Mientras me desvanecía en esas desoladoras habitaciones de mi interior, logre percibir una leve melodía acercándose cada vez más. Como si quisiera encararme, se dejaba percibir de forma ascendente con cada segundo que transcurría saboreando mi indeleble soledad. Iba creciendo al mismo tiempo que el ritmo de mis latidos se intensificaba. Eran trompetas, y mandolinas. Eran guitarras y trombones. Eran violines y tambores. Era una fiesta acercándose, mientras que con mi esperanza interpelaba a mis persistentes debilidades. Pues las melodías alegres como devastadoras iban tomando formas devastadoras mientras que con mi espera me torturaban.

Sentía cada aliento mío debilitarse, mientras que con mi sudor confirmaba que mi miedo, producto de mi nerviosismo, estaba distorsionando mis facciones, agotaba mis ojos con neblina densa y espesa, y a mi garganta la asfixiaba. Solo colisionar con esta clase de comparsa me salvaría de esas extrañas precipitaciones físicas que sufría.

Me arrepentía, y al momento abandonaba esa pésima idea. La de aceptar mi vida como la conclusión de una mediocre rutina mas en el calendario global del pesimista democratizado. Pues me encontraba flotando o sentado, pisando tierra, o ilusionado. Cualquiera que sean las variantes de mi realidad inmediata, sabía que cuando colisionáramos la muchedumbre y yo, no habría vueltas de páginas a las cual echar la culpa. Tenía todo por delante y nada al mismo tiempo que con mis palabras trataba de auto complacerme para no enfrentar una inmediatez que sin duda alguna me devastaría por dentro y por fuera. Como quien descubre en su insignificancia la más grata palmadita en la espalda. Sin duda, era por aquella voz envuelta en melodías descarnadas que sentía como mi cuerpo iba tomando forma más allá de la forma física ya antes abandonada. Se erigía sobre las ventanas vacías de estas desconectadas habitaciones oscuras, a modo de mesías, acercándose cada vez más. Con una buenas nuevas, y quizás algo más.

Era un cantante durante una última y eterna presentación. Un cantante que se desangraba al ritmo de sus compañeros de orquesta. Escupía sangre con cada palabra, mientras que con su mano izquierda sujetaba su garganta. Su mirada era extremadamente intensa, como solo los ojos de las personas que han presenciado toda clase de horrores pueden manifestar. Pues existen toda clase de infiernos, y de todos los colores. Los hay violetas, como amalgama de celestes gratamente vividos, y  azules mediocres como los que solo los sedentarios saben apreciar. Existen también, colores particulares, como los de los ojos. Verde, para los ingratos, negro para los sufridos, pardo para los menospreciados, amarillo para los de fugaces costumbres. Son tan distintos uno de otro en los infinitos espacios que comprenden aquellas habitaciones de continuo aislamiento llamados infiernos como lo son los hermanos en sus propios espacios de sano esparcimiento en el canceroso núcleo familiar.

Una vez dentro de la densa oscuridad en la habitación, mi corazón volvió a latir. Pues toda esa gente bailando a mí alrededor, parecía una especie de placido sueño del que gustosamente no despertaría jamás. Pues celebraban juntos y conmigo mi última despedida de toda esta vasta inmundicia. Eran ritmos extraños por lo íntimos que me resultaban. Como los que en cada fiesta solían abundar. Era satisfacción en la desgastada voluntad del eterno desafortunado. Era jocosa reivindicación en el trajín del apaleado vagabundo. Era enfermiza felicidad colectiva durante las pausas que el torturador les regalaba a sus merecidas victimas. Era calma en el alma atormentada de Dante ante la hoguera. Era una clase de enmienda a ritmo de melodías alegres durante la sumisión del derrotado emancipado. Pues era música alegre de celebración.

Era  toda una procesión por debajo de mis pies. Y Estaba yo, y un cajón.

