Estaba como flotando.

Flotando en una especie de nube mental. Levitando muy suavemente en el aire. O en su defecto, flotando en una extraña pero sublime divagación atemporal. Como si estuviese ocupando el espacio dedicado al intercambio de viñeta. Pero fue durante ese estado de satisfactoria armonía, que encontré en una melodía una clase de inquietante presagio a modo de fuerte advertencia. Como si se tratase de una fecha de vencimiento. Un intento de previo aviso que gritaba y estornudaba, diciendo, afirmando, y profetizando que lo inminente e inevitable era cada vez más próximo. Y es que no se trataba de alguna clase de  juicio cerca ni nada por el estilo. Pues era algo ya sentenciado.

Como si el recaudador de deudas pendientes, repentinamente hubiese recuperado su vocación de entre sueños húmedos y discursos mal entonados. De todas formas no se trataba de visitas inesperadas, se traba de mi nombre en su lista de mortal cobranza. Pues de repente el destino – recaudador – se empalago de tanto azúcar que decidió probar con algo o alguien distinto. Pues masticar los problemas de las masas era demasiado típico. Se sentía saturado por sabores netamente superficiales y ni tan siquiera los blandos dramas de todas esas gentes le servía para entretener a ese su inmenso ego con ese su otra colosal “virtud”, impetuoso orgullo.

Quería algo adicional. Algo distinto por lo incomodo y que sea de fácil y rápido enjuague. Algo con sabor a mí. Nada sutil y exageradamente común, sin necesidad de que incidencias con lo ordinario o el aburrido cliché. Definitivamente empalagoso no era, pues mientras se divirtiese masticándome, yo sabría como entretenerle. Con ruegos e inútiles confesiones. Pues para el solo se trataba de saltarse de la rutina. Un día más en el infierno sin que este joda tu bronceado. Sin embargo eso para mí era la jubilación temprana. Era el cáncer definitivo. Era la conclusión que nunca da tregua. Pues era en su totalidad un claro golpe de odiosa e injusta realidad.

Estas sensaciones salían de mi cabeza formando una rápida pero intensa ráfaga en la habitación. Despertaba a los pequeños asquerosos ratones, y sacudían a los desahuciados inquilinos. Hombres y mujeres que hacían de extras en el círculo vicioso de eterna melancolía. Sucia melancolía que tragaba y vomitaba los restos de esas antiguas promesas, ahora reducidos a rostros con expresiones vacías, y a poco más que carne humana. Sin embargo era por aquella ráfaga que sentí y grafique en mi cabeza como mis pensamientos entrelazados se vieron sacudidos por este repentino empuje. Producto de mí alterado sistema nervioso quizás. Pero extremadamente delicioso también. Hermoso como la mala poesía. Devastador como los viejos remordimientos. Y exquisitamente inmutables a cualquier intento de desbordamiento. Pues el poso estaba completamente lleno, y posiblemente ya nadie quépase aquí nunca más.

Poco después supe que Lili estaba embarazada.

Lily era mi pareja, mi novia, mi enamorada, etc. Y Susan era el nombre con el que sería bautizada nuestra hija, de ser mujer obviamente. Si llegase el caso de que naciese varón, yo votaría por que se llamase Henry. Pues mi padre se había hecho llamar así durante su servicio como espía para el servicio secreto del estado. Pocos saben eso, pero fue el un hombre muy temerario. Tanto así, que murió de cáncer de próstata. Horrible experiencia. El destino sin duda, era poco justo. Pero esa era mi primera elección, pues el nombre de mi madre era Alex. Se supone un diminutivo de Alexandra, pero se quedo con ese nombre. Y bueno, ese nombre es demasiado bisexual, o unisex, o lo que sea. No importa, pues no sabía que iba a ser de aquel feto en el vientre de Lily. No tenía ni idea.  Ni quería saber. Pues cuando vasas tus esperanzas en meros supuestos, todo acaba por complicarse más de lo que uno se puede permitir. Y es que de ese menospreciado error es que provienen en su mayoría  los finales con tristes mensajes.

