del estéreo arrinconado en la habitación. Tratando de pisar tierra me observaba desde diferentes perspectivas el infierno inmediato entre espacios vacios y muebles polvorientos. Como si el único escenario posible fuese un cuarto oscuro en el interior de las entrañas de una bestia rencorosa. Y es que me sentía como un animal herido a la espera de su amo y fiel amigo. Sufría miedo y sudaba confusión. Además mis intentos de autocensura eran cada vez más mediocres. Pues mi negación se desgastaba cada vez que la imaginaba interviniendo este colapso nervioso, depresivo y canceroso. Salvándome y rescatándome de mi propia autodestrucción mental y física. Para luego ahogarnos en incomprensiva, y hasta quizás, enfermiza felicidad. Pero claro, era mi imaginación traicionando mi razón. Como le sucede todo aquel a quien le rompieron su corazón.

Antes éramos fugitivos extrañamente comprometidos. Hasta quizá juntos nuestro optimismo arañase lo idealista. Ahora sin embargo solo somos dos contrapesos distanciados y prácticamente desgastados. Como si nuestro punto de apoyo hubiese girado repentinamente por algún imprevisto, trasladamos nuestros ejes individuales de forma muy egoísta y desordenada. Pues nos perdimos el uno del otro. Por malas noticias tal vez, o simplemente miedo. Algo en su interior o en el mío, se había fragmentado, y aunque sabía muy bien que yo era en parte causa de su ruptura interna, sabia también que ella no lo quería que el desenlace se desarrollase de tal manera triste, pues su saliva aun engrasaba mis deseos y esperanzas. Hasta que la bomba estallo y solo ella decidió sobrevivir.

Sin embargo el poco tiempo en claroscuro que precedió después de su partida, me abrigo de una forma que solo los desahuciados pueden comprender. Hablo de estar en la cena de negocios y al mismo tiempo estar histérico y desenfrenado producto de una clase de claustrofobia que solo yo podía comprender. Aunque claro que dicha ventaja o desventaja, pues poco importa ahora, no era del todo fiel. Pues sucede que la gracia de alcanzar el control de tu vida reside en conocer el momento perfecto de abandonarlo. Para que así la desgracia pueda fluir orgánicamente por cada rincón de tu existencia. Mi existencia. Mis conclusiones y continuos errores. Luego el arrepentimiento y la apatía ya se entenderían conmigo de forma gradual, pues era necesario saborear cada gota de sudor que excretase por miedo o locura. El orden da igual cuando comprendes que la realidad es tan mierda como la ficción. Pues ya nadie te ayuda cuando estas flotando desubicado. Consuelo me saco de mi eje, pues ella era el eje de mi sencillo universo. Muy cruelmente me miro una última vez mientras yo me congelaba con ojos lagrimosos aun por desbordarse. Ella no era ajena a mi agonía, pues su mirada parecía comprenderme todo de una forma que no pudo explicar. Algún secreto que imperaba sobre sus fuerzas o quizás un amor que ya no podía convivir conmigo. No importo, pues de todas formas se desvaneció.

Me consolaba la idea de poder desistir con facilidad. Pues tenía muy fácil mi acceso a la promesa casi eterna de somnolencia que es como en aquel entonces veía mi muerte y desaparición definitiva. Sin embargo añoraba algún sentimiento parecido a la motivación, pues estaba cansado de las lamentaciones que tan poco habían logrado construir en mi antigua caducada autoestima. Nada positivo ni negativo. En otras palabras, toda esta tristeza disfrazada a modo de interrogantes supuestamente existenciales no despertaba en mi nada trascendental, ni tan siquiera algo digno de mención. Todo era como si un aburrimiento creciente violase a la delicada melancolía de los cumpleaños sin invitados y sin motivos para celebración alguna. Sabía muy bien que existía, mas no sabía el porqué ni el para qué. Sabía perfectamente el hasta cuando, pero eso no me servía para nada ahora que el tiempo sobraba y contradictoriamente a lo que inicialmente pueda pensar, también me jode hacerme viejo sin que esto tenga un valor, sobre todo para mí. Esa sin duda es la peor parte. El saber que sobras y ser consciente de ello mientras tu optimismo se suicida de entre varias razones, para no sentirse familiarizada con tu destartalada voluntad.

