Directo al interior número dos de mi corazón. Mi cáncer y Yo. Tomados de la mano y esforzando sonrisas. Discrepando inútilmente sobre los posibles finales alternativos de nuestra historia. Nos inquieta y nos hace cómplices. Pues son indistintos unos de otros. Cada uno con sus propios métodos de tortura. Cada uno con sus propias amalgamas de recuerdos mal conservados. Pues cada quien tiene sus propias maneras de enjaular su pasado. Pero aun así. Nunca es definitivo. Pues negaría a mi cordura algún atisbo de razón. Pues es que soy solo una musa desgastada. Una musa maltratada. Una musa destartalada.

Como ese rencor entre los dos mellizos. Hecho con el paso de los años una clase de tumor maligno. Un tumor que creció nutriéndose de odios y malos recuerdos. Y se notaba en la ambiente a su alrededor. Un ambiente lleno de furia mal descargada. Se notaba incluso ya estando los dos compartido el insuficiente calor de la placenta mientras encubaban. Como si el héroe y el villano fuesen en el fondo hermanos. Desarrollaron juntos una especie de rechazo mecánico por parte del cuerpo y del alma. Para el uno con el otro. Como si estuviese previsto que se negasen a comprenderse mutuamente, decidieron odiarse por el resto de sus efímeras vidas. Era pues algo demasiado hermoso. Me refiero por supuesto a su inevitable autodestrucción.

Ambos hijos de la misma madre.

Ambos en el mismo sentimiento en la sangre.

Ambos sentenciados por su propio padre.

Ambos odiados y desterrados por un mundo que no acepta a los débiles de corazón.

De cómo mi única alternativa termino siendo también mi única salida. Es una de esas casualidades que a priori pueden parecer increíblemente absurdas y por demás poco sustentables, pero yo no estoy en total desacuerdo con que haya sucedido así, pues de algún modo siempre fui un cobarde y entiendo perfectamente la desesperación por llegar a la salida de cualquier laberinto, mucho más cuando se trata de tu estilo vida. Es como si el sentido de tu existencia fuese la clase de conclusión de una fabula sin propósito y sin mensaje alguno. Como una existencia meramente tangencial a la de una necesariamente más importante. Pues de otro modo, la locura cobraría sentido en mi cabeza y las oportunidades volverían a sonreírme.

Fue durante la infancia que reconocí por primera vez en el amor condicionado de mi madre una forma gratuita de desahogo emocional. Ya en las noches cuando se escuchaban los ecos retumbantes de interminables sollozos en la habitación principal del castillo familiar. Es sin duda la clase de sufrimiento que trasciende generaciones. Y de algún modo entendí que era una característica involuntaria suya. Era pues para ella ese un modo de escapar y al mismo tiempo, la forma más implacable de dolor con la que algún día lograría sanar. Mi madre sacrificada luchando con sus nervios de forma desesperada. Y la odie por eso.

Pues en ese entonces ella era lo único que nos mantenía unidos. Era nuestro padre. Era nuestra madre. Nuestro salvoconducto al paraíso de los niños ingenuos. Pero lamentablemente Madre pario a unos niños malos. De naturaleza maligna. Destinados a colisionar eternamente. Como una promesa de reconciliación en mi cabeza. Pues la existencia de los dos hermanos era la única justificación de porque ese odio logro matar a su madre. Y era lamentable ver como el distanciamiento físico y sentimental entre los dos mellizos logró constituir una clase de monstruo que torturo emocionalmente tantos años a la victoriosa madre. Sacrificada y desechada…Porque la contradicción que despertaban en el uno para con el otro, no solo era mutuo, sino también canceroso para su progenitora y única persona que en su momento les amo con absoluta sinceridad.

De por qué y cómo el abandono de responsabilidades encegueció a mi padre, es la clase de pregunta que espero jamás encontrar respuesta. Ya que odiaría poder llegar a entenderla y peor aún, lograr comprenderla. Pues es la eterna lucha entre el sentimiento que da forma a mi condición de hijo mayor, y la realidad lo que me aturde y desubica en un plano distinto al sentimental como al fraternal. Y yo nunca le perdonaría haber extraviado mi inocencia. Nunca, aun cuando la sangre es compartida.

Pues éramos idénticos a los ojos de nuestro padre y al mismo tiempo insignificantes. Supimos entonces acomodarnos en el poco espacio que teníamos para consolarlo de esa su vida cansina. Pues el amor que alguna vez prometieron conservar por siempre, había muerto de forma injusta, víctima de la vejez y la poca consideración que tenían uno con el otro. De este modo logramos prevalecer. De un modo muy indiferente para con nuestros propios sentimientos. Ya que solo uno de nosotros logro conservar esa continuidad entre el dolor heredado y los tormentos del presente.

Tendrían que pasar muchos años para poder al fin desentenderse parcialmente de sus respectivos hogares. Diferentes para cada uno, pues las formas de sobrellevar aquellas escenas llenas de suplicios psicológicos como físicos, eran muy particular para cada uno. Pues el menor logro algo que mayor envidiaría por siempre. Y es esa insana indiferencia para con el infierno a su alrededor. Una clase de poder que lo nutriría de egoísmo y mucha envidia. Creando así un adulto inmune al sentimiento ajeno, incluso si por dentro esta hecho mierda, el sabría guardar la compostura y de algún modo lograr salir victorioso. Pues el sí podría encajar. Encajar del modo más inhumano posible. La de un narcisista de  inagotable intolerancia, digno del mundo en el que vive. Parte de un todo en esta pútrida ciudad. Y por demás la de un hijo de puta en su entorno social.

Pues a él le invalidaron la opción de amar, es por eso que decidió ser lo miserable con los demás. Hacer de sus vidas una desgracia. Demostrando su supuesta superioridad, tanto académica mente como social, pues el disfrutaría de lo que su madre nunca pudo. El evitaría tener descendencia a como de lugar. El disfrutaría de los distintos placeres carnales y sentimentales. Despojaría así de la inocencia a mujeres parecidas a su Mamá, por pura venganza involuntaria. Pues él nunca la amo sinceramente y él cree tanto odiarse por ello, que solo su muerte podría compararse con el daño que ocasionaría a las diferentes almas que confiarían en el. Pues él nació por pura maldad y reniega la sinceridad de su mellizo con toda la intensidad que su pasión puede otorgarle.

Mientras lo único que el mayor podría hacer es contemplar aquel desastroso desenlace. Muy impotente, sentiría a su cuerpo entumecerse por el miedo. Pues es cobarde muy en el fondo. Ya que en más de una ocasión tuvo oportunidad de cambiar el curso de aquella su historia compartida. Pues es por ese odio que se siente más unido con su mellizo que con cualquier otra persona. Sabe también que él es parte suyo como lo fue con su madre. Pues cuando niños compartieron momentos de saludable felicidad. Pero es consciente de que el tiempo se les acabo hace ya mucho. Cuando uno traiciono al otro. Y aun con todo ese odio que les ataba desde que tienen memoria, sintieron a su corazón hacerse más liviano. Algo más fácil de cargar. Aunque extremadamente vacio.

Nunca muerto en vano.

Siempre presente aun a la distancia. Mientras nuestra abuela chaccha su coca.

Recuerdo de este modo mi vida anterior. La de experiencias diversas. La de desventuras por doquier. La de una vida inherente a la bondad de un autoproclamado Dios bondadoso. La de un universo traicionero. La vida victima de las repercusiones de sus incondicionales protagonistas. Era pues aquella vida mi único y cálido interior número dos. Un interior compartido. Un corazón partido en dos. Como dos mellizos. Mi hermano y yo. La muerte y la eterna espera.

El Interior número Dos

Callmekat – Where The River Turns Black

Navegando entre música indie encontré a esta mujer. De nombre Callmekat – Katrine Ottosen – y con una vos muy particular, al menos para mí. Escuche entonces su último disco. El de este año. Se llama “Where The River Turns Black” y es exactamente por esa canción que me enganche al disco. Pues lo que en una canción inicial llamada Somewhere supone un pop electrónico pasamos a un pop comercial con la canción que da título al disco. Para luego llegar a un pop más delicado y descarnado, una de esas canciones que te suenan a puro sentimiento. La canción es Going Home y el video en vivo que encontré no hace otra cosa que confirmarlo (Es el video de arriba). Es sin duda uno de esos discos que le gustan al oído. Que si bien es poco probable que trascienda más allá de este año. Es por esta canción lo que motivo el relato y creo firmemente que trascenderá para mí. Abajo una pintura de Alyssa Monks titulada Rabbit Ears.

Los años compartidos son tan fugaces como el simple deseo de verte morir.

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