Por aquel entonces todo giraba en torno a temas maduros. Valentía ó Cobardía distorsionada esparcida en cada cerebro de mi generación. Como si no bastase ser lo suficientemente conformista para con el nivel de vida promedio, ahora me veía enfrentado a aspectos de la vida “madura” que siempre observaba de lejos; un trabajo estable, novia estable, lugar al que se podía (y debía) llamar un hogar estable, pasatiempos estables, decisiones oportunas porque eran consecuencias de un criterio como se supone debía ser, estable.  E incluso vacaciones estables. Y es que todos los consejos parecían concluir en que vivir en de acuerdo con el molde era mucho mejor que vivir de acuerdo a tus ideas. Pues no hacerlo era peligroso. Además de estúpido. Pues vivir para el molde era mucho más cómodo y satisfactorio. Y lo hice por mucho tiempo. O como me gusta pensar, fue lo “necesario” como para darme cuenta de que no siempre las relaciones nacen por buenas razones. Así como no siempre terminan por lo mismo. Y es que en su mayoría se trata de gente demasiado complicada por inquebrantables ideales de dudosa credibilidad. Pues eran extremadamente triviales para con la felicidad que supuestamente se está compartiendo. Eran en conclusión una farsa exorbitantemente costosa.

Se trataba de sentar cabeza de forma definitiva, y que mejor manera que hacerlo que con una familia. Ese era el mensaje con el que casi todos mis consejeros trataban de convencerme. Pues ellos ya habían pasado por eso, y lo entendían a la perfección. Que les haya servido o no, eso es otra cosa. Y como el idiota fácil de manipular que era, no dude en ponerme en esa horrorosa fila para el suicidio social y moral. Claro que no se llamaba así, y por supuesto que yo lo ignoraba. Era un imbécil.

Mi madre por un lado, se aferraba a la idea de que siendo yo su único hijo, y siendo joven como lo era, era un completo idiota (además de imbécil).  Gracias a dios nunca logre entenderla por completo. Pues me aterraba hacerlo. Alex, mi madre, es la clase de mujer liberal y conservadora por pura conveniencia, pues según sus palabras; “La vida era demasiada corta como para enfrascarse en efímeras ideas morales del momento”. Es la clase de hipocresía que mas detestaba, pues lo había heredado, y aceptado a tal punto en el que esa sería la premisa principal con la haría girar todas mis posibilidades – opciones – al respecto de Lili y su embarazo.

No se equivoquen, no soy la clase de joven moderno con ese eterno síndrome de “mamitis” más del montón. Eso de lo que tanto se quejan las mujeres, y curiosamente, es eso lo que se supone destruye un matrimonio, y no las infidelidades, o en su defecto, la falta de amor en el núcleo de la relación, pues para todo eso ya existen los profesionales. Dicho esto, es obvio que no soy hombre de familia. Pero aun así intentaba serlo. Bueno no tanto. Pero si trataba de hacerme una idea. Pues la pequeña Susan, o el pequeño Henry, no tenían culpa de que su padre fuese tan enfermizamente sobreestimado por su madre y abuela. Era muy triste la verdad. Pues mi miedo no lograba exteriorizarse. Incluso para las fotos de fin de semana con Lili y su barriga, tenía que hacer un esfuerzo sobrehumano por evitar que enloqueciera en gritos y maldiciones. El resultado de ese esfuerzo era obvio, resultaba una sonrisa muy fingida. Sin embargo esa no era la peor parte, pues lo peor sin duda era que ni a Lili ni a Mamá parecía importarles. Se suponía entonces que ya estaba jodido. Pues sabían perfectamente que era demasiado cobarde como para hacer tan si quiera una escena al respecto.

Como mucho esperaban que gimiese.

Pero ahí estaba yo, siendo arrastrado por las buenas maneras. Como si mi fuerza de voluntad se hubiese esfumado. Pues tenía que hacer algo al respecto para evitar que el pequeño Henry o la pequeña Susan llegasen y arruinaran mi vida. Pues aunque trataba por todos los medios – no todos – de asumir mi realidad inmediata, no podía. Aun así, seguía siendo un cobarde. Quiero decir, Lili era buena persona, al menos lo suficiente como para llegar a ser una buena madre, o como mínimo una madre tolerable. Superficial a ratos, como todas las mujeres de su entorno. Sentimental también, como todas las mujeres de su edad. Jodida también, como toda mujer lo es en realidad. En conclusión, yo estaba con ella por cariño. Si. Pero era por supuesto, más que el sexo – Que era relativamente bueno – la perfecta compañera. Pues tubo la aprobación de mi madre desde que coincidieron en que era yo un completo ingenuo con respecto al trato con las mujeres de mi generación. Además no me hacía sentir inferior a ella, pues mis ingresos eran muchos más que los de ella, y claro, Lili era ciertamente una machista. Como lo había sido su madre, y su abuela, y la madre de su abuela, y así en general. Cosa que entretenía a mi madre. (De ahí que congenien) y para mi toda esa supuesta “Paz” era suficiente como para enfrascarme en un terrible futuro de con niños y todo.

Y por supuesto, ¿Quién era yo para evitarlo? ¿Qué es lo que me daba ese derecho? Esas eran las preguntas que sin poder yo responder, hacían que mis bolas se encogiesen al ritmo que aquella criatura en su interior aumentaba como volumen y como amenaza. Sin embargo para cuando las preguntas en mi cabeza pasaban una forma extraña y fácil de un ¿Por qué lo haría? a ¿Cómo lo haría? Sabía que había progresado.

Pero el alivio fue tan efímero, como el asimilar que una miniatura mía venia en camino, pues comenzaba a notarse el embarazo en Lili. Literalmente como un baldazo de agua fría. Un horrible despertar de todas esas enfermas ilusiones de seguridad en los que encontraba descanso a esta combi sin frenos llamada vida familiar. Pues dicen que la compasión para ellos solo es otro modo de tener compasión con su mediocridad. Y yo había deseado ser como ellos. Por miedo a no poder tomar la decisión que merecía. Pero fue por esos momentos en los que una sutil maldad (había que llamarlo de alguna forma) inundaba mis ojos con lagrimas por la felicidad que distorsionaban mi rostro con una retorcida sonrisa, que colisiones con la respuesta correcta. Pensé entonces que esa era la forma en la los monstruos logran congeniar. Después de todo, crecieron juntos. El privado y las privaciones. El cobarde y el odio. Como yo y mi familia, masticando cadáveres putrefactos de antiguos niños de orfanato durante el desayuno. Como fieles hipócritas. Aun así, había yo terminado. Con todo eso y con sus repercusiones. Sin duda no había vuelta alguna a lo que “tenia” que hacer. Ya habría tiempo luego para tenerme lastima. Aunque tampoco estaba seguro de eso. Igual tenía que hacerse.

Luego me encontré atrapado en un automóvil alquilado con el nombre de Henry y con identificación de mi padre muerto, y con dirección hacia Lili caminando con unas bolsas de supermercado hacia su auto en el estacionamiento.  Luego también supe que el automóvil no tenía frenos. Luego supe que estaban muertas.

Sin espacio para ningún huésped mas. Ni para Lili ni para Susan o Henry, sentí que había cometido un error. Pues la extrañaba, y esa nostalgia era enfermizamente cómoda. Como un  breve pero intenso momento de felicidad. Como un orgasmo mental libre de la contaminación del exterior. Fue tal su magia que sentí que me había distanciado de la realidad y eso en tiempos de rutina era un lujo. Como Aislado y maravillado. Fue maravilloso. Pues nada podía pasar que me echase al suelo otra vez.

Todo volvía a ser de colores. Mi futuro. Mi presente. Mi conciencia. Con mis antiguas conexiones en charcos de rojos sangre adornando la abstracción de ese mágico arco iris en el polvoriento pasadizo. Enternecía todo estas realidades a mis cobardes ojos lagrimosos.

Llovían así lágrimas de alguien culminado. Fulminado y abandonado. Pero eternamente enamorado de su fantasma embarazada.

Como un mal chiste las brillantes ideas volvían transformadas en una interminable y maravillosa amalgama de formas irregulares, tiernas y complacientes. Como la única salida del eternamente simbólico océano de diálogos vacios e insignificantes del exterior. En mi cabeza, y pensamientos ya no había cosas que recordar. Salvo errores, y eso lamentablemente no servían de nada. Sin embargo tanto fue el placer, que bien podría ser un efecto secundario del estar drogado. Pero es que mi habitación era tremenda, era infinita, y a con cada segundo los espacios crecían y me acogían de forma muy cálida. Estaba hecho para ese intenso y eterno resplandor al final de la habitación.

El hombre encantador

Blur – The Great Escape (1995) 

Inundándome con el otro britpop de los noventa. Con Blur y sus hits. Con Blur y su Parklife. Con Blur y su genial escape. Y es que son tan divertidos, y histéricamente contagiosos. Pegajosos y placenteros. E inesperadamente buenos.

Tengo que aceptarlo. Antes tenía ciertas limitaciones para con ellos. Como que sentía que les sacaba la vuelta a mis queridos Oasis. Ahora sin embargo poco importa, pues Damon y compañía son extremadamente divertidos. Como la canción anterior. “El hombre insípido”

Abajo una imagen de la película “Being Flynn” de Paul Weitz. Una película sobre el trato entre padre e hijo. Cuando son hombres de letras. Es buena. De Niro genial como siempre, y Paul Dano que interviene muy bien.

Mi sonrisa no es tan optimista como la mala escritura.

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