Como una especie de camaleón que se compenetra mejor con cualquier posible entorno ambientado en el futuro, más nunca logra poder identificarse por completo, al menos sin arrepentimiento de por medio, con su verdadero ambiente, mas nunca origen, pues es un desgraciado desterrado, sentía como mi cuerpo sufría mientras mudaba de piel. Mientras, el estero expandía con ondas invisibles unas melodías esperanzadoras en mi diminuta habitación. Expiraban y renacían de forma continua e ininterrumpida, como si se tratasen de horribles confesiones, alimentaba mi malograda y a ratos angustiosa soledad.

Divagaba con la mirada perdida como en busca de alguna clase de “opaca” luminosidad, o al menos algo lo suficientemente claro como para reconocer que mis ojos aun podían lagrimear. Sin embargo el cambio radicalísimo fue tan brillante que mando mis ojos al infierno. Pues encendió bruscamente la luz de la habitación, con sus ojos empotrados en los míos. Me sentía como si no hubiese más espacio en las cuencas de mis ojos, además de la sorpresa. Solo podía significar una noticia, la de una muy exagerada pronta entrevista. Algo que realmente no consideraba necesario, pero que de algún modo ansiaba.

Acercándose sigilosa como un felino, al instante fijo violentamente su rostro frente al mío. Achino un poco la mirada como si se esforzase por visualizar mi rostro en su totalidad. Como buscando algo específico en mi de por si perturbado y sorprendido rostro. Yo por un lado lo único que podía hacer en ese momento era tratar de exteriorizar molestia, o por lo menos incomodidad, algo que mostrase que aun estaba vivo, y que su intromisión no me importaba demasiado. Fue inútil. Ella sabía muy bien lo que sentía, y yo me esforzaba inútilmente por entenderla. El silencio de otra forma hacia de interprete. Eso ayudaba si quiera un poco. Como nivelando la situación.

Sin embargo esto a Consuelo poco le importaba, pues al cabo de unos segundos de inconstante, o mejor dicho, de silenciosa comunicación algo significativo había cambiado en ella, algo más importante que yo, o por lo menos, igual de necesarios. Sin duda podía caer en una confusión peor de la que sufría hasta ese momento. Luego arruga su frente levantando sus cejas, como si el poco tiempo que me tenía en sus manos le hubiesen bastado para llegar a una conclusión. Conocía muy bien esa expresión, como de sutil sorpresa, mas no de alegría ni mucho menos euforia, hasta podría decirse que era una forma muy particular suya para demostrar burla o simple, pero siempre notándose su desprecio malsano aunque tierno – y extraño- entendimiento. Algo que conocía a la perfección, y aunque nunca le envidie esa característica suya, siempre me pareció muy útil para burlarse de aquellos idiotas que ni si quiera se dan cuenta de que están siendo demasiado imbéciles. Aunque claro, ahora era yo el incomodo e inocente despistado.

Cuando estuve a punto de intervenir ese su inesperado momento de serena revelación me interrumpió como quien interrumpe a su hermano pequeño, ósea siendo sencillamente contúndete – ¡Calla! – Cosa que primero me produjo pereza, luego incomodidad, para finalmente acabar con una inquietud en todo mi cuerpo. Quiero decir, al principio tenía curiosidad por la brusca y repentina aparición de Consuelo, algo de sorpresa y poco más que eso. Sin embargo ahora la reciente curiosidad, que al instante subsiguiente de haber sido callado había emergido, se vio transformada en inquietud, pues la conocía lo suficiente como para saber que no siempre – casi nunca – sabe ser cálida o comprensiva, o demostrarlo, o por lo menos intentarlo, y creo saber porque no lo hacía, y es que Consuelo odia sentir el fracaso de forma innecesaria, aunque se traten de cosas insignificantes o triviales. Es de las mujeres involuntariamente de género, o como las que nacieron con una frialdad que poco o nada puede decir a favor del milagro de la maternidad.

