Mi padre cerró con seguro la puerta del estudio y nunca más volvió a salir. Decía estar cansado y aun con mucho trabajo por hacer. Tenía en su mano izquierda su maletín, y con la otra mano guardaba sus lentes de una forma muy pocas veces vista, tanto que finalmente su mano puño parecía trasladarte a otra dimensión. Un puño guardado, y cerrado. Privado de aire y esperanzas. Sin salida alguna el puño había censurado cualquier intento de sublevación. Había sudor producto de las dudas, sin embargo su incontenible determinación era mayor. Así que nos consumió con esa intensa mirada que fácilmente nos introdujo en aquella dimensión en la que se había volcado de forma irremediable.

Llevaba su traje de trabajo; jeans y unos CAT muy grandes, como si preparase para escalar montañas o cerros. Razón por la cual madre solía llamar a esos zapatos sus “Tumbacerros”. Usaba también un chaleco naranja con un logo muy grande de la empresa en la que trabajaba, en la espalda. Sin embargo lo que más me gustaba de aquel uniforme era su casco blanco, casco de ingeniero. Si. ¿O era Abogado?

Quizás sí, quizás no. Pues a veces lo recuerdo con un terno color plomo muy bien cuidado. Pues mamá siempre se encargaba de sacudir el polvo o la pelusa, o la suciedad en general que se impregnaba en el saco y en los pantalones. Eso lo recuerdo casi de forma perfecta. A mamá moviéndose de un lado a otro con mucha prisa, agitada y algo enojada. Ya que nosotros representábamos poca ayuda para su labor de madre abnegada. Al contrario, muchas veces significábamos lo que unos gallinazos a un animal herido. Y es que éramos demasiados. Éramos sin duda mucho trabajo y poca satisfacción.

Algo de lo que arrepentirse.

Aun así se veía muy bien usando el terno recién planchado. Muy elegante. Pues su trabajo era de una naturaleza extremadamente formal. ¿O era para las ocasiones en las que salíamos en familia hacia la reunión familiar? No lo sé, y no importa realmente, ya que la expresión en su rostro era siempre la misma. Llevase el uniforme o traje que llevase. Y es que era un hombre de rasgos fuertes. El brillo de su piel en contraposición con los rayos del sol apenas rosaba su arrugada frente. Y mucho menos dejaba descuidar su encertada cabellera, pues siempre llevaba un pequeño peine de bolsillo por si el haberse rastrillado el cabello con estricta disciplina no hubiese bastado lo suficiente como para poner a esa rebelde cabellera suya en orden y en líneas rectas. Como todo hombre serio debe de lucir. Todas esas mescolanzas de recuerdos se distorsionan juntas en mis memorias formando una especie de constante imposible de olvidar.

Con la postura erguida, y con un corazón inamovible en un rostro de inmutable seriedad.

Aquel día mi hermano y yo habíamos roto uno de los vidrios de la mampara que da paso al patio trasero mientras jugamos pelota. Sobra decir que nos moríamos de miedo por cuál sería la reacción de Papá. Aunque casi nunca solía castigarnos con fuerte violencia, siempre cabía esa posibilidad en nosotros. Y es que le teníamos miedo. Pero de algún modo siempre me pareció a mí que él nos tenía mucho más miedo. Miedo de que no aprendiésemos todos los consejos que religiosamente nos relataba todos los días a modo de anécdotas divertidas, o como puntuales y “directas” indirectas. De no aprender nosotros todas esas herramientas para futuro, el habría fracasado como padre, y peor aún, nosotros seriamos los que pagarían el precio de su negligencia. Y él no podía permitirse vivir con semejante culpa, pues ya tenía demasiado de todo esos males en su espalda. Como un saco de enormes huesos calientes y ruidosos que hacían que su camino por la carretera interminable mas desoladora que dolorosa.

Su pasado para mi historia prohibida. Pero sabía muy bien que algo le había ocurrido. Algo que teñía de culpa su vida. Y es que desde que me estaba convirtiendo en adulto, el había adquirido una clase de enrome responsabilidad patriarcal. Un sentimiento de familia que demostraba con cada cena y con cada “Como te fue hoy?”…sin embargo todas sus muestras de supuesto cariño distorsionaban los interiores más íntimos de mi condición de primogénito. Me lastimaban de tal manera que cuando niño lo hacían sus prolongadas ausencias en casa. Me devastaba de un modo que me transportaba a esas eternas discusiones de Padre y Madre en la que poco puedes hacer. Haciendo de mis intentos de superación emocional (reprimiendo recuerdos) Los esfuerzos inútiles de un conflictivo derrotado. Como el cadáver de un introvertido que nunca termina de arder.

Se consumía de forma ininterrumpida. Como una parca silenciosa y sin sentido del humor, hacía del cumplimiento de su intransigente rutina una especie de salvoconducto hacia la locura. Con o sin lagrimas de por medio, perecía por las noches entre preocupaciones y decepciones. Pero nunca autocompasivo. Pues el hombre no era una criatura dotada de infinito razonamiento en vano. Esto siempre lo tengo presente cuando mis días termina por colapsar. Aun así, los años que ya habían transcurrido en el habían dejado huella en su espíritu y rostro. A modo de arrugas y canas, se hacía presente su historia en su aspecto físico. Sin embargo su necedad era más poderosa que su necesidad de amor. Pues a último momento renuncio a su única salvación. Su esposa. Mi madre. Luego el cáncer se encargo del único trabajo que el mismo no podía cumplir. Deshacerse de todo rastro de humanidad. Pues su única excusa para con su fracaso familiar era la de su generosa condición de padre ejemplar. Pero todo eso se acabo cuando acabe por desvanecerme de sus proyecciones a futuro de sus planes de hogar. Y es que ya no éramos más una familia, y así eso de lo que sentirse orgulloso terminaba por extinguirse en su interior.

