Todos estos años, destronado y sin calma, aun esperando por una promesa. Casi inconsciente, sobre esas asquerosas superficies. Menospreciando los roces ajenos, avizorando supuestos futuros confortables y hogareños. Todos estos años sin respuesta. Una vida breve y malgastada a modo de introducción sobre la teoría de un hombre muerto, un muerto anónimo y solitario. Nunca distinguí el alba del crepúsculo, pues mis constantes suicidios perdían mi noción del tiempo. Durante esos instantes de autentica melancolía, note mi insignificancia a contraste de mi supuesta grandeza. Viví para supurar hemorragias. Un eco en la cordillera, me despertó y mi vieja amiga aun me miraba con tristeza. Descanso en ella y la pena es compartida.

Se hizo viejo con el tiempo, no hubo prorrogas ni contemplaciones, pues se hizo adulto. Un adulto descuidado y desapercibido, un adulto incomprendido. Un antisocial reprimido. Esperando por la señal que profetizaron sus padres. Esperando impaciente sobre su banquillo preferido, o meciéndose a ritmo del silencio característico de los recintos vacios que adornaban sus sueños. Y si su vida fue real o una mentira piadosa, no lo sabe, y desafortunadamente, no lo sabrá nunca. Es por ese tipo de interrogantes que no puede dormir. Largas noches y días tediosos, son como las puertas del infierno, y él un pase libre. Solo le quedan los rostros de extraños de camino a casa, para poder consolarse. Como un síntoma de autentica desesperación, canta desafinado, una dolorosa canción. La acústica es horrible, y sus amigos imaginarios no tienen piedad.

Inconfundible ángel de la guardia, traidora en las escenas desesperadas, y fiel espectadora durante los colapsos infinitos del cobarde promedio. Me prometiste perdón y un futuro mejor, sin embargo lo único que haces es acompañarme en mi funeral. Toda una dama vestida de negro, y con buenos modales. Es tu picara sonrisa embellecida por un labial de un autentico rojo sangriento, lo que hace que me pierda en tu figura. Trigueña como mis hermanas, hermosa como mi madre. Una sádica aterciopelada con aires de mujer bondadosa. Escupes palabras, como verdades existen en la rutina diaria. Sopórtame una vez más, y pregunta si fui un buen hombre.

Anciano amargado, tus interrogantes me inquietan, durante o fuera de la ruleta, o cuando vagabundeo con actitud indiferente para con mi cruel destino. Viejo amistoso, preguntas por mi poca fortuna, o por mi ausente familia, o por mi cansado rostro, o por mi débil mirada y postura encorvada. Solo haces que me ahogue en más mentiras, que vomite expresiones reprimidas, pues mi suplicio nunca fue suficiente. Anciano, creo que estoy triste. Y no tratare más.

“Significaba mucho por aquel entonces, tal vez una segunda oportunidad, o la reescritura del guion de mi mediocre existencia”, se lamenta por última vez, su vergonzoso discurso, la bella mujer en el estudio. “Es el maquillaje” me dice, miente inconscientemente, como si buscase una forma de justificar su incomprendido oficio. No hay maquilladora cerca, pues prefiere hacerlo sola, y ella es muy cuidadosa con los preparativos previos: Un maquillaje delicado y solapado, un vestido conforme al guion, si es que existe uno, pues una vez iniciado el rodaje, no hay vuelta atrás. “Se llamaba Esperanza, tenía mis ojos, era muy hermosa, demasiado tal vez”. Escapa antes que broten las primeras lagrimas, delicada morena, mediana y enorme al mismo tiempo, salvaje y con clase, madre descarriada, hija sobornada, mujer desesperada. Inicia el rodaje y el mundo parece detenerse por unos instantes de ferviente instinto carnal. Su desnudes enternece mi entrepierna, despierta mi inexperiencia, y conmueve mis sentidos. Remplazas mi alma con esa mirada, no es dolor, no es desesperación, es un brillo. Nace durante el intercambio de pasiones, durante los interminables roces, entre carne y alma me desprendí. Sexo y amor, Tú y yo. Una pareja a modo de parodia del incomprendido tormento que sufren los inocentes e ingenuos. Solo ansió compartir memorias contigo, fuera de nuestros disfraces y con una pequeña Esperanza sonriente ante la cámara. Crudo y cursi, despierto y la realidad nunca ausente, me escupe en la cara. Y solo por perderme en tu mirada, descuide nuestra agonizante esperanza. Se esfumo cuando el cuadro se deformo por esa inexpresividad en tu rostro, luego de perder la virginidad, luego de morir incandescente. Te rebelas ángel mío.