Ciertamente había Yo profetizado una mala noticia en esos pocos minutos de obligado silencio, y como era inevitable Consuelo se veía obligada – aunque lo disfrutaba – a sepultarme con esa mirada de relajada superioridad al iniciar su vertiginoso discurso. Sin embargo para eterna sorpresa mía fue sencillamente corta y concisa, y es que concretamente solo dijo un único mensaje. Mensaje que a todos a mí alrededor ya habían intentado con eternos argumentos y suposiciones – en su mayoría – de redención y reconciliación. Suspirando como síntoma de alivio;

“Tal vez tú realmente necesites morir”

E inmediatamente después se acerco mucho más de lo que de por sí ya estaba, y me beso en la boca. Sentí como la confusión diluía mis improvisadas contestaciones en mi cabeza. Sin necesidad de que esto me impacientase o inquietase. Sentí también sus mejillas frías helar las mías, mientras juntos cerrábamos los ojos. Luego de despegar sus labios de los míos se apresuro a acomodarse en el sillón y a mi lado. Me agarro fuerte del brazo izquierdo y se escucho como el estero cambiaba de CD. Suspiraba de tal modo que aún con la luz amarilla encendiendo la habitación se podía ver perfectamente como el monóxido de carbono dejaba un camino hacia dios sabe donde suspendido en el aire. Cosa interesante.

Las canciones sufrían por la decepción de nunca encontrar un final. Las voces se repetían y las confesiones se agudizaban una tras otra. Parecía que el Camaleón detrás de esas arritmias musicales no podía decidirse sobre si es amor lo que realmente le sucede, o si “solo” se tratase de alguna clase mixtura de sentimientos confusos e incómodos revolviendo sus entrañas. Sentimientos que con los años comprendió su verdadera naturaleza, dolor y piscinas de vomito y odio. Tanto que su tristeza bipolar – y contagiosa – en esos sus únicos himnos nunca podrán reconciliarlo con su futuro o pasado. Como el daño colateral de todas las empresas amorosas fallidas. Su corazón hecho ahora una consecuencia del supuesto amor finalizado. Sucede así que todas esas sensaciones malogradas en su interior habían terminado por empalagar el sentido común de sus sufridas canciones. Ahora existe por pura costumbre, como si el mal habito de la autocompasión hubiesen hecho de su mala poesía un deplorable estilo de vida que solo Él podía tolerar.

Me dilataba en sangre hirviendo con cada suspiro y mirada indescifrable que me disparaba. Y es que tengo que admitir que me despertaban un asco que por más daño que pudiese provocarme, como falsas interpretaciones, me resultaba contradictoriamente delicioso. Me imaginaba al Camaleón con mi rostro escribiendo maltrechas canciones, por su origen y destino, que hablaban sobre como su reluciente novia se había convertido con el tiempo en una especie de accesorio mal conservado, desgastado y desfasado. Como si el brillo inicial hubiese sido en su precoz esencia solo un burdo chantaje de su subconsciente – como única excusa y argumento – buscando en su aterciopelada princesa la armoniosa y utópica estabilidad sentimental. Cálida y tierna, cómoda y placentera, se suponía en teoría, ahora sin embargo era solo una irrisoria consecuencia más de porque nunca sus canciones terminaron por tranquilizarlo.

Tratarse a sí mismo con puras malas ideas era también, como casi todo en su cabeza, una de muchas intersecciones desequilibrantes. Y es que el fracaso que significaba el no poder identificarse con alguno de sus héroes caídos era demasiado para su débil voluntad. Decidirse entre la siempre inspirada ilusión del poeta muerto pero glorificado o la de sus contemporáneos digitalizadores de ideales supuestos y por ende adoptados, era sencillamente imposible. Ni con la infinita voluntad de su padre ni con el enorme corazón de su madre podía el Canelón tomar si quiera una dubitativa decisión. Cosa que terminaba postergando y alargando, como si la leve, pero a ratos suficiente, inspiración que para él Consuelo simbolizaba terminaría finalmente salvándolo. Lamentablemente nunca sucedería, pues así como yo, el Camaleón también muere cada cuatro segundos1.

Aun cantaba las malas noticias, sin embargo para mí inesperada desgracia2, no podía yo imaginarme a otra mujer en mi habitación aparte de Consuelo y su imponente y desnuda presencia. Con sus defectos perfectamente disimulados por las alegres y devastadoras melodías que desde el estero se desprendían casi irrefrenables. Sin un final previsto se acomodaban fáciles cuando inevitablemente colisionaban con su silueta contrastada con la ferviente luminosidad que el único foco en el diminuto de mis cuatro paredes alumbraba. Era sensual y discreta, como si putas vírgenes extrovertidas hubiesen parido una magnifica y maleducada belleza trigueña. Ella tomaba formas infinitas mientras que de a pocos se iba prestando a mi alcance. Sin embargo tanto como se acercaba se alejaba, sutilmente como tentando mi caída al borde del acantilado de euforia y excitación. Y es que sabía muy bien cómo cuidarme y al mismo tiempo tenia practicas de cómo era posible destriparme. Es por eso que me alimentaba entre la calentura con fugaces miradas coquetas que desprendíamos mutuamente en nuestras interconectadas direcciones.

