Explosionamos durante millones de segundos y nadie supo explicar cómo es que nuestras almas lograron sobrevivir. Corrompidos nuestros espíritus, inundamos de decepción nuestra débil conciencia y aun estoy divagando muy descarado. Como un fugitivo descarriado.

Sobre océanos infinitos de desesperación se apago la inocencia de un niño y floreció la flor de loto de su Dios negado. Llueve a cantaros afuera en la calle. Las ganas de salir son incontenibles. Pero nuestra madre nos prohibió jugar con nuestros amigos. Pequeños huérfanos con tendencias pirómanas. Desobedecimos y escupimos a la boca del tigre tapizado tirado sobre el suelo animal. En la sala, y en el seno familiar.

Sin cruzar los límites del barrio, nos divertimos demasiado.

El Club se completo con nosotros. Púberes incomprendidos. Sacudimos nuestras hormonas, y violamos a Gomorra. La chica perturbada del barrio. Huérfana de padre y madre, se siente muy sola. Sin embargo, la diversión pareció extinguirse de nuestros rostros, cuando la noche se hizo presente en el cielo sobre nuestras cabezas. Pues era de noche, era hora de regresar a casa, saludar a Papá, y contentar a Mamá. Nunca paso. Nos perdimos en camino, durante aquel ventarrón. Y a modo de tierno consuelo, nos agarramos de la mano. Nunca nos soltamos. Aun así, te perdí de vista. Y casi muero de la risa.

Cuando el camino se atiborró de gente desconocida, el tiempo pareció congelarse, y fue justo ahí que todos mis recuerdos cambiaron de forma. Se distorsionaron incontables veces. Tanta fue la ficción en mi cabeza, que por una vida entera creí ser hijo único. Sin conservar los buenos deseos que herede de mis padres, me despoje de toda formas el asco que excretaba por todos mis poros, sudoroso y asqueado. Solo y atormentado. Cambie de nombre, de apellido, de ropa, de amigos, de religión, de actitud, de origen. Pero nunca pude extirpar mi esencia extraviada. La que interprete desde la cuna y hasta el extremo en la adolescencia rebelde.

No se escandalizo por los cadáveres regados sobre el suelo pegajoso de mi habitación. No sonreía, pero fue por su mirada, que percibí su fe. Sin embargo fui yo el que se escandalizo. Vino a mí con todas esas ideas superficiales y llenas de tópicos, que me enfurecí y la tire al suelo. Fue la ira en mis venas. Fue la sensación de hipocresía reconocida. Fue mi muerte prematura. Fue su amor contradiciendo mi miserable existencia inútilmente concebida. Fui yo desfigurando su rostro con mis dientes. Fui yo rompiéndole el corazón. Fui yo rechazando mi última oportunidad de salvación.

Se creían los amos de todas las circunstancias, y sus correspondientes consecuencias. Sin embargo no pudieron ni reaccionar, ni con su acostumbrada indignación, ni gritar maldiciones o groserías, ni mucho menos rezar por  sus vidas. Lo enfermizo-o no- de esos finales, es el placer que les provoco hacerlo. Pues morir en orgias llenas de Odio, siempre es agradable, y por demás orgásmico.

Arruinados y socapados por el hombre promedio. Se les bendijo una vez. Cuando eran bebes, puros de espíritu y alma. Pero de nada sirvió, pues crecieron disfrazados. Y en la adultez, se hicieron consagraron unos hipócritas. Los negué una vez, y lo hice mil veces más. Esos bastardos descarriados, impuros y podridos, contaminan el ambiente y vomitan difamaciones desmedidamente. Fuera de control por puro rencor. No me arrepiento, pues eran demasiados e innecesarios. Y junto con esa ninfa mentirosa. Los incendie, en mi habitación, con todos esos dolorosos recuerdos. Y la vida continúa. Con esos gritos maldiciendo mi nombre, y con esos rostros borrosos. Con toda esa basura simbólica. Con toda esa sangre indeleble en mis manos. Respiro y transpiro. Pues es hora de regresar al nido.

Mi canción favorita suena en la radio. Sin embargo mis labios se entumecen, mis dientes tiemblan entre sí, y mis ojos se enrojecen. Es esa asquerosa nostalgia despreciada, pero no desarraigada. Caen lágrimas malditas, muerdo mis labios, y una aguda voz retumba en mis oídos. Y como si mi sonrisa enfermizamente forzada fuese un rifle, destripo mi autoestima. Pues es mi turno de completar el círculo vicioso consumirse infinitamente. La tardanza solía impacientarme, pero es esta sensación de calidez añorada la que me enfurece y sensibiliza contradictoriamente al mismo tiempo.

Es por estas lágrimas que no puedo confrontar el pasado. Ni recordar todas esas travesuras compartidas y todo ese tiempo malgastado son ahora amargos recuerdos de una vida pasada, como un vago moribundo muriendo en el invierno. El distante pasado, la feroz necesidad de comprensión, mis manos inquietas cuando contemplo mi rostro en el espejo. Las lágrimas son las mismas, en mi hogar, durante el camino, o en el de los destinos.

Me siento bien, me siento en un coma, me siento fuera de lugar, como una metáfora lujuriosa en el convento.

Sin razón de ser, sin necesidad de “ser”, sin paciencia para explicarlo, sin intención de hacerlo. Solo en el calabozo, aturdido y confundido, extirpo mis demonios y me reconcilio con mi propia naturaleza. Escribo poemas románticos, disfruto de lo que queda de mi bizarra conferencia. Pues estas son indistintas vidas para mí. Suenan todas al mismo ritmo de una escalofriante balada. Armoniza la guitarra acústica con una voz aguda y temblorosa. La inefable Niandra. Cálida y tierna. Mi histérica amante. Declara su amor en una posible vida mía. En un pútrido hotel, en un hogareño ambiente familiar, en un entorno contaminado y desesperado. No importa. El hambre no improvisa, y Niandra niega sus lágrimas, se hace la valiente.

Y el silencio se hace efímeramente interminable, salvo las contradicciones, el resto dejaría de escandalizar.

Nos confundimos de habitación una vez, confundimos un camino congelado, por nuestra desesperación, y juventud. Confundimos la lógica y la razón. Los lazos familiares con las amistades. Aturdidos por el largo discurso, nos retiramos del la iglesia, y como las miradas nunca muestran respeto, escupimos al suelo. Es una puta, es su hermana, es su amante, etc. Nada es concreto, así como nada es seguro. Hay un espejo en mi habitación, hay mil en el suyo, mirando por nuestros hijos, sacudimos nuestros escrúpulos. Y nos cogemos de la mano una vez más. Niandra y yo.

Mis sueños inconclusos y mis padres fatigados por la eterna búsqueda de vocación. Se despiden de mí, como unos ruiseñores insatisfechos con sus canciones.

Por dentro está roto y no quiere admitirlo, colecciona errores como un niño correcto, se divierte mientras cae, ese es nuestro chico, susurrando su na-na-na. No tenía nada que hacer y se canso de mentir, pues mientras debatía lo injusto de sus circunstancias, dejo entrar a su bella durmiente, le acompaño hasta el final, se llamaba Niandra y firmaba como Eutanasia. Le horrorizaba verle agonizar, entre saliva y lagrimas, tirado en el suelo, o tendido sobre su catre, perdió de vista algo o a alguien. Aguantó y soporto ese horror, producto del arsénico, producto del dolor. Ella estaba triste también, pero aun no desiste con él.

Emulando al Ángel Exterminador, visita al paciente depresivo incontables veces por día, le acompaña en su agonía, le ayuda a supurar sus heridas.

Una lección aprendida a modo de oportunidad desperdiciada, se siente incomodo al final de la función, mucho, pues la tensión en el comedor crece con cada segundo que pasan sin mirarse a los ojos tratando de evitar forzar una conversación. Incomodidad en sus rostros y los niños que no dejan de mover sus pies, muy inquietos e impertinentes. Y la cena aun si consumir. Me ponen enfermo. El hombre parece decir; “Nunca quise hacerte daño” y la mujer: “Te perdono tus maldades, pero aun así te odio” y rezo para que la función llegue a su  fin. Sin embargo, cuando el hombre parece por fin armarse de valor la mujer abandona la función como una variable innecesaria a la ecuación. Irremediablemente, suspiro y me dispongo a abandonar el show. Cuando el publico entero se levanta y comienzan a aplaudir. Putas contradicciones, escandalizas cualquier intento de cordura.

Bailando esa canción, recordé los momentos felices junto a Niandra. Recuerdos de la infancia. Como cuando cerraba los ojos para escuchar sus secretos, o como cuando nos desnudábamos bailando al ritmo de T Rex. No, no soy un disfraz, no soy un sueño inconcluso, ni un viejo lamento dando vueltas alrededor de un octogenario. Ni nostalgia desmedida intoxicando el aire. Solo Niandra sabe.

Amalgama de pasiones programadas en el hogar y por demás inexistentes conversaciones familiares. Mi madre odiando a  mi Padre, y el ignorando las necesidades de su desgastada princesa. Amores platónicos todos. Deseos inconmensurables de reconciliación abundan sobre la alcoba. Pero el odio supera todo deseo de conciliación. Vírgenes amantes desfilando por la habitación provocan al manipulable espectador. Un lamento acontecido, tal vez una amigable pero traicionera ilusión. Y el Dios negado sentenciara su inevitable resolución.

Una familia feliz, y un hijo descarriado con tendencias depresivas arruinando la rutina familiar. Todos mediocres, todos inconstantes.

Una mirada inquisidora

Una sombra escondida entre las cortinas

Odias ser un discurso de voz entre cortada

Aun así aceptas todas mis pastillas…

Solía sentirme bien, solía estar bien. Mil novecientos noventa y dos, y la virgen aborta a su heredero. Pierden vigencia los principios preestablecidos y el niño comienza a gatear. Y la virgen firma como Eutanasia. Pues extravié mi fe, y creció el bastardo. Paso su vida en la cocina esperando por algo más que nunca llego. Alimento a sus vástagos  con amor. Y aun así se defraudo. Niandra observa de lejos al niño solitario, lleno de ilusiones y esperanzas.

Cálido Ángel Exterminador perdona mis pecados

Y suprime mi creciente rencor.

Tú sabes que estoy alrededor, sabes que estoy perdidamente enamorado de ti, que alimento mis esperanzas con el poco orgullo que me queda. Sabes que sobreviviré al rio caudaloso y aun así bromeas con hipótesis de suicidios. No me rindo, pues forjando mi carácter te encontré. Escape de aquel incendio mental, y mientras huía de mi descortés pasado. Me ocultaste en tu agitado corazón, me diste abrigo y alimentaste mi perdón. Nosotros perdimos la motivación durante aquel largo discurso de ese hijo de puta acomplejado, llamado fracaso. Un heredero tal vez. Espectacular eclipse de consonantes.

Siendo parte de un todo…

Niandra: Los dos somos el interior número dos en nuestros corazones, juntos nunca seremos los de antes, pero juntos alimentaremos nuestras esperanzas.  Juntos como frases cursis llenas de autocomplacencia mal digerida, pero juntos somos auténticos, lo percibo, lo siento….espero.

Cicatrices al amanecer, y sé que no sobreviviré, como si de una indiferencia absoluta se tratase, me pierdo en la amplitud de mis remordimientos. Una vida llena de espectaculares contrastes. Y el dolor que atrofia mi alma. La claridad de la niñez se deforma en numerosas habitaciones mugrientas. Pánico e incertidumbre diaria, y un Dios sádico y confabulador. Negado por el ingenuo espectador.

Y mis demonios incondicionales que preparan la cena.

Deseo tanto mi propia destrucción, que no puedo concentrar mis turbulentas ideas, y si lo trate, no lo logre. Toda esa depresión corrosiva oxido mi destartalada voluntad, destripo mis valores escupiendo sobre mi epitafio. Todas horribles consecuencias.

Debe ser mi mala suerte con todas esas princesas resentidas…

Niandra Eutanasia

“Regret” así de fuerte comienza el disco “Shadows Collide With People” de John Frusciante, Pareciese que se tratase de una radiografía del alma del hombre atormentado.  En cierta manera puede llegar a ser, un revolver en la sien. Sin pensar en consecuencias, sigamos el camino hasta el final. Dicen…

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