El sudor ya era nuestro, cuando el final perfecto iba llegando a su final. Pero la energía en esta gente me animaba mucho, además eran demasiado contagiosas como para hacerlas a un lado. Reconocía ciertos rostros, y unos no tanto. Había de todo, hombres de saco y corbata, mujeres con vestidos muy finos y otras con polleras coloridas. También abundaban los niños, además de animalitos con nombres cada uno, además de un alcalde y una Reyna de belleza. Sin embargo los que despertaban en mi un interés sobre los demás eran las deformadas parejas que iban bailando con mascaras de elefantes, y zorros, y gorilas, y otros variados. Pues unos eran más altos que otros, otros sin embargo eran más robustos, y otras más delgadas, y la variedad se repetía continuamente. Pues al parecer todo el pueblo había venido con la única intención de hacer una pausa, y celebrar el milagro de la muerte. Ni los dioses se hacían los ausentes, pues el Inti no tenía reparo alguno en quemar la dura piel de mis vecinos con rayos solares que reflejaban rostros devastados a ratos y más que animados en otros. Después de todo, era su hijo la promesa de una vida culminada y sutilmente apreciada, lo que se festejaba.

Las comparsas seguían camino al cerro alto, sin prorrogas ni tropiezos, pues el joven extraviado había esperado demasiado el momento de su reconciliación como para ponerse quisquilloso con los borrachos vagabundos, o con las mamachas aterciopeladas que gritaban con trago en mano, la partida de su pequeño hermano.

“Hay niño no te vayas”

“Hermanito, porque te fuiste”…lloraban las alegres e intoxicadas cordilleranas.

Y es que todo era demasiado real. Cada individuo entre la multitud. Cada uno con sus particularidades. Cada uno con sus propios dramas. Cada uno con sus propios ideales corrompidos o por corromper. Pues cuando vinieron al mundo solo sus padres le recibieron con autentica felicidad. Luego el egoísmo y la envidia los nutrió de tal manera que durante las sesiones de tortura, solo ellos podían reconocerse entre sí. Como animales heridos deambulaban por la vida fingiendo ser lo que por herencia no eran. Algunos habían sufrido crueles metamorfosis con el pasar de los años. Ya que esos nunca fueron bien amados, nunca llegaron a su final con correcta dignidad ni tan si quiera con solapada cobardía. Eran en conclusión, como unos perros que follan entre si entre la basura que va defecando la accidentada quebrada que los acoge.

Sin embargo el sonido que desprendían los platillos cada vez que se friccionaban mutuamente, hacían que los bebes llorasen con más fuerza, y de este modo estorbaban el paso que sus madres fieles a sus convicciones no dejarían nunca a medio terminar. Puesto que para ellas no existían vacaciones ni mucho menos la idea de gratitud. Habían aprendido de su insignificancia con los años, el nunca titubear cuando tu deber es hacer lo que es mejor para ti. Habían aprendido del sacrificio todos los pormenores de la crianza de cuervos en las alturas. Pues hasta allí habían llegado las noticias de que en las ciudades los parricidios eran muy frecuentes.

Como quien pide disculpas por alguna pequeñeces. Así de fácil habían sido contaminados. Y ya que ni una de aquellas sacrificadas madres estaba dispuesta a conservar en sus espaldas la razón de su inminente quiebre en sus futuros. Decidieron hacer lo que los dioses ignorados habían hecho por mucho tiempo. Arrasar con las raíces de mala hierba de una manera pronta y segura. De este modo, cuando tocaba pausa para los platillos, las madres se alistaban. Y cuando los estruendos de los platillos retumbaban entre fuertes ecos los niños comenzaron a llover hacia las profundidades del abismo de rencor colectivo de sus habitantes.

Era la clase de milagro ansiado que logra justificar la ausencia de ambiciones para con una vida desperdiciada. Era la culminación de una inútil existencia en medio de una angelical música de fondo. Como cuando el rubio extranjero salto de lo alto al vacio, para finalmente mezclarse con el viento. Pues decía él, que al extender los brazos a la mitad de la caída lograría convertirse en cóndor.

Mis padres me contaron aquella historia, y yo haría la mía propia. Con o sin magia de por medio. Después de todo, era uno de los herederos del enorme castillo en el cielo donde Noé cuida de sus vecinos. Era pues la única forma de vivir para el momento presente sin que este te arranque las alas. Pues nunca antes nadie se había atrevido a admirar tanto sin miedo a las repercusiones. Que en su mayoría eran odios y otros demonios.

Pero mi país era extenso. Tan grande que había innumerables lugares para esconderse del reclutador de pecadores. Pero aun así, todos sabían que no podían hacerlo por siempre. Algunos incluso se dejaban capturar solo por miedo a fracasar. Éramos así casi todos los de mi promoción. Temerosos de caernos en el abismo del olvido de nuestra exquisita historia. Más no el joven camaleón. El nunca se dejo vencer. Pues le tenía más miedo al dejar de resistir que a lo que viene en consecuencia de ello, y estoy seguro que aprendió mucho de todo eso. Como todo hijo agradecido y orgulloso de su pecaminosa naturaleza.

Aun así nadie para. Ni el cantante desafina, ni las coristas desentonan. Pues se está haciendo tarde y los lobos ya comienzan a aparecer. Tienen hambre y huelen a carne cruda, y a carroña televisiva. Pero nadie se asusta. Nadie se frena. Pues el príncipe con su mandolina los hipnotiza como a los conquistadores lo hizo el Oro. Son ahora bípedos salvajes, como los de la ciudad. Y ya se puede ver en lo alto, el final del recorrido. Se puede ver la enorme meseta que antepone al enorme cielo.

Después de todo, soy tan humano como mis palabras. Tan valiente como mi padre. Tan victima como mi madre. Y tan culpable como mis hermanos. Pues nuestra herencia es compartida. Como cuando decidimos arder en culpa por varios años, solo para suplir la poca valentía que nos quedaba, con lastimas generalizadas y rencor. Mucho rencor.

Así como prófugo de las maldades de mis antepasados. También existo por y con la convicción de ser la última oportunidad de la tan ansiada reconciliación entre mis pecados y los de mi hogar. Pues como las manzanas podridas que somos, nos pudrimos juntos. Para dormir todos como familia en nuestra cuna de cobre a modo de colchón familiar.

El polvo ya destiño el color en su rostro, y el calor ya derritió sus ojos, dejándolos como abandonados, huecos y sin nada con lo que sus inexistentes amigos puedan apaciguarse. Pero sucede que el joven camaleón del desierto no tenía mucho de lo que jactarse. No había logrado gran cosa. Salvo el haber evadido las penurias de una vejez en absoluta soledad, pues ha muerto joven. Aunque nadie podrá negar nunca que tenía algo que los demás nunca si quiera lograron acariciar. Se trata de autenticidad. Pues de la serrana cantera de la que salió, nadie allí conserva ya algo propio. Salvo los recuerdos de una mixta cultura ancestral, que con gran algarabía celebran cada vez que un héroe cae. Aun y con todas esas limitaciones todos allí eran inquietantemente felices. En parte a su ignorancia, y en otra lo único valioso que heredaron de sus padres. Su magia.

Mientras que la última canción del repertorio llega a su final, las lágrimas del eterno estudiante parecen querer decir algo. Aun con la mirada perdida en el inmenso universo, se logra distinguir algo. Pero ahora solo se escucha los sollozos de sus hermanas y a los borrachos entonando a voz entrecortada lo ingrato que era el destino, y entre otras cosas. Pues había muerto como ultima cuota de dolor y reconciliación entre los rencorosos de sus padres y las putas descarriadas de sus hermanas. Y es que todos sufrían juntos la partida del único varón en sus respectivos mundos.

El llanto sigue, y es señal de que nos toca amenizar el camino de regreso. Pues en la gran meseta ya no hay lugar para nadie más. Hasta el cielo parece querer derrumbarse sobre nosotros y nuestra gran demostración. Pero la verdad es que estoy  un poco cansado. Quizás derrotado, pues apenas puedo pasar la sangre por mi garganta sin que esto perturbe los intentos de poesía que con estas letras parecen querer hacer a todos huir. Para luego perderse tratando de encontrar el modo de morir de alegría. Además la noche ya es nuestra y tengo que revisar mis dientes. Ya que caen cada vez que despego la trompeta de mis labios. Así que creo poder seguir. Ya que Virgilio es mi guía, y el Sol aun ilumina nuestro retorno.

Además, aun me necesitan cantando.

 Eternas reconciliaciones

Beirut – Gulag Orkestar (2006)

La cancion perfecta para cualquier final que me plantee. Abajo Jason Segel y Paul Rudd, dos de mis actores “comicos” favoritos de todos los tiempos.

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