Nada terminaba sin antes iniciar. Un principio lógico me abrazaba en un inquietante estado de reciproca satisfacción. Con su piel fundiéndose con la mía. Con su saliva humedeciendo mis trágicos, pero necesarios, labios. Sucede pues que estábamos al borde de los límites de nuestra ardiente y ahora extinguida amistad. Sentía, más que saber, que bien podría tratarse de un inacabable salto al vacío, pero también existía la posibilidad de una sorpresa. Rogaba porque así sea, la abrazaba y me tentaba con imaginarias posibilidades, la penetraba y ilusionaba con que mi final no fuese hoy ni mañana. Pues por alguna razón, que me resultaba inexplicable, quería seguir existiendo.

Me miro una última vez antes de perder el control de sus caderas. Para de una vez por todas poder fluir a través de mis propias y tristemente enfocadas concepciones. Pues me miraba como si por fin habría logrado comprender mis sentimientos. Como si su decisión fuese la correcta. Me observaba como mira alguien después de haberse tragado una verdad oxidada. Y es que siempre habíamos habitado realidades desquebrajadas. Sin embargo mi embriaguez con ella no era nuevo, ni si quiera mis mas fracturados secretos. Ya que ella misma poco antes había aceptado mi condición de depresivo parasito autodestructivo, bromeando y a la vez no tanto, como una muerte más a sumar al historial de horas desperdiciadas que su cariñoso e inalcanzable amor propio guardaba. Nuestras heridas estaban abiertas una vez más para que entre nosotros podamos sanarnos o contaminarnos como última rima en nuestra entrañable y confortable autodestrucción.

Para mí era como si todas las malas intenciones se evaporasen en el aire con cada suspiro y jadeo, mientras el catre crujía y nuestras mentes se amalgamaban en la más pura y saludable contraposición amical que podía existir entre nosotros. Como si nuestras confesiones reconociesen en las melodías cobardes del Camaleón su irrevocable necesidad de locura y muerte.

Aun así seguíamos ahí ocupando nuestros espacios, y eso era todo lo que le importaba a nuestro eterno e ingenuo momento de felicidad. Éramos todos y al mismo tiempo una solitaria unidad de inútiles esfuerzos compartidos. Nada parecía sobrar al final de nuestro turno simplemente prolongado de colapsar. Ni su entendible pero incomprensivo mutismo voluntario. Ni mis intentos fallidos de poesía. Pues somos ahora una clase de voluntad agonizante pero a la vez indomable e interminable.

Ahora hay calor y tranquilidad. Ahora Consuelo confirma su amor por mi inmejorable condición de hombre enamorado. Después de todo, el secreto se termina también hoy. Pues en sus ojos la duda se había esfumado y el miedo sin embargo era ahora más tolerable, pues lo compartiríamos juntos. Finalmente interrumpió el silencio y con sus labios – no miraba otro lugar – me confesó sus tres semanas de embarazo, y de paso que yo sería padre. Concluí entonces que al final todos acabamos regresando al infierno. No importaba, después de todo, nunca me sentí como en familia en otro lugar.

El Camaleón enamorado

 1: Intervalo de tiempo que antepone un suicidio con otro.

2: Estúpido y obvio sarcasmo.

La cancion de arriba es una que se puede clasificar como romantica, sin embargo yo creo que va mucho mas alla de lo obvio. Me gusto y mucho. Ademas de entre otras razones por ser parte de banda sonora de la peli “Buscando un amigo para el fin del mundo” que comente en la entrada pasada. Sucede que sigo enganchado a la peli. No estoy seguro si sumergirme tanto tiempo en una vertiente como el amor sea lo mas saludable. Sin embargo por ahora todo sigue bien. Al menos en teoria.

Abajo un cartel alternativo de la mencionada pelicula. Esta vez toca a Penny o Keira Knightley acaparar la atencion. Mujer que ademas de gustarme, creo verdaderamente que es buena actriz, o al menos una decente. Me encanta sensible como ahora – en esta pelicula – ademas que ciertamente es una belleza extranjera, me sigue gustando. Eso tambien es bueno.

Buscando un amigo para el fin del mundo

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