Todo en el era un conjunto de necesidades mal satisfechas y ambiciones maltrechas.

El espejo acabo por ser mi sombra. Pues mi parecido físico con Papá era mayor que el que compartía con mi hermano. Lo recordaba siempre cada vez que reconocía en mi reflejo casi todas sus facciones. Sus pómulos, sus mejillas, su nariz, su frente, su cabello. Sin embargo mi mirada era distinta. Mucho distinta. Era mi único refugio de mi propio rencor. La recuperaba a ella cada vez que me perdía en la ternura de los recuerdos compartidos que con mis ojos me nublaba mi único camino. El camino del carácter. Lamentablemente para el esto no era había sido heredado en su irónicamente único primogénito. Pues mi hermano era tan imaginario como las contadas sonrisas que mi Papá dejaba salir de sus gruesos labios. Pero los recuerdos que conservaba de ella en el historial de mi existencia eran reales. Existían, y eso en los momentos clímax del crepúsculo de mi madures, eran el único colchón en el que podía yo caer y sobrevivir.

Me hacia adulto con cada segundo que transcurría intentado perfeccionar el peinado formal que tanta tarea siempre me costaba. Y es que aun cuando niño sabía que mi única alternativa nunca sería la más agradable. Aun cuando madre cocinase sus deliciosos guisos para nosotros. Sabíamos perfectamente que el día de la huida uno de nosotros se perdería. Maduramos esa idea durante la adolescencia, y para cuando éramos jóvenes, ya no había lazos que cortar entre nosotros. Una forma muy triste había tomado nuestro pacto de compinches. Como unos compañeros caídos en acción.

Esto a madre termino por confirmar la intrascendencia de su vida en la de sus tres hombres. De forma irremediable su corazón termino por despedazarse. Murió así por un cáncer. Nosotros. Y ni un intento de alejamiento podía cambiar eso. Aun cuando voluntariamente había tratado de morir por innumerables metamorfosis atemporales para con los milagrosos intentos de resurrección de la esperanza en mi interior. Nada sirvió. Pues una parte mía había muerto y otra la tenía atrapada en el espejo. De esta forma el único panorama que vislumbraba era el de agonía y desesperación.

Literalmente años más tarde regrese al único lugar (Un pequeño departamento) que había adquirido a lo largo de treinta y siete años, me entere que mi hermano había muerto. La noticia desequilibro mi reencuentro con un inesperado dilema; el de no saber a dónde regresar. Pues la casa de mi infancia y juventud, había sido siempre un funeral. Además papá no se encontraba más allí y madre ya hacía tiempo que no existía. Todo se me sobrevino encima de una forma aplastante. Me sentía triste, pero no tanto como para llorar. Luego los recuerdos me asaltaron cruelmente. Recordé como gritábamos ¡Gol…! entre mil pedazos de cristal, para luego retorcernos en preocupación por papá que no salía de la habitación. Intentábamos convencerlo de abrir la puerta, pero no sirvió de nada. Apenas podíamos escuchar el ligero sonido que desprendía mientras tecleaba en aquella máquina de escribir. Madre intentaba una y otra vez, pero tampoco lograba nada con sus bruscos gritos. Al rato se fue a su habitación y se puso a llorar. Igual seguimos insistiendo, mi hermano y yo. Pues sabíamos que nos extrañaba, ya que nosotros a él lo sentíamos alejarse cada vez más. Con cada hora que pasaba. Como cuando se iba de viaje por motivos de trabajo. Le sentíamos de tal forma que también nos pusimos tristes.

Cuando me recupere de tremenda y dolora nostalgia, busque y busque de forma inútil la única dirección del asilo en el que se encontraba Papá. Mi intención era comunicarle la noticia. Pero luego pasado el salvaje momento de confusión, revise otra vez el correo de la única persona conocida (un antiguo amigo del colegio), que había logrado ubicarme. Note que la fecha la carta (escrita a mano) databa de hace seis años. Supe de inmediato que a Papá la muerte de su segundo hijo ya era harto conocida. Posiblemente había masticado su duelo durante todo este tiempo sin mi ayuda. Pues no había ni otra carta en el buzón que informara que también él había fallecido. Así que decidí no visitarlo. Para no recordarle el dolor que seguramente habría sentido en el momento de haber perdido al único hijo que lo acompaño durante su vejez. Aunque sabía yo que por dentro, que la razón que había pesado más al tomar esa decisión había sido la de mi miedo a encararle después de todos estos años. Así que fui tan fugaz como me lo había propuesto con mis memorias, y fui a ducharme.

Cuando regrese, todo estaba vacío. Nada ni nadie estaba en su lugar. Era otra vez un atardecer sin novedad alguna. Después de todo, ya nadie quería jugar. Todos se habían encerrado en sus habitaciones. Todos estaban en casa y aun así, se sentía increíblemente desolador. Pues el único sonido de fondo para este prolongado silencio es el que provoca el viento al ingresar de afuera hacia dentro por la mampara rota. A ratos tenebroso, sin embargo es ahora que el día se hizo noche que lo encuentro delicadamente enternecedor. Como si todo lo vivido solo se tratase de una pausa más. 

Otra cancion de amor

Queens Of The Stone Age – Songs For The Deaf (2002)

Estas son razones por las cuales me gusta el rock and roll. Es demasiado. Las palabras se esfuman con cada cancion. Abajo Josh Brolin en Hombres de Negro 3, lo mejor de la pelicula para mi sin duda es la interpretacion que hace este inmejorable actor.

A que mi peinado te mata.

Advertisements