Cuando el parvulito logro salir del cascaron todos a su alrededor se sintieron muy felices. Esa clase de felicidad que tanto escasea en la cabeza del resentido promedio. No sabían cómo describir ese sentimiento que parecía envolverlos de un modo cómodo y placentero. Lo sorprendente era que aquel sentimiento era en su totalidad un acto de puro amor incondicional. Como cuando aun conservas ese delicado grado de placer que te puede provocar el besar a tu mujer en los labios, aun cuando en su rostro se vislumbre los incontables años pasados junto a ti. Esa burbujita de romance en estado puro dio sus frutos, ahora la metamorfosis de aquella mezcla de sentimientos dieron como producto una miniatura de los dos. Se trataba de una criatura inocente, y por ende de una belleza absoluta. Los rasgos físicos heredados eran difíciles de notar. Pero era por su suave piel canela que le llamaron Parvulito. Era el corazón único de su madre y al mismo tiempo era la ferviente sangre de su padre. Juntos y unidos bombeaban esperanza de un futuro prometedor alrededor de sus congéneres. Familiares casi no existían, más bien uno que otro amigo disque cercano eran la mayoría. Todos estaban presentes cuando el recién llegado y  primogénito hizo su primera gracia. Llorar. El resto fue pura ternura momentánea.

Fue  cuando las murmuraciones alrededor se intensificaron en sobremanera, parecía que el resultado no había sido del todo complaciente, pues entre muchos de los presentes esperaban a un angelito de piel clara como la supuesta inocencia que debía representar. Su madre por un lado tenía una mirada en su rostro que parecía indiferente hacia las murmuraciones de su alrededor. Era idéntico a su padre, y era por eso que lo amaba aun mas cada segundo mientras le amantaba. La novedosa esencia que convertía al Parvulito en un ente aparte entre los su propia raza alimentaba los destartalados pulmones de los inquietantes inquisidores a su alrededor. Abre los ojos y este su primer saludo para con ese mundo tan extraño fue indudablemente a los ojos de su padre. Parecía haber una conexión aparte entre los dos. Muy propio de aquella sangre latina que los caracterizaba a los dos, fue por esa tierna mirada que su progenitor se entumeció por dentro, mientras por fuera las lagrimas parecían lavar su hasta entonces su rostro desgastado por la cruel realidad que a todos destruye.

Las lágrimas que resbalaban de entre las mejillas de su madre eran de pura pasión. Ese estado de pasión absoluta que solo se puede comparar a un orgasmo de indescifrables detonantes. El rostro ruborizado de su madre dibujaba indistintas sonrisas entre los sutiles espectadores. Unos sonreían tratando de demostrar algo que no había sido si quiera diluido de ninguna manera, como si quisieran pasar lista en un recital de sonrisas fingidas para luego ir tirando a otro lado. Otros sin embargo sonreían de un modo llamativo en sobremanera, mostrando demasiado los dientes y las encías, se trataba en su mayoría de mujeres supuestamente amigas de la novata madre. Era por la sonrisa casi autentica de una prime lejana y única familiar – En tercer grado, pero familiar después de todo – en la habitación que su padre pudo encontrar consuelo. Pues no acostumbrado a esos niveles de falsedad estuvo a punto de explotar, pues no permitiría que nadie perturbara el momento de gracia que compartía con su familia. Ya los rostros que apabullaban la habitación de superficialidad resultaban incoherentes.

Incoherencias que no influenciarían en los neófitos padres al momento de contemplar a su parvulito. Pues estaban los tres y la nada en un espacio tan amplio que solo se podía comparar con la amplitud de las esperanzas que depositaban en su heredero. Sin embargo no se trataba de la clase de presión que solo logra aprisionar esas almas de víctimas desafortunadas  de esa monstruosa demostración de amor paternal. Se trataba de identificarte en ese pedazo de materia flotante alrededor tuyo, previamente extirpado de tu cuerpo y alma. Encontraban en su Parvulito en constante universo que los diferenciaba de los demás, lo suyo era amor en su máximo esplendor. La muestra gratis de autentico sacrificio en carne viva lo que solo su determinación podía lograr. Un mesías de sus decadentes vidas ya antes colapsadas por el tedio de la rutina y el canibalismo espiritual que solo el distanciamiento social puede conseguir. Pues así como se amarse entre ellos podían, el odio no era inherente a sus costumbres y malos hábitos. No había soledad en sus corazones, pues así como se consolaban mutuamente existía una breve melancolía compartida que los hacía colisionar como polos opuestos de un imán. Y es en esos estados de putrefacción de la esperanza que lograron germinar este milagro de brutal dimensiones. Un hijo, y la promesa de un hogar perfectamente cohesionado por los tres. Un hogar que ambos cuidarían así el fin del mundo fuese la vida misma expresándose de forma egoísta sobre ellos. Aun si aquel parvulito de ojos pardos fuese el propio némesis de sus sufridas existencias. Pues aun si toda esa amalgama de sentimientos entrelazados entre Padre y Madre fuese la ingenuidad en su máxima expresión, no habría lugar para corazones dubitativos entre los dos. Ya que confiaban en su que su amor los acompañaría hasta el día en ya no pudiesen velar más por el bienestar de su eterno Parvulito.

No importaba como esa sutil esperanza, falta de sustento podría llevarlos a buen puerto. No existían razones para pensar que el pequeño parvulito era especial de entre todos los nuevos bebes que ese día nacieron. Era incluso ingenuo catalogarlo de único. Pero era por esa ternura en sus ojos que fácilmente se podía caer en su encanto. Aunque si bien un bebe bonito no te garantiza que de adulto lo sea, existe también ese momento de fluidez exquisita entre los dos padres que es suficiente como para apagar cualquier incendio que en sus corazones se gestara antes de que el Parvulito llegase al mundo. Y esa fue suficiente razón para que los relucientes padres creyesen haberse enamorado nuevamente.

Sobreviviendo al Parvulito

Arriba The Hives en vivo. The Hives vuelven y lo hacen como solo ellos pueden hacerlo. Rockeando. Tenía el disco pendiente desde que escuche el “Tyrannosaurus Hives” del 2004. Único disco que había escuchado previo a este “Lex Hives”. Un disco que supura rock por cada poro suyo. Pelle Almqvist está que se sale de cada canción que interpreta. Es en conclusión un disco de la puta madre. Es de esas pocas bandas que al escuchar siento autentico rock and roll recorrer en mis venas. Da igual si es pura ficción en mi cabeza. El disfrute justifica cualquier comentario hipser que vomite ahora, pues me gusta tanto que el resto da igual. Abajo el Vocalista en rockstar attitude. Pues Pelle Almqvist si sabe cómo vestirse.

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