El dijo que había que comerse todo lo que supiese a nostalgia. Comer todos los pedazos. Recoger de la basura todas esas enfermas sonrisas impostadas y tragárnoslo. Sin dejar escapar muecas de asco o de desaprobación. Pues no importa lo maloliente que se sienta. No importa que por dentro sientas a tu corazón claudicar. Pues ay que seguir alimentándose.

Nunca sin buenas ideas. Nunca sin hipótesis o teorías. Nunca abandonada. Nunca olvidada. Se supone mi cuerpo es inmortal. Pues era especial. Fuera de lo normal. Aun así, fue más de lo que pudiese haber deseado. De todas formas tenía que llegar completa y no en pedacitos al final. Antes que el cielo terminara por colapsarse.

Mientras todos a mí alrededor me aturdían con consejos supuestamente saludables, descubrí que para mis propósitos no me serian útiles. Pues en el infierno la naturaleza no esta tan muerta como mis canciones. Y yo necesito seguir confesando para no desaparecer.

Aun y con todas esas falsedades distrayendo mis perspectivas, entendí que solo cuando logre transgredir mis propias reglas, que de por si hacen de mis limitaciones puros intentos vacuos de auto superación. Como cuando intente vivir y fracase. Pero no importa. Pues le encontré y aunque termino por extinguirse, esos cortos instantes hicieron de mis justificaciones una maravillosa confesión de fallida redención. Tanto como para ignorar este ardor en mi interior. Tanto como para sobrevivir una vez más.

Fue entonces que me abrazo y yo le abrace, y juntos nos abrazamos. Como aislándonos de todas esas pútridas constantes cínicas e hipócritas de nuestro alrededor. Como si intuyéramos que a partir de aquel reconocimiento mutuo ya nada podría evitar que desaparezcamos de nuestras memorias, como una carta mal direccionada, como los amantes destrozados  que solo la mala escritura puede recuperar.

Creciente desnudez

Ternura absoluta

Ternura absoluta

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