A destiempo y atemporal, viajas y me interpelas, me torturas pero no me asesinas, me intimidas, pero aun así me animas. Son tus silencios los que me atormentan.

Anotando todas nuestras contradicciones, destripo mis sentidos y caigo abatido. Sin rendirte, son tus coquetas muecas las que me capturan en ese perturbado imaginario que compartimos. Quiero escapar, es verdad. Sin embargo admiro tu coraje, sadismo artístico le llamas. Derecha e Izquierda, no hay nadie, pero por alguna razón se siente bien. Una fe extinguida y Gabriel que odia las repeticiones.

Bailando el blues del diablo, te fundiste con mis bajas pasiones. Flotamos sobre las experiencias pasadas. Se encuentra el cadáver de Esperanza, y su madre se enamora otra vez. Eres cruel. Sin embargo el hombre de postura erguida y mirada alta, condimenta por fuera lo que por dentro carece ya de sentido. Pues su corteza esa podrida y sus heredados no están faltos de pecado. Se agudiza el dolor justo antes de perder la conciencia, la visión es borrosa y el arrepentimiento es inminente. El oxigeno se extingue en sus pulmones cuando recuerda el rostro decepcionado de su padre. Y muere como su triste condición le exige, se interrumpe su discurso, y la sala de espera se atiborra de buitres y presencias sarcásticas.

Aun así, Dios no significa perdón, pues su sonrisa es un rifle y el pecado nunca se llego a olvidar. Tiene un rostro perfecto, rasgos duros y unas manos limpias, es consciente de sus actos, y es también un niño pirómano de corazón. Es tan viejo como la historia, amargo como los ancianos perdidos en la ruleta, es un perdón a destiempo, es una musa embarazada, es tu padre y mío también. Me visito una vez, y fue esa única vez por lo que le odie lo suficiente como para negar su existencia. Es caprichoso y bondadoso cuando le conviene. Es la razón por la cual nuestras heridas no cicatrizan. Es el sadismo en tu sangre. Son los rostros a nuestro alrededor. Son dioses acomplejados por su propia forma de ser, repletos de clichés y horribles hábitos, se justifican con sus perfectos discursos costumbristas. Sin embargo los días pasaran y El prevalecerá, Dios y el hambre, confabulados, y nosotros aun  de la mano.

Había dormido mucho tiempo en la sala de espera, y dentro de mí ya no había nada. Vacio y asustado, rebelaste de una forma nada sutil tu llamativa presencia, eras por entonces una joven descarriada, y yo tu contemporáneo acorralado. El odio fue instantáneo, casi mecánico, pero todas esas desventuras solo incrementaron una imponente constante en todos nuestros destinos. Vivir entrelazados y morir separados. Odiarnos solo para amarnos después, no denotaba mucha virtud en ninguna de nuestras personalidades. Pero la necesidad se hizo obvia y las desavenencias siguientes sellaron nuestro odio. El flashback avanzaba sin perdón, cuando el aburrimiento se hizo costumbre. Afloraron entonces nuestras bajas pasiones. Nació el sadismo en tu corazón, y el horror se compenetro en mi constitución. Murió así el romance moderno y prevaleció el amor-odio durante los tormentos previos al vomito de Dios y el destierro de un Gabriel inconforme y sangrientamente politizado en las costumbres humanas. Su padre lo aborrece y el muerde la mano que le da de comer. No sé cómo me hizo sentir su travesura, pero el espinazo escalofriante que sentí después, cuando desapareció mi amante verdugo, fue el autentica desesperación.

De las distintas habitaciones que conformaban el decorado de “Dracula, el incomprendido”, no olvidare la catedral de sillar al final del acto diesi nueve, justo después de morir la princesa. Representaba para mí una entidad de magnifica belleza, imponiendo un aire virreinal a todos los humanos que desfilaban por su delicada arquitectura. Era prácticamente un actor más. Escapa de la catedral, la hermosa novia vestida de blanco, y con un rostro de notable preocupación, estremece al espectador. Esperando a alguien en particular, les entretiene con un discurso esperanzador, pues su prometido está en camino. Es cuando deja que su encanto brinque por la escenografía, da saltos de alegría, una linda figura. Y es un sublime destello lo que deja ciegos a los jueces y jurados en el estrado. Son esos bailes eróticos los que desprestigian a mi encantadora musa.

Se suponía que una estaca debía cruzar mi pecho,  y el regocijo debería reinar en los rostros de todos esos petulantes espectadores. Pero Ángel mío, tenias que despedirte con un acto de valentía infinita, y otorgarme así, un final perfecto. Pues mi orgullo fue inmenso cuando el puñal iniciaba el acto definitivo, en mi vientre, y en mi alma. Despanzurrado y agonizando, éramos un piropo renovador de energías. Unos espíritus perfectamente compenetrados. Nos pertenecíamos los dos, y el contraste era alentador. Celebrábamos nuestro amor. Y las rizas de los hipócritas se trastorno, eran gritos desternillantes, diferentes todos. Acostumbrados a lidiar con la verborrea ajena, saludábamos el gesto. Pero la felicidad duro solo un instante, y toda la eternidad al mismo tiempo. Pues con un beso, simulando a Judas, apuñalaste tu corazón.

El decorado era ahora un charco de sangre, la acústica unos ecos indistinguibles, y el espectador eran nuestras familias horrorizadas. Y es cuando Esperanza nos señalo,  cuando descubrí en ti, un corazón roto. Tus lágrimas me desestabilizaron. Desubicado, conocí el miedo en tu rostro, en tus gestos, en tu desesperación. Dibujas una sonrisa en tu rostro, y con un “No importa”, nos descubrió ante el cruel Ángel exterminador. Pues el precio de la libertad nunca fue la eternidad. Y los aplausos terminaron la benevolente pieza teatral.

Mi última mirada se desvaneció clavada en tus ojos, y mientras mis cansados suspiros extinguían mis pocas energías, tu cálido rostro me devolvió la paz que toda mi vida anhele. Lo irónico de nuestras existencias fue el inevitable final. Pues la necesidad mutua fue nuestro pecado. Y el odio sazono nuestros corazones. Se descubría un espejo de tocador y vislumbre agrias lágrimas recorrer por mis mejillas, unos pómulos resaltados en acto de dolor, unos dientes furiosos frotando entre sí. Un humano agonizante, sediento, pero de un modo contemplativo, en medio de un teatro vacio.

Por fin pude dormir en tu regazo, como juramos en un principio, durante una promesa de adolescentes. Fue largo el recorrido hasta el día de hoy, como una doble personalidad acompañando los distintos personajes que interprete. Lo último fue un sueño, en mi cabeza, y tu hermoso rostro de cabecera.

Sádica Aterciopelada

La verdad, no me importa desentonar el tema del relato con esta canción. Muy guitarrera y todo, me gusto, de lo mejor de este 2012.Pues me pone nostálgico y mueve mis pies.De entre toda esta ola indie, que si bien me gustan varios discos-Incluso tengo un recopilatorio en facebook-este tema resalta.mucho.Aun siendo un cover de la canción del mismo titulo de “Adam and Eve”, y definitivamente prefiero esta versión. Abajo esta Alex Turner, un músico contemporáneo que me divierte mucho. Y ese peinado suyo, es simplemente espectacular, le tengo ganas, al